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Entre calcetines y una tarjeta prepagada de determinado establecimiento, ¿cuál es el peor regalo posible?

Regalar algo a alguien tiene cierto grado de complejidad. En cierto momento de la serie homónima, el Dr. House resume el dilema con maestría: “Los regalos nos permiten demostrar con exactitud cuan poco conocemos a una persona”.

Si bien ese puede ser una consideración radical animada por la ironía propia del personaje de la serie, esa dificultad que atribuimos a los regalos suele estar relacionada con dicho principio. Cuando decimos que no sabemos qué regalar en parte lo que decimos entre líneas es que no sabemos bien a bien qué le gusta a la persona a quien queremos hacer ese regalo. Y dado que se nos dice que un obsequio debe agradar al obsequiado, bueno, parece que nos encontramos en un laberinto sin salida: queremos complacer a quien no conocemos.

Darnos cuenta de esa contradicción podría hacernos desistir de querer regalar algo a quien no conocemos, pero lo cierto es que pocas veces damos marcha atrás y preferimos intentar y equivocarnos a quedarnos con la frustración de no haberlo hecho.

Tal valentía puede derivar, sin embargo, en el motivo del infográfico que compartimos a continuación: los peores regalos posibles, mismos que a su vez poseen su propio grado, pues aunque deplorable, una botella de licor se recibe con menos decepción que una tarjeta preparada para comprar en determinado establecimiento. 

El infográfico fue publicado por el sitio Co.Deisgn a partir de un estudio que la organización Consumer Reports elaboró en Estados Unidos sobre los peores regalos que alguien puede recibir en Navidad. Los datos, es cierto, están limitados por estas dos características, la demográfica y la temporal, pero sin duda podemos utilizarla para reflexionar sobre aquello que planeamos obsequiar a alguien. Por si acaso hiciera falta dudarlo aún más.

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Buena Vida

Por: PijamaSurf - 12/20/2017

Para Joan Didion, ensayista, novelista y antigua investigadora para Vogue Magazine, la habilidad que podría llevarnos al éxito o al fracaso es el autorespeto -self-respect-

Supongamos la historia de una chica en una relación de pareja con alguien emocionalmente indispuesto; otra, de un hombre que cuando apenas consigue un trabajo ya está planificando la manera de alcanzar un puesto superior en otra empresa o una vida en otro sitio; y la de una mujer con una amplia preparación y experiencia profesional que tuvo que mudarse de país por su matrimonio y no encuentra trabajo en su nuevo hogar. Todas estas anécdotas, variadas en su origen psíquico, muestran un punto de no retorno o una crisis que puede promover el crecimiento o la decadencia de una persona.

Para Joan Didion, ensayista, novelista y antigua investigadora para Vogue Magazine, la habilidad que podría llevarnos al éxito o al fracaso es el autorespeto (self-respect). Si bien, como explica Didion, el autorespeto se le conocía antiguamente como “carácter”, se trata realmente de “la voluntad para aceptar la responsabilidad de la vida de uno”; es decir, de enfrentarse a las decisiones -buenas o malas- que se tomen, aceptar sus consecuencias y comenzar a evolucionar según sea lo necesario.

Por ello, cuando uno tiene en frente la decisión de seguir o dejar una relación de pareja que no brinda bienestar, de seguir huyendo o mantenerse en un sitio para “echar raíces”, o de regresar hacia donde existe estabilidad laboral o de quedarse con un compañero de vida, es importante poseer la “habilidad de discriminar, amar y permanecer estoico”. No se trata de “encerrarse en uno mismo” - paradójicamente incapaz de amar o diferenciar las acciones saludables de las negativas y volviéndonos “ciegos ante nuestras debilidades fatales - ni de alienar al self a un estilo de vida anhedónico en donde “uno huye para encontrarse y no encuentra a nadie en casa” ni “de ser encantadores con las serpientes, algo que las mantiene encerrados en una especie de Edén eterno, sin camas extrañas, conversaciones ambivalentes y problemas en general”, sino de ser capaces de desarrollar “cierta disciplina en donde uno vive haciendo cosas que en ocasiones no se quiere particularmente hacer en ese momento, dejando a un lado los miedos y dudas, ponderando entre los conforts más inmediatos y la posibilidad de conseguir unos más grandes aún si son intangibles en ese instante.”

Este tipo de disciplina, menciona Didion, es un “hábito de la mente que nunca puede ser fingido, pero desarrollado, entrenado, fortalecido.” A través del entrenamiento de pequeñas rutinas que regulen tanto fisiológica como psicológicamente, es posible desarrollar otras disciplinas aún más fuertes como el despertarse temprano para ejercitarse o trabajar en proyectos personales, gozar de los beneficios del agua fría después de una ducha, procurarse emocionalmente asistiendo a terapia, practicando meditación, cumpliendo acciones de apapacho… Es como si fuese un ritual que nos ayuda a recordar quiénes y qué somos, a discriminar tanto las creencias como las expectativas de otras personas sobre uno y que nos someten a cumplir acciones en contra del bienestar propio, a reconstruir un autoconcepto a favor del autorespeto, y a aceptar los cambios -buenos o malos- que no dependen de uno, pero sí sus reacciones en consecuencia. Por ello, a la hora de enfrentarnos a una toma de decisión, a un fracaso o una crisis, es cuando más debemos prestar atención a las pequeñas rutinas que fortalecen una rutina mayor: la del autorespeto. Principalmente porque son éstas las que permiten la expansión de un verdadero self para alcanzar un mejor nivel de bienestar propio – sin permitir la influencia de personas externas -.