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Ve las pinturas de Jim Carrey y escucha su extraño mensaje de cómo encontró la libertad a través del arte (VIDEO)

Arte

Por: pijamasurf - 12/09/2017

Para algunos, Jim Carrey se ha vuelto loco, para otros se acerca a la iluminación. Lo único indudable es que estamos presenciando una muy interesante transformación

En los últimos años Jim Carrey ha atravesado una profunda transformación, para algunos ha perdido el juicio y para otros se encuentra atravesando un despertar espiritual público. Carrey ha enfrentando un profundo estado de depresión, habiendo tomado Prozac por muchos años, así como el suicido de su novia. Ante esto, se ha refugiado en una veta filosófica neo-advaita, siguiendo a maestros como Jeff Foster y Eckhart Tolle y, también se ha refugiado en la pintura, algo que ha hecho de manera obsesiva. Aunque existen opiniones encontradas de si Carrey realmente es un buen pintor o no, lo que es indudable es que, como muestra la pieza "I Needed Color", su relación con el arte es pasional y es un buen ejemplo del poder transformador, sanador y liberador del arte. "El arte lleva a las personas al presente... No sé qué me enseña la pintura, sólo sé que me libera. Libre del remordimiento, libre del pasado y del futuro, libre de la preocupación... Detrás de todo arte o actuación está el amor, lo que queremos es mostrarnos y ser aceptados". 

Jim Carrey dice sobre una de sus pinturas de Jesús: "La energía que rodea a Jesús es eléctrica, no sé si Jesús vivió, si era real, qué significa o demás... pero quería que las pinturas reflejaran la conciencia crística, quería que sus ojos mostraran que estaba aceptando quién eres, quería que su mirada pudiera sanarte".

 

 

En otras ocasión Carrey ha dicho que él (aunque tal cosa como "él" o "yo", dice, no existen) cree que su función era volverse alguien famoso, una idea de la fama,  haber logrado todo lo que las personas desean, todo lo que llena el ego, y darse cuenta que nada de eso tiene realmente sentido, nada de eso realiza a una persona... y luego abandonarlo, darse cuenta que todo eso era irreal y ficticio. Ser el prototípico personaje, un actor que llevó a cabo papeles en películas que eran personajes dentro de personajes, películas dentro de películas o sueños dentro de sueños como en "The Mask" o "Truman Show", fue una forma de darse cuenta de que nadie realmente existe, que Jim Carrey también era un personaje, que todas las identidades son falsas, son constructos humanos, son sólo ideas. Detrás de todo eso sólo hay lo que llama una energía danzante que es todas las cosas... O quizás, los más escépticos creerán que tal vez este Jim Carrey espiritual, que dice que lo único que existe es el amor, que no hay separación, es solamente otro personaje con el cual busca sanar o sólo tapar un profundo dolor interno.

De cualquier manera, es indudable que, entre los múltiples personajes que las celebridades encarnan, esta nueva versión de Jim Carrey, que se atreve a criticar el establecimiento mismo de Hollywood, la fama, dudar de su propia existencia y sugerir que toda la procesión de la fama y el éxito es absurda, es uno de los personajes más frescos e interesantes que ha producido el sistema. Una buena muestra de esto puede verse en el pequeño documental de "I Needed Color" o en esta cándida entrevista.

 

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Sobre transformar la pintura en cine: 'Cartas de Van Gogh' (Dorota Kobiela y Hugh Welchman, 2017)

Arte

Por: Lalo Ortega - 12/09/2017

Con más de 65 mil fotogramas pintados a mano, la película da vida a la obra posimpresionista en la gran pantalla

“Sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros los que hablen”, se leía en la carta que Vincent van Gogh traía consigo cuando murió, el 29 de julio de 1890. Esto habla de sus intenciones artísticas tanto como sus pinturas mismas, con un afán de expresión subjetiva ajeno a los impresionistas que le precedieron.

La bien conocida desgracia de Van Gogh como artista fue equiparable a un talento dedicado al detalle, la observación de la luz y la comprensión de las posibilidades expresivas del color. Aun en la quietud inherente de los lienzos, los de Van Gogh evocaban emoción y movimiento, en los albores de la forma de expresión que acabaría de empujar a la pintura a transformar su lenguaje mediante multiplicidad de estilos: el cine.

¿Hubiera querido él ver a sus cuadros cobrar vida? Imposible saberlo, pero el medio capaz de plasmar la luz y el movimiento sin duda pareció pertinente a Dorota Kobiela y Hugh Welchman para crear su tributo. A través de una mezcla de acción real, imágenes generadas por computadora y el trabajo de una centena de pintores, Cartas de Van Gogh (Loving Vincent, 2017) presume ser el primer largometraje pintado en la historia del cine. Se trata de una labor técnica admirable, pues implicó una suerte de animación por rotoscopia al óleo: cuenta con más de 65 mil fotogramas, cada uno pintado para recrear el estilo del artista titular.

El filme explora, de forma vaga, los últimos días en la vida de Vincent van Gogh (Robert Gulaczyk) y las circunstancias de su muerte, a la fecha rodeadas de misterio. En 1891, 1 año después de su deceso, Armand Roulin (Douglas Booth) viaja para entregar una de las últimas cartas del pintor dirigidas a su hermano, Theo (Cezary Lukaszewicz). Es más un homenaje que una película biográfica: el pastiche visual es tan sólo un eco del artista del que cobra inspiración, puesto que la historia no está enmarcada por su perspectiva, sino la de quienes le conocieron. Sus famosas cartas, de hecho, poco acotan la dramatización en la obra fílmica.

En el virtuosismo técnico de dotar a las telas de movimiento con pinceladas serpenteantes, surge una paradoja de convertir a la pintura en cine: la preocupación por reproducir con fidelidad la obra de Van Gogh se traduce en un escaso dinamismo en las imágenes en pantalla, que rara vez se aventuran más allá del plano-contraplano. Este ambicioso casamiento del arte pictórico y el cinematográfico se parece más al primero que al segundo, un Ciudadano Kane repleto de diálogos declamatorios para contar la historia mediante el “decir”, en vez de mostrar mediante un rico lenguaje audiovisual (en términos del “pure cinema” por los que hubiera abogado cierto maestro del cine).

En la superficie, habría que argüir que un filme que tanto presume de su dirección artística debería ser capaz de contar su historia en términos estrictamente cinematográficos, aunque la unión de cine y pintura invita a nuevas preguntas: ¿pueden los dos lenguajes coexistir? Como dos medios de expresión que se influenciaron de manera mutua y que, a la vez, se han orillado a explorar las cualidades intrínsecas de cada uno, cabe cuestionar si son compatibles por defecto. Donde el pincel demandaba la permanencia de la línea, ¿es natural la existencia de movimiento (o será que éste acaba por desvirtuar a aquélla)? Ante el propósito de recrear el poder expresivo de un óleo, ¿cuál es el punto de la yuxtaposición de imágenes por el montaje, si no es más que narrativo?

Las cuestiones anteriores alimentan la que queda para el final, la del tratamiento de la obra del pintor por quienes pretenden homenajearlo. A la luz de las licencias creativas en la historia de sus últimos días, el pastiche de Kobiela y Welchman es un logro artesanal que camina la línea entre el tributo y el sentimentalismo vacuo. Los cuadros de Van Gogh por fin hablan, pero quizá no con sus palabras.

 

Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios