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La popularidad de los tatuajes refleja rasgos notables de la psicología de los millennials y en general de la cultura moderna individualista

Hasta hace unas décadas los tatuajes eran algo que en la cultura occidental estaba asociado con las clases bajas y, sobre todo, con los marineros. La palabra tatuaje (tattoo, en inglés) proviene del polinesio tattaow. Tradicionalmente, los marineros y hombres de las islas del Pacífico eran los que tenían tatuajes y también solían hacerse piercings, incluyendo la extraña tradición de los marineros filipinos de hacerse incisiones de oro en el pene. Aunque quién sabe, tal vez en la fluctuante moda de la autoexpresión, esto regrese próximamente. Penes de oro y vaginas de glitter.

A partir del siglo XX los tatuajes se volvieron accesorios de moda y se ligaron a la autoexpresión y a la noción de ser cool.  En Estados Unidos sondeos señalan que, hasta el 47% de los millennials, tiene por lo menos un tatuaje, siendo por mucho la generación que más se tatúa, aunque muchos, al llegar a la madurez, se arrepienten, según reportan algunos cirujanos. Evidentemente la tinta en la piel ha invadido el mundo y se ha vuelto algo aceptado y bien visto. Antes no era así, los tatuajes podían ser marcas con los que los esclavos o prisioneros eran reconocidos o, en el caso de algunos mineros, eran formas "tatuadas" por elementos de la naturaleza, como polvo de carbón que se metía en sus heridas. El lado cool quizás venga más porque, entre ciertas tribus indígenas, los tatuajes son usados con fines mágicos, o porque en algunos grupos, como la mafia rusa o la mafia japonesa, utilizan tatuajes. Aunque en estos últimos casos, los tatuajes son una señal de pertenencia a un grupo y no para resaltar la individualidad, como ocurre con la mayoría de los casos de la actualidad. Todo esto nos ayuda a entender la explosión de los tatuajes, la cual tiene que ver con una nueva forma de pensar. 

Quizás la frase que más pueda asociarse con una suerte de manifiesto de la cultura del tatuaje es esta de Oscar Wilde: "Uno debería ser una obra de arte, o al menos usar una obra de arte". Una frase que se entiende mejor a la luz del hiperindividualismo moderno. Al haber perdido fuerza las narrativas colectivas, el individuo dejó de buscar participar en cambios políticos, movimientos sociales  o grupos religiosos, en los cuales su individualidad se disolvía y donde su yo no era tan importante. En cambio, desde el Renacimiento en cierta forma, pero sobre todo después de la contracultura de los sesenta, lo que se exalta es el individuo, la búsqueda del ser auténtico y de nuestro yo en su máxima expresión. Adam Curtis, quizás el más lúcido narrador de los eventos del mundo contemporáneo, tituló un documental para referirse al siglo XX, "El Siglo del Yo". Nosotros solemos pensar que el yo, el individuo como centro de la existencia es una realidad autoevidente, que existe desde siempre, pero en realidad es una invención moderna. Merece citarse extensamente lo que dice Curtis:

Las ideas de cambio no encuentran tracción por el surgimiento del individualismo, el cual en nuestra época puede rastrearse a la década de los 70.  [El individualismo es] esta idea de que tú y yo creemos que lo que queremos, pensamos y sentimos es lo verdadero y auténtico y nadie debe de decirnos qué hacer. Es una idea muy poderosa, que domina nuestra sociedad [a la cual contribuyeron] Margaret Thatcher y el punk. El problema es que la política no puede lidiar con esto, porque la política requiere que un partido político te diga "ven conmigo, únete y usaremos ese poder colectivo para cambiar el mundo", pero para hacer esto tienes que aceptar que eres parte de algo, tienes que rendirte a algo más grande. 

Esta tendencia se ve cifrada en la idea de que lo importante es cambiarse a uno mismo,  la revolución existe en la mente del individuo y por lo tanto debemos de buscar desarrollar y expresar esa individualidad. Lo revolucionario es ser tú mismo, de nuevo una frase de Wilde nos sirve para ilustrar "Sé tú mismo, todos los demás [puestos] ya están tomados." El mandato que se venía estableciendo era ser original, ser creativo, ser auténtico. Esto nos haría bien a nosotros mismos, y por añadidura a la sociedad. Ser creativos y auténticos era suficiente para transformar al mundo. Y entonces la protesta se hace con manifestaciones creativas de autoexpresión. Este es el momento donde entra el marketing capitalista para utilizar a su favor estas ideas. Dice Curtis:

si vas a ser un individuo autoexpresivo -la meta misma de la existencia- ¿cómo haces esto? Porque no muchos sabían cómo o tenían la confianza para hacerlo. Yo argumento que el capitalismo consumista moderno entró y dijo: "Nosotros podemos ayudarte a hacer esto. Te podemos proveer con múltiples cosas para que puedas expresarte, gamas de ropas, coches, todo tipo de productos con los que podrías expresa tu identidad individual". Lo cual fue fantástico para el capitalismo porque podían ahora diversificarse y hacer muchos otros productos.

El marketing aprovecha esta oportunidad: las personas buscan expresar su individualidad, aquello que los hace únicos y especiales, pero no saben bien cómo hacer esto, después de todo llevan siendo parte de masas más o menos homogéneas durante mucho tiempo. Así, las marcas pueden ayudar, proveyéndoles de nuevas identidades que construyen, en parte, a través de los productos con los que se expresan. Y es que no sólo se trata de encontrarnos a nosotros mismos, se trata de comunicar a los demás lo que somos, aquello que nos hace únicos -para lo cual necesitamos cosas que lo demuestren-. Dentro de estas tendencias a ser especial, único y diferente -algo que hemos escuchado en innumerables slogans- la rebeldía se vuelve cool. Las marcas ayudan a las personas a expresar su rebeldía con ciertos productos que retoman de la contracultura o de ciertos movimientos que en un principio eran marginales. Esto funciona bastante bien, pero al final de cuentas, ya que el no conformismo es lo realmente cool -y la moda cambia tan rápido-, muchos individuos buscan espacios aparentemente libres de la influencia de la cultura de masas, que al final es algo ajeno y serial mientras que ellos lo que quieren es algo único y auténtico, lo cual pueden encontrar en el tatuaje. Un tatuador que "ha tatuado a decenas de miles de personas" lo explica en el sitio Thought Catalog:

Creo que este uso de los tatuajes es una forma de "individualismo masivo"... el individualismo masivo es mucho más poderoso que el conformismo tradicional o las presiones que las instituciones imponen a los individuos... no hay en esto, aparentemente, ninguna institución que obligue a conformarse a un ideal o a una serie de conductas o pensamientos; el individualismo masivo se presenta en realidad como una liberación de estas fuerzas.

El tatuaje para muchos -evidentemente con excepciones- es una forma de obtener esta supuesta libertad de la presión a conformarse con la cultura global consumista y, sin embargo, su popularización, paradójicamente, es un producto de este mismo capitalismo consumista. La idea central que mueve al consumidor es la misma que mueve al rebelde contracultural: poder hacer lo que quiera (drogarse si quiere, tatuarse, elegir el canal que ve en la TV o la marca de cereal que desayuna). El tatuaje es una forma de expresión de esta libertad con un aura más o menos transgresora (al menos hasta hace unos años) o empoderadora (en tanto que apuntala y afirma la identidad). Ante esta idea de libertad, basada en los derechos y en el libre albedrío radical, Curtis opone otra concepción de la libertad: la libertad como servicio y responsabilidad, como ser parte de algo más grande que ti mismo.

Por otra parte, siendo sobre todo una especie imitativa, el fenómeno de popularidad de los tatuajes es alimentado por las imágenes de los tatuajes de las celebridades, que son como los legisladores de nuestra época y que, con su uso legitiman y fomentan el uso masivo. Usando la ropa que usan las celebridades o copiando sus looks y demás características, podemos de alguna manera participar en sus vidas y obtener algunos de los beneficios de su imagen. Esto tiene que ver también con la idea de Wilde: si no podemos ser artistas nosotros mismos, al menos uno tiene la consolación de que puede usar arte y empaparse un poco de la magia sexy del arte. O si uno no puede ser famoso, al menos uno puede intentar verse cómo alguien que es famoso y tal vez eso -en el simulacro- brindará algo de poder de atracción. 

Un artículo en el sitio The Imaginative Conservative sugiere que el tatuaje más que una forma de arte, es una forma de poesía hecha carne. Una forma de relacionarse con el verbo (que se hizo carne), con lo sagrado y de llevarlo en la piel. Pero esta lógica no sucede en un mundo en el que ya no se entiende lo sagrado y en el que se vive lo que Max Weber vislumbraba como un desencantamiento progresivo del mundo, consecuencia del capitalismo. Así, millones de personas se tatúan símbolos como runas, mantras, palabras en sánscrito, glifos, sigilos y demás, que no entienden, que apenas saben lo que significa por una búsqueda en Internet y que, de todas maneras, son lenguajes arcanos y arcaicos que casi nadie conoce y que nos remiten a algo distante y remoto. En un tiempo donde lo sagrado y lo divino era parte integral de la existencia, lo mágico y numinoso se convertía en fetiche. Aquí también hay obviamente una contradicción porque la búsqueda de lo sagrado y lo místico tradicionalmente supone una anulación del individuo y de su historia personal, un vaciamiento de la personalidad para dejarse poseer por lo sagrado. Una pérdida de importancia personal e identidad individual para ponerse al servicio de lo divino o superior. El tatuaje, salvo en los casos que es utilizado para recordar algo que es parte específica de la práctica espiritual, suele, por el contrario, reforzar la individualidad y el orgullo personal. 

Otras personas han sugerido que la atracción del tatuaje tiene que ver con un proceso físico, con una búsqueda de sentir, literalmente al filo de la navaja, algo que provee una sensación pico -un cóctel de endorfinas- en un mundo tan sedado y acomodado. Ciertamente esta es una de las razones por las que algunas personas se vuelven adictas a los tatuajes, pero no explica el fenómeno en su conjunto, aunque también es parte de lo que sucede en su aspecto más amplio. La popularidad del tatuaje es una forma de buscar significado y propósito en un mundo en el que la persona -al perder las grandes estructuras que la proveían ede significado: la familia, la iglesia, el estado y el mismo arte en su aspecto no de autoexpresión, sino de vinculación con lo intemporal- se encuentra sola y naufragando y necesita autoproveerse de significado o tomarlo de estructuras seculares dominadas por la mentalidad de consumo. Es por ello que vemos cómo muchas personas se tatúan en su adolescencia o juventud, cuando buscan desprenderse de núcleos colectivos y afirmarse como individuos. Al existir con una identidad tan suelta como la de nuestra en nuestra época, el tatuaje es una forma de cimentar nuestra identidad, de fijarla, de encontrarla en la tinta y de crear la ilusión de indelebilidad y permanencia; de que sabemos quién somos -y que somos algo sólido-, de que hay algo único y especial que nos define. 

Lee también: Qué es el individualismo y por qué impide la evolución colectiva de la sociedad

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Tomando de la sexualidad sagrada de Oriente podemos entender cómo usar el sexo para cultivar energía

En el acto sexual el ser humano se acerca e incluso alcanza a sintonizar la energía misma que manifestó el universo. Desde una perspectiva biológica, la sexualidad es el impulso mismo de la evolución que, a través del placer que nos genera el sexo, se asegura que los genes serán transmitidos y que la vida de ciertos animales continuará existiendo. Esta misma evolución puede trazarse al origen del universo y el proceso de complejificación de la materia: desde elementos ligeros como el hidrógeno formados en los momentos iniciales del universo, siguiendo con la creación cuasi-alquímica de oro y plata y elementos más pesados en explosiones de estrellas de neutrones, hasta la formación de planetas, plantas y animales que sienten y desean, una misma fuerza evolutiva va transformando la materia hacia procesos más sutiles y complejos que pueden soportar la conciencia.

Desde una perspectiva religiosa, como la podemos encontrar en el hinduismo, el deseo sexual es la energía que creó literalmente el universo. Para entender por qué el acto sexual es la gran arena de intercambio energético y una actividad en la cual se cifra, en gran medida, nuestra fuerza creativa, debemos de revisar la noción que se tiene en el hinduismo sobre la relación que existe entre la creación del universo y el deseo. En el himno de la creación del "Rig Veda", uno de los textos más viejos y a la vez sofisticados que trata sobre la creación del universo, se dice:

 

Todo era agua indiferenciada.  

Envuelto en el vacío, deviniendo,

ese Uno surgió por el poder del calor.  

 

Así surgió el deseo en el principio,

siendo la primera semilla de la mente.

Poetas buscando en su corazón hallaron el vínculo

entre lo no-manifiesto y lo manifiesto.

 

El término que traduce como "deseo" en sánscrito es kama que a veces es traducido como "amor", siendo, por ejemplo, Kamadeva, el Eros indio. Notablemente, en los Vedas se dice que Brahma -quien en textos posteriores al "Rig Veda" se identificará con el creador- es Kama. Lo que hace surgir el deseo, y lo que podemos llamar la sustancia de la creación es "tapas", traducido a veces como ascetismo pero que connota siempre un ardor o calor interno. El vínculo entre lo "no-manifiesto y lo manifiesto", entre el no-ser y el ser, es el deseo, el fuego que da a luz a la conciencia, el amor. Georg Feuerstein y Jeanine Miller escriben en su "The Essence of Yoga":

Nada más alto puede existir que este amor (kama), y posiblemente este es el tipo de deseo -la flama que todo lo enciende, y que crea en un acto de auto-sacrificio y en ese mismo acto se realiza a sí misma- que el poeta [en el himno] tiene en mente... 

Kama es la esencia de la divina flama creativa que involucra voluntad, amor, fuego. Los hombres y los dioses son partícipes de este fuego en la medida en la que son divinos. Sólo pueden crear a su nivel limitado. Kama es la expresión concreta de tapas, la flama encendida que resulta de la acción de tapas, la voluntad divina que a través de su propio fiat ("que así sea") causó la manifestación -el producto final de tapas, es decir, el cosmos. 

Lo que se quiere decir aquí, tomando como base quizás el texto religioso más antiguo e importante en la historia de la humanidad, es que existe un fuego creativo -que es el amor o el deseo- en el cual el ser humano participa. Un fuego que se encendió en el principio del universo y el universo mismo no es más que su incendio.

Ahora bien, la cuestión que nos atañe y que, seguramente, es lo que realmente interesa el lector, es simplemente llevar esto a la práctica y contextualizarlo dentro de la experiencia humana en un cuerpo. Indudablemente, para el ser humano el sexo es algo que ejerce una enorme atracción, es sin duda el acto más placentero al que estamos sujetos y, en sus diferentes manifestaciones, -ya sea como erotismo (el deseo sublimado por la imaginación), el amor (el deseo sublimado por la compasión) o simplemente como urgencia biológica- el deseo sexual es el gran motor que tiene el ser humano. Aunque a veces no somos conscientes de ello, gran parte de las cosas que hacemos en la vida tienen como motivo una forma de este triple deseo que, al final de cuentas, es la vida misma utilizando nuestro cuerpo para recrearse. Sin embargo, para muchas personas, el sexo sólo se vive como una especie de instinto hacia el placer corporal personal, hacia satisfacer o incluso simplemente aplacar una urgencia física que si no se logra eliminar puede trastornarnos. Así, simplemente buscamos apagar esta fogosidad primordial -aunque esto sólo pueda hacerse parcial y temporalmente-, ya que el deseo, en este plano de existencia, que los budistas justamente llaman kama-loka (el mundo del deseo), es inextinguible y su "satisfacción" no es más que la semilla de su nueva gestación que acaba, en su insaciabilidad, controlándonos.  En la modernidad hemos internalizado socioculturalmente que tener sexo es fundamentalmente bueno y sano pero, sobre todo, porque calma esta fogosidad, nos relaja y nos hace complacientes. El sexo es fundamentalmente algo que se hace, como la meditación o los viajes a la playa, para eliminar el estrés.

Muy distinta es la perspectiva oriental, que tiene su origen en buena medida en la noción de que la creación del universo se hace en la concentración o cultivo de un fuego, de un deseo. Para el misticismo hindú y para las tradiciones tántricas -budistas o hindúes- el cultivo de la energía es central para toda práctica espiritual. En Occidente, la ciencia no tiene la noción de que exista algo así como una energía del cuerpo que pueda cultivarse con ciertas prácticas. Fundamentalmente, para alcanzar estados de mayor energía -y de mayor conciencia, puesto que la energía y la conciencia son las dos caras de una misma moneda divina- se realizan primero prácticas ascéticas, como pueden ser ejercicios de respiración para cultivar este fuego interno (que en el taoísmo se ubica en el llamado dantian, el campo del elixir) e incluso se prohíbe la eyaculación de los adeptos. Conforme se avanza en la práctica, se pueden incorporar prácticas sexuales encaminadas no al mero gozo del placer, sino a la transformación del placer en estados más elevados de éxtasis que permiten destapar ciertos bloqueos energéticos. El académico Roger Jackson, explica en su libro Tantric Treasures por qué el sexo tiene este sentido de cultivo energético en el tantra budista:

Una de las razones por las cuales la sexualidad puede usarse yóguicamente es que, más que cualquier otra actividad humana, el intercambio sexual, incluso en un contexto "ordinario", tiene el efecto de hacer que fluya la energía en el canal central, aquietando la mente conceptual, induciendo placer y derritiendo la gota blanca del chakra corona, que luego es "emitida" en el momento del orgasmo.

En general, los éxtasis del tantra son posibles si, en vez de ser emitida al tiempo del orgasmo, la gota blanca se retiene, y el propio gozo es combinado con el entendimiento de la naturaleza vacía de los fenómenos, lo cual puede ser la base para la propia transformación en una deidad...

Una pareja que practica tantra budista, empleará el sexo como una meditación dinámica, siguiendo ciertas técnicas de respiración y visualización: el individuo se imaginará como la deidad que practica uniéndose a su consorte, una unión que abarca al universo entero. El sexo se emplea entonces como una recreación de un cosmos primordialmente iluminado.

Queda claro en todas estas tradiciones, que la eyaculación es una pérdida de energía vital (bindu), la cual es considerada una sustancia sagrada. Existen algunos casos especiales en los que se permite la eyaculación, generalmente dentro de ritos específicos. Esto nos puede dar una idea de cuándo el sexo nos hace ganar energía y cuándo nos hace perderla. La noción fundamental aquí es que, en vez de deshacernos del deseo o volvernos presa de su fuerza incontrolable, debemos aplicarlo, concentrarlo y hacer yoga con él. En una de las múltiples versiones de la creación en la literatura de la India, en la "Bhagavata Purana", se dice que Brahma practicó tapas mil años -mil año de los dioses, los cuales son una cifra inconmensurable- para crear el universo. Estos mil años concentró su fuego interno para generar un calor que hiciera brotar la luz de la conciencia sobre el agua. Esto es un paradigma muy distinto, el cual nos pide que valoremos esa fuerza vital que es nuestra creatividad misma y a la vez nuestra conciencia, en vez de que lo dilapidemos. 

Sin que una persona sea un maestro tántrico, que pueda controlar su eyaculación a voluntad y demás, podemos inferir que la sexualidad que se realiza con una intención, que se rodea con elementos sagrados o ceremoniales, que se realiza como un rito, que se lleva a cabo como una meditación, con atención plena, dentro de una práctica consciente pero que se atreve a la espontaneidad y a dejarse poseer por las mismas energías del cosmos que atraviesan el cuerpo, es una sexualidad que, al menos, se abre a la posibilidad de obtener más energía y, en vez de apagar esa flama creativa divina, la atesora y la cultiva. Una flama que yace en el cuerpo dormida pero que puede despertar y abarcar el universo entero: un fuego que todo lo consume pero un fuego que es tu más íntima esencia... Se puede entonces seguramente eyacular, pero el semen -que Aristóteles creía era un mismo calor que el calor que enciende las estrella en el cielo- se transforma en sacramento, en néctar, en amrita (el líquido de la inmortalidad). Parafraseando a un famoso poeta: será esperma, mas esperma enamorado... y entonces tendrá sentido.

Una sexualidad masturbatoria, que sólo busca el propio placer o sacarse de encima esta fogosidad que se convierte en ansiedad -que es "la asesina del amor"-, es siempre víctima de su propio deseo y vive perennemente desguanzada, en el estupor y en la fatiga crónica. En este sentido, el sexo se convierte en un drenaje energético, en una marcha mecánica en la que Eros se torna Tánatos a cada rato, la vida misma va expirando con cada espasmo. 

 

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