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"Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar"

Pan no es quien está loco y debe ser curado sino la sociedad que ha olvidado cómo bailar con él.

James Hillman

O chestnut tree, great rooted blossomer, 
Are you the leaf, the blossom or the bole? 
O body swayed to music, O brightening glance, 
How can we know the dancer from the dance?

W. B. Yeats

La filosofía es el amor a la sabiduría; y en ese amor hay algo de danza, de entrar en ritmo y unidad; y en esa sabiduría hay algo de bailar el mundo y su problemática, de saber seguir la música y dejar que el cosmos se exprese en uno.

Tal vez no se asocie mucho la danza con el filósofo, de quien se podría pensar que prefiere observar la acción a cierta distancia, sin participar en el trance del momento, sin fundirse en la música y el furor -ejerciendo el juicio y la razón analítica con perspectiva-. Pero es una coincidencia notable que para Sócrates -a quien podríamos llamar el padre de la racionalidad filosófica occidental- la danza era un comportamiento virtuoso, ciertamente favorable para el quehacer filosófico, como también para el gran crítico de esa racionalidad, Nietzsche -quien, por cierto, llamó a Sócrates el hombre más feo del mundo-, la danza era poco menos que la esencia de la actividad filosófica. Así que en la danza se reconcilian estos dos grandes opuestos: Apolo y Dionisio. El orden y el caos. El control y la espontaneidad.

De Sócrates sabemos que cultivó el hábito de bailar en la mañana, algo que según una historia habría aprendido ya a una edad avanzada (Montaigne dijo que esto era los más notable del filósofo, que había aprendido a bailar ya en la vejez). En El banquete de Jenofonte se cuenta que en una ocasión Sócrates y sus amigos y discípulos celebraban un convite en casa del rico Kallias, quien cortejaba a Autolykos, un atlético mozo de espléndida belleza, quien recién había triunfado en las luchas olímpicas. Para entretenimiento y gozo de los presentes estaba allí una pequeña tropa de artistas, entre ellos dos doncellas y un bailarín, todos de gran belleza. Algo que se esperaba en casa de Kallias (cuyo nombre significa "belleza").

La proeza dancística de una de las doncellas llevó a Sócrates a decir que esto probaba que la naturaleza de las mujeres era tan excelente como la de los hombres (o casi tan excelente) y las hacía dignas de recibir instrucción filosófica. (Aunque esto en nuestra época nos puede parecer misógino y demás, en esa época era sumamente progresista e igualitario). Sócrates nota, maravillado, cómo el movimiento resalta y añade una dimensión extra a la belleza natural. Cautivado por la danza de un muchacho que hacía uso de todas las partes de su cuerpo en movimientos enérgicos y coordinados, Sócrates se arriesga a canonizar, y dice que la buena danza es aquella donde todo el cuerpo se activa en conjunto, donde nada queda inmóvil. Inspirado por esta efusión de los cuerpos, el filósofo a sus 70 años, para incredulidad de sus amigos, decide allí aprender a bailar. "Por Zeus, que yo bailaré", exclama, y pide al maestro de danza que participa también en el banquete que le enseñe a hacer "esas figuras [o formas]". Luego el filósofo sin temor al ridículo imita grotescamente los movimientos gráciles de la doncella y el muchacho, ganando la jovial burla de sus compañeros, hasta quedar exhausto y llamar a que fluya profusamente el vino. Sócrates también celebraba la vida.

En este pasaje, Sócrates sugiere que la danza dota de salud y simetría al cuerpo y permite reflexionar sobra la naturaleza de la belleza -belleza que no es sólo un accidente físico, sino una imagen de lo divino-. Quizás no sea baladí que Sócrates pide aprender esas "figuras" o esas formas, y así tal vez sugiere que el movimiento de la danza trasluce formas arquetípicas. En la danza entonces se comunica el bien, lo bello, lo justo y lo verdadero. El filósofo que baila ejercita su cuerpo para poder aprehender las formas divinas. 

Es verdad que no podemos argumentar que para Sócrates sea central a la filosofía la danza (aunque, de cualquier manera, esta anécdota es significativa). Pero con Nietzsche ciertamente podemos hablar de que la danza es parte esencial de su filosofía: es una de las metáforas que más usa para expresar su filosofía vitalista dionísiaca. Es difícil encontrar alguien que haya hablado con mayor entusiasmo poético sobre la danza que Nietzsche (aunque hay que decir que a veces la danza es una metáfora omniabarcante: la escritura es danza, la percepción es danza, la voluntad de poder es danza). Las ideas de Nietzsche de que la existencia tenía una raíz irracional y de que toda espiritualidad debía encontrarse en la vida misma, hacen de la danza un vórtice para la filosofía. Sus ideas no fueron infértiles, ya que inspiraron a personas como Isadora Duncan, una bailarina que fue poseída por las ideas de Nietzsche y su ideal dionisíaco. 

Therese Duncan en la Acrópolis: "Era como la reencarnación de una ninfa griega", dijo el fotógrafo Steichen

La más famosa frase de Nietzsche sobre la danza es esta, que pone en boca de Zaratustra: "Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar". La frase aparece entre las anotaciones del inconcluso La voluntad de poder, donde se dice:

¡Cuántos dioses no serán aún posibles! A mí mismo, por ejemplo, a quien el instinto religioso, el instinto creador de dioses, se le ha activado en momentos inauditos, ¡de qué diversas formas se le ha revelado cada vez lo divino...! ¡Qué de cosas extrañas han pasado ante mí, en aquellos momentos sin tiempo en que no se sabe absolutamente nada de lo viejo que se es y de lo joven que todavía se puede ser...! Yo no dudo que haya muchas especies de dioses, las cuales no se pueden imaginar sin un cierto alcionismo o una evidente ligereza. Probablemente los pies ligeros son una cualidad integral del concepto de "dios". ¿Es necesario mencionar que dios prefiere mantenerse más allá de todo lo burgués y lo racional? Y, que, dicho sea entre nosotros, también más allá del bien y mal. Encarna una visión libre, en palabras de Goethe. Y para invocar la autoridad de Zaratustra, que en este caso es inestimable, quien va tan lejos que confiesa "Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar".

Este párrafo es importante porque nos muestra el lado que no suele mencionarse de la famosa afirmación de Nietzsche: "Dios ha muerto". El dios que Nietzsche había visto agonizar era el dios cristiano, el dios de la moral, domesticado, anquilosado, sin nada que decir al hombre, sin irrumpir como presencia vital... un dios que no sabía bailar. Pero Nietzsche tenía una enorme sed divina. Según Heidegger, Nietzsche fue "el último filósofo alemán en buscar apasionadamente a Dios". El ateísmo de Nietzsche era un ateísmo sobre todo en el sentido de oponerse ferozmente a la divinidad como una persona suprasensible, trascendente, que juzga el mundo sin participar en su vitalidad. Un dios que supiese bailar es un dios que nace del cuerpo, un dios como Dionisio -el dios que representa la vitalidad, la desmesura, lo irracional, el éxtasis-. Aunque es verdad que Nietzsche desea un nuevo dios, y es que van "¡2 mil años y ni un nuevo dios ha nacido!". El dios al que llama, entonces, es el dios que nace de la voluntad de poder del ser humano, la cuerda que lo lleva a cruzar el abismo. Un dios que regresara a un sustrato arcaico más allá de la racionalidad, en la pura expresión de la creatividad que es un instinto cósmico incontenible. El momento en el tiempo donde más relumbra esta divinidad es en las fiestas de Dionisio en el bosque, fuera del orden establecido y la mesura apolínea, salvajes, libres y vigorosas, una comunión de la sangre, el vino, el deseo y la danza.  Cabe mencionar que Nietzsche no conoció a otro dios que también sabía bailar: a Shiva, quien en su versión de Nataraja, crea (y destruye) el universo con su danza -dios que Alan Danielou entendió tenía una profunda identidad con Dionisio. Y Nietzsche seguramente sorprendería de descubrir que la religión que tanto vilipendió, particularmente por su falsa moral y su rigidez, probablemente tenía un rito dancístico: no sólo Dionisio bailaba, también lo hacia Cristo. Textos gnósticos y apócrifos narran lo que académicos han llamado "la danza circular de la cruz". En el texto apócrifo de los Actos de Juan, Jesús le dice a sus discípulos después que se recitan una serie de canciones y se tocan música de flautas: "Si tú respondes a mi danza, y te ves en mí mientras hablo, y si haz visto lo que hago, debes de guardar silencio de mis misterios. Tú que bailas, entiende lo que hago, pues tuya es esta pasión humana que debo sufrir."

Ninfas bailan mientras Pan -el dios de la naturaleza totalizante que el cristianismo mató y demonizó- toca su flauta mágica (y fálica)

Nietzsche veía en la danza una forma de comunión con este "instinto creador de dioses": "No sé que otra cosa más podría desear el espíritu de un filósofo que ser un buen bailarín. Pues la danza es su ideal, su arte más fino, y finalmente la única forma de piedad que conoce: 'su servicio divino'". De la misma manera que una vida sin música sería un error, debíamos considerar "un día perdido si en él no hemos bailado por lo menos una vez". Porque en la danza se revelaba la ligereza de la existencia que estaba cerca de la verdad. "Mi alfa y omega es que todo lo que es grave y pesado debe hacerse ligero; todo lo que es cuerpo, danza; todo lo que es espíritu, ave". La danza nos conecta con el cuerpo y su divina irracionalidad: "hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría". Uno puede conocer el mundo con el cuerpo, y más aún con el cuerpo en consonancia con la vitalidad que pulsa en la tierra: "Un bailarín porta sus oídos en sus pies".

Nietzsche argumenta que los filósofos ya no saben pensar, denuncia esa enfermedad -que hoy es una epidemia- del filósofo de curul o de torre de marfil; el filósofo que no vive por sí mismo: sólo discute las ideas de pensadores canonizados; el filósofo que no trabaja su propio organismo, su propio aparato para conocer la realidad:

ya no se reconoce que pensar requiere una técnica, una enseñanza curricular, una voluntad de maestría  -que el pensamiento quiere ser aprendido como la danza, como una forma de danzar-. ¿Quien entre los alemanes conoce aún por su propia experiencia el temblor delicado que los pies ligeros en materia espiritual desatan en cada músculo?

El pensar filosófico entonces es una forma de danza, ya que la danza, como también señala Sócrates, involucra todo el cuerpo -es una forma de integrar el todo-, y lo que Nietzsche busca es que el pensamiento sea parte de la misma corriente vital que lo mismo hace estrellas que compone sinfonías y destruye templos. Nietzsche finalmente nos revela lo que es este brutal universo:

¿Debería mostrártelo en mi espejo? El universo es un monstruo de energía, sin principio ni final; una cantidad de energía fija e implacable que ni disminuye ni crece, que no se consume a sí misma, sino que sólo altera su cara... Es energía que permea todo, el juego de fuerzas y olas de fuerza, al mismo tiempo una y muchas, aglomeradas aquí y desvaneciéndose allá, un proceloso océano de fuerzas rugientes en sí mismas, siempre cambiante, siempre fluyendo de regreso por incalculables eras de recurrencia, con un flujo y reflujo de sus formas, produciendo lo más complicado a partir de las estructuras más simples; produciendo lo más ardiente, lo más salvaje y lo más contradictorio de lo más quieto y rígido y congelado, y luego regresando de la multiplicidad a la uniformidad, del juego de las contradicciones de regreso a la delicia de la consonancia, diciendo sí a sí mismo, incluso en esta homogeneidad de sus cursos y eras; por siempre bendiciéndose a sí mismo como algo que recurre por la eternidad -un devenir que no conoce saciedad o disgusto o cansancio- este, mi mundo dionísiaco de eterna autocreación, o eterna autodestrucción, este misterioso mundo de voluptuosidad dual; este mi "Más allá del bien y el mal", sin propósito, a menos de que exista un propósito en la dicha del círculo, sin voluntad, a menos de que un anillo por naturaleza deba mantener una buena voluntad consigo mismo. ¿Quieres un nombre para mi mundo? ¿Una solución a todos tus enigmas? ¿Quieres también una luz, tú, él más oculto, fuerte y valiente de los hombres de la negra medianoche? ¡Este mundo es la Voluntad de Poder -y nada más! ¡E incluso ustedes, sí, sólo son esta voluntad de poder! 

El filósofo para Nietzsche lo que busca es convertirse en la danza misma, decir sí a la existencia de tal forma que sea digno repetir esta vida eternamente y fluir en la savia energética de la existencia sin vacilación o recato. Hay en esto una forma de ese sentido de religiosidad cósmica que no necesita de un Dios, sino que prefiere eliminar todo intermediario para volcarse hacia el corazón de la vibración y participar en la pura fuerza creativa/destructiva como si se tratara de una bacanal. 

Para Sócrates y Platón, por otro lado, el fin de la filosofía era justamente convertirse en Dios, elevarse a la eternidad contemplando las formas arquetípicas, separando el alma del cuerpo. Caminos sumamente distintos pero que, sin embargo, comparten la danza. 

Así entonces, si estás con un filósofo y quieres poner a prueba su filosofía -ver si es más que su discurso- velo bailar, ve cómo baila cuando viene el fuego y el agua, cuando llega el caos, cuando se mueven los astros, cuando aparecen los cuerpos vibrantes, cuando llegan los sonidos de la tierra negra, cuando se acerca la muerte...

 

Twitter del autor: @alepholo

 

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Carl Jung sobre la percepción extrasensorial y por qué el tiempo sólo existe en relación a la mente

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/04/2018

Jung pasó mucho tiempo de su vida intentando explicar fenómenos como la telepatía o la telekinesis; esto fue lo que creyó descubrir sobre la naturaleza de la realidad y su relación con la mente

Una de las diferencias que hicieron que  Carl G. Jung se distanciara de Freud fue su consideración de que los fenómenos psi o eventos paranormales debían ser estudiados seriamente. Particularmente Jung se mostró interesado por estudiar la alquimia, la astrología y la telepatía, y escribió sobre los importantes hallazgos del Instituto Rhine sobre percepción extrasensorial. Él mismo desarrollo una explicación para estos fenómenos bajo el término sincronicidad o la conexión acausal significativa. 

Intentando explicar fenómenos psi al final de su vida, Jung notó que existen dos tipos de relaciones entre las cosas: la cadena causal y la interconexión de significado o "la conexión constante a través del efecto y la conexión inconstante a través de la contingencia, equivalencia o significado". En su ensayo Sincronicidad como principio de conexiones acausales escribe:

Como he dicho, es imposible, con nuestros recursos actuales, explicar la percepción extrasensorial, o el hecho de la coincidencia significativa, como un fenómeno de energía. Esto termina con la explicación causal también, ya que un "efecto" no puede entenderse sino como un fenómeno de energía. Así que no puede ser una cuestión de causa y efecto, sino de caer conjuntamente en el tiempo, un tipo de simultaneidad... considero que la sincronicidad es una relatividad del tiempo y el espacio psíquicamente condicionada. Los experimentos Rhine han demostrado que en relación a la psique el tiempo y el espacio son, por así decirlo, "elásticos" y pueden aparentemente reducirse al punto de la desaparición, como si fueran dependientes de condiciones psíquicas y no existieran por sí mismos sino que fueran "postulados" por la mente consciente. En la visión original del mundo, como la encontramos entre hombres primitivos, el tiempo y el espacio tienen una existencia precaria. Se convierten en conceptos "fijos" sólo en el curso del desarrollo mental, gracias sobre todo a la introducción de la medición. En sí mismos, el espacio y el tiempo consisten en nada. Son conceptos hipostasiados engendrados de la actividad discriminatoria de la mente consciente, y forman coordenadas indispensables para describir el comportamiento de los cuerpos en movimiento. Son, entonces, esencialmente psíquicos de origen, lo cual es probablemente la razón que hizo que Kant los considerara como categorías a priori. Pero si el tiempo y el espacio son sólo propiedades aparentes de cuerpos en movimiento y son creados por las necesidades intelectuales del observador, entonces su relativización por condiciones psíquicas no es ya motivo de asombro sino que llega a los límites de la posibilidad. Esta posibilidad se presenta cuando la psique observa, no a los cuerpos externos, sino a sí misma.

Encontramos aquí también una notable hipótesis que mantiene una relatividad entre el tiempo-espacio y la psique, algo que parece ligar el pensamiento de Jung con la física cuántica y el llamado "efecto del observador". De hecho Jung, en su correspondencia con el físico Wolfgang Pauli, trabajó en una idea a la cual podrían estar subordinados sus conceptos de arquetipos y sincronicidad, a la cual llamó "unus mundus". Las coincidencias significativas sin causas aparentes que se producen en fenómenos psi podrían ser explicadas por el hecho de que tanto el observador como el fenómeno observado emergen de la misma fuente, el unus mundus, o la unidad que subyace a todas las cosas. Quizás así podría explicarse uno de los fenómenos más misteriosos de la física cuántica, el entrelazamiento cuántico. Quizás las partículas exhiben una conexión a distancia instantánea porque no son dos, son una misma cosa que se despliega bajo una diversidad que es aparente pero no ontológica.