*

X

Monaguillos llenan con marihuana el incensario de la iglesia y son arrestados

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/02/2018

Cuando la transgresión llama no hay nada que pueda detenerla; el hoax de estos monaguillos nos lo recordó.

La transgresión es un acto absolutamente humano. No importa si es detonada por fuerzas ideológicas o, sencillamente, por un cierto llamado al caos, pareciera que existen buenas razones para afirmar que se trata de un ingrediente propio de nuestra esencia. 

Y a propósito de esta reflexión, recién ocurrió un caso en Galicia, por cierto falso pero que despertó la atención mundial. Durante la solemne misa para celebrar la Epifanía del Señor en la Catedral de Santiago de Compostela, un par de monaguillos decidieron llenar el botafumeiro (un gran incensario) con 1/2 kilo de marihuana y así transgredir un recinto sacro, en un momento culminante. 

De acuerdo con el hoax, uno de los asistentes declaró: "No olía como otras veces, era un olor familiar pero no conseguía relacionarlo con nada, pero en la habitación de mi hijo alguna vez huele así”; los medios internacionales recogieron dicha afirmación, y ha desatado carcajadas en todas las latitudes. 

Los monaguillos fueron arrestados en ese universo paralelo de la post-verdad –aunque luego fueron liberados, con la prohibición de retomar su función en la iglesia– y, si bien justificaron su acto como una travesura que se les ocurrió días antes, nuestra hipótesis es que en realidad sucumbieron ante ese llamado arquetípico que algunos llaman transgresión.

Te podría interesar:

Elegir el placer o el trabajo, ¿qué es mejor? Baudelaire nos los aclara magistralmente

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/02/2018

El debate en el alma de elegir entre el placer y el trabajo

Uno esperaría que Baudelaire, el poeta que celebró la ebriedad -de vino, de virtud, de poesía, de lo que sea-, el poeta maldito de las flores del mal que conversaba con el Diablo, el poeta de los paraísos artificiales y de la voluptuosidad de los prostíbulos, del opio y del hachís, fuera un gran hedonista, un hombre consagrado al placer, pero no es así. O al menos, es mucho más complejo que eso. Evidentemente Baudelaire experimentó con su conciencia y con su literatura y se permitió ciertas licencias, pero mucho más que un bon vivant o un hombre disoluto, fue un poeta, un hombre melancólico consagrado a las musas, a un destino literario.

En esa colección de impresiones y pensamientos que fue titulada en español Corazón al desnudo, Baudelaire afirma que su verdadera voluptuosidad es su trabajo y, de paso, nos invita a no procrastinar:

¡Basta ya de presentimientos y de signos enviados por Dios, que ha llegado ya con largueza el tiempo de considerar, de tratar el minuto presente como el más importante de los minutos y de hacer "mi perpetua voluptuosidad" de mi tormento diario; es decir, del Trabajo!

Y en la siguiente entrada, revela que existen dos métodos para combatir el ennui existencial, entre los cuales su alma seguramente se debatía:

A cada minuto nos sentimos demolidos por la idea y la sensación del tiempo. Y no existen más que dos medios para escapar a semejante pesadilla, para olvidar. El placer y el trabajo. El placer nos utiliza, el trabajo nos fortifica. Escojamos.

La clara inclinación hacia el trabajo, al menos en su estados de mayor entereza y razón, obedece también a que un poeta que siente un deber no podrá realmente gozar del placer por mucho tiempo, ya que "No hay obra más grande que aquella que no osa comenzar, se vuelve pesadilla". El peso de la procrastinación es inmenso. "El trabajo inmediato, incluso el malo, es preferible a la ensoñanción". El trabajo aplazado se convierte en una "condena" para la cual hay sólo un remedio: "Para curarse de todo, de la miseria, de la enfermedad de la melancolía, sólo es necesario 'el gusto por el trabajo'". Y aquí está la clave: debe haber un gusto, un placer eudaimónico (aquel que viene del buen demonio o del alma y no de las cosas efímeras materiales) en el trabajo, de otra manera no obra sobre el cuerpo y el alma su medicina.

Baudelaire se exhorta a sí mismo a trabajar 6 días a la semana sin descanso, siguiendo al Creador, para hacer la vida soportable. Y en otra parte revela la otra motivación para elegir el trabajo, algo que un hombre de genio no puede tolerar; habiendo cultivado el placer y el terror, una jornada Baudelaire sintió "revolotear sobre mí el ala de la imbecilidad". Evidentemente el placer sin el trabajo va degenerando las condiciones del intelecto, y esto es algo que el escritor no puede permitirse. 

Al final, elegir la propia pasión, perseguir el propio hado y genio, hace que no se tenga que renunciar al placer: "Es necesario gozar a dos. Convertir en placer la pasión del corazón".