*

X

‘Yo, un negro’ (Jean Rouch, 1958): el cine entre arte e investigación

Arte

Por: Lalo Ortega - 12/04/2017

La obra del cineasta y antropólogo francés existe con un pie en la ficción, y otro en el documental

Cortesía de su influencia y éxito comercial inconmensurables, es fácil pensar que el destino del cine siempre fue la representación de lo que otras artes ya han manifestado antes. En su capacidad única de capturar la realidad mejor que otros medios de expresión, el cine del mainstream a menudo ha caído en la paradójica representación de lo que Hitchcock llegó a despreciar como “teatro filmado” (desdén que, por extensión, aplica a la literatura adaptada a la gran pantalla). ¿Cuál es, entonces, la esencia del cine como arte independiente?

Ya en 1955, el pintor, artista y cineasta experimental, Hans Richter, escribía que una de las posibilidades del medio para emanciparse yacía en volver de la ficción a la historia, y del estilo teatral al documental. Así, la naturaleza provee al cine de una materia prima propia que no es limitada por las tradiciones literarias preexistentes: su capacidad creadora es dada sólo por la cámara y la sala de edición. Jean Rouch, cineasta y antropólogo, exploró dichas posibilidades a lo largo del centenar de películas que constituyen su filmografía.

Pionero de técnicas como el jump cut y reverenciado como precursor de la Nueva ola de cine francés por sus integrantes, Rouch es, sobre todas las cosas, padre del cine de etnoficción. Junto con "Los amos locos" (Les Maîtres Fous, 1955), "Yo, un negro" (Moi, un noir, 1958) es una de las obras más conocidas del subgénero.

 

 

El filme muestra a un grupo de inmigrantes nigerianos que viven en Treichville, un barrio en la capital de Costa de Marfil, mientras buscan trabajo todas las mañanas. Al plantear Rouch, mediante voz en off al inicio, el proceso de su experimento, hace de "Yo, un negro" una obra que se inscribe dentro este nuevo tipo de cine.

Se trata de una improvisación, carente de un guión preexistente, en la que sus sujetos se interpretan a sí mismos con libertad de hacer y decir lo que quisieran, bajo seudónimos que mucho dicen sobre la influencia de la cultura occidental en la cosmovisión de la juventud africana de la época. Por limitaciones técnicas del registro sonoro, ésta no es una película con sonido directo: las narraciones y comentarios fueron grabadas después en París.

En el carácter imprevisible y caótico de su creación, el cine de Rouch se desprende de la antropología rígida para oscilar entre el arte y el método científico. Donde éste y el guión cinematográfico clásico se encargan de controlar el entorno y reducir las variables, la espontaneidad de los sujetos en "Yo, un negro" admite una experimentación del mundo más amplia y, de cierto modo, más real.

¿No es una contradicción que el antropólogo presente una realidad enmascarada a posteriori por la narración de sus propios sujetos? O, quizá a la inversa, Rouch propone ir más allá del registro objetivo de los hechos gracias a la capacidad intrínseca del cine de representar la subjetividad.

 

El Cine Tonalá y Le Cinéma IFAL son sedes del ciclo “Jean Rouch: una aventura cine-etnográfica” durante el mes de diciembre. Para conocer fechas y horarios del programa, consulta este enlace.

Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios

Te podría interesar:

John Coltrane sobre usar la música para cambiar el clima, curar y conectar con Dios

Arte

Por: pijamasurf - 12/04/2017

Después de una profunda experiencia mística, Coltrane se interesó por el poder espiritual de la música

John Coltrane es considerado uno de los más grandes saxofonistas de la historias y uno de los principales exponentes del free jazz. Más que a ningún otro músico de jazz, a Coltrane se le asocia con una inclinación hacia la espiritualidad. Su más grande composición, A Love Supreme (álbum que iba a llamarse Allah Supreme), es un himno de gratitud a la divinidad universal -Coltrane decía creer en todas las religiones-. Adicto a la heroína en la década de los 50, Coltrane dejó las drogas y el alcohol de golpe, como en un rayo de claridad y voluntad. Luego diría que tuvo una experiencia mística que le permitió dejar estas sustancias tan adictivas, particularmente la heroína, que fuera tan popular entre muchos músicos de la época. De ahí en adelante Coltrane se empezó a convertir en una especie de santo o bodhisattva, utilizando la música como un medio no sólo para entrar en comunión con lo divino sino para brindarle al público un pedazo de su medicina mística. Curiosamente, Coltrane sería canonizado después de muerto por la Iglesia Ortodoxa Africana, cumpliendo a posteriori el cometido que le había anunciado a un entrevistador en Japón en 1966, respondiendo a la pregunta de "qué le gustaría ser en 5 años" diciendo "Un santo".

En álbumes como Ascension, Meditations, Om, Selflessness y por supuesto A Love Supreme, Coltrane cumplió el voto que hizo en 1957 cuando tuvo su despertar espiritual: "En ese momento, en gratitud, humildemente pedí recibir los medios para hacer a otros felices a través de la música". Desde entonces Coltrane se adentró en el estudio de diversas religiones, particularmente el hinduismo, de clásicos como el Bhagavad Gita y de maestros espirituales contemporáneos com Krishnamurti y Yogananda. Aplicó y mezcló estas ideas y prácticas con su enorme talento musical para hacer de manera compasiva obras que reflejaran su experiencia mística y lograran transmitir sensaciones de paz, amor y conciencia cósmica. Tal vez de su acercamiento al hinduismo -o quizás, simplemente, de su propia experiencia desnuda y pura con la naturaleza de la música- Coltrane entendió que la música tenía la capacidad de afectar la realidad e incluso, de manera chamánica, modificar el clima: no sólo metafóricamente construir atmósferas, sino hacer llover, despejar el cielo, crear momentos, etc. Su intención era que la música no fuera una representación del amor o la felicidad, sino una presentación real e inmediata de la energía del amor o la felicidad codificada en escalas y sonidos. Incluso sugirió que existía la posibilidad de una especie de liberación o transcendencia a través de una música que resonara con lo divino. En la biografía John Coltrane: His Life and Music, Lewis Porter cita palabras de Coltrane:

He estado indagando en torno a estos acercamientos a la música -como en la India- en los que sonidos y escalas particulares son utilizadas intencionalmente para producir ciertos significados emocionales [como las ragas]... Me gustaría darle a las personas algo como la felicidad. Me gustaría descubrir un método que me permitiera hacer llover en ese momento, si así lo quisiera. Si uno de mis amigos está enfermo, me gustaría tocar cierta canción para que se curara; cuando no tuviera dinero, llevaría una canción diferente e inmediatamente recibiría el dinero que necesita. Pero cuáles son estas piezas y cuál es el camino que uno debe recorrer para lograr su conocimiento, eso no lo sé. Los verdaderos poderes de la música son todavía desconocidos. Lograr controlarlos debe de ser, yo creo, la meta de todo músico. Me apasiona entender estas fuerzas. Me gustaría provocar reacciones en las personas que escuchan mi música, crear una atmósfera real. Es en este sentido que quiero comprometerme e ir lo más lejos posible.

Estas ideas existen por supuesto en muchas culturas tradicionales, chamánicas y religiosas. En la India, encontramos textos religiosos en los que se registran diferentes cantos -con una métrica sumamente específica- para alterar todo tipo de fenómenos naturales y producir diferentes efectos mágicos y curativos (estos cantos o liturgias pueden encontrarse, por ejemplo, en el Atharvaveda). Coltrane probablemente no sólo escuchó sobre esto, sino que seguramente experimentó el poder transformativo de la música en primera persona. La música como una puerta emotiva hacia el poder divino del ser humano. Coltrane murió a los 40 años; ¿quién actualmente tiene esta intención de explorar el sonido -el cual, según los textos védicos, es la energía creativa misma del universo- para producir medicina, amor, lluvia, luz?