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¿Qué nos dice sobre el amor distópico este episodio de 'Black Mirror'?

¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo.

Immanuel Kant


I. Las coordenadas "fantasmáticas”

Es posible que “Hang the DJ” sea el mejor episodio en la cuarta temporada de Black Mirror, probablemente una de las series más notables de los últimos años y que, con todo, en esta nueva entrega no llegó en tan buena forma como la habíamos conocido. Si se tratase de un fichaje deportivo, podríamos pensar que su paso a Netflix no ocurrió sin consecuencias para su desempeño. A lo largo de este texto se harán algunos comentarios al respecto.

Por ahora ocupémonos sólo de “Hang the DJ”, una interpretación del funcionamiento de los sistemas para encontrar pareja en línea pero al estilo Black Mirror, esto es, con ese giro que al menos hasta la temporada anterior pretendía ser crítico sobre el efecto de la tecnología en la existencia humana. Si este es un episodio destacado es porque emplea también una de las virtudes más notables de la serie: su capacidad de armar poco a poco el rompecabezas de la distopía, con un manejo admirable tanto del suspenso como de la distribución de los elementos narrativos necesarios para que el espectador llegue al conocimiento final de ese factor inquietante de la historia. 

El episodio cuenta el funcionamiento de “El Sistema” a través de Amy y Frank y los vaivenes de su relación. Al principio, como espectadores podemos tener la idea de que el Sistema es tan sólo la app o el programa con que dos personas antes desconocidas se encuentran, de inicio sólo con un primer contacto virtual y eventualmente en una cita a ciegas. Todo, desde el “match” inicial hasta el tiempo de relación (que va de horas a años completos), está determinado de antemano a partir de los cálculos de un algoritmo y la información recabada en cada uno de los encuentros.

Poco a poco descubrimos más. Al Sistema también pertenece un dispositivo que los usuarios llevan siempre consigo y en el cual reciben toda la información que necesitan. Para dudas puntuales pueden ponerse en contacto con una “coach”, también a través del dispositivo, que se hace presente siempre que se pregunta por ella. Como en Her (Spike Jonze, 2014), esta coach es sólo una voz, femenina, y como en dicha cinta aquí es también un programa informático, incapaz de entender la complejidad o, mejor dicho, la singularidad de las emociones humanas según se presentan en circunstancias subjetivas.

El Sistema tiene reglas específicas, que no se limitan al funcionamiento de la app sino que se extienden a la conducta de los usuarios, hacia ellos mismos y hacia los demás, de ahí que haya también guardias encargados de vigilar y sancionar su cumplimiento.

La siguiente pieza es más o menos lógica. Todo esto tiene que ocurrir en un lugar. En efecto: el Sistema es también un espacio, con situación geográfica y características físicas. Un lugar suntuoso, con reminiscencias de spa, de hotel de lujo o residencia exclusiva, pero también de cárcel y centro de confinamiento, tal y como demuestra el muro inmenso que lo circunda.

La última vuelta de tuerca en esta revelación gradual de la naturaleza del Sistema ocurre en los momentos finales del episodio, cuando Amy y Frank deciden cruzar el muro para vivir su amor libremente pero, para sorpresa del espectador, llegan a otra estancia del Sistema. 

Con reminiscencias de The Truman Show (Peter Weir, 1998) y algunos momentos de la trilogía Matrix (hermanas Wachowski, 1999-2003), se descubre una especie de “limbo” informático en donde Amy y Frank existen como unidades de información. La historia que acaban de vivir fue la milésima simulación montada por el algoritmo de las afinidades y los encuentros, una puesta en escena presumiblemente diseñada a modo a partir de la información personal de ambos y que el Sistema necesita para arribar a un coeficiente de afinidad del 99.8% entre sus perfiles.

No se trata, entonces, de personas “reales” dentro de la realidad ficticia del episodio, sino de copias digitales de sí mismas, un poco como en el primer episodio de esta misma temporada, “USS Callister”, o como en “San Junipero”, uno de los mejores episodios de la temporada anterior y en el cual es inevitable pensar mientras se ve “Hang the DJ”. 

En la secuencia final, la vista de ese back end de data pura cambia a un bar donde Amy y Frank, con teléfono móvil en mano, se descubren mutuamente por medio de una app que los identifica con el porcentaje de afinidad mencionado. 

Cabe mencionar, por ultimo, que en el pub suena de fondo una canción de The Smiths, “Panic”, de cuya letra el episodio toma su título y que a su vez evoca otra cinta, 500 Days of Summer (Marc Webb, 2009), en donde dicha banda es un motivo recurrente e importante a lo largo del filme. A esta referencia cabría agregar además otras tres que se encuentran en otros momentos del episodio: Annie Hall (Woody Allen, 1977), cuya influencia se percibe en las secuencias de Frank practicando tenis y, sobre todo, en la “experiencia extracorporal” que Amy tuvo con una de sus parejas y cuyo relato es calco de una escena emblemática de la cinta de Allen; del mismo director, Match Point (2005), de donde parece provenir la soledad con que Frank enfrenta su "tragedia"; e Inception (Christopher Nolan, 2010), que se deja ver cuando Amy pregunta a Frank si recuerda cómo llegó al Sistema, si recuerda su vida antes de estar ahí (casi la misma pregunta que Cobb hace a Ariadne para que se dé cuenta de que ambos están dentro de un sueño). 

The Truman Show, Matrix, Inception500 Days of Summer, Annie Hall, Match Point. Por un lado, las películas de ciencia ficción para decir: así se entiende ahora la realidad. Por otro, las películas de amor para decir: así se viven ahora las relaciones de pareja. Her como bisagra entre ambos géneros. Estas referencias cinematográficas son también las coordenadas culturales, ideológicas y especialmente generacionales de “Hang the DJ”. 

Y ahí, bajo esas reglas y en ese espacio, ocurre esta historia de un “match” perfecto.

 

II. El dominio del Amo

De las relaciones amorosas y de pareja en nuestra época se ha dicho que se caracterizan por su fugacidad. En comparación con otros momentos de la historia, parece ser que ahora no hay la misma disposición para el compromiso, el largo aliento y la carrera de fondo que había antaño. Esto puede ser cierto, pero tampoco parece sencillo explicar por qué. También cabe la posibilidad de que se trate de un fenómeno limitado a cierto tipo de sociedades o de personas, que comparten algunas características como sujetos históricos. 

Entre otros elementos, esa fugacidad podría deberse a cierta manera infantil con que ahora se experimenta la vida, dicho esto en un sentido amplio y no peyorativo. Hay mucho del modo de ser propio de la infancia que ha encontrado expresión en la vida de quienes hoy son ya adultos y que integran ese sector de la sociedad a donde se dirigen categorías inventadas por el mercado como “millennial” u otras parecidas. 

La elevada percepción de sí y por contraste la poca conciencia del otro, la irresponsabilidad sobre los actos y la vida en general, la idea de que alguien más se hará cargo, la compulsión al goce, cierta terquedad para no aceptar la finitud de la existencia y acaso algunos otros rasgos que, en mayor o menor medida, parecen formar parte de la subjetividad de esta época, es decir, se trata de un punto de la cultura de donde manan sujetos con esas características y a su vez es alimentada por estas subjetividades, en un proceso que no siempre es sencillo clarificar o mirar en sus orígenes, aunque sí en sus efectos.

En una sociedad como en la que vivimos, todo es susceptible de convertirse en mercancía. Por eso productos como Facebook, WhatsApp o Tinder han tenido tanto éxito comercial: en la superficie porque responden a una necesidad del mercado, como se dice en ciertos ámbitos, pero sobre todo porque  al ofrecerse como objetos de deseo pretenden llenar una falta. En el caso de esas subjetividades, la falta que se formó como resultado de los cuidados y las recompensas constantes: la necesidad de sentirse mirados. 

Las personas de una generación anterior que crecieron olvidadas o abandonadas por sus padres, que se criaron en la precariedad de condiciones o con un mínimo de comodidades (porque esas fueron sus circunstancias), engendraron y criaron después a sujetos a quienes, en su engañosa intención de evitar repetir el pasado, situaron en las condiciones materiales y emocionales opuestas: rodeados de atención y validación, alejados de las negativas y los problemas, siempre bajo el ala protectora de la figura tutelar. 

El tiempo pasa, sin embargo, y el niño inevitablemente se convierte en adulto. Al menos por su edad y socialmente. ¿Pero es en realidad un adulto? Una persona incapaz de hacerse responsable de sí –de sus actos, de sus decisiones, de sus omisiones, de sus palabras–, ¿puede considerarse un adulto?

La infantilización de ciertas subjetividades puede considerarse una expresión de esa oposición entre Amo y Esclavo que, según Hegel, es el inicio de la historia humana y, según Alexandre Kojève, es una relación indisociable de la constitución del ser humano como sujeto deseante. Para hacer realidad su deseo, el Esclavo no tiene otra opción más que “luchar a muerte” contra el Amo, salir del mundo del Amo y comenzar entonces la construcción del mundo propio. Decir de ciertas subjetividades que son infantiles es decir que viven aún bajo el dominio del Amo, pues no han querido tomar para sí la responsabilidad de romper con éste.

Por eso es difícil que en esas subjetividades pueda florecer el amor: porque se trata de sujetos que viven aún en el mundo de la sujeción. Esto es, sometidos a la repetición de su goce, en la espera de que el amor se presente bajo la forma en que lo conocieron estando bajo ese dominio, en esa misma forma y con esas mismas directrices. Creyendo que esa es la única forma posible –y permitida– del amor.

De ahí la falta de tiempo actual para la tarea del amor, que en el fondo es impaciencia o aburrimiento porque éste no toma la forma conocida. El sujeto que no ha descubierto que puede inventar el amor, que es necesario construirlo y resignificarlo cada día, vive ansioso o deprimido porque nunca se presenta bajo la forma en que lo espera, o se resigna cuando llega lo más parecido posible a eso conocido y aceptable.

De ahí también la dificultad para entregarse al flujo impredecible del amor. A la falta de tiempo para el amor (es decir: para la vida), se suma además la reticencia al riesgo, la obsesión por querer tener el control, el miedo a lo incierto, a la ignorancia, a lo desconocido, al error; en una palabra: al vacío. El vacío de un mundo en el que nada existe y que el sujeto podría llenar con lo que quiere ¿Pero sabe qué quiere?

Así viven esas subjetividades, agobiadas por las cargas que el Amo les impuso: la carga del Tiempo, la carga del rendimiento, de la productividad, del cansancio, la exigencia y la persecución de un Ideal; tanteando siempre para encontrar de qué asirse, con miedo de caer y lastimarse y que les duela, buscando la mirada de papá o de mamá, su asentimiento, la confirmación de que lo están haciendo bien y que están haciendo lo que está permitido.

¿Puede existir el amor bajo el dominio del Amo? 

 

III. El malestar, una vía hacia el amor

El Sistema quita a Amy y Frank, y a todas las personas que lo aceptan como un procedimiento para encontrar pareja, su responsabilidad como sujetos deseantes. En ese sentido, son tratados como “menores de edad” con respecto a su deseo, es decir, como personas que por no poder decir qué desean, se les impone entonces un deseo: tanto en la forma como en el fondo, tanto en el objeto del deseo como en la manera en que éste tiene que ser deseado. El Sistema lo decide todo: desde el platillo que cada uno comerá en la primera cita hasta el tiempo que deben permanecer juntos. Y nada puede ser contravenido. 

A primera vista podría parecer que la historia de Amy y Frank es entonces la historia de una rebelión contra el Sistema. Amy en especial es quien se muestra más en desacuerdo con sus reglas. A lo largo del episodio mantiene un escepticismo casi cartesiano contra la realidad entera del Sistema, el cual toma forma tanto en su teoría sobre el funcionamiento de éste como en su duda metódica de por qué no es posible hacer que una roca salte contra la superficie del agua ni más ni menos de cuatro ocasiones. Es ella quien se aburre primero del paso en serie de las relaciones que se le proponen. Finalmente, es ella también quien toma la determinación de escapar.

Esos son los efectos de su malestar y su desarrollo que culmina en la fuga, ¿pero cuál es su origen? Su inconformidad con el Sistema, claramente, ¿pero por qué? ¿Por qué es casi un lugar común que, en la adolescencia, los jóvenes se “rebelen” contra el sistema? ¿Por qué surgen movimientos contraculturales al margen de la cultura dominante? ¿Por qué la gente se deprime por la suerte que le tocó pero también hay quien decide rechazarla y construirse una propia?

En breve, porque el deseo es subjetivo y porque por más que en una etapa de nuestra vida se nos diga qué y cómo desear, eventualmente nos damos cuenta de que eso no es lo que deseamos. Que no es eso lo queremos para nuestra vida. (Qué decisión tomemos después de darnos cuenta, es otra cosa).

“Debió ser una locura, antes del Sistema”, dice Amy en la habitación de la casa adonde llega con Frank, en su primer encuentro; una opinión en la que él coincide. Inmediatamente después Amy admite que, aún así, la situación es incómoda; Frank vuelve a estar de acuerdo. Más tarde, una vez que el arco narrativo está por cerrarse, el motivo vuelve. Cuando ambos se encuentran para despedirse, Amy pregunta a Frank cómo se sintió él la primera noche que pasaron juntos, a lo que Frank responde: “a salvo, feliz, cómodo”. 

Siguiendo la terminología de los manuales psicológicos, podría decirse que Amy y Frank son “personas inseguras”, cada cual a su manera. La inseguridad emocional (lo que sea que eso signifique) parece ser, de hecho, el punto de encuentro entre ambos. Y un poco la prueba de ello es que, no sin cierta emotividad, al final uno frente al otro son más o menos la misma persona que eran al principio, en su primer encuentro, al menos en lo esencial, en lo que importa. Después de tantos meses, después de tantas relaciones, después del hastío, la monotonía y la experiencia del placer sensual, hay algo de la inseguridad de cada uno que resuena en el otro y que en el otro encuentra compañía. La inseguridad es el síntoma que les permite estar juntos. 

¿De dónde, entonces, el malestar? No es sólo que el Sistema, en su control obsesivo y su omnipresencia, sofoque. No es sólo que el Sistema diga qué y cómo desear (esto es, a quién y bajo qué condiciones). Acaso la fuente más profunda y más auténtica de malestar sea que el Sistema cree la ilusión de que la falta puede ser llenada y, paralelamente, que dicte con qué y cómo hacerlo.

El mejor ejemplo de esto es la serie de parejas por las que pasa Amy después de su primer y breve encuentro con Frank, la mayoría de los cuales tiene características físicas comunes: hombres jóvenes o de mediana edad, musculosos, seguros de sí, diestros en el sexo, “viriles” y hasta un poco exóticos, multiculturales. Son, por así decirlo, hombres en toda forma, el estándar de lo que se supone es un hombre en la sociedad occidental contemporánea. 

El mensaje del Sistema es claro: tu inseguridad necesita seguridad. Tu falta puede ser reparada. Ese vacío puede ser llenado.

Irónicamente, esos hombres son también todo lo opuesto a Frank: poco o nada atlético, un tanto torpe en su comportamiento y sus palabras, indeciso, con cierto aire tierno o ingenuo… y con quien al final Amy decide escapar para vivir su relación sin reglas de ningún tipo.

La atracción entre Amy y Frank inicia y termina en la inseguridad o, mejor dicho, en una pregunta en torno a ésta. Sobre todo en Amy parece ser origen y causa, falta y deseo: una energía doble que provoca su malestar frente al Sistema pero también su impulso por escapar de éste. 

Esta podría ser una forma de la pregunta subjetiva de Amy: ¿es que no es posible amar desde la inseguridad? 

Y es la elaboración de esta pregunta, los actos que surgen de ella, la reflexión propia ante las experiencias derivadas de éstos, el aburrimiento ante las respuestas insatisfactorias y la determinación de defender las respuestas propias, lo que lleva a Amy a tomar la decisión de escapar del Sistema.

El deseo es un dios bifronte: su otro rostro es la falta.

 

IV. Las piedras contra el agua

Al jugar, Amy descubre los límites del sistema. Es como si en la repetición de su juego, trivial en un inicio, hubiera encontrado la prueba de lo que siempre supo: el Sistema es un lugar limitado.

Pero todos los lugares son, en ese sentido, limitados, y aquellos que carecen de coordenadas (como el limbo de data pura a donde llega con Frank después del escape), son “no-lugares”, estancias en un sentido literal del término: sitios donde es posible estar, pero no ser.

Dicho entonces con más precisión: con su juego Amy descubre que el Sistema es un lugar cuyos límites ella no puede aceptar porque, supone, no es ahí donde su deseo podrá realizarse. 

Su deseo de, por ejemplo, vivir en una relación con Frank sin que el tiempo importe.

 

V. El señuelo del amor

¿Amy y Frank escapan del Sistema? En la última secuencia del episodio, ambos descubren la presencia del otro en el mismo bar gracias a una app, que les indica su nivel de afinidad a partir de la fantasía que es la historia de este episodio: la fantasía del escape. 

A la luz del desarrollo de la historia, hay elementos para suponer que estas fantasías se diseñan a modo, a partir de los datos personales recolectados y reordenados por el algoritmo de esa app. Son, en ese sentido, fantasías que cumplen las expectativas de los usuarios, que satisfacen su goce y los mantienen cómodos, dentro de las “coordenadas fantasmáticas” conocidas, dentro de lo que cada uno espera encontrar en el Otro para obtener amor. En otros términos: son fantasías que los mantienen dentro del dominio del Amo.

El otro ejemplo de salida del Sistema que se presenta en el episodio es la boda a la que asisten Amy y Frank poco después de su primer encuentro, cada uno con su respectiva nueva pareja. Según se ve, la fantasía de los dos que se casan es esa: convocar a una boda, tener una fiesta, pronunciar un discurso y, sobre todo, mostrar a los demás que incluso ellos pudieron encontrar a su “media naranja” gracias al Sistema –ellos, en cuyas palabras y actitud se da a entender que nadie creería que encontrarían pareja, menos aún su “pareja ideal”. 

La boda es una celebración del acto de obediencia. El discurso que la novia pronuncia es en realidad un elogio al Sistema: "Tengan fe en el Sistema, porque funciona", dice para rematar sus palabras. Pero también pudo decir: "Sigan las reglas y serán recompensados" y el mensaje sería el mismo. Si se mira con detalle, el entusiasmo o la felicidad de la pareja no mana sólo de su relación o de su boda, sino también de cierto goce perverso por mostrarse obedientes, por satisfacer las expectativas del Amo: se sienten bien porque el Amo está complacido.

Más allá del recurso narrativo de metaficción empleado en el episodio (y que, dicho sea de paso, Charlie Brooker sabe usar muy bien), quizá esa sea la razón por la que no es posible decir que el pub sea el último nivel de realidad para Amy y Frank. Eso quisiera el espectador, que Amy y Frank hayan escapado del Sistema para vivir su relación tan libremente como sea posible. Pero no parece que haya elementos suficientes para llegar a esa conclusión. Si el resultado de su encuentro y de su “match” fue la milésima representación de una fantasía a modo, diseñada por un algoritmo, no parece factible que esta sea la historia de una rebelión contra el Sistema. Al final todo podría ser la simulación de una app para mejorar la autoestima de Frank, o que el bar sea para ellos la primera de sus simulaciones necesarias para llegar al 99.9% o al 100% de afinidad que el algoritmo requiere para anunciar el “ultimate match”. Cómo saberlo.

Sin embargo, la paradoja de necesitar una fantasía para experimentar la realidad del amor y el deseo es que en la fantasía misma se encuentra la posibilidad de salir de ésta. El señuelo del amor puede conducir también a la salida del laberinto de la repetición.

¿En qué consiste el señuelo del amor? Cuando estoy enamorado, amo a alguien a causa del “objeto a” en él, a causa de lo que “en él [es] más que él mismo”, en síntesis, el objeto del amor no puede darme lo que demando de él ya que no lo posee, dado que, en lo más íntimo, se trata de un exceso. Lo que define al amor es esta discordancia o brecha básica (elaborada por Lacan a propósito de la relación de Alcibíades con Sócrates en el Banquete de Platón): el amador [erastés] busca en el amado [éromenos] lo que a él le falta, pero, como lo expresa Lacan, “lo que a uno le falta no es lo que está escondido dentro del otro” —de este modo, lo único que le queda por hacer al amado es realizar una especie de intercambio de lugares, cambiar de objeto a sujeto del amor, en síntesis: devolver amor. 

(Slavoj Žižek)

 

VI. El triunfo de la muerte

Black Mirror fue una serie que llamó la atención desde su primera temporada en la televisión pública inglesa porque la distopía de sus historias dejaba al espectador con un amargo sabor de presente, como si esa pesadilla hipotética pudiera ocurrir en cualquier momento o, peor aún, como si supiéramos que ya está ocurriendo o que está en proceso inevitable de hacerse realidad. 

No es el caso de los episodios de esta cuarta temporada, que ponderados con suspicacia podría decirse que han sido esterilizados, procesados y empaquetados para consumo inofensivo del gran público, del que se cree que no puede ser perturbado con sacudidas críticas. O quizá sí, pero sólo un poco: lo necesario para seguir durmiendo pero no lo suficiente para despertar.

 

VII. Amor: términos y condiciones de uso

El Amor es trabajo que transforma el mundo, o no es.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: ¿Por qué en 'Star Wars' la gente olvida tan fácil? Un peculiar efecto de la falta de libros y cultura escrita

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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Si quieren entender qué es la conciencia, los científicos deberían leer estos antiguos textos de la India

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/03/2018

Hay algo inmediato que se les escapa a los neurocientíficos que intentan entender que es la conciencia, hasta el momento de manera estéril y que puede encontrarse en estos milenarios tesoros de la investigación de la mente

La ciencia designa a la conciencia como el "problema duro". La ciencia, que conoce tantas cosas sobre el universo, incluso algunas que se encuentra a millones de años luz, realmente no sabe casi nada sobre la conciencia -la luz más inmediata. Se enfrenta a un problema fundamental, ya que para la ciencia sólo es real lo material, lo que puede verse o medirse. Y, sin embargo, el hecho puro de la conciencia, la experiencia subjetiva o qualia, está más allá de todo lo que puede reducirse a una explicación materialista o mecanicista y a un método "objetivo". No sólo existe información sensorial, sino que existe una experiencia fenoménica subjetiva de la información y esto es sumamente misterioso y problemático para los científicos. Uno de los grandes padres del materialismo científico, Huxley, comparó el surgimiento de la conciencia a partir del tejido nervioso con el surgimiento de un genio de una lámpara. Y el mismo Newton ya se había planteado "determinar a través de qué modos o acciones la la luz produce en nuestras mentes los fantasmas del color no es algo sencillo".

La sensación de sentirse alguien, el color rojo del atardecer, el sonido de una nota musical o la sensación de estar enamorado, aunque puedan tener correlaciones neurales, no ocurren en ninguna parte del cuerpo en específico, ni existe en la materia una forma de explicar cómo estas cosas llegan a surgir a partir de tejidos, neuronas y otros. Por ejemplo, los átomos no son rojos, ni huelen, y menos aún son "amables". Parece haber una brecha insalvable. Por eso muchos científicos, para mantener la explicación materialista del mundo que funciona tan bien sin la conciencia, prefieren decir que la conciencia no es fundamental sino que es más bien una ilusión que genera la materia e incluso que no existe realmente -es una alucinación del cerebro-.

El escritor italiano Roberto Calasso, una de las mentes más brillantes de la literatura contemporánea, ha reflexionado en sus últimos libros sobre cómo la sociedad secular, apuntalada en el materialismo científico, se ha convertido en la religión de nuestra época. Una sociedad aparentemente ilustrada que ha acabado con todas las supersticiones menos la superstición de sí misma. Lo que se escapa de esta sociedad global es justamente la conciencia. Y sin la conciencia, la vida pierde sentido y propósito. "La actitud sacrificial implica que la naturaleza tiene significado, mientras que el acercamiento científico nos ofrece una descripción pura de la naturaleza, en sí misma desprovista de significado". Aquí yace la bifurcación insuperable de los paradigmas, la descripción supuestamente objetiva de la naturaleza que "nunca podrá alcanzar el significado. El conocimiento de una vía neural nunca podrá, no importa lo perfecto que sea, ser traducido a una percepción de un estado de conciencia". Y, por más beneficios que logren la ciencia y la tecnología, lo que al ser humano realmente le importa es justamente aquello que la ciencia no alcanza a medir -la riqueza y la miseria de sentirse alguien y tener experiencias conscientes-.

Calasso considera que en el mundo actual, donde casi ya no existe lo sagrado (porque las religiones ya no consiguen interactuar con lo invisible), todos devenimos meros turistas, pero no en el sentido de grandes viajeros, sino en el sentido de la realidad virtual, de una realidad que, más que aumentada, es una realidad disminuida. Disminuida porque está desprovista de lo invisible, de lo sagrado, de lo que tiene espíritu o significado. Todo ocurre como si estuviéramos envueltos en una forma más o menos pasiva de entretenimiento, desde cierta distancia e indolencia, como a través de un headset de realidad virtual, presenciando espectáculo de objetos inertes y fuerzas ciegas y mecánicas.

Calasso, en una reciente entrevista sobre su último libro L'innominabile attuale, sugirió que la ciencia, actualmente ligada a la potencia económica de Silicon Valley, en su misma búsqueda de inteligencia artificial, debería de reflexionar sobre la propia inteligencia y preguntarse sobre la conciencia, una palabra que apenas figura en el discurso occidental. Mientras que la palabra "conciencia" aparece en los manuales de filosofía de Occidente hasta el siglo 17, en la India, desde hace más de 3000 mil años es el tema que predomina el pensamiento, con la misma obsesión con la que el hombre occidental busca conocer y conquistar la materia. Calasso recomienda a los neurocientíficos leer los "Upanishad", el conjunto de textos que sirven como comentarios filosóficos a los himnos védicos (a veces llamados las conclusiones de los Vedas o Vedanta), y en los que se demarca la característica esencial del hombre védico: buscar un estado de conciencia que le permita alzarse sobre la muerte. Justamente la misma preocupación que mueve al transhumanismo en nuestra época.

Mucho podrían aprender de estos textos védicos los neurocientíficos, sugiere Calasso, aunque claro que para la ciencia moderna no son más que vestigios de un pensamiento mágico primitivo. Los "Upanishad" son de alguna manera el polo opuesto del materialismo moderno. Para estos textos, escritos por sabios que iban al bosque abandonando la vida mundana, y que se dedicaban a observar su propia mente, lo fundamental, lo que está antes y después de todo, es la mente, fuente y escenario donde ocurre toda empresa humana. Y es que, ¿acaso hay algo más primario que el hecho mismo de la conciencia? Notablemente estos textos fueron para Schopenhauer, quien los leyó apenas en una traducción latina de otra traducción persa (del sánscrito original), el gran acontecimiento literario del siglo XIX. Escribió: "Para mí, los Upanishad son la mayor ventaja que tiene este joven siglo sobre los demás, porque creo que la influencia de la literatura sánscrita penetrará no con menor profundidad que lo hizo el renacimiento de la literatura griega en el siglo XV: si el lector ha recibido y asimilado esta sabiduría sagrada primordial de la India, entonces está bien preparado para escuchar lo que le tengo que decir".

Dice Calasso "Nuestro mundo ha sido genial en inventar prótesis. Prótesis siempre más grandes, prótesis más pequeñas, siempre más útiles y potentes, pero se ha ocupado demasiado poco de quién inventaba la prótesis". En otras palabras, hemos conquistado el mundo exterior extendiéndonos a través de aparatos tecnológicos que penetran la naturaleza y extraen recursos y conocimiento, pero no hemos logrado penetrar el misterio de aquello que inventa esos aparatos, de aquello que siente la necesidad de buscar, de extenderse, de mirar. Nos ocurre tal vez como a aquel que tiene un tesoro en casa, pero sale a buscarlo a una ciudad lejana. 

Lo que buscamos es quién está buscando, dijo San Francisco de Asis. Sin duda sondear galaxias, nebulosas, agujeros negros, y teorizar sobre sus orígenes y composiciones físicas es fascinante e incluso puede -a manera de un espejo cósmico- revelar algo de nuestra propia naturaleza. Somos, como le gusta tanto decir a los físicos, polvo de estrellas. Pero somos más que polvo de estrellas, somos polvo de estrellas que pregunta por su naturaleza. Polvo de estrellas que, como dice la canción de cuna, al mirar al firmamento, se pregunta quiénes somos. Sólo que no nos lo preguntamos mucho, no tanto, no lo suficiente. Porque aunque esta exploración física es fascinante, no lo es tanto como saberse a sí mismo y explorar el cosmos interior. Cómo preguntarse por la naturaleza de la mente, cómo mirar intensamente hacia adentro. Podemos apuntar un telescopio por años al mismo punto del cielo para entender sus misterios, pero ¿quién puede sostener con la misma fijeza su atención en la luz de la conciencia por más de diez minutos? ¿Por diez horas? ¿Por diez años? ¿Por toda una vida? ¿Qué científico refina su propio aparato de conocimiento -su mente- a la par de la refinación de los aparatos tecnológicos con los que mira hacia el espacio? Para los pensadores védicos lo único que importaba era conocer y cultivar la mente -practicando tapas o samadhi- hasta el punto en que se pudiera alcanzar un estado de conciencia de igualdad con la realidad divina Y es que quien lograba conocer la naturaleza de su conciencia, el Sí mismo, el Atman, conocía todo lo demás (el Brahman). Descubría, nos dicen, la luz que encendía las estrellas en el cielo, la luz misma que los dioses alcanzaron al elevarse al cielo. Para los védicos, lo interesante no era que fuéramos polvo de estrella, sino lo que cautivó su atención fue que éramos luz -luz que piensa-. De hecho, todo lo que no fuera el conocimiento del sí mismo, era ignorancia. Y aunque estamos muy lejos de esta civilización extraña que no dejó construcciones ni imágenes casi y que se interesó sólo por un estado de conciencia -incluso en India hace un par de milenios ya era esta una civilización remota y abstrusa- nosotros también, en Occidente, partimos de una tradición que anteponía a la conciencia sobre cualquier otra cosa. La pregunta fundamental de la Grecia antigua era aquella máxima del oráculo de Delfos: "conócete a ti mismo". Este adagio ha devenido en una fórmula ligada al individualismo y a la autoexpresión egoísta de nuestra época consumista, pero obviamente nos remite a la introspección más profunda. No podemos conocer lo que somos, si no sabemos qué es la conciencia. Podemos saber si la información puede escapar de un agujero negro o no, pero mientras nuestra conciencia misma sea un agujero negro para nosotros, seguiremos en la oscuridad. Una interpretación pitagórica de esa frase decía: conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses. Tal es la vastedad de la conciencia que incluye a los hombres, a los dioses y a las estrellas.