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Los 2 tipos de estrés (o por qué algunas personas no sucumben ante el estrés)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/19/2018

Para algunas personas el estrés es un asesino silencioso, para otras es parte del condimento existencial, una circunstancia que no les impide conseguir sus objetivos

En un artículo anterior exploramos aquí la convergencia que se está dando entre la ciencia y la psicología en la noción de que quizás lo más importante para una vida sana y feliz es tener un propósito o significado (meaningfulness, en inglés). Esto mismo ahora lo aplicaremos para entender por qué algunas personas sucumben ante el estrés y por qué otras personas prosperan bajo condiciones de estrés.

A grandes rasgos, el estrés es la respuesta a una presión o a un desafío ambiental o psicológico que percibe un organismo. Generalmente se explica el estrés con la noción de la respuesta de "luchar o huir" (fight or flight), que en el ser humano se puede rastrear en su evolución hasta tiempos en los que se podía encontrar en su entorno con depredadores. Hoy sabemos que el estrés crónico está asociado a todo tipo de enfermedades.

A grandes rasgos, aunque esto no es una definición clínica ni mucho menos, podemos distinguir entre dos tipos de estrés, aquel que es estrés con significado o propósito (que aquí llamaremos "estrés significativo") y aquel estrés que no parece tener significado o propósito.

La doctora Kelly McGonigal claramente afirma que el estrés no es inherentemente dañino y, en cambio, puede ser una señal de que una vida tiene significado. McGonigal nota que diversos estudios indican que el solo hecho de querer evitar el estrés aumenta los efectos negativos del estrés, mientras que lo contrario ocurre cuando las personas aceptan abiertamente el estrés, teniendo en mente un fin más importante que les permite lidiar con las circunstancias.   

Un individuo que encuentra significado en la vida generalmente es también alguien que es responsable de otras personas o de importantes proyectos, y esto inevitablemente genera estrés y presión, ya que tiene que responder a constantes demandas. Si a un individuo realmente le importa algo, ya sea su familia, su desarrollo espiritual o su obra creativa y demás, se someterá necesariamente a vejaciones, dificultades y pruebas para asegurarse de que estas cosas que le importan estén bien y puedan crecer o lograr sus objetivos. Es por esto que las personas que tienen vidas significativas reportan también enfrentar mayor estrés y sin embargo, ese estrés no se refleja en problemas de salud.

McGonigal apunta que el estrés es realmente nocivo cuando se presenta bajo estas condiciones: parece que te encuentras en una situación en contra de tu voluntad, no tienes control o parece que no tiene sentido. Así que el significado de la experiencia también cambia el efecto que tiene la experiencia en el organismo. Resignificar algo es transformar la experiencia a nivel físico, como notó por ejemplo el Dr. Viktor Frankl, inventor de la logoterapia. El estrés que no tiene sentido rápidamente inunda el cuerpo de hormonas como el cortisol y la adrenalina, que si se presentan de manera crónica merman el sistema inmune. Por otro lado, el estrés significativo probablemente combate esto con la producción de otro tipo de hormonas y neurotransmisores (que hacen del estrés algo así como una alerta relajada o una calma bajo presión). La diferencia también yace en que el estrés sin significado tiende a aumentar la situación a través de la presión mental del pensamiento, que se obsesiona con la situación y con esto alimenta el mismo estrés. El estrés con significado se diferencia notablemente porque uno no se fija en el estrés que está sintiendo, porque está demasiado ocupado y concentrado en el trabajo, en el servicio y en general en hacer algo que es importante. Este no fijarse es sumamente ventajoso, pues permite que los procesos corporales no se vean obstruidos y lleguen a su cauce; es, de alguna manera, una forma dinámica de desapego ante las sensaciones físicas, una capacidad de actuar más allá del placer o el dolor.

El psicólogo Jordan Peterson va más allá y dice que el sistema nervioso está entonado para decirte que lo que haces es bueno para ti, para tu familia, y para el mundo en general; como una suerte de mecanismo homeostático: "la forma en la que te lo dice es revelándote que lo que haces es significativo, el sistema nervioso se ha adaptado a existir en el borde entre el caos y el orden". Ese borde es justamente el borde en el que existe cierta estabilidad, pero hay posibilidad crecer y de enfrentar lo difícil y desconocido. Lo que Peterson sugiere es que de alguna manera el acto significativo es una resonancia armónica entre el individuo el cosmos y la sociedad. Quizás porque el universo en sí mismo es sentido o significado (Richard Wilhelm tradujo el término "tao" como "meaning", significado o sentido y Herbert Guenther el término "dharma" igualmente como "meaning").

Por último hay que mencionar que es imposible y a la vez indeseable vivir completamente libre de estrés, puesto que esto significaría que no estamos recibiendo ninguna presión, que no hay estímulos, ni riesgos, ni dificultades, que vivimos en una completo equilibrio que es igual a la muerte. Lo que sí es posible es aprender a que el estrés no nos afecte, y lo único que puede permitir lograr esto es justamente someternos a estrés con propósito y significado. La meditación puede ayudarnos, pero al final la única forma de saber si las técnicas de relajación nos funcionan es durante procesos de estrés en acción, fuera de situaciones controladas, más allá del cojín de meditación o el diván del terapeuta. Más que meditar, la metáfora más apropiada es surfear la existencia. Aprender a lidiar con el estrés es algo así como aprender a surfear grandes olas en el océano. La situación de entrar a un océano de grandes y vehementes olas es una situación estresante -pero la vida misma, cuando no se es demasiado precavido, es de alguna manera como el océano picado-. Entramos al océano, pero lo hacemos con un propósito, queremos montarnos sobre las fuertes olas que surgen, porque sabemos que hacerlo, aunque nos cuesta trabajo y nos da miedo, nos producirá una sensación de satisfacción que le da sentido a todo el posible dolor que enfrentamos. Y para lograrlo debemos ser capaces de fluir y no entrar en pánico o, cómo dicen los surfers, en esos momentos lo importante es, en vez de sostenernos con fuerza, apretar demasiado y crear una contrapresión, sostenernos con ligereza, como señala el mantra oxímoron surfer (que es también el saludo hawaiano shaka): hang loose.

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Cómo el estado de enamoramiento transforma la realidad que percibimos

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/19/2018

El amor convierte en oro a su objeto de deseo, y luego el desamor hace mierda lo que fue oro. Pero la cosa en sí -lo que es oro y luego mierda- no tiene una realidad intrínseca

Mucho se ha dicho que el amor es como una droga y bajo sus efectos percibimos una realidad distinta, acaso más brillante y acogedora. Químicamente, el amor romántico ha sido comparado en diversos estudios con la cocaína o un poderoso analgésico; el amor nos da energía y hace que no nos molesten cosas que en otro estado sí lo harían.

Otro efecto, que ha sido notado por numerosos filósofos y artistas a lo largo del tiempo, es que el amor transfigura a la persona amada y hace de ella una especie de deidad, haciendo que la veamos como superior a lo que realmente es. Como notó Proust en su Recherche..., la otra persona no es realmente responsable de nuestro amor, nuestro amor está en nuestra imaginación y en la proyección que hace nuestra mente de esa persona, dotándola de una cierta aura. O como dijera Borges, en el amor creamos una religión cuyo dios es falible: el amado o amada es una divinidad endeble, puesto que depende de que la sigamos alimentando y divinizando con nuestro deseo e imaginación.

Spinoza notó esto mismo cuando dijo: "No nos esforzamos por algo, ni lo anhelamos, ni lo queremos, ni lo deseamos porque lo juzgamos bueno; por el contrario, lo juzgamos bueno porque nos esforzamos por ello, porque lo anhelamos, porque lo queremos, porque lo deseamos". Es decir, no deseamos a alguien porque es atractivo, sino que creemos que es atractivo porque lo deseamos. El deseo opera una suerte de alquimia en nosotros; el enamoramiento o la infatuación transfiguran el rostro y las cualidades de la persona que es su objeto. El amor hace que el sapo se convierta en un príncipe.

El psicólogo James Hillman nota que lo opuesto ocurre cuando el amor se vuelve una traición o una decepción. Ocurre un proceso de alquimia inversa en la que el oro que el amor había hecho del objeto del deseo, ahora se vuelve mierda: 

Una confesión, un poema, una carta de amor, una fantasía, una invención... que sostenían los valores más profundos... en el momento de la traición, estas delicadas y sensibles perlas o semillas se convierten en meros granos de polvo, en basura. La carta de amor se convierte en tonterías sentimentales y el poema... el sueño, la ambición, todo se ve reducido a algo ridículo, digno de la burla, explicado en el lenguaje de arrabal como mierda, puras estupideces. El proceso alquímico es revertido: el oro se torna en heces.

Ahora bien, lo anterior podría hacernos pensar que el amor es una ilusión, un engaño. Ciertamente puede serlo, especialmente cuando se deposita toda esperanza, toda posible felicidad en una única persona, como si ésta fuera una especie de mesías o redentor del alma. Pero por otro lado, como señala Platón en El banquete, el amor hacia un individuo puede ser la escalera hacia el amor a todas las personas, un paso de lo individual a lo universal, hacia el arquetipo mismo, donde uno ya no interactúa con la belleza de alguien o el amor hacia algo sino con la belleza universal, uno es el amor que brilla en todos los amores. El amor hacia un individuo es una religión falible, puesto que ese individuo está sujeto al cambio, a la muerte, a la disolución -y así entonces, nuestro amor-. Pero el amor a la totalidad, el amor en sí mismo, sin necesidad de un objeto único, es una religión infalible, cuyo dios está en todas partes. 

Por otra parte, también se puede argumentar que en sí misma la percepción es una alucinación, pues no percibimos las cosas en sí mismas sino una interpretación de las mismas que es filtrada por nuestra memoria, creencias, prejuicios y demás. En cierta forma, sólo percibimos lo que ya somos. Así entonces, el amor es la mejor de las alucinaciones posibles. Y si sólo percibimos lo que ya somos, si vemos amor en el mundo es porque de alguna manera somos ese amor que vemos. Y un amor que nace de nosotros mismos tiende a ser más duradero que un amor que depende de un objeto externo. Así entonces, si encontramos un amor en nosotros que luego vemos en el mundo, quizás estamos acercándonos a la posibilidad de encontrar un amor que no cambia, que no está sujeto a la muerte y demás. Un amor así sería real en tanto que no depende de los demás y por lo tanto no es meramente relativo, si bien es el vínculo que nos relaciona con todo.