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¿Qué es el ikebana y por qué necesitas tenerlo en casa?

Buena Vida

Por: pijamasurf - 01/14/2018

Ikebana, traducido como “el arte de realizar arreglos florales”, es una tradición zen de origen nipón que se enseña en conjunto con la ancestral ceremonia del té

No es novedad que las plantas sean consideradas como herramientas de apoyo para diferentes terapias psicológicas y de meditación. Hay especialistas en la salud mental que, apoyándose en vastas investigaciones neurocientíficas, relacionan la jardinería con el largo proceso del desarrollo de la empatía, la meditación y la conciencia plena. Sin embargo, el listado de beneficios de los cuidados a las plantas se remonta al siglo XV por monjes japoneses, quienes usaban el ikebana como disciplina para fomentar la relajación, la meditación y el deleite.

Ikebana, traducido como “el arte de realizar arreglos florales”, es una tradición zen de origen nipón que se enseña en conjunto con la ancestral ceremonia del té. Usando flores cortadas, ramas, hojas, semillas y algunos frutos, el ikebana resulta un acto de reflexión principalmente porque utiliza toda la concentración durante el proceso y la aceptación de su efímera perdurabilidad. Para Eiko Kishi, profesora de la escuela nipona Mishorhy encargada de realizar arreglos florales a los samuráis, se trata de una técnica de jardinería que “fomenta la relajación y sube el estado de ánimo porque las flores te dan energía”.

 

De hecho, esta tradición se introdujo con la misma expansión del budismo en Japón a través de los países vecinos –Corea y China–. Fue el sacerdote budista Ono-No-Imoko quien, instisfecho con las ofrendas florales en el altar de Buda, empezó a experimentar con arreglos que simbolizaran todo el universo. Por ello, en sus diseños las flores y las ramas se dirigían hacia arriba, se dividían en tres grupos para representar la relación entre tierra, cielo y hombre, y desarrolló una disciplina basada en una forma de vivir en comunicación con la naturaleza.

Todo comienza con las composiciones en escalera hasta conseguir una combinación armoniosa y simétrica –una que represente el triángulo Tai-Yo-Fuku o cielo-tierra-hombre respectivamente–. Después se clavan las flores en un kenzan –un cepillo de púas metálicas capaz de sostener a todas las flores cortadas–, el cual, a su vez, se encuentra en un recipiente lleno de agua para alargar la vida de cada ikebana. Según la tradición zen, una vez terminada la obra se debe contemplar durante unos minutos para disfrutar del trabajo realizado, del camino y del proceso. Es importante que la elaboración del ikebana se practique en silencio, pues es un tiempo para apreciar los elementos de la naturaleza, identificar la belleza en todas las formas de arte y desarrollar la relajación de mente, cuerpo y alma.

Conoce más sobre este arte viendo el siguiente documental:

 

Es momento de recordar este discurso y cambiar colectivamente la forma en que vivimos (VIDEO)

Buena Vida

Por: pijamasurf - 01/14/2018

¿Es posible intentar otras formas de vida? La urgencia del momento en que nos encontramos así lo requiere

Se ha dicho que el ser humano es la única especie que transforma su entorno para sobrevivir. El resto de los seres vivos en este planeta forman parte de un sistema increíblemente armonizado en el que la supervivencia de los individuos y las especies garantiza a su vez la supervivencia del sistema en un ciclo admirable de equilibrio y perfección, excepto por el ser humano.

La llamada “inteligencia superior” que nos distingue como especie es también resultado de la evolución y, como tal, fue nuestro recurso decisivo de supervivencia, sin embargo, en un giro inesperado, se convirtió también en un elemento capaz de romper con dicho balance, al grado incluso de amenazar con destruir el ciclo mismo de vida en la Tierra.

Estas palabras podrían parecer una exageración, pero tristemente no es así. Basta mirar el presente –pero mirarlo de verdad, sin engaños ni falsa compasión– para darnos cuenta de que nos encontramos en un momento crítico de supervivencia general. La transformación del entorno que necesitamos para subsistir resultó en prácticas, hábitos e ideas que, ejercidos a gran escala y colectivamente, están amenazando con severidad toda posibilidad de vida, incluida la nuestra.

La inteligencia ha sido una arma de doble filo para el ser humano. Como especie somos capaces de crear obras admirables, generosas, respetuosas del entorno; somos capaces de unirnos y trabajar juntos por un propósito común. También, lo sabemos de sobra, podemos hacer todo lo opuesto: destruir, dividir, envenenar los suelos y las aguas, consumir hasta agotar.

Por varios siglos se nos ha hecho creer que esa es la única forma de vida posible. Una forma de vida basada en la acumulación, la fragmentación de las sociedades en individuos celosos de su propia identidad, la competencia entre esos individuos. En años más recientes se nos ha hecho creer que en las posesiones materiales se encuentra la felicidad, que la vida tiene que vivirse con prisa y con ansiedad, que es en la carrera personal donde se encontrará el sabor del triunfo y no en la cooperación con los otros. 

Hemos pasado tanto tiempo escuchando esas consignas, repetidas además con notable eficacia, que hemos olvidado que la vida no tiene por qué vivirse así, es decir, que la forma de vida no es absolutamente algo dado e inamovible, fijo de una vez y para siempre en nuestra historia. Todo lo contrario. Si la vida en general se encuentra en cambio constante, esto también se refiere a nuestras formas de vivir. 

El video que ahora compartimos no es ninguna novedad, pero en este momento parece urgente recordarlo. Se trata del emblemático discurso que Charles Chaplin pronunció en el marco de su cinta "The Great Dictator" de 1940. En ésta, Chaplin interpreta el doble personaje de un peluquero judío y un dictador, Adenoid Hynkel, que es la paradoja evidente de Adolf Hitler. 

El discurso comienza con unas palabras muy significativas: “Lo siento, pero no quiero ser emperador”. Más adelante, el mensaje avanza hacia otras frases igualmente elocuentes, pero por un momento vale la pena reflexionar sobre estas iniciales. 

La del personaje Hynkel es una renuncia que quizá nosotros podríamos también retomar, emprender. Renunciar a pretender estar por encima de los otros. Detenernos a pensar si de verdad eso es lo que queremos en la vida o si se trata de algo que aprendimos a buscar y que, por ello mismo, es posible dejarlo. Preguntarnos qué queremos más: ¿ser mejores que los otros o estar con ellos?