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Disfruta de este archivo de más de 213 mil estampas japonesas ukiyo-e

Arte

Por: pijamasurf - 02/23/2018

Actualmente los ukiyo-e son, según la curaduría del Metropolitan Museum of Art, las piezas más sorprendentes que existen en el mundo de la imprenta

El ukiyo-e, traducido como “las pinturas del mundo flotante”, es un estilo de xilografía ancestral que dió como resultado una producción innumerable de hermosas pinturas japonesas. Comenzó en el Japón de los siglos XVII a XIX, con paisajes, obras de teatro, luchadores de sumo, actores populares e incluso con escenas de sexo explícito, y se popularizó gracias a su accesible costo y a su producción masiva: quienes consumían este tipo de arte eran habitantes y turistas de los centros urbanos de Eda –Tokio–, Osaka y Kioto. Lo característico del ukiyo-e son sus trazos tan finos, su composición original y la belleza de sus colores.

Desgraciadamente, cada vez son menos los artesanos con el conocimiento y la capacidad de reproducir estas obras de arte y por ello, el Instituto Adachi de Xilografía y la Fundación Adachi para la Conservación de las Técnicas Xilográficas procuran no escatimar esfuerzos para no sólo dar a conocerlo al mundo sino también transmitir sus métodos, para prolongar la vida de este arte. Para uno de los responsables del instituto, Nakayama Meguri, se trata de un método que implica “un gran respeto por la tradición y la técnica empleadas durante el período Edo”.

Para el proceso, el silencio y la concentración ocupan el taller, y el artesano utiliza planchas de madera de cerezo –dura y fina a la vez– en donde unta manualmente una cola hecha de arroz –llamado wanori– y coloca un dibujo en papel japonés muy fino. Una vez que la hoja queda impregnada sobre la madera con la tinta china del dibujo, la hoja empieza a hacerse jirones y el grabado con una gubia brinda relieves. Así se graba todo el dibujo sobre una primera plancha llamada amohina; se coloca una hoja en el lugar que permita una estampación correcta. A continuación, el artesano graba planchas y colores que se van a estampar –principalmente, entre ocho y 10 colores, y entre cuatro y cinco planchas–. Hay ocasiones en que un artesano puede tardar hasta 3 semanas en grabar todas las planchas necesarias para la xilografía, ya que se requiere precisión a la hora de realizar el grabado.

Actualmente los ukiyo-e son, según la curaduría del Metropolitan Museum of Art, las piezas más sorprendentes que existen en el mundo de la imprenta. Por ello, el proyecto del programador e ingeniero de Khan Academy, John Resig, lanzó en el 2012 una plataforma con más de 213 mil impresiones ukiyo-e recolectadas de 24 museos, universidades, bibliotecas, casas de subastas y distribuidores de todo el mundo. De hecho, en dicha plataforma se encuentran impresiones previas de su época dorada: grabados desde mitades del siglo XVI hasta los de una época contemporánea y moderna de la década de los 50 del siglo XX. Para acceder a esta plataforma, da clic aquí; por mientras, disfruta de las obras que compartimos a continuación.

 

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Un relato gótico intimista contemporáneo

Oz Perkins, hijo del actor fuera de serie Anthony Perkins (Norman Bates de la clásica Psicosis), proviene de un camino actoral, quizás parte de su extensión genética, participando en proyectos interesantes como La secretaria (Steven Shainberg, 2002) o Erosión (Ann Lu, 2005). Lo que llama asombrosamente la atención no es únicamente su talento como director y guionista sino lo arriesgado de sus proyectos, que resultan sumamente logrados para el cine independiente del que es parte. Aunque sólo sean dos películas las que integran dicha filmografía, ya quisieran muchos directores prestigiados tener por lo menos la atmósfera que ha construido en alguna de ellas.

La enviada del mal (Oz Perkins, 2015) planteaba una escuela de internado que resulta una arena metafísica donde se suscitan poderes sobrenaturales en un invierno lleno de nieve, que tratan de absorber la energía vital de un par de señoritas. Kat (Kiernan Shipka) y Rose (Lucy Boynton) misteriosamente se encuentran solas en los largos pasillos y silenciosos salones de su helada preparatoria vacía, las sombras acechan y una misteriosa mujer debe llegar a toda costa con ellas por los difíciles caminos. De una manera u otra no podemos dejar de pensar en Elefante (Gus Van Sant, 2003), que más que retratar el episodio de la balacera de Columbine a cargo de dos adolescentes con acceso a Internet en un país libre de leyes de uso de armas de fuego, se dedicaba a esculpir lo macabro de las instituciones escolares de high school, donde uno era un pez en el agua en un mar de tiburones.  Así recorremos pasillos lúgubres, esperando al mal que puede llegar en cualquier momento, ¿llegará por afuera o por adentro de los personajes?

La enviada del mal abstraía lo gótico de lo cotidiano, gracias a una sinuosa fotografía a color saturada y una banda sonora que desataba escalofríos inmediatos. Llamaba la atención lo bien ejecutadas de sus actuaciones principales, a cargo de dos talentosas adolescentes.

Poco tiempo después aparece en Internet por servicio a demanda Soy la cosa bella que vive en esta casa (Oz Perkins, 2017), otro relato gótico intimista contemporáneo. Nuevamente de forma muy femenina, el director desarrolla más temas que tienen que ver con lo metafísico en lo cotidiano, en lo americano. La joven enfermera Lily (Ruth Wilson) es contratada para cuidar a una prestigiosa escritora de best sellers de areopuerto, Iris Blum (Paula Prentiss), en su casa blanca de dos plantas casi de cuento; ella es mayor y tiene Alzheimer y demencia senil. Desde el inicio Iris llama a Lily con el nombre de Polly, siendo este nombre propiedad de una de sus famosas protagonistas; en otra línea argumental paralela nos vamos enterando de la trama de ese personaje y al mismo tiempo de la oscuridad que puede aguardar a Lily en su destino como Polly.

Los tiempos imaginarios desplegados son arrebatadamente poéticos y estéticamente muy refinados, recuerdan vanguardias cinematográficas de principios del siglo pasado (Leger, Man Ray, Dulac) y al trabajo de danza fílmica surrealista de Maya Deren. La verdad es que el trabajo de montaje es exquisito, planteando varias realidades simultaneas que más que conformar un rompecabezas cuántico, ilustran emociones humanas en un nivel tecnológico, no podemos dejar de pensar en David Lynch y sus conceptos de oscuridad en Carretera perdida (1997), coescrita con Barry Gifford. ¿Qué tan oscuro es lo oscuro?

Pero, sobre todo, encuentro una similitud espeluznante con el trabajo fílmico poco conocido de la escritora Marguerite Duras, (1914–1996), en especial India Song (1975). Con su fotografía de movimientos interminables, con subexposición de ocaso solar, más lunar que solar, implacable noche por día. La cinta se construía sobre el voice over de la misma Duras que nos conectaba con el más allá de una manera indirecta, un poema visual que no tiene principio ni fin. Así, la voz de Lily nos va sumergiendo en el sueño sin fin, en la epidermis de la noche eterna.

La resonancia de la voz del personaje encarnando otros puntos de vista, ¿siendo Polly? va llenando la oscuridad de la pantalla y haciendo que tome vida la famosa Polly, mientras aguardamos lo peor para la protagonista. Pero más allá de un recurso narrativo el recurso es ontológico, y sobre todo un punto de vista que comienza a cambiar hasta liberar a la cinta de cualquier cadena de nuestra conciencia, es un filme limpio de esos que urge ver en estos tiempos, de esos que cada vez son más raros. Enhorabuena estamos ante un creador inusitado que brinda nuevo aliento a este arte a veces tan limitando por lo económico. En su tumba Norman Bates sonríe con los dientes de calaca de su madre, sin la voz en off del detective psiquiatra que explica todo.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo