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¿Cómo fue que las farmacéuticas nos convencieron de que la depresión debía ser tratada con fármacos?

Sociedad

Por: pijamasurf - 01/31/2018

El problema de esta manipulación informativa fue la masificación de los medicamentos a pesar de que una o miles de millones de personas, quizá, no lo necesitaran

La conciencia de que existe una conexión entre mente y cuerpo ha estado presente desde tiempos ancestrales. Por ejemplo, Galeno de Pérgamo, médico y filósofo griego, defendió la idea de que una persona depende de cuatro fluidos o humores corporales –la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema– y que aquel que predominara en su cuerpo sería capaz de definir su temperamento –sanguíneo, flemático, colérico y melancólico–. De hecho, y sin afán de planificarlo, esta se convirtió en la teoría base de cada una de las ciencias de la salud para brindar un bienestar general para gran parte de la población del planeta. Sin embargo, ¿es posible que una mala interpretación de esta teoría pueda generar toda una manipulación informativa por parte de las farmacéuticas?

Por un lado, la teoría hipocrático-galeánica sostenía que si en el cuerpo existía un desequilibrio de algún fluido, se requeriría un método natural para disminuirlo; por ejemplo, si un individuo sufría de exceso de flema –como una oleada de tristeza–, Galeano lo invitaba a irse unos días a la playa, en donde el sol restablecería el nivel de sus humores. Por otro lado, los avances en la investigación y la ciencia tanto médica como psicológica han desarrollado herramientas adecuadas para los cada vez más complejos trastornos, malestares y enfermedades que inundan el planeta. Al mezclar ambos fenómenos se puede llegar a la conclusión de que hay ocasiones en que el ser humano necesita apoyo especializado, cuando la situación se sale de sus manos –como una úlcera o una depresión mayor que produce problemas en alguno o varios aspectos de la vida–; no obstante, en la mayoría de las ocasiones uno posee los recursos y las herramientas necesarias para superar victoriosamente alguna enfermedad o crisis emocional –por factores externos–.

Entonces, ¿cómo fue que las farmacéuticas y algunos médicos se encargaron de hacernos creer que las enfermedades mentales sólo debían ser tratadas con fuertes fármacos? Parece ser que fue una suma de factores: primero, la teoría de Hipócrates-Galeano fue desplazada por el mesmerismo, éste por la frenología y esta última por el psicoanálisis; segundo, las crisis sociales, políticas y económicas causadas por las dos guerras mundiales del siglo XX desencadenaron aislamiento, pobreza, eventos trágicos y, evidentemente, depresión o ansiedad; tercero, la venta de fármacos que agilizaban el proceso del psicoanálisis –exclusivos para pacientes con niveles socioeconómicos elevados– y la terapia. Todo esto ocasionó que la sociedad de médicos y las compañías de seguros privados invirtieran en fármacos como el Valium, barbitúricos o Prozac como una salida fácil a las crisis tanto existenciales como emocionales a las que el planeta entero se enfrentaba. Las drogas se convirtieron entonces en el nuevo tratamiento que derrumbó a las otras terapias psicológicas, incluyendo al psicoanálisis en su esplendor.

El problema de esta manipulación informativa fue la masificación de los medicamentos a pesar de que una o miles de millones de personas, quizá, no lo necesitaran. Esto llevó no sólo a la creencia de que el único estado de ánimo permitido en la sociedad era la felicidad –y en el caso de no sentirla, uno se encontraba encarcelado en la tipificación de raro y rechazado social–, sino también a una urgente necesidad de consumir pastillas como única alternativa al bienestar general. De hecho, si nos acercamos a la teoría del origen de las adicciones, un cerebro regularmente produce una dosis diaria de serotonina, dopamina, norepinefrina y epinefrina para mantener un equilibrio corporal adecuado; sin embargo, cuando se introduce de manera externa alguna de esas sustancias –mediante alguna droga– el cerebro deja de producirla orgánicamente, pues espera recibirla desde fuera. Así, cuando un médico receta algún fármaco sin que realmente exista una necesidad orgánica –que el cerebro no produzca los suficientes niveles de neurotransmisores– ni se desarrolle un proceso terapéutico, se está provocando una alteración bioquímica que suele resultar en una adicción a drogas legales. Es decir, un individuo se vuelve adicto a un fármaco que realmente no necesita, y está enriqueciendo a otra persona que manipuló dicha información. Claro que existen casos, cuando hay claros indicios de una depresión química o casos severos, en los que tomar fármacos que estimulan la producción de neurotransmisores es una alternativa apropiada, y que incluso puede salvar la vida de una persona, pero, de nuevo, se debe recalcar que esto no debe ser considerado el protocolo por default para tratar la depresión o la ansiedad, enfermedades que, por cierto, van en aumento. Con esta información no queremos decir que todas las personas deben dejar de tomar antidepresivos. Reconocemos que son medicamentos que pueden ayudar a muchos; sólo manifestamos que son usados en exceso -lo cual es un problema para la sociedad, como ocurre, por ejemplo, con los antibióticos- y que este abuso evidentemente está sujeto a la agenda comercial de la salud como negocio. Es de notar que llevamos décadas de antidepresivos y ansiolíticos y las estadísticas muestran un aumento de dichas enfermedades. Evidentemente existen diversos factores, como la tecnología digital y el uso excesivo de gadgets, pero cualquiera se puede dar cuenta de que existen otras alternativas que deben preferirse en la mayoría de los casos.

Hay que mencionar que existe información de que las farmacéuticas sistemáticamente engañaron a la población sobre la efectividad de los antidepresivos y sus riesgos en adolescentes. El periodista John Horgan en Scientific America, revisando los datos más recientes, concluye: "La psiquiatría estadounidense, en colusión con la industria farmacéutica, puede estar perpetrando el caso más grande de iatrogénesis (tratamiento médico dañino) en la historia". 

Por supuesto, hay otras opciones; por ejemplo, la terapia cognitivo-conductual, Gestalt o psicodinámica; la terapia de arte, con animales o aquella enfocada en mindfulness; el ejercicio, la meditación, una dieta saludable y equilibrada, así como una buena red de apoyo.

 

Antes las dudas sobre tomar o no antidepresivos, este video del Dr. Jordan Peterson, puede ayudarte a saber si son para ti o no.

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Desde hace tiempo las redes sociales funcionan como confesionarios públicos, ¿pero qué efecto tiene eso sobre nuestras emociones?

Casi desde el momento mismo en que irrumpieron en nuestro presente, las redes sociales tomaron una práctica muy específica y de inmediato muy popularizada: servir como una bitácora de la cotidianidad de sus usuarios. Hoy en día, la mayoría estamos tan familiarizados con ese uso que nos parece “normal” y acaso incluso incuestionable. ¿Para eso sirven las redes, no? Las selfies, las imágenes de lo que comemos, el check-in de los lugares que visitamos y a veces incluso los pensamientos y ocurrencias que pasan por nuestra cabeza. Todo, de una forma u otra, puede encontrar expresión puntual en un post de Facebook, de Instagram o de Twitter.

En cierta forma, este fenómeno era previsible y posiblemente también fue calculado. Basta recordar que las redes sociales surgieron en el marco de la llamada Web 2.0, cuyo cambio fundamental fue el paso al usuario como protagonista del Internet. Los llamados medios sociales fueron diseñados para otorgar al usuario la generación del contenido y que fuera él mismo quien mantuviera en marcha la maquinaria que otros se encargarían de administrar. 

Si bien en un inicio el esfuerzo no estuvo exento de nobleza, con el tiempo se convirtió en lo que conocemos tan bien. Quizá nadie imaginó que la hiperindividualización de la cultura dominante resultaría en esa “feria de las vanidades” que es ahora Internet, un recurso que alguna vez se pensó como un medio de capacidad inédita en nuestra historia para intercambiar saber y conocimiento pero que ahora vive ahogado en las aguas pantanosas del narcisismo humano.

Las redes sociales, en ese sentido, llegaron a ocupar otro lugar profundamente simbólico en la cultura occidental: el confesionario. 

Es probable que la mayoría de nosotros haya visto o acaso incluso firmado alguna publicación de tipo confesional en Facebook o Twitter o cualquier otro medio: una queja contra nuestro jefe en la oficina, una declaración pasivo-agresiva contra una de nuestras exparejas, una frase que transmite ambiguamente la tristeza en la que nos encontramos, etc. El repertorio es amplio, aunque también trivial –porque la vida cotidiana así es: anodina, común, similar a la de miles o millones de personas en todo el mundo, salvo para quien la vive y menos aún en una época como la nuestra, que tanto hincha el amor propio–.

En La intimidad como espectáculo –una obra del 2008 que ahora, con el paso de los años, podría considerarse precursora pero es un referente que no ha perdido vigencia– la socióloga brasileña Paula Sibilia señaló el tratamiento “espectacular” que las personas estaban dando a su vida íntima, entendiendo ésta sí en su vertiente un poco tremebunda de “lo secreto” y “lo inconfesable”, pero también en eso simple y sencillo con que se teje día a día nuestra existencia. Eso también es la intimidad. Y eso, precisamente, es lo que toma la maquinaria de las redes sociales como materia prima para su funcionamiento y que nosotros le entregamos voluntariamente y hasta con gusto.

Y todos, en nuestra vida íntima y cotidiana, podemos tener uno de esos momentos de crisis en que necesitamos decir lo indecible. Necesitamos decir que odiamos a nuestro jefe, que extrañamos a nuestra antigua pareja, que nos sentimos solos, etc. La pregunta, en este caso, es por qué acudimos a las redes sociales a decirlo. ¿Sólo porque están a nuestra disposición? 

No es sólo porque las redes estén a nuestro alcance inmediato que las usamos como confesionario público. Es, más bien, porque la confesión es uno de los recursos de un comportamiento un tanto más amplio que solemos poner en marcha ante lo que nos sucede: evadir la responsabilidad de entenderlo y eventualmente cambiarlo.

Particularmente en la confesión católica, el mecanismo es de una efectividad pasmosa: quien ha pecado y siente culpa por sus acciones acude al confesionario, en donde al otro lado un confesor –un sacerdote– escucha la relación detallada de su remordimiento. El pecador se confiesa esencialmente porque el confesor tiene la autoridad para eximirlo de su culpa. De ahí también que, jurídicamente, la confesión sea una acción de “descargo”: literalmente, libera de una carga.

¿Qué significa esa “liberación”? En esencia, que el sujeto no tiene nada más que hacer con las acciones que resultaron en su “pecado”. Basta confesar, cumplir la penitencia impuesta, acaso prometer y prometerse no volver a hacerlo, pero… como el espíritu está pronto pero la carne flaquea, la confesión y el confesor siempre estarán ahí, para liberarnos de la responsabilidad de nuestros actos.

La confesión en redes sociales no es muy distinta. Esos “exabruptos” subjetivos en que a veces se incurre y que toman la forma de un tweet o un post de Facebook son, con cierta frecuencia, el intento de liberarse de algo que se quiere eludir. Esa, de hecho, es la reacción emocional inmediata al dar clic al botón de “Publicar”: el sujeto siente un alivio instantáneo a su crisis. Y con el alivio parece que puede, de momento, “pasar a otra cosa”. También por esto las redes sociales se han adherido con facilidad a los patrones adictivos de las personas, pues como el alcohol, la comida, las compras u otros goces, permiten al sujeto lidiar parcialmente con lo que busca evitar: su tristeza, su soledad, la incomprensión de ciertos hechos de su vida… En una palabra, su angustia.

Como en el catolicismo, la confesión en las redes sociales comparte ese descargo de responsabilidad que siente el sujeto ante su propia vida. Con la confesión, el pecador queda eximido de preguntarse por qué hizo lo que hizo, qué de sí mismo lo llevó a actuar de esa manera, y lo mismo con estas “confesiones sociales”. 

Es más fácil o más cómodo, en este sentido, lanzar un tweet sobre lo horrible que es el mundo, lo desgraciados que son todos o lo triste que estoy, que hacerse cargo de las palabras propias e intentar responder la pregunta subjetiva detrás de ese malestar.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Desamor y reconquista del instante: una fórmula contra el miedo a la libertad de nuestra época

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen principal: Pawel Kuczynski