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La filosofía debe responder a la sed de totalidad del hombre, de conocer e incluso ser la totalidad, y no particularizarse y convertirse en una rama menor y anticuada del conocimiento

La teología, como la filosofía, no es una ciencia particular. Está relacionada con el Todo.

-Raimon Panikkar

 

Ante la hiperespecialización, la tecnologización del saber y el dominio del materialismo, la filosofía -en su sentido clásico- se encuentra en entredicho. El extravío del espíritu de la filosofía ha sido notado por algunos filósofos con preocupación recientemente, si bien es un fenómeno que lleva en marcha ya numerosas décadas; sin embargo, su alerta no causa el mayor sobresalto en la sociedad actual. Pareciera que el mundo no necesita realmente de la filosofía. No es necesario hacernos las grandes preguntas para vivir de manera efectiva. Podemos confiar en la tecnología para resolver nuestros problemas e incluso para ahogar nuestras crisis de sentido con constantes ráfagas de estímulos. En la sociedad de la información, la sabiduría deviene mera información o poder de computación y análisis de información. Mientras que la filosofía es difícil de incrustar dentro del utilitarismo, la información es esencialmente conocimiento útil, conocimiento reducido a su utilidad e incluso siempre traducible a una divisa, siempre capitalizable. El espíritu, como notó McLuhan, ha sido reemplazado por la información.

Lo que hoy llamamos filosofía en el ámbito académico ya no es realmente filosofía -el amor a la sabiduría, el cuestionamiento de la realidad en su sentido más amplio y primordial-. Como señalan Robert Frodeman y Adam Briggle, "la institucionalización convirtió a la filosofía en una disciplina que sólo podía cursarse seriamente en un ambiente académico. Este hecho representa uno de los fracasos persistentes de la filosofía contemporánea".

En contra de las inclinaciones de Sócrates, los filósofos se volvieron expertos, como los demás especialistas disciplinarios. Esto ocurría aun cuando enseñaban a sus estudiantes las virtudes de la sabiduría socrática que resalta el papel del filósofo como un no-experto, un cuestionador, un tábano.

Lo cual nos hace pensar en los sofistas, a cuya actividad Aristóteles describe en su Metafísica  como la mera apariencia de la filosofía. A diferencia de los filósofos que se ocupan del ser, los sofistas prefieren "el accidente por sobre todo". Hoy tenemos muchos sofistas, con la era de la información, aquellos que aparentan saber porque están informados. Aquellos que se dedican a lo meramente accidental, y a sacar provecho de esto. 

Si los filósofos son expertos, no son filósofos; son lógicos, cosmólogos, filólogos, historiadores, etc. Aristóteles nos dice en la Metafísica que la ciencia por excelencia -la cual, considera, es la filosofía- se dedica a investigar el ser como ser. Por supuesto, el ser lo abarca todo. Pero dicha aseveración es además un principio de intención: lo fundamental es investigar el ser -y si hay algo eterno-, no el accidente. Actualmente es la física -y no la filosofía- la que se dedica a investigar el ser, en estricto sentido, pero no aquello que es (y tampoco el por qué es y para qué es), sino solamente cómo es el mundo, es decir, cómo es el ser material, cómo es la materia, ya que ninguna otra cuestión es validada por la academia y las instituciones que fondean sus preguntas. Una de las razones por las cuales los filósofos se han convertido en especialistas es porque ya no es valido preguntarse por el ser en un sentido filosófico y menos aún metafísico. La ciencia moderna supuestamente ha hecho intelectualmente absurda (o mejor dicho, inútil) la pregunta. Es tabú discutir también en las universidades seria y vitalmente, y no sólo dentro de una historia de las ideas, sobre Dios o lo Divino y menos aún pensar sobre la posibilidad de acercar lo Divino a la experiencia ("¡eso es misticismo!", se dice). Lo que ha ocurrido es una separación de la filosofía y la teología, siendo que la "filosofía" moderna rinde tributo a la ciencia y busca hacerse objetiva. Así entonces, como demuestra Raimon Panikkar en The Rhythm of Being, la filosofía se convierte en una mera opus rationis "y a la teología se le asigna su 'objeto' especial" separado del mundo y la realidad: "Dios". La teología "es reducida a mera exégesis de supuestos textos sagrados" y la filosofía sin la teología deriva en mero "análisis mental con prácticamente ninguna relación real a la vida". Esta separación en el fondo es una separación de los órganos epistemológicos: se acaba confiando solamente en la razón y no en el intelecto, que Panikkar asocia con el tercer ojo y el pneuma y que otras tradiciones asocian con la intuición o el ojo del corazón.

Como podemos decir con Aristóteles, Panikkar y muchos otros, la filosofía no admite separación, la especialización y el atomismo literalmente atentan contra su integridad. Todo lo que las demás ciencias estudian puede ser separado y estar especializado, pero no lo que indaga la filosofía, ya que indaga aquello primario de lo cual todo los demás se deriva. No es casualidad que la era de los especialistas sea también la era en la que, según Panikkar, "el prestigio y la credibilidad de la filosofía nunca han sido más bajos". Se suele decir que en la actualidad es imposible conocer "de todo", las ciencias se han especializado de tal manera que cada una constituye un universo cerrado, e intentar conocer "un poco de todo" sería inútil por lo complicado que es amaestrar el lenguaje especializado de cada disciplina. En radical oposición a esto persiste la intención central de las Upanishad de conocer "aquello que, si es conocido, todo lo demás se vuelve también conocido" (Ver Mundaka Upanishad 1.3). Por su parte, Pierre Hadot escribe en Ejercicios espirituales y filosofía antigua:

La práctica de la filosofía no consistía en producir la teoría de la lógica, eso es la teoría de hablar bien y pensar bien, tampoco en producir la teoría de la física, eso es del cosmos, ni en producir  la teoría de actuar bien, sino que se ocupaba de hablar bien, de pensar bien, de actuar bien y de estar verdaderamente consciente del lugar que uno ocupa en el cosmos.

Jürgen Habermas, en una reciente entrevista en el El País, dice lo mismo:

Mire, soy de la anticuada opinión de que la filosofía debería seguir intentando responder a las preguntas de Kant: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me es dado esperar? y ¿qué es el ser humano? Sin embargo, no estoy seguro de que la filosofía, tal como la conocemos, tenga futuro. Actualmente sigue, como todas las disciplinas, la corriente hacia una especialización cada vez mayor. Y eso es un callejón sin salida, porque la filosofía debería tratar de explicar la totalidad, contribuir a la explicación racional de nuestra manera de entendernos a nosotros mismos y al mundo.

Si la filosofía no trata de explicar la totalidad y, me aventuraría a añadir, de experimentar la totalidad -sugiriendo que existe una identidad entre ser y conocer en su concepción más pura-, entonces la filosofía es un cadáver o una sombra de lo que fue. Pensar el Todo: no existe otra labor digna para el filósofo. "La verdad es el todo", dijo Hegel. Y el Todo es de alguna manera lo que se recapitula en el hombre, quien es la posibilidad del espíritu absoluto. "El alma es de cierta forma todo", dijo Tomás de Aquino, comentando a Aristóteles ('e psyke ta onta pos esti panta"). Nicolas de Cusa, explica que el mundos es tripartita: divino, cósmico y humano, pero "en cada parte brilla la totalidad" (De ludo globi). Explicar, o mejor dicho, dialogar con la totalidad, para experimentar la totalidad, eso que de alguna forma el ser humano es, no la parte sino el todo en la parte -esa es la tarea del filósofo. Alfred North Whitehead dice en el primero capítulo de Proceso y Realidad: 

De hecho, un individuo, de un alto grado, está involucrado con la totalidad de las cosas a razón de su pura actualidad; pero ha alcanzado la profundidad individual de su ser por un énfasis selectivo limitado a su propio propósito. La tarea de la filosofía es recuperar la totalidad oscurecida por la selección.

Whitehead, quien concibe el universo como un proceso y no como algo estático, nos dice aquí que la filosofía debe de asimilar y pensar todo el organismo (el universo como proceso creativo) y sus relaciones. En cada parte está involucrado el todo, pero las partes son eventos u ocasiones y no objetos (o cosas); los objetos no son más que ocasiones repetibles. Estas ocasiones son los constituyentes básicos del mundo. El físico Werner Heisenberg dijo que los átomos no son cosas son probabilidades; Whitehead utiliza similarmente, en vez de átomos, la frase "gotas de experiencia" que connota dinamismo, interpenetración y posibilidad: lo que vemos como entidades son "gotas de experiencia, complejas e interdependientes". Estas "gotas" recuerdan las "perlas" del collar de Indra, la metáfora de la totalidad o vacuidad interdependiente del budismo mahayana. Como el Buda que percibió la cadena de la originación interdependiente, el (pratityasamuptada) antes de alcanzar el despertar, Whitehead considera que ampliar el rango de nuestra actividad cognitiva es fundamental para la labor filosófica. "La actitud filosófica es el intento resoluto de engrandecer el entendimiento del rango de aplicación de cada noción que entra en nuestro pensamiento actual". Hasta el punto de alcanzar a percibir el todo en la parte, (como escribió Blake "un mundo en un grano de arena"), y es que la parte no puede comprenderse sin el Todo. 

Raimon Panikkar, en The Rhythm of Being, escribe:

La búsqueda del filósofo por el Ser es una búsqueda de inteligibilidad, una pasión por la verdad, sea cual sea el resultado. Es una búsqueda de la totalidad. No estoy buscando Algo o Alguien. Estoy buscando al Todo, el Ser... Si en la búsqueda de Dios nos encontramos algo que todavía huele a las criaturas, no nos conformaremos y procederemos más lejos. Estamos buscando el Infinito, incluso si llegamos al descubrimiento que no hay tal Entidad, que el cielo está vacío y que la Vacuidad es su nombre. Si en nuestra búsqueda del Ser, encontramos una Entidad, incluso la más alta, no estaremos satisfechos.

Esta es la verdadera búsqueda del filósofo, de todo hombre que ama la verdad por sí misma, no como una herramienta para obtener un beneficio o para encontrar sus creencias reflejadas en el mundo. No es una empresa meramente racional -aunque no se puede realizar sin el Logos-; como nota Panikkar, se necesita del Eros y del Pneuma (del espíritu) también. La filosofía no es sólo el amor a la sabiduría; es, también, la sabiduría del amor. En este sentido, el filósofo genuino está cerca del místico. De la misma manera que ocurre en San Juan de la Cruz ("el amante transformado en el amado"), el filósofo deberá ser transformado en la verdad, aunque esto suponga su aniquilamiento. Si lo que se busca (conocer) es la totalidad, se debe estar dispuesto a darlo todo, y por lo tanto, a ser nada. A quedarse vacío. La totalidad no admite entidades independientes y requiere que el candidato se despoje de todo bagaje y se adentre desnudo en el misterio. La filosofía requiere del filósofo la refinación de su propio aparato de conocimiento; de otra manera su interacción con el "objeto de conocimiento" será estéril, no habrá unión, no habrá experiencia viva, sólo habrá discurso. Panikkar nos da una pista:

En lugar de una vía para llegar a la meta, debemos hablar de cómo abrirnos a ese mismo Todo que nos permea, y no sólo en parte, sino como imagen e icono que refleja el Todo. La palabra apropiada sería la contemplación en su sentido más profundo. El único método es no preparar la vía, sino prepararnos a nosotros mismos. Los sabios de todas las tradiciones han llamado a esto la "purificación del corazón", una peregrinación interior. 

Se prescinde del "método", pues "descubrimos que nosotros mismos somos las vías del Todo en su Ser, en su llegar a ser lo que es". Preguntarse por la totalidad es una pregunta que involucra al ser humano, y si el conocimiento (la gnosis) y el ser son idénticos en el fondo, conlleva la posibilidad de hacerse el Todo, de que el Todo se reconozca a sí mismo en la parte, el homo totus de la alquimia occidental y el zhenren de la taoísta. Este sería el destino del hombre que el quehacer filosófico abre. Según Whitehead, la filosofía hace posible que "se conciban [en nosotros] la infinita variedad de instancias específicas que yacen sin haberse realizado en el vientre de la naturaleza". "Cada acto creativo", dice, "es el universo encarnándose como uno". Esta participación creativa en el Todo es el derecho y a la vez la responsabilidad del ser humano como microcosmos.

Twitter del autor: @alepholo

 

Imagen: J. D. Mylius, Opus Medico-Chymicum

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Hace 2 años escribí un par de artículos sobre lo que llamé la "era de la ignorancia", siguiendo al poeta Charles Simic, quien en 40 años como profesor universitario notó un progresivo declive en el conocimiento de literatura e historia con el que llegaban los alumnos a la universidad. La primera parte trata sobre la ilusión de que la tecnología nos haría más inteligentes, la segunda es sobre por qué los jóvenes son cada vez más ignorantes.

En esta ocasión quiero recapitular estas ideas y enfatizar que la ignorancia es una enfermedad que en nuestra época se ha convertido en una epidemia ayudada por la tecnología digital, que tiene la característica de ser viral (y virulenta). Un ejemplo que me parece ilustrativo de lo que en inglés se conoce como dumbing-down, como promediar a la baja de la cultura que predomina en la era de la información y la corrección política -donde todas las opiniones, se cree, tienen el mismo valor-, es lo que ha ocurrido con el concepto de los memes. Los memes son un interesante concepto biológico, desarrollado por Richard Dawkins en su libro El gen egoísta. Básicamente son "genes culturales", o unidades portadoras de cultura (ideas, símbolos, conductas, etc.), que pueden considerarse vivientes y se esparcen infectando a sus huéspedes. A grandes rasgos, los memes son organismos de una evolución cultural que se desarrolla en paralelo y se interpenetra con la evolución biológica. Ahora bien, la mayoría de las personas, cuando piensa en un meme solamente piensa en los memes de Internet, y particularmente en un tipo de meme, las recreaciones humorísticas de eventos, algunas muy ocurrentes -hasta el punto de llegar a ser "lo mejor de una campaña política"- pero mayormente banales y limitadas a entretener. Estos memes son una caricaturización de los memes y, ya que la cultura es esencialmente memética, la cultura se vuelve caricatura. Los memes abarcan mucho más que esto. Algunos biólogos materialistas creen que las religiones son memes particularmente insidiosos; pero, por otro lado, el concepto del meme fue claramente prefigurado por el concepto de arquetipos de Carl Jung y tiene su paralelo biológico no-materialista en el concepto de campos mórficos de Rupert Sheldrake. El caso me parece emblemático por dos razones. La primera, por cómo un concepto científico e intelectual se vulgariza y es adoptado por la conciencia popular sin tener conciencia de su verdadero significado (o de su significado más amplio, ya que, ciertamente, los memes que se publican en Twitter son memes). La segunda, como reflejo emblemático de nuestra actividad memética fundamental, es decir, nuestra actividad cultural esencial es postear fotos divertidas, chistes, curiosidades y demás memes de Internet. A esto se reduce la cultura: a entretenimiento. Lo cual es preocupante, pues lo memético es uno de los ejes principales de nuestra evolución, la calidad de nuestros memes es la cualidad que toma nuestra conciencia.

El término que predomina en nuestra cultura es "viral", pues está orientada a la viralidad: el éxito e incluso el valor de un meme, de un contenido y hasta de una persona se mide en si logra tener una distribución masiva o no. Esto es altamente significativo, pues nos habla en términos de una enfermedad infecciosa. Se trata de una infección cultural en la que lo que predomina son las opiniones y la falta de pensamiento crítico-histórico no utilitario, es decir, pensamiento que conversa con una tradición filosófica y artística y es capaz de absorber valores espirituales que no están supeditados a la inmediatez comercial. De la misma manera que la "comida chatarra" (junk food) predomina en buena parte del mundo debido a la expansión de las grandes trasnacionales, predomina en buena parte del mundo la cultura chatarra, con sus efectos igualmente nocivos para la psique.

Ya Aristóteles había identificado que la ignorancia era una enfermedad. "Porque el que sólo tiene opiniones, si se compara con el que sabe, está en estado de enfermedad en relación con la verdad", dice el filósofo en su Metafísica, y agrega que aquellas personas que sólo tienen opiniones deberían dedicarse de lleno al estudio, de la misma manera que el enfermo se ocupa más de la salud que el hombre sano. El budismo, por su parte, considera su dharma, la doctrina del Buda, como una medicina para curar la enfermedad de la existencia cíclica o  samsara -¡la causa de sus innumerables y miserables vueltas no es más que la ignorancia!-. El Buda es el doctor que da la receta para curarse, pero el paciente debe aplicarla y tomarse la medicina por su propia cuenta. 

Algunos seguramente argumentarán que esto suena bien pero es un discurso sin sustancia, en tanto que es necesario que digamos cuáles son las cosas verdaderas o qué es la sabiduría, algo que es relativo y, por lo tanto, hablar de "ignorantes" es sólo darse un aire de superioridad e, incluso, una forma de control y manipulación -en una perpetua búsqueda de poder-. Ante lo cual, diré que más allá del discurso relativista posmoderno existen verdades científicas y verdades éticas (las cuales nos vienen de la filosofía y la religión). Todos nadamos, como si fuere, en el agua de estas verdades, las cuales integramos a nuestras vidas muchas veces de manera inconsciente. Por ejemplo, asumimos que las personas tienen agencia, son individuos que tienen un valor intrínseco. Esto es algo que nos viene en gran medida del pensamiento judeocristiano y su noción de que las personas tienen un alma. Si no pensamos que los otros tienen conciencia y son seres con libre albedrío se desmoronaría el sistema jurídico y, en general, la sociedad dejaría de tener sentido. Aunque la ciencia materialista maneje hipótesis que mantienen que la conciencia no existe realmente y que los individuos son "robots programados" (en palabras de Richard Dawkins), es una verdad moral valorar la vida individual y asumir que las personas tienen libre albedrío. Asimismo, las normas básicas de la convivencia están basadas en la llamada regla de oro, la cual puede tener ciertas similitudes con la noción hindú del karma (que es una causalidad que no se limita a lo meramente material, sino que incluye lo mental y reconoce una moralidad embebida en el cosmos). El universo está formado por leyes naturales y leyes morales, y aunque algunas personas han teorizado que estas leyes se pueden trascender, para hacerlo -si acaso es posible llegar al estado "más allá del bien y el mal"- deben ser conocidas cabalmente. Dije antes que todos nadamos en esa agua, en una especie de sopa cultural, pero los que saben son los que son capaces de rastrear la fuente: el agua del río es más pura cerca de la fuente. Y más aún, aquellos que saben vivir en armonía con las leyes y los ritmos que rigen los procesos de la vida para, de esta forma, permitir que ésta siga fluyendo limpia y cristalina y llegue hasta el océano.

Aristóteles observó que la ignorancia era una enfermedad y el dharma indio, desde un principio, entendió que la cura al problema de la existencia -fundamentalmente, el sufrimiento- era la sabiduría. El lema de la bandera de la India aún refleja esta noción: Satyameva jayat ("Sólo la verdad triunfa"), lo cual es parte de un verso de las Upanishad que sugiere que no sólo triunfa sino que alcanza la liberación de todo sufrimiento. Lo mismo dice un conocido verso del Evangelio de Juan. El problema es que se suele caer en la literalidad, la cual es la marca del fundamentalismo. Sólo mi Dios libera. Y el nuevo fundamentalismo: Sólo lo que podemos ver y medir es real, lo demás (todo lo subjetivo) es una ilusión. Decir que la verdad no es literal no significa que la verdad sea meramente relativa. Significa que no puede reducirse a una definición única y que la sabiduría tiene que ver con la capacidad de percibir la unidad en la diferencia, los puntos de conexión, las analogías que nos permiten compartir sentimientos. Esto fue entendido por los autores de los himnos del Rig Veda, quienes fueron conscientes de que el Uno tiene muchos nombres, todos son aspectos  de una misma esencia y sin embargo, ninguno alcanza a comunicarla y a conocerla nominalmente. Es decir, la verdad ética-religiosa no puede ser dicha, pero sí experimentada. Lo cual es algo que nosotros experimentamos en la vida cotidiana: una persona no es buena o ama a otra persona porque dice que es buena o que ama, es buena y ama cuando actúa y experimenta un cierto estado de conciencia. Como notó Raimon Pannikar, la filosofía tiene dos aspectos: es el amor a la sabiduría pero también, la sabiduría del amor. Logos y Eros, Prajna y Upaya unidos en un matrimonio sagrado. 

¿Cómo, entonces, liberarse de lo que Aristóteles llama meras "opiniones", la marca de la ignorancia? Platón, el maestro de Aristóteles, distingue opinión (doxa) de conocimiento (episteme). Opiniones son lo que tienen los sofistas, aquellos que sólo aparentan saber. En nuestra época es muy fácil ser un sofista, pues existe fácil acceso a todo tipo de información, especialmente superficial o predigerida. En un artículo reciente, el estadista Henry Kissinger notó, con gran lucidez pese a sus 94 años de edad (o más bien, quizás debido a ellos), que en nuestra época regida por la tecnología digital y su religión -el dataísmo- "la verdad se vuelve relativa. La información amenaza con anegar la sabiduría". Lo que diferencia a quien está informado de quien sabe realmente es que el que sabe entiende, no depende de los datos. Es decir, ha sido capaz de hacer suyos los pensamientos que ha escuchado o leído. Los ha transformado en experiencia. El conocimiento se hace, así, una fuerza vital. Tanto Platón como Aristóteles admiten que el conocimiento se puede alcanzar a través del cultivo de lo que hoy llamamos la razón, como también por medio de la intuición. No obstante, estas funciones cognitivas no se desarrollan mágicamente; son el resultado del estudio de la ciencia y la filosofía y -particularmente en el caso de la intuición, la noesis platónica- de una vida contemplativa. Es decir, de una vida que no se dedica vulgarmente al entretenimiento sino a la interrogación de la realidad, la indagación de los principios y la observación de la propia conciencia o alma. En otras palabras, para ir más allá de la opinión es necesario conversar con y hacerse adepto de una tradición de conocimiento; por regresar al principio de este artículo, de empaparse de buenos memes -memes que han probado su aptitud desde los albores de la historia-, de contagiarse de las grandes mentes de la humanidad, de honrar la tradición. Con lo cual no hay riesgo verdadero -siempre y cuando uno entienda y no sólo repita lo que dicen- de volverse un fanático o perder la propia autenticidad: como mencionamos, la sabiduría tiende naturalmente a la libertad, y no a la utilidad. El conocimiento no es un fenómeno moderno constreñido a la ciencia. Es una tradición viva y el sabio será siempre quien comprende la tradición y la actualiza en sí mismo, de esta manera haciendo que evolucione y brindándole el necesario vigor para adaptarse al cambio sin perder su esencia. Esta es una "era de la ignorancia", creo, sobre todo porque no valora y no es consciente de su tradición. Asumimos que lo mejor es lo último y que todo lo viejo es primitivo y ha sido superado por la ciencia y la tecnología moderna. Esto, en realidad, no un pensamiento científico; es cientificismo. En un comentario a McLuhan, el escritor William Irwin Thompson escribió:

Lo que McLuhan reconoció, pero no afirmó explícitamente, es que nuestros nuevos medios electrónicos altamente avanzados, al ser usados por individuos mortales evolutivamente poco avanzados, nos llevarían a la aniquilación cultural. Estos nuevos medios que operan a la velocidad de la luz requieren una nueva conciencia espiritual de la luz. Son tan fantásticamente eficientes que no pueden funcionar para el bien si nosotros no somos buenos; solamente pueden ser usados sin riesgo si decimos la verdad y vivimos en la verdad.

(Coming Into Being: Artifacts and Texts in the Evolution of Consciousness)

Esa nueva conciencia espiritual de la luz sólo puede encontrarse en la vieja tradición espiritual de la luz. Ese hábito de decir la verdad y habitar en lo verdadero sólo puede sostenerse sirviéndose de la estructura del pensamiento religioso y filosófico de Occidente y Oriente. Aunque un estudio muestra que los fundamentalistas religiosos consumen más fake news, paradójicamente, la religiosidad -es decir, el sentido de conexión con algo sagrado- es el antídoto de las fake news (de la misma manera que un sentido de lo sagrado es la mejor solución al problema ecológico). No se trata de regresar al pasado o de retomar las viejas religiones, sino de continuar su evolución y actualizarlas, de reimaginarlas -la ciencia, en realidad, es consecuencia y resultado de la tradición filosófica griega y de las religiones abrahámicas, y no su antítesis-. A fin de cuentas el transhumanismo, la ideología dominante entre las élites tecnócratas actualmente, es solamente una versión de las ideas religiosas de deificación (theosis), inmortalidad y dicha eterna. Sin embargo, creo que es una forma pobre de concebir estas ideas, pues transfiere su fe del ser humano -y su semejanza con la divinidad- hacia la máquina. Deifica la materia, pero olvida la posible divinidad trascendente de la propia conciencia humana, la cual, a diferencia de la inmortalidad tecnológica, tiene como base y garante un principio moral.

 

Twitter del autor: @alepholo

 

Foto: Westend61