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Los personajes en Star Wars parecen olvidar pronto hechos históricos que son cercanos en el tiempo

***Este texto contiene información sobre la trama y los personajes de las películas de Star Wars, incluido el Episodio VIII***

Quien haya visto las películas de la saga Star Wars y esté al tanto de su historia y su cronología, sin duda se habrá dado cuenta de que los hechos que conforman la trama general transcurren en sólo dos generaciones: la de Anakin Skywalker y la de los hijos de éste, Leia y Luke Skywalker. 

Como se sabe, los episodios I al VI comprenden la historia de Anakin como “el Elegido”: su descubrimiento, sus años de gloria, su caída y su redención. En cuanto a la trilogía que inició con el Episodio VII y que está en desarrollo, si bien el personaje central es otro, tanto Leia como Luke participan aún en esa línea de tiempo, con un papel no del todo protagónico pero sí al menos de cierto magisterio o preponderancia, entre la autoridad moral y el tutelaje que se le reconoce a personas que, como ellos, poseen experiencia, conocimiento e incluso un linaje especial.

Si lo pensamos en términos reales, dos generaciones del tipo padre o madre e hijos suelen comprender cerca de 100 años. Si una persona tiene su primer hijo a los 30 años y éste vive al menos 70, entre ambos habrán testimoniado los hechos de un siglo de historia que, por otro lado, si bien es una cantidad de tiempo importante, hasta cierto punto nos puede parecer asequible o hasta un poco cercana. Así, por ejemplo, cuando nuestros padres nos cuentan historias de su juventud, aunque pertenecientes ya al pasado, al escucharlas no tenemos necesariamente la sensación de que hayan ocurrido en un tiempo remoto, sino más bien lo opuesto: podemos reconocer aún los lugares de los que nos hablan, identificar a ciertas personas, percibir la continuidad de los hábitos o las costumbres, etc.

En el universo Star Wars, sin embargo, la percepción del tiempo parece ser otra, en particular la del tiempo de los hechos que podríamos denominar “históricos”, los cuales, según podemos inferir por la forma en que algunos personajes se expresan sobre éstos, aun cuando se encuentran dentro de ese periodo de una misma generación señalado (la del padre o la del hijo, o el lapso en que éstas coinciden), se perciben como pertenecientes a un tiempo distante.

En el Episodio IV, las alusiones a los Jedi y la Fuerza suelen estar acompañadas de un cierto desdén hacia lo antiguo. En el episodio III, la “tragedia de Darth Plagueis ‘El Sabio’” que el canciller Palpatine cuenta a Anakin parece provenir de una época sumamente anterior (por más que Plagueis haya sido maestro de Sidious). Ese peculiar fenómeno es un tanto más evidente (y menos sujeto a la polémica) en la nueva trilogía, en donde Luke Skywalker y todo lo relacionado con los Jedi tienen un tinte legendario. En el Episodio VII Rey incluso llama a Luke “un mito” y, en otra escena, Han Solo pronuncia un discurso que por las palabras que usa y la actitud que toma, lo hace ver a él mismo como un sobreviviente de una época increíble. O, mejor dicho, olvidada.

El olvido es el concepto clave en esa peculiar percepción del tiempo histórico en el universo de Star Wars. Los personajes parecen considerar remotos ciertos hechos más o menos cercanos en el tiempo porque, en general, parece existir una tendencia común al olvido, un olvido social u olvido histórico, podría decirse, con cierto eco de las categorías que se usan en los estudios y las políticas públicas que tienen como propósito preservar la memoria colectiva de ciertos hechos (migraciones, tiempos aciagos, matanzas, etc.).

De nuevo, la escena de Han Solo y Rey abordo del Halcón Milenario es sumamente elocuente al respecto: el antiguo contrabandista es una de las personas que atestiguaron los hechos de dos generaciones, la suya (que correspondería más o menos a la misma que la de Anakin Skywalker/Darth Vader) y la de de Luke, a quien conoció y acompañó. Han, en este sentido, sería como uno de esos amigos de la familia o primos mayores que no es lo suficientemente viejo para tener la edad de nuestros padres ni lo suficientemente joven para tener nuestra edad. Con todo, al relatar el intento fallido de Luke por restaurar la Orden Jedi, su huida y su desaparición, la historia tiene la apariencia de haber ocurrido cientos de años atrás, en un pasado remoto, y no apenas diez o quince años antes, en la adolescencia de Ben Solo.

Aunque todo esto es ficción, existe un rasgo muy específico del universo Star Wars que podría esgrimirse como causa de esa forma tan singular con que en la saga (y especialmente en la nueva trilogía) se experimenta el tiempo colectivo y dicho rasgo es la ausencia de cultura escrita. 

En un libro y un par de artículos, el escritor y columnista Ryan Britt ha notado que, en todas las películas de Star Wars, nadie lee nunca nada, ni un libro ni una revista y ni siquiera algo que se les semeje, así sea vagamente a un periódico. Se dirá que así es la ciencia ficción, género en el cual está permitido e incluso es necesario distanciarse tanto como sea posible o se desee de la realidad que todos conocemos y vivimos.

Sin embargo, en el caso de Star Wars, parece ser que existe una intención manifiesta de privar a sus personajes y el universo en general de la cultura escrita. Según Britt, en varias entrevistas y libros publicados en la década de 1990, George Lucas aceptó que Star Wars se pensó desde el inicio y a propósito como un “universo sin papel”.

El Episodio VIII es el primero en la saga en que se muestran libros a cuadro. Se trata de una media docena de tomos encuadernados rústicamente, visiblemente viejos o maltratados que, según Luke, compendian las enseñanzas y la sabiduría de la Orden Jedi. Con todo, éstos parecen resultar destruidos en el incendio que Luke dudó en iniciar pero que el espíritu de Yoda propaga con alegría y entusiasmo. El milenario Maestro Jedi no da mucha importancia a los libros y se da tiempo para insinuar que Luke, que decía tenerlos en una elevada consideración, no fue devoto de su lectura (en sus textos, Britt asegura que lo más probable es que Luke Skywalker y la mayoría de los seres vivientes en el universo Star Wars no sepan leer ni escribir).

¿Qué implicaciones tiene esta característica del universo Star Wars? Entre otras, el efecto sobre la memoria colectiva de la historia, la cual, de vuelta a la realidad, sabemos que tiende a experimentarse de otra forma cuando mediante el registro más o menos atemporal que brinda la cultura escrita. 

“Los libros rompen las ataduras del tiempo”, dijo Carl Sagan en el que quizá sea uno de los elogios más emotivos y precisos que se hayan hecho a la cultura escrita. En la perspectiva del científico (que comparten otros estudiosos de la cultura del libro o la escritura como Roger Chartier, por citar un ejemplo), los libros están vinculados íntimamente con la memoria colectiva de la humanidad porque son capaces de trascender generaciones y, mientras no se pierda la capacidad de codificarlos, su mensaje pervive. Si sentimos cercano un recuerdo de juventud que nuestro padre nos cuenta, en parte también es porque gracias a la cultura escrita (y otras formas de la preservación) tenemos el referente de épocas verdaderamente remotas: el siglo XVII, la Antigüedad Clásica, los días del Imperio Romano, etc. Eso es antiguo para nosotros y gracias a dicha relativización podemos comparar entre un periodo y otro y tener una percepción clara al respecto.

En el universo de Star Wars, sin embargo, parece ser que la ausencia de libros vuelve inexistente la noción de memoria colectiva. Los personajes olvidan pronto –incluso lo que pasó apenas en la generación anterior, o hace una o dos décadas– porque no parecen practicar el registro y la conservación con el empeño con que éstos se emprenden en la realidad real. La gente parece vivir al día, sumida de lleno en su cotidianidad, sin mayor contacto con el mundo exterior, con lo que ocurre en otros planetas o, más notorio aún, con el devenir de las instancias políticas que de todos modos llega a tener algún efecto en su vida. 

Sobre esto último, quisiera comentar brevemente que como espectador, tanto al final del Episodio IV como del VI (y en menor medida del Episodio III), he tenido la sensación de que los triunfos de la Alianza Rebelde o de los Sith, aunque aparentemente importantes y decisivos para “el futuro de la galaxia”, tienen cierto aire intrascendente al pensarlos desde la perspectiva de Tatooine o cualquier otro de esos planetas miserables y lejanos. De hecho, la transición misma de República a Imperio y de vuelta a una República (defenestrada ésta también en la nueva trilogía), se antoja un tanto irrelevante para esa gente que, en términos generales, parece haber vivido los últimos 20 o 30 años de su vida de la misma manera. 

Un lugar común asegura que conocer los hechos del pasado nos previene frente a la posibilidad de volver a cometerlos o, en un sentido parecido, que los pueblos que no conocen su Historia están condenados a repetirla. Aunque estas afirmaciones podrían debatirse, es posible aceptar que la cultura escrita da al tiempo otra densidad. Leer y escribir son dos actividades que nos hacen experimentar de otro modo el paso del reloj y el efecto de éste sobre nuestra existencia. Como escribió Sagan, los libros nos ponen en contacto con los personajes más destacados de todos los tiempos, lo cual, además de que en sí mismo ya es sorprendente y estimulante, nos hace descubrir también la maleabilidad del tiempo, su flexibilidad inesperada y acaso desconocida, la capacidad nuestra de trascenderlo e ir de un momento a otro de la historia para después volver a nuestro presente y comenzar a experimentarlo de otra manera, según lo aprendido en esos viajes momentáneos que nos permiten los libros.

¿Cómo sería el universo Star Wars si los libros, los periódicos, las revistas fueran objetos corrientes y de uso cotidiano? Tal vez se parecería un poco más al nuestro. Tal vez los Jedi y lo Sith harían campañas políticas en vez de complots y sesiones de consejo en una sala aislada y protegida. No es posible saberlo. En nuestro mundo, la alfabetización suele estar ligada a una mejora general en la calidad de vida y más aún cuando ésta se sostiene y se convierte en la cultivación del saber o escolarización, ¿pero en una galaxia muy muy lejana será igual?

Si algo nos brinda la cultura de lo escrito es un medio para poner distancia frente a nuestra cotidianidad –pausarla, interrumpirla, mirarla de lejos–, de modo tal que su peso no nos agobie ni nos aplaste y, por otro lado, nos permita comprenderla mejor. Ofrece instantes de reflexión y divagación en los que la percepción se nutre con saberes propios y ajenos. Si de la lectura se dice que es una válvula de escape, no es sólo porque permite a alguien distraerse de su vida cotidiana, sino también porque le permite imaginar otras posibilidades, tener otras ideas, dudar, preguntarse, salir por un instante de lo que es y parece que está destinados a ser. Cabe suponer que esto sucede así en cualquier persona, sea Sith, Jedi o granjero de Tatooine.

 

Twitter del autor: juanpablocahz

Del mismo autor en Pijama Surf: Quien trabaja mucho no trabaja arduamente: Thoreau sobre un trabajo significativo y no sólo productivo

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Criaturas, zombis y espectros de extraña imaginación: 10 libros de terror para niños y jóvenes

Libros

Por: Adolfo Córdova - 12/17/2017

No hace falta ver chorros de sangre para sudar frío, taparse con la cobija y ponerle seguro a la puerta

No hace falta ver chorros de sangre para sudar frío, taparse con la cobija y ponerle seguro a la puerta. Basta quedarse solo, desconocer una forma o un sonido en la noche o escuchar que algo avanza... hacia ti, y recordar aquel libro, aquella película del asesino en serie o la leyenda sobre esa criatura, ¿era un demonio?, con la piel fibrosa, las orejas cortas y pegadas al cráneo, largas garras en extremidades pequeñas que empiezan por arañarte los pies... o quizá sea un simple insecto en tu almohada o un espectro mirándote lo que te quite el sueño. Sea lo que sea, sólo necesitas algo: creértelo.

Edgar Allan Poe u Horacio Quiroga eran expertos en contar historias que parecen increíbles pero descritas como verídicas. Sus descripciones por momentos suenan como autopsias de los hechos, un informe forense, una nota científica o una descripción periodística. Quieren convencernos. Otros autores usan el recurso de "un diario encontrado" o una serie de cartas a manera de confesiones, como sucede en El Horla o en Drácula y en fragmentos de Frankenstein o El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En estos dos últimos títulos el terror se revela por la cercanía con la que se narra todo: te hacen sentir que tú podrías haber sido ese condenado.

Esa es quizá otra de las claves del horror: la imposibilidad de salvarse. ¿Será otro de los motivos por los que tantos lectores amamos las historias que asustan? ¿Disfrutamos sentirnos condenados y sin escapatoria por unas páginas? ¿o nos mantiene leyendo la esperanza de escapar? Con o sin salida, creemos que te harás fanático de estos 10 libros.

 

Cuentos, novelas, poemas; una trilogía, muchos fantasmas y pasión por las películas de terror. De Agustín Cadena, Jaime Alfonso Sandoval, Ana Romero, Antonio Ramos Revillas, Federico Ivanier, Mariana Osorio Gumá, Ramón Iván Suárez Caamal, Andrés Acosta, Toño Malpica, Pablo de Santis, Martha Riva Palacio, Jorge A. Estrada, Juan Carlos Quezadas y Fernando Tario.

 

1. Criaturas. Cuentos de extraña imaginación

Carlos Sánchez-Anaya Gutiérrez (antologador). Cuentos de Mariana Osorio Gumá, Antonio Ramos Revillas, Ana Romero, Juan Carlos Quezadas, Antonio Malpica y Martha Riva Palacio Obón. Ilustraciones de Mariana Magdaleno, Rosana Mesa y Mastropiero. Ediciones Castillo, 2016.

Sus ojos amarillos no cesan de apuntarme. Tiene las orejas cortas y pegadas al cráneo, dos colmillos largos, se alimenta de sangre, y, en lugar de un par de piernas, se arrastra sobre una sola extremidad deforme que da la impresión de ser una cola de pez. La veo acercarse hacia mí: me trepa por la ropa y me jala el pelo hasta hacerme daño, y dice a gritos que no se arrepiente de nada. Se acelera mi corazón. Ya no puedo detenerla.

Esta antología de cuento fantástico reúne a seis de los escritores mexicanos más reconocidos y prolíficos del país. Las historias están llenas de personajes condenados y de pares: dos ornitólogos que encuentran una extraña ave que los conduce a una expedición sin retorno; un taxidermista de criaturas fantásticas que en la soledad del faro en el que vive recibirá el primer demonio auténtico de su colección; dos hermanos perseguidos por los aluxes en dos tiempos diferentes; dos hombres enamorados de dos sirenas (¿o de la misma?); un narrador que descubre con horror que es descendiente de un doppelgänger, un doble que reemplazó a su ¿verdadero? abuelo; y una joven que recuerda la infancia al lado de su abuelo entomólogo, el peor de los insectos. 

Hay libros que uno termina de leer y agradece el buen rato o la buena pluma o ambos. Hay otros que tienen esas dos cosas y algo más: se graban. Como la impresión que te deja un accidente, y vuelves a ellos, los recuerdas, los lees otra vez. Este es uno de esos libros. Te garantizo que por lo menos con alguno de los seis cuentos te pasará esto. O quizá te ocurra lo que a mí en el primer párrafo de esta reseña: que una criatura hecha de todos los cuentos se mezcle en tu memoria y te persiga cada tanto.

en noches [y libros] así, siempre hay que esperar la danza de lo horrendo, aunque a veces no sea más que los gritos que en la oscuridad suelen replicar los fantasmas... 

 

2. Historias del niño invisible

Ramón Iván Suárez Caamal. Editorial Nave de Papel, 2016.

Estos poemas me han causado verdaderas pesadillas... y fascinación. Se te pegan a la piel y te ponen los pelos de punta. Algunos de ellos son de una tristeza demoledora, con niños a los que nadie busca, que juegan a las escondidas; otros, macabros, con personajes que hablan desde sus tumbas enlodadas; pero a pesar de lo terrible, los poemas resultan también de una extraña belleza:

Siempre que resbala una música triste, / la escribo. / Mi lápiz rechina/ cuando se quiebran mis dientes / y la tiza se hace humo. / Todos somos fantasmas.

Y de otro fantasma, dice el poeta que cruzan cardúmenes de agujas los harapos de su ropa, / hilan arena las horas transcurridas en sus huesos.

El libro está dividido en tres secciones que te darán más idea de lo que te espera: "La infancia oscura", "Historias fantasmas" y "Cambio de piel". Son poemas, pero olvida ya esa idea cursi que quizás te has hecho de la poesía. La poesía puede tomar muchísimas formas y explorar cualquier emoción, incluido el horror. Acá no hay rimas fáciles ni romances ni rosas rojas, pero sí sangre, esqueletos y cuchillos que te provocarán escalofríos. Prueba leerlos en voz alta y verás cómo, a ti también, la noche te llama: 

Al patio no entro por la puerta de la noche, / no voy a la noche aunque abra sus puertas y me diga: / Ven, hijo de los huesos, danos tus mejillas pues tenemos hambre.


3. Entre noches y fantasmas

Francisco Tario. Ilustraciones de Isidro R. Esquivel. FCE, 2016.

Me hallaba yo en el cuarto de baño, afeitándome, y deberían ser más o menos las diez de la noche, cuando tuvo lugar aquel hecho extravagante que tantas desventuras habría de acarrearme en el curso de los años (...).

El agua de la bañera había cesado de caer (...). Algo, en efecto, por demás imprevisto, acababa de obstruir el paso del agua en el grifo, algo se asomaba allí. Era él. Primero sacó un pie, después otro, y por fin fue deslizándose suavemente, hasta quedar de pronto atenazado. "Parece un niño desvalido", fue mi primera ocurrencia...

Pero no será exactamente eso... Este es un fragmento de "El mico", uno de los cuentos que te encontrarás aquí. La mayoría están narrados en primera persona por personajes improbables y extraños: féretros que relatan las vidas de los muertos que hospedan, un perro moribundo que denuncia su desgraciada existencia, o un traje gris que utiliza a un cadáver para ser capaz de salir a la calle (y muy pronto desilusionarse del mundo y entregarse a una vida de bohemio); personajes que son testigos de algo inexplicable: una enfermedad grave y misteriosa a la que llaman La polka, o la aparición de una criatura con la nariz del tamaño de una lenteja; y algún otro atormentado: esa mujer que no cumple la promesa que le hizo a su esposo: enterrarlo con su vieja pata de palo... 

Las ilustraciones, cubiertas por una neblina, oscuras y azuladas, en las que sentirás que puedes sumergirte por horas, son realistas en su técnica pero surrealistas en lo que retratan. Ilustraciones perfectas, para una prosa densa y fantasmal, que seguirán apareciéndote después de cerrar esta joya de libro. 

 

4. Trasnoche

Pablo De Santis. Loqueleo, 2016.

El cuento que abre esta antología tiene a uno de los personajes de terror más escalofriantes que he leído nunca: el hombre de tiza. La narración es breve; las acciones de la criatura, apenas perceptibles: acaso una mancha de tiza en la ropa, pero una que no se irá nunca. Los protagonistas son tres amigos que aman las películas de terror hasta que un día, Isabel, la única chica, le pregunta a Fernando (quien narra el cuento) qué les provoca miedo realmente. Fernando responde: "El hombre de tiza". Y cuando leas, sabrás por qué.

También conocerás a un mago cuyo mejor truco lo libra de la muerte pero lo convierte en asesino, un niño que oye pasos en el piso desocupado de arriba, y un libro maldito que perderá a quien pase sus páginas. Así sucede con estas historias, cercanas a los Relatos escalofriantes del gran Roald Dahl, en ellas nada sobra, y si pasas sus páginas te perderás en una antología de cabecera. 

 

5. Los cuentos negros de Ofelia I y II

Jorge A. Estrada. Ilustraciones de Mónica Loya. Uranito, 2016, 2017.

"No existe en el mundo nada más hermoso que tener una pesadilla y despertar con el corazón agitado". Eso es lo que piensa Ofelia, una niña de 11 años que cada día 13 del mes pasa la noche en vela contándole cuentos macabros a sus juguetes (un murciélago de peluche llamado Pánico, tres muñecas: Tétrica, Trágica y Tenebrosa, un hombre lobo, un muñeco de ventrílocuo, un títere zombi, una familia momia, un muñequito vudú y hasta su planta carnívora).

Estos dos libros destilan imaginación. En el primer tomo a Ofelia se le ocurrirán historias con algunos personajes clásicos como un dentista torturador, una muñeca perversa o un robachicos, y otros que quizá nunca habías imaginado, como una piñata de pulpo cuyos tentáculos cobran vida después de la fiesta o una gigante flor púrpura que devora a la hermanita de la protagonista. En el segundo tomo, a Ofelia, entre cuentos de cuevas diabólicas, espejos malditos y una alberca con una medusa, se le ocurre inventar un parque de diversiones con atracciones muy peculiares: una casa de muñecas gigante, sillas voladoras sin cadenas, una montaña rusa hecha de huesos, una mansión repleta de gatos negros, el sótano de los 200 mil payasos, una alberca de ojos... Dos libros ideales para llevar a una pijamada aterradora.

 

6. Tristania

Andrés Acosta. Ilustraciones de Marco Chamorro. Ediciones El Naranjo, 2014.

Si amas las películas de terror y eres un friki del gore y las películas serie B, amarás este libro. Si no estás tan familiarizado con estos géneros pero te encantó la trilogía de Mundo umbrío de Jaime Alfonso Sandoval o la novela Xanto de José Luis Zárate, también. ¿Ni uno ni otro? ¡Igual! Porque este escritor es un experto en arrastrarte a sus abismos con buenas dosis de humor y otras tantas de espanto.

Morby y Sick son hermanos, fanáticos de las marchas zombis y del cine de terror (en particular del gore, ese en el que hay tanta sangre que salpica la pantalla).

Un día consiguen entrar a un viejo cine y ahí conocen a la pálida Tristania, la hija del sangriento dueño (es que se trata de un artista retirado experto en crear sangre artificial para las películas). La conversación con Tristania (de la que Sick se enamora al instante) termina conduciéndolos a otra dimensión que da a la novela un giro loquísimo e inesperado: te hará sentir en un juego de rol. 

El trío protagónico debe escapar, mientras sortean escenas de terror clásicas (los fanáticos del cine las reconocerán) y disimulan la sonrisa de placer que en realidad les causa todo aquello. En plena huida, Sick miró hacia atrás y tuvo una sensación que lo invadió por completo: parecía que, por primera vez en la vida, la sangre corriera por sus venas. Por primera vez sintió miedo de verdad, no de mentiritas. No era el miedo que le causaban la pelis: era la muerte pisándole los talones; era correr a todo lo que daba, junto a su hermano, a pesar de lo gordo que a veces le caía; era conocer a la chica de tus sueños (o de tus pesadillas) y estar con ella en medio de una gran aventura. No sabía como acabarían las cosas, pero deseó que aquello no terminara nunca. Leerás y leerás y conforme se vayan reduciendo las páginas que te faltan por leer, desearás lo mismo.


7. Agencia de detectives escolares

Jaime Alfonso Sandoval y Jimena Sánchez. Norma Ediciones, 2010, 2013 y 2016.

Está bien, lo confieso: esta trilogía me hizo llorar de la risa. ¡Es divertidísima! No asusta nada (o sólo un poquito) pero no podrás soltarla y te volverás fan de los casos de estos detectives escolares. La primera entrega, El caso del salón embrujado, fue el primer libro que leí de Jaime Alfonso Sandoval y desde entonces me la he pasado buscando más libros de él: ya verás con cuánta inteligencia e ingenio cuenta sus historias.

Esta trilogía sigue las aventuras de Cházaro y Pato, dos amigos que al estilo de Sherlock Holmes y Watson resuelven los casos más misteriosos entre recreos y horas de clase. Toda escuela tiene su leyenda de una niña o un niño fantasma, pero detrás de las cosas que aquí ocurren pareciera haber criminales de carne y hueso. La segunda entrega, El caso de la criatura del campamento, enfrenta a Cházaro y a Pato a un pequeño matón que molesta a los de cuarto año, aunque quizá sea más peligroso un auténtico "hombre lodo" que sale del bosque. En la tercera entrega, El caso de la novia del esqueleto, se mezclan varios elementos espeluznantes: una niña psíquica, un tenebroso esqueleto y un piano que suena solo. Los detectives no sólo tendrán que resolver varios casos; también tendrán que probarse frente a la Agencia Femenina en Acción. Las ilustraciones de Jimena Sánchez aportan pistas y hacen todavía más divertidas las intrigas. Te volverás fan.

 

8. El bosque

Federico Ivanier. Alfaguara, 2011.

¿Por qué te subís a una montaña rusa? ¿Por qué te irás en paracaídas? Porque asustarte puede ser divertido. Porque si ves la muerte cara a cara, te acordás de vivir. No podés vivir de verdad si no tenés miedo, aunque sea un rato. Y las películas de terror te hacen acordar eso. Te hacen acordar que estás vivo, llenito de sangre, pero que podés encontrarte con un psicópata, podés cruzarte en su camino, sin querer y terminar siendo el personaje que está por morir. Y lo más gracioso es que nunca sabés quién es el psicópata, nunca le ves la cara y nunca sabés cuál es su camino...

Este es Diego explicándole a Agustina por qué a la gente le gusta asustarse. Ellos dos y otros cuatro jóvenes armaron un plan típico: pasar una noche de campamento en el bosque. Pero el bosque, este bosque, tiene otro plan para ellos.

El argumento clásico (sobre todo en el cine de terror) en el que un grupo de jóvenes ve sus terrores volverse realidad mientras intenta sobrevivir a una noche en el bosque, se renueva en esta novela. Y ello se debe a la prosa del autor, a su realismo psicológico enmarañado con la atmósfera boscosa, distinta en cada página. Te sorprenderá cómo Federico Ivanier consigue describir, sin repetirse, las distintas caras de un bosque cada vez más profundo y amenazante, que termina siendo el gran protagonista y la peor amenaza que enfrentan Diego y otros amigos como Hernán. Hernán sacudió la cabeza. Seguía pensando todo el tiempo en el bosque como en una sola criatura. No pensaba en un árbol, luego otro árbol, luego otro más, sino en todos como en una sola criatura, compleja y organizada. 

El bosque y la novela como un laberinto. Y si digo laberinto es porque alguien lo diseñó, ¿alguien juega con ellos? La muerte es como Jason, continúa Diego, un psicópata con máscara. Vos tratás de entender lo que hace, de entender sus razones, pero la verdad es que no tiene razones. Pero El bosque sí, la estructura de la novela es compleja, casi todos los personajes cuentan en primera persona quiénes son y de dónde vienen, capítulos intercalados con la acción principal que fluyen sin problema y nos hacen conocer mejor a las víctimas. Y suspender la respiración por sus posibles destinos.

 

9. Escucha las sombras bajo el palmar

Mariana Osorio Gumá, Ediciones Castillo, 2016.

Iván interrumpe su comida para ver a una de las presencias. Primero es sólo una sombra, pero enseguida se convierte en una niña pelirroja que flota y baila en el otro extremo de la mesa. La madre de Iván, Dorota, le dice que es un fantasioso, que en esa casa inmensa de techos altos, ventanales y jardín exuberante sólo viven él y ella. Pero el pálido y enfermizo Iván sabe que no es cierto. No sólo está esa otra niña, hay muchos más y no todos llegan bailando. 

¿Por qué la madre de Iván insiste en negar las visiones del niño? ¿Por qué le ha impuesto tantas restricciones? Las ganas de seguir leyendo aumentan con el enigma: sabemos que la madre intenta calmar alguna ansiedad con tantas prohibiciones, alguna cosa oculta, pero no conseguimos entender del todo qué es. Pero más aún: ¿a quién le creemos? Lo que leemos, lo que sospechamos, ¿sucede de verdad o es fantasía?

Una narración que inquieta, con una voz susurrante que abreva de un tipo de historias que los estudiosos llaman "cuento sobrenatural". Las atmósferas y los personajes, del estilo de otros autores como E. T. A. Hoffmann y Edgar Allan Poe, en algo recuerdan también a "El jardín secreto" de Frances Hodgson Burnett o aquel cuento clásico de terror, "Sredni Vashtar", de Saki. Te lleve a donde te lleve, el suspense sostenido aumentará tus palpitaciones hasta saber la verdad. 

 

10. La casa de los tres perros

Agustín Cadena. Ilustraciones de Patricio Betteo. FCE, 2017.

Dicen que en este libro espantan. Y es verdad. Yo mismo pude corroborarlo mientras pasaba de puntitas entre sus páginas: aquí vive Mario, un niño que se suicidó con veneno para ratas; Arminda, una mujer que se colgó de una higuera; y Porfirio, un hombre que murió por avaricia. Todos ellos esperan. No pueden descansar en paz.

Mario observa ir y venir a los habitantes de "la casa de los tres perros", una enorme casa antigua dividida ahora en distintos departamentos. Una casa que tiene vida propia, como dice el autor: Si uno es perceptivo y pone atención, puede oír cómo la vida circula por vigas, columnas, castillos, trabes, hinchando paredes y techos como si fueran tejidos orgánicos. Claro, en el día, cuando hay tanto ruido es difícil notarlo, pero en las altas horas de la noche (...) se oye como una arena fina que corre por los techos, como piedras que cayeran detrás de las paredes: es la casa, que respira.

Vivos están también Tina y Enrique. Mario observa a Tina, llora lágrimas color violeta por ella, quisiera que ella fuera también un espectro, que estuviera con él en esa poética vida de los reflejos momentáneos, de las sombras suspirantes, de las cortinas que se mecen solas sin que nadie las perturbe... (ya habrás notado que la prosa es muy poética). Pero Tina sólo platica con su vecino, Enrique. Están preocupados porque el dueño de la casa quiere venderla y todos ellos tendrían que irse. Quizás si consiguen una ouija podrían pedir ayuda a los fantasmas (están seguros que en esa vieja casa los hay). A Mario esta idea le preocupa. ¿Y si responden los Tenebrosos? Ese otro tipo de espectros que condenados a continuar desde el otro mundo las malas acciones que hicieron en vida.

Una novela que combina muchas épocas, con un ritmo como de otro tiempo, precisamente porque los fantasmas van recordando la ciudad que a ellos les tocó vivir y cómo era todo antes: en qué se divertía la gente, cómo era su barrio, qué tan difícil era la escuela. De hecho, la narración por momentos se convierte en una serie de ensayos breves sobre el plano astral, el universo fantasmagórico y la vida de antaño.

¿Y el terror? Sí hay: pero el verdadero terror no lo encontrarás entre los muertos, sino en las cosas que hicieron los vivos. Mario nos cuenta su historia, el maltrato y la humillación de sus padres y sus compañeros de escuela. Son tan crueles con él que da miedo... y tristeza. Un libro que huele a sollozos, a flores secas, a playa al atardecer, a primer beso, a último beso... a todas esas cosas que están cargadas de tristeza porque un día se tuvieron y se perdieron y jamas volverán, pero que deja una puerta abierta para que nuevas cosas entren: llovizna que brilla como diamantina en el aire oscuro.

 

Adolfo Córdova es periodista, escritor e investigador. Maestro en Libros y Literatura Infantil y Juvenil por la Universidad Autónoma de Barcelona. Su libro El dragón blanco y otros personajes olvidados ganó el Premio Nacional Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada en 2015, fue editado por el FCE en 2016 con ilustraciones de Riki Blanco y en 2017 entró al prestigioso catálogo alemán "The White Ravens", una selección con los mejores libros para niños y jóvenes de todo el mundo. Si quieres leer otros artículos y recomendaciones de libros entra a su blog: http://linternasybosques.com.

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