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Informe Petras: el diagnóstico que hace 20 años predijo la ruina de la juventud contemporánea

Sociedad

Por: pijamasurf - 01/05/2018

La realidad detrás de la fantasía: hace 20 años, el sociólogo James Petras observó con agudeza y precisión el efecto que provocarían las políticas neoliberales en el tejido social

Desde hace un tiempo circulan en Internet alusiones a el “Informe Petras”, un estudio elaborado por el sociólogo estadounidense James Petras en 1995, luego de pasar medio año en Barcelona. Petras era entonces ya un científico social reconocido por su especialización en el dominio hispánico (especialmente América Latina) y sus estudios sobre la relación entre economía, política y bienestar social. Ahora es profesor emérito de la Universidad de Binghamton, en Nueva York.

De acuerdo con la información que circula en torno a dicho informe, el Centro Superior de Investigaciones Científicas del gobierno de España llamó a Petras para que elaborara una investigación general y sustentada sobre el efecto del proceso de modernización política y económica que se había iniciado en el país algunos años antes, para conocer asimismo las tendencias.

Recordemos brevemente que tras la muerte de Francisco Franco en 1975, la vuelta de la monarquía pero también la transición a un sistema democrático-liberal, España vivió un par de décadas convulsas, pues estos movimientos políticos estuvieron acompañados de una apertura casi total a las directrices económicas del neoliberalismo, con las salvedades del caso español. El “éxito” de esta modernización quedó simbolizado en la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona.

El panorama que encontró Petras fue, sin embargo, un tanto distante a esos relatos de abundancia y bienestar. Si bien al principio parecía que la realidad concordaba con las estadísticas del entonces promisorio gobierno socialista de Felipe González, conforme transcurrieron los días el sociólogo comenzó a ver que fuera del ámbito de la universidad, las bibliotecas y los intercambios con colegas, en la otra vida, las cosas parecían ser diferentes. En prácticamente todos los lugares que frecuentaba en sus actividades ajenas a la investigación –el gimnasio, el bar, el videoclub (era una época sin Netflix)– encontraba una constante: jóvenes en empleos de tiempo completo, sueldos apenas suficientes para cubrir las necesidades básicas de la vida cotidiana y, lo más notable, contratos temporales y carentes casi por completo de prestaciones sociales (dos de los elementos, estos últimos, que habían detonado la huelga general en 1988, el célebre 14-D).

Petras se dedicó entonces a observar más de cerca la realidad de a pie y encontró indicios del efecto de las políticas neoliberales –que, entonces, se estaban aplicando como dogmas en todos los países occidentales– en la sociedad española . 

Entre los varios descubrimientos, Petras vio pronto uno de los fenómenos más preocupantes: el futuro parecía haber sido cancelado para los más jóvenes. Mientras que apenas en la generación anterior casi cualquiera podía tener un trabajo y a partir de éste tener una vida digna, en cierto sentido despreocupada incluso (pues la pensión aseguraba la tranquilidad en su vejez), las reformas del neoliberalismo habían despojado de esa perspectiva a los hijos de esas personas. 

Los más jóvenes estaban ahora orillados a trabajar más y ganar menos, a la incertidumbre del despido, a la casi imposibilidad para ahorrar y a enfrentar por cuenta propia, privada, gastos que antes cubría la seguridad social.

La importancia de esta situación no se debía sólo a que tocaba a una buena parte de la población española, sino también a que tenía consecuencias en otros ámbitos, tanto en lo individual como en lo social (que no pueden entenderse por separado nunca). Personas deprimidas o angustiadas, atrapadas en cierta parálisis emocional, y también eso que Petras identificó como una “movilidad intergeneracional descendente”, es decir, que la vida de los jóvenes tenía ahora un menor grado de bienestar en comparación a la de sus padres: podía ser que fueran más pobres, menos escolarizados, con menos bienes de los cuales disponer o que nunca tuvieran un trabajo estable, etc. Dice Petras, en uno de los pasajes mas inquietantes de su informe:

La ironía es que los padres esperaban que, con ingresos añadidos, más educación y un ambiente de familia estable, los hijos conseguirían más, alcanzarían un estatus más alto y empleos mejor pagados. En lugar de eso, los hijos de los trabajadores no pueden lograr siquiera el nivel de seguridad e ingresos de sus padres.

Y no sólo eso. Al mirar aún con más detalle, Petras se dio cuenta de que, a la par de una incertidumbre social y ante el futuro, los contratos temporales también estaban provocando un efecto devastador en la solidaridad laboral: los trabajadores con contrato definitivo miraban de soslayo a los de contrato temporal; los de contrato temporal sostenían una actitud de rivalidad permanente con sus compañeros de condición y, además, evitaban unirse a un sindicato, tanto por temor a que el patrón después no los quisiera contratar como por la percepción misma de que su paso por ese empleo era transitorio. Dice Petras:

Los jóvenes trabajadores temporales de hoy no tienen seguridad en el empleo y apenas organizaciones colectivas o apoyo: están atomizados y son vulnerables a los dictados del empresario, que tiene el sostén legal del Estado, el cual apoya sus acciones arbitrarias. Hoy la dictadura del mercado es un enemigo más formidable de los trabajadores temporales que el régimen represivo de Franco […]

Un “sentido de aislamiento” reforzado tanto en lo positivo como en lo negativo por la cultura circundante, cada vez más individualista: con aparatos electrónicos, “rock mercantilizado” y vacaciones por un lado, adquiridos con el poco dinero que sobra a final mes, y por el otro con vergüenza por confesar que se gana un sueldo miserable.

El sociólogo, en este sentido, ofreció un diagnóstico preciso sobre una situación desastrosa para las personas y las sociedades contra la cual, casi 20 años después, se alzan cada vez más voces. Entre otros, pensadores como Slavoj Zizek y Byung-Chul Han han señalado en varios lugares de su obra la maniobra efectiva con que el capitalismo contemporáneo ha dividido a la sociedad, ha roto los lazos afectivos, cooperativos y comunitarios que hace no mucho todavía podían percibirse, palpables en la superficie del tejido, dejando como resultado subjetividades altamente individualizadas, flotando a solas en este mar neoliberal de goces y despojos en el que vivimos.

En ese aspecto, Petras también fue lúcido en sus recomendaciones finales: esperaba que su investigación contribuyera a mostrar la importancia de esos lazos, la vitalidad que podía surgir de que las viejas generaciones enseñaran a las nuevas no a disfrutar, sino a luchar; no sólo a preocuparse por su propio bienestar, sino a darse cuenta de que el bienestar personal es resultado del bienestar colectivo.

Petras vio hace 20 años esta situación, y ahora mismo hay no sólo intelectuales sino organizaciones y expresiones sociales que demuestran la necesidad de hacer algo al respecto. La pregunta que hizo Zizek hace algunos años parece que sigue sin respuesta, aunque la debacle no se detiene: ¿por qué es más fácil imaginar una catástrofe planetaria, un apocalipsis general, etc., que un cambio, así sea modesto, en el orden económico en que vivimos?

 

El “Informe Petras” puede consultarse y descargarse en este enlace.

 

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Sociedad

Por: pijamasurf - 01/05/2018

Existen numerosos reportes de que la violencia cada vez es menos, la expectativa de vida crece, la gente ya no muere de hambre, etc., pero hay algo sumamente preocupante que no se menciona tanto

Existen una gran cantidad de científicos, filántropos, investigadores y otras personas que celebran los avances que ha logrado el ser humano fundamentalmente encaramado sobre el poder de la ciencia, la tecnología y el humanismo secular para producir riqueza material, curar enfermedades y distribuir ideas de paz y democracia. Por ejemplo, según cita Yuval Noval Harari en su bestseller "Homo Deus", mientras que en la sociedades agrícolas, la violencia significaba alrededor del 15% de las muertes, durante el siglo XX la violencia alcanzó sólo el 5% y a principios del siglo XXI se acerca más al 1%. (Si es que tenemos una percepción de un mundo violento se debe al terrorismo y a su teatro del terror, según Harari). Claro que las poblaciones han aumentado mucho, lo cual significa que siguen muriendo muchas personas por actos violentos, pero el porcentaje es proporcionalmente mucho menor. Además, las poblaciones han aumentado mucho, en gran medida por avances de la ciencia como los antibióticos y las vacunas que prácticamente han acabado con pestes como la viruela.

Ahora bien, lo que llama la atención de esto, y Yuval Noval Harari cita numerosas otras cifras que muestran avances globales -como el hecho de que si bien sigue existiendo gran desigualdad y desnutrición, la hambruna como tal casi ha sido erradicada- es que ninguno de estos grandes avances cuantitativos se refleja en lo que realmente le importa al ser humano: ser feliz y tener significado en su vida. De hecho, quizás la razón por lo cual la prosperidad material global no se refleja en la felicidad, es porque lo mucho que ha disminuido el propósito o significado que tienen los individuos en el mundo.

En el 2012 murieron 620,000 personas por actos violentos, de los cuales 500,000 fueron por crímenes y sólo 120,000 por guerras. Sin embargo, ese mismo año 800,000 personas se suicidaron y 1.5 millones murieron por diabetes. Como señala Yuval Noval Harari, actualmente la azúcar es más peligrosa que la pólvora.

El tema que nos interesa aquí es que reiteradamente la prosperidad material no se transforma en cambios en satisfacción personal.  Los japoneses, por ejemplo, después de la desastrosa Segunda Guerra Mundial no estaban menos felices que en 1990 en la cresta del llamado "milagro económico de Asia". Escribe Yuval Noval Harari:

De hecho es una señal ominosa que, a pesar de mayor prosperidad, confort y seguridad, la tasa de suicidios en el mundo desarrollado sea también mucho más elevada que en las sociedades tradicionales.

En Perú, Guatemala, Filipinas y Albania (países en vía de desarrollo con pobreza e inestabilidad política), cada año se suicida una de cada 100,000 personas. En países ricos y pacíficos como Suiza, Francia, Japón y Nueva Zelanda, actualmente se quitan la vida 25 de 100,000.

Y dos casos notables: En Corea del Sur en 1985, antes de que el país se convirtiera en una potencia económica, 9 de cada 100,000 surcoreanos se suicidaban, actualmente la tasa se ha triplicado a 30 de cada 100,000. Chile es otro caso notable, siendo el país que más ha abrazado el modelo neoliberal en América Latina y el que reiteradamente reporta mejores estadísticas macroeconómicas y es por mucho el país donde existe más personas deprimidas y suicidas en el continente. Junto a esta cifra de los suicidios podríamos también citar importantes aumentos en depresión y ansiedad a lo largo del mundo en países "desarrollados".

Lo que resulta obvio de de todo esto es que la prosperidad económica e incluso la seguridad social no se traducen en felicidad. ¿Pero por qué no?  Tener más recursos económicos, saber que probablemente uno no va a morir mañana y tener acceso a todo tipo de tecnología que facilita las labores deberían de hacer más felices a los individuos. El tema es que la verdadera calidad de vida es algo más complejo. Para aumentar la producción en el mundo y desatar avances científicos y tecnológicos sobre la cresta de la economía siempre creciente, es necesario también crear más consumidores que vivan, en gran medida, sólo de consumir. Paradójicamente, para que estos consumidores puedan consumir de la manera exorbitante que la economía necesita, deben de pensar que su consumo está estrechamente ligado a su felicidad, lo cual, como han notado pensadores como Epicuro o el mismo Buda, es algo que va directamente en contra de la verdadera felicidad. Es decir, buscar la felicidad en objetos, fama, dinero, placer y demás es quizás el principal factor que va en contra de la verdadera felicidad. Así, nos vemos envueltos en esta extraña y absurda operación en la cual todos deberíamos de ser más felices porque tenemos más cosas y estamos más seguros, pero la realidad es que la mayoría no lo somos.

Epicuro, por ejemplo, recomendaba la moderación en bebida, comida, sexo y otras actividades de la vida. Pero justamente la gran economía que nos da tanto necesita que consumamos pastelitos, videos pornográficos y el último gadget con el que podremos estar siempre expuestos a las nuevas tendencias del consumo.

Así las cosas, queda la pregunta si realmente estamos mejor que antes, como mantienen todo los grandes promotores intelectuales y empresariales del sistema global. Una pregunta cuya repuesta, por otro lado, realmente no hará que se cambie el sistema, pero que al menos podrá llevar a las personas a pensar modelos alternativos para comunidades y quizás empezar a imaginar un mundo distinto antes de que este colapse o, como sugiere Yuval Noval Harari, alcance el estado de los dioses -felicidad e inmortalidad vía la bioingeniería- para una élite que se separe del grueso de la especie, el Homo Deus.