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Con Jordan Peterson, Nietzsche, Jung y Dostoyevski, exploramos esta idea de que, más allá de la obligación sociocultural de ser felices, yace la responsabilidad de buscar la verdad, que es lo que da sentido a la existencia

Las penas, el sufrimiento y la soledad son los grandes constructores de carácter. El ser humano nunca es realmente grande hasta que su corazón se rompe.

-Manly P. Hall

 

Es un dicho budista que buscar la felicidad es la causa de la infelicidad. Para los budistas el andar por el mundo deseando, persiguiendo sensaciones de placer o incluso aferrándonos a aquellas cosas que creemos nos hacen felices -como una pareja, dinero, éxito, etc.- asegura que sufriremos, porque todas estas cosas son impermanentes y, al cambiar, harán que lo que hoy nos hace feliz y da placer mañana nos produzca dolor. Nuestra felicidad hoy es la semilla de nuestro sufrimiento mañana.

Pensadores existencialistas, por otro lado, nos dirían que la vida es trágica. La condición del hombre en el mundo -la muerte, la enfermedad, la soledad y demás- nos colocan en una situación de estar arrojados, de alguna manera caídos (sin necesariamente recurrir a la connotación religiosa). No es de asombrarnos que el hombre sufra, se encuentra en condiciones sumamente precarias en el mundo, aunque, al menos, es libre (especialmente en la medida en la que se hace responsable de sí mismo).

A esto hay que sumarle la presión moderna por ser feliz, por ser productivo y exitoso, como un imperativo categórico social que está evidentemente ligado al paradigma económico de crecimiento permanente. Uno debe de hacer algo -que muchas veces requiere consumir- para lograr sacudirse y alcanzar la felicidad que el cine, la publicidad y en general la sociedad nos dice es nuestro derecho básico (pero que parece nuestra obligación, si es que queremos ser aceptados).

Si esta es la situación en la que se encuentra el hombre, ¿qué hacer para no sumirse en la más profunda desesperanza o en el nihilismo? Para el budismo, existe un camino para trascender el sufrimiento que tiene que ver con el entrenamiento de la mente, con el desapego y con alcanzar una sabiduría contemplativa que es capaz de liberarse de todo lo condicionado -extinguiendo el deseo que hace que dé vueltas la rueda del samsara. Ya que la ignorancia es la raíz del sufrimiento, es la sabiduría lo que libera. No ahondaremos en esto en esta ocasión. ya lo hemos hecho en otros artículos (como este o este). Quizás más cercana a la mentalidad occidental es la asunción heroica de la vida trágica, algo que pensadores como Nietzsche o Dostoyevski han defendido -y que, como veremos, no difiere en fondo sino en método-, pero que tenemos en el Dr. Jordan Peterson una versión actualizada, que sintetiza y extrae las ideas relevantes de estos autores para una sociedad cada vez menos letrada. La vida es trágica, ser feliz es algo así como una utopía (especialmente si se porfía en serlo), pero la vida tiene sentido.

Dostoyevski en sus notas sobre su novela Crimen y Castigo escribió: "el hombre no nace para la felicidad. El hombre se gana la felicidad, y esto siempre a través del sufrimiento". No se trata de un sufrimiento absurdo o masoquista, sino de un sufrimiento que es aceptado -porque es la realidad de la existencia- y llevado con dignidad, bajo el entendido de que tiene sentido. Tiene sentido porque se acepta una carga en función de un fin que es más alto que los propios deseos personales. Esto es en gran medida lo que hacen el amor, la compasión y la fe. Nuestros actos tienen sentido porque pueden ayudar a los demás y combatir el mal, la ignorancia e incluso el sufrimiento que existe en el mundo. No se trata de buscar la felicidad, tal cosa es endeble, se trata de encontrar el significado -y esto es la mejor forma, al final de cuentas, de acercarse lo más posible a la felicidad y hacer felices a los demás. Kierkegaard tiene un entendimiento que me parece útil y hermoso en este sentido. La vida se vuelve significativa cuando el individuo se eleva a lo universal, supeditando sus deseos a la ley moral, que representa el propósito de su existencia. Pero la forma en la que el deber ser se presenta -la forma en la que lo universal se presenta- es de una manera singular y subjetiva, de manera que puede trascender la ley moral por la cual se rigen los demás. El ejemplo de Kierkegaard es el sacrificio de Abraham, un acto que rompe la ley moral y, sin embargo, es profundamente significativo y moral. 

Jordan Peterson explica por qué buscar la felicidad es un mal negocio:

Está bien creer que el sentido de la vida es ser felices, pero ¿qué ocurre cuando eres infeliz? La felicidad es un gran efecto secundario. Cuando llega, acéptala con gratitud. Pero es pasajera e impredecible. No es una meta que uno debe de tener -porque no es una meta. Y si la felicidad es el propósito de la vida, ¿qué pasa cuando eres infeliz? Eres un fracaso. Y quizás incluso un fracaso suicida. La felicidad es como un dulce de algodón. Simplemente no va a lograr el cometido.

Peterson cree que lo que se debe de buscar es significado en la vida, lo cual significa también tomar responsabilidades. Vivir una vida lo más posiblemente alineada con aquello que creemos es verdadero y bueno. Esa, por otro lado, sí puede ser una meta: decir la verdad e intentar hacer el máximo bien. Para hacer esto es fundamental dejar de hacer esas cosas que sabemos lastiman nuestro espíritu y hacer aquellas que sabemos nos harán bien pero que nos cuestan trabajo, que nos dan miedo. Como sugiere Nietzsche, la moralidad en una persona que no tiene cierto poder -de actuar, de amar, de destruir el mal- es un disfraz en el que se oculta la cobardía. Peterson sugiere, con Jung, que debemos de enfrentar e integrar nuestra sombra, ir hacia las profundidades donde se ocultan nuestros miedos y traumas, que son también las cuevas donde yacen los tesoros. En la búsqueda del santo grial, los caballeros de la mesa redonda deben entrar al bosque por la parte más oscura.

Por otro lado, Peterson cree que el significado (meaning) está embebido en la profundidad de la existencia, no sólo psicológica sino biológica. "Es el más profundo de los instintos más altos", dice. El cuerpo responde al significado, por ello cuando encuentra propósito y significado puede afrontar el estrés sin colapsarse -como sugieren la observaciones en los campos de concentración de Viktor Frankl y el trabajo más reciente de científicos que correlacionan la eudaimonía con la salud. El estrés cambia de significado cuando se acepta como un desafío voluntario y no como una condena; y con sólo ese cambio de significado el cuerpo genera diferentes hormonas y neurotransmisores ante una situación, a tal punto que un estrés significativo no suele mermar el sistema inmune. Cuando encuentras significado en lo que haces dejas de pensar en lo miserable que es la vida (¡tan siquiera porque eres capaz de concentrarte!), e incluso si estás enfermo sigues haciendo lo que crees que debes hacer sin que te afecte demasiado Es como un estado de armonía, flow o sincronicidad, que mejor puede compararse a la música: la música puede ser triste o alegre y demás, pero nos comunica de todas maneras un orden, una armonía, una estructura basada en ciertos principios. El significado se siente en el cuerpo como un modo de existencia auténtica y la autenticidad -como un traje que nos queda a la medida, y que no oculta sino revela- nos hace más nosotros, más fuertes y más libres -hay una intuición que existe en todas las culturas: que la verdad libera. El significado o sentido existencial, cree Peterson, es de hecho una alineación con el Logos de los antiguos griegos, ese principio de inteligencia y orden en el cosmos, que para los cristianos se convirtió en el mismo Verbo, en la fuerza de amor que redime el universo. Cristo, Buda, pero incluso Sócrates y hasta Pinocho o Harry Potter -explica en sus lecturas Peterson- pueden verse como arquetipos de una misma figura con la que se llama al ser humano a "cargar la cruz", a dar la vida por la verdad, a ser el héroe de la propia experiencia arrojada en el mundo, y cumplir su propósito: crear armonía en el mundo, balance entre el orden y el caos, ayudar a que la humanidad pueda evolucionar hacia un destino más noble. Seremos ceniza más tendrá sentido; seremos polvo más polvo enamorado, dijo el poeta, porque ante la muerte sólo esto es el antídoto.

El heroísmo, la épica, pero también la tragedia y el romanticismo -porque "la verdad es belleza; la belleza, verdad"- de este modo existencial, están predicados en asumir que si decimos la verdad, si nos movemos hacia la verdad con la mejor de nuestras habilidades, eso sólo ya nos asegura el mejor de los resultados o destinos posibles. Entre el caos y lo desconocido inconmensurable, sólo podemos andar si encendemos una luz interna. Se podrá objetar que "la verdad", especialmente en nuestra era relativista posmoderna, en la era de la "pos-verdad", en la era del extremismo religioso y el fanatismo secular, es un concepto difuso, difícil y hasta peligroso. Ciertamente no hay nada más difícil que encontrar la verdad -y aquel que cree que ya la posee probablemente está muy lejos de ello- pero por el hecho de que sea difícil no significa que no debamos intentarlo, al contrario. Y es peligroso porque podemos engañarnos fácilmente -y lo hacemos todo el tiempo- y podemos cometer atrocidades desde el engaño, pero no correr el riesgo de buscar la verdad y vivir conforme a lo que creemos es verdad es mucho más peligroso, porque lo que está en juego es la libertad, no la libertad de poder hacer lo que queramos, sino de liberarnos del mal, de la ignorancia y quizás algún día del sufrimiento. Por otro lado, si la verdad no existe, como pensaban algunos filósofos posmodernos, y más aún si no se apuesta por la verdad, entonces el mundo no tiene sentido. Y entonces de todas maneras no importa si se apuesta o no por la verdad, o si se cree esto u lo otro, todo está permitido y es más o menos igual. No buscar la felicidad, buscar la verdad -algo esencialmente heroico e incómodo- eso es lo que Peterson propone y en gran medida explica la enorme popularidad que está cosechando su pensamiento, porque en la era de la pos-verdad -algo que coincide con el Kali-Yuga o la era de la no-verdad o ignorancia en la que estamos según el hinduismo, y con el vacío que deja la "Muerte de Dios" - hay una carencia marcada de esto, de verdad, de sentido, de espiritualidad. Para Jung el hombre moderno era esencialmente un hombre en busca de un alma. Keats dijo que este mundo era "el valle de la elaboración del alma", para eso estábamos aquí, para elaborar un alma de la tierra, para convertir el plomo del sufrimiento en el oro de la conciencia. Hambriento de alma, en busca de sentido, con sólo la verdad como arma, así el hombre camina alto por el mundo.

Twitter del autor:@alepholo

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¿El ser humano ha tenido siempre miedo a ser libre? ¿Cómo se expresa ahora ese miedo y qué orígenes tiene? Pero, sobre todo: ¿hay forma de combatirlo?

En la filosofía occidental existe una constante en las reflexiones que han abordado el problema de la libertad humana. Más allá de las diferencias y limitaciones de cada filósofo, más allá de las corrientes de pensamiento y las distintas épocas de cada una, en los muchos años de ideas que van de Platón a Slavoj Zizek casi todos los filósofos se han encontrado con una actitud al parecer propia de la naturaleza humana en relación con la libertad: el miedo. El ser humano tiene miedo de ser libre. 

En cierta forma, para el ser humano la libertad está asociada casi indeleblemente con un trauma. Acaso se trata de un problema que en nuestros muchos años de historia nunca hemos descubierto cómo resolver de la mejor manera posible. Al nacer debemos esperar algunos años antes de poder comprender la vida social y sus prácticas, entender que parte de nuestra supervivencia en comunidad implicó el desarrollo de reglas sociales y culturales. Ignorantes de todo esa estructura, debemos crecer, sin embargo. Y entonces surge el trauma. Porque la libertad un poco salvaje del infante necesita acotarse y definirse de acuerdo con esos límites: parece necesario para que después pueda vivir con sus semejantes. La maquinaria social que procesa la libertad humana –recortándola, amoldándola– es, en este sentido, una maquinaria implacable, que impone su sello sobre cada sujeto, sin miramientos de ningún tipo. O al menos así lo intenta.

Cada momento histórico tiene, sin embargo, sus propias circunstancias. Es posible que, hasta hace unos años, el miedo a la libertad haya sido sobre todo miedo al castigo. Todo intento de experimentar la libertad solía implicar una represión violenta, tanto a nivel subjetivo como social. Al menos hasta los años 80 del siglo XX, era común que los padres castigaran físicamente a sus hijos, los maestros igualmente a los alumnos y los gobiernos de cualquier ideología hicieran lo propio con sus gobernados. Al menos hasta esa época, el castigo podía entenderse como origen del miedo a la libertad: sujetos y sociedades tuvieron miedo de ser libres porque, cuando lo intentaron, fueron violentamente reprimidos, y en su psique quedó vinculado indeleblemente el dolor del castigo al intento de libertad.

Poco después, por distintas razones, dicha manera de moldear a los sujetos cambió. En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han argumenta que las sociedades disciplinarias se convirtieron en sociedades del rendimiento porque el deber harta y por ello eventualmente termina, pero el poder estimula y por ello parece no tener fin. Dicho de otro modo: si el castigo da pie a la inconformidad y posiblemente a la rebeldía, en cambio el estímulo positivo hace al sujeto querer más, rendir más, trabajar más, estimulado doblemente por una recompensa que lo satisface por un instante y al mismo tiempo le hace querer más de lo mismo. Al hablar de Coca-Cola, Slavoj Zizek señaló eso que todos hemos experimentando: cuando la bebemos parece refrescarnos en un primer momento, pero al siguiente tenemos más sed.

El cambio de la sociedad del castigo a la sociedad del rendimiento que señala Byung-Chul Han implicó también un giro radical hacia la positividad. Todo, ahora y desde hace unos años, tiene que ser positivo. Y eso no excluyó la formación de las subjetividades y el moldeamiento de su libertad. El castigo con que antes se limitaban las experiencias de libertad cambió entonces hacia formas en apariencia menos violentas de acotar la libertad de los sujetos, pero igualmente encaminadas a ello. Si al menos hasta el siglo XIX y acaso algunos años del XX había padres que no dudaban en atar las manos a sus hijos para evitar que hicieran travesuras (o a manera de punición después de hacerlas), este gesto que bien podría figurar en las láminas con que Michel Foucault ilustró su Vigilar y castigar no parece muy distinto, en esencia, a las muchas horas de “tranquilidad” que tuvo un padre o una madre cuando dio a sus hijos una consola de videojuegos e igualmente ató sus manos, impidiendo de otra manera que experimentaran con su libertad. No parece muy distinto, pero lo fue. Y en esa variación generó otros efectos. Uno de ellos fue la necesidad constante de estimulación positiva que se creó en este tipo de subjetividades. 

Sin embargo, no fue el único. El ser humano no se explica únicamente por las condiciones materiales y objetivas que lo rodean, sino también por la emotividad en la que se forma. Cuando la crianza pasó del castigo al estímulo, se generó otra necesidad característica de esta época: la necesidad de sentirse amados incesantemente o, en otro sentido, la idea de que el afecto es siempre inagotable.

No es casualidad que un producto como Facebook se haya desarrollado en una época como la nuestra y, además, haya pasado a formar parte de nuestra dinámica cotidiana con la importancia que le concedemos ahora y el tiempo de nuestra vida que le dedicamos. No es sólo por la recompensa constante e instantánea que puede proveer a una persona o porque satisfaga la necesidad de sentirse mirado que, se ha dicho, también es parte de la subjetividad de esta época. No es sólo eso. 

Es, también, porque tanto el estímulo positivo como la necesidad de ser mirados estuvieron, en el momento del acotamiento de la libertad de estas subjetividades, cruzados con la posibilidad y la sensación de saberse amados. 

¿Qué hay, si no, en una frase en apariencia tan inocua como “Si haces eso ya no te voy a querer”, que aun ahora puede escucharse en la boca de una madre o de un padre dirigida a su hijo, cuando éste está a punto de hacer algo indebido? Está ahí la mirada de la figura tutelar sobre los actos del hijo (y, en específico, sobre un acto de libertad que considera censurable), está la recompensa del amor como estímulo a la obediencia de la regla (que implica permanecer así dentro del ámbito de lo permitido), pero también está, finalmente, cierta promesa de infinitud, como si al obedecer y aceptar esos límites a la libertad se hubiera aceptado la ficción implícita del “amor infinito” de la madre o el padre, reforzándose así, doblemente, el estímulo positivo: en el afecto, por un lado, pero también en el narcisismo, en la falsa idea de que el amor no acaba nunca, que al amor propio puede vivir sin ser herido y que la libertad puede ejercerse sin herir el amor propio de otros (el narcisismo de otros).

El goce es la forma que creamos para hacer aceptable el dominio del Amo. En la sociedad del rendimiento, ese goce parece haber transitado a la literalidad del término. Como explicó Zizek hace unos años, en esta época “el goce es una especie de obligación perversa”, existe ahora un imperativo de gozar que puede entenderse a la luz de ese tránsito de una sociedad del castigo a una sociedad de la recompensa. Para Zizek, la ideología es eso que necesitamos para aparentemente disfrutar de la vida, que de otro modo parecería vacía, o acaso cabría mejor decir: sin el goce aparecería como es, dominada por el Amo, totalmente distinta a lo que de verdad quisiéramos que fuera. 

Ahora como nunca, el goce es el estímulo por el cual aceptamos obedientemente el dominio del Amo. La "economía de la atención", de la que se ha hablado tanto en el último par de años, es en ciertos ámbitos la perfección de esa técnica, que llevó el goce al nivel de lo instantáneo, lo cotidiano y lo normal. En Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas tecnologías del poder, Byung-Chul Han compara el rosario de la parafernalia católica con el smartphone, en la medida en que ambos son objetos portátiles de devoción que someten tanto en la vigilancia como en el control. Cabría añadir solamente una diferencia: mientras que el rosario es indisociable de la penitencia (pues sigue los momentos de la pasión de Cristo y por ello los recuerda a cada momento a quien lo lleva consigo y lo usa), el smartphone nos somete por la vía del goce, la recompensa que obtenemos al postear una selfie en Facebook o en Instagram una fotografía de la playa donde vacacionamos, acaso una ocurrencia que creemos ingeniosa en Twitter, y vemos cómo se acumulan los likes y las “interacciones”.

A las ideas de ambos pensadores quizá cabría agregar ese componente afectivo antes descrito. La falsa promesa de saberse amados por siempre, infinitamente, y de nunca sentir herido el amor propio con el rechazo, el castigo, la desatención o el desamor. En la medida en que somos también seres afectivos –y, en cierto modo, no sólo marionetas del capital, por más que éste sea capaz de producir también las emociones que sentimos–, puede pensarse que el goce permanente en que se vive ahora es también resultado de esa positivización afectiva. El Amo, por así decirlo, encontró la forma de “hacerse querer”, sometiendo al Esclavo a través del goce, haciendo que éste tomara el lugar simbólico y de recursos que antes había ocupado el temor a la muerte.

La “conciencia de clase” de la que habló Marx fue también, al menos hasta los movimientos sociales de la segunda mitad del siglo XX (el mayo francés, el ’68 mexicano, la “Primavera de Praga”), cierta conciencia de la muerte. Quienes salieron a las calles a protestar para provocar un cambio, acaso lo hicieron no sólo por ser expresión de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, según la terminología marxista, sino también, como pensó Hegel, porque no querían vivir el resto de sus vidas bajo las condiciones de esclavitud del Amo. Darse cuenta de que la vida de cualquier forma terminará, hagamos lo que hagamos, ayuda a sobrepasar el miedo a la muerte y emprender entonces la lucha a muerte necesaria para salir del mundo del Amo.

Pero si el goce ha sustituido dicho temor, ¿qué se puede hacer ahora? Si el goce ocupa el lugar del miedo a la muerte, ¿qué ocupa ahora esa “lucha a muerte” que se necesita para sacudirse el dominio del Amo? Si en apariencia somos demasiado frágiles para aceptar la realidad del rechazo, el error, el fracaso, la finitud de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea, ¿somos aun capaces de protagonizar esa lucha?

Si el Amo se ha movido a la normalidad de “lo ordinario”, a los instantes de todos los días, dejando un poco los gestos grandilocuentes de represión y castigo como las matanzas, las guerras o los genocidios (que no han dejado de ocurrir, pero en nuestra época forman perversamente parte de “lo cotidiano”), ¿quien quiera ser libre deberá hacer lo mismo? ¿Deberá hacer del instante su campo de batalla contra la dominación del Amo?

¿Qué pasará cuando a la vuelta de los años nos demos cuenta de todo el tiempo que entregamos voluntariamente a Facebook? ¿Qué pensaremos cuando al hacer el balance de nuestra vida recordemos todas las horas pasadas frente a Netflix? ¿Qué pasará si ante los muchos sueños que quizá tuvimos alguna vez, los proyectos y los planes, vemos que se formó una cadena inadmisible de minutos ociosos, inútiles, transcurridos en la paradójica soledad de las redes sociales, que uno a uno fueron apilándose hasta formar la barrera que nos impidió hacer realidad lo que queríamos –o al menos descubrir qué queríamos–? ¿Qué pasará cuando se acabe la vida –porque algún día se acabará, eso es inevitable– y nos demos cuenta de que no podemos recordar ningún momento en que fuimos auténticamente libres porque nunca quisimos saber si había amor fuera de la obediencia?

 

Del mismo autor en Pijama Surf: De cómo el fin de la Historia se convirtió en el infierno de lo igual

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imágenes: Christian Russo