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Una paramédica pelirroja obsesionada por las experiencias cercanas a la muerte. Un químico empecinado por descubrir la sustancia psicoactiva más potente que se pueda concebir. Un gordo norteño, un enano desquiciado y un antihéroe a punto de morir por una sobredosis. Sinestesia, fieras psicotrópicas y expediciones cósmicas; épica de estados alterados, amistad y amor en los linderos de la ciencia

Extracto de la novela:

Existen dos tipos de personas: las que se conforman con lo que tienen y las que siempre quieren más. Yo pertenezco, sin duda alguna, al segundo grupo. Esa gastada frase “barril sin fondo” es quizás la manera más exacta de definir mi manera de vivir. Aunque, pensándolo bien, un barril carece de la capacidad de llenarse a sí mismo, yo, en cambio, me siento más como una aspiradora gigante que se devora todo lo que tiene enfrente. A veces pienso que mi existencia ha sido como un carrito de montaña rusa en caída perpetua; una especie de avalancha compulsiva de hedonismo y excesos; un salto en paracaídas en el que, hasta ahora, no parecía importarme si este se abriría o no. Sin embargo, inevitablemente se alcanza el punto donde la energía cinética se torna sobre sí misma. Todo lo que sube tiene que bajar, y al hacerlo se impactará con toda la fuerza con la que fue propulsado, pero en sentido inverso.

Ese punto crucial, ese momento en que la caída libre llega a su fin, ese instante preciso en que o se abre el paracaídas o terminas convirtiéndote en parte del terreno, yo lo alcancé hace poco. Si relato esto ahora es tan solo porque parece ser la manera más probable de saber, exactamente, qué fue lo que pasó. Cuando viajas a la velocidad de un tren bala te resulta imposible descifrar los acontecimientos conforme suceden; deslizándote de manera desenfrenada sobre los rieles tu presente prácticamente no existe, todo desaparece bajo tus pies apenas tiene lugar y un vago recuerdo es el único testigo de los rostros que desde la plataforma observaron tu acelerado paso por la estación. Lo cierto es que en algún lugar de la trepidante carrera perdí a mi acompañante. No sé cómo ni en qué momento, pero, cuando por fin me detuve a mirar, el ser más importante en mi vida ya no estaba a mi lado.

            Existen dos tipos de personas: las que repiten una y otra vez las mismas anécdotas y las que atienden a ellas con júbilo, aparentando escucharlas por primera vez. Yo acabo de ingresar al primer conjunto, pues probablemente sea el único modo de encontrar a ese sujeto que extravié y quizás, si aún es posible, recuperarlo. Necesito elaborar a posteriori el guión de nuestra historia, trazar los planos de construcción de la casa que ya se encuentra derrumbada. Acceder por medio del recuento de los sucesos cruciales a mi afectada memoria, con la esperanza de recobrar las claves que me permitan descifrar lo acontecido. O por lo menos, que me ayuden a congelar el tren en movimiento y, observándolo desde afuera, identificar el momento exacto en el que el vagón se descarriló.

            El problema es que cuando has llevado una vida como la mía, tu memoria está llena de hoyos. Y no me refiero a orificios metafóricos, sino completamente reales; ya que, debido a la cuantiosa farmacopea que he consumido, mi cerebro está literalmente perforado: las sinapsis rotas, los puentes destruidos; mis recuerdos desconectados entre sí, perdidos en un bosque de lagunas mentales. Dicen que todos tenemos un fondo y que, para poder salir, hay que alcanzarlo primero. Lo difícil del asunto radica en que yo llevo habitando en el mío mucho tiempo, y la verdad es que disfruto de ello. Me llamo Camilo Estrada; mis amigos me dicen “Cosmo” debido los cosmonautas y al vórtice mental, pero me estoy adelantando, antes de llegar a eso hay bastante qué contar, muchos recuerdos qué hilvanar. En este caso el orden de los factores sí altera el producto. Así que habrá que proceder paso por paso, punto por punto.

Existen dos tipos de personas: las que se drogan por recreación y las que lo hacen por todo lo demás. A mí en lo personal, esta distinción me tiene sin cuidado.

 

“Cabeza Ajena, de Andrés Cota Hiriart, se impone como una novela de aventuras y un relato científico. Es también la historia de una atracción inevitable y de un viaje íntimo y al mismo tiempo revelador. Cabeza Ajena es la prueba de que, como pensaba George Steiner, los seres humanos se relacionan y se definen en su afán inevitable de saber o conocer a toda costa.

     Un grupo de amigos experimenta consumiendo diversas sustancias a lo largo de un recorrido en el que la curiosidad y el conocimiento estrechan las relaciones y la amistad entre Camilo, Boris, Genaro y Valenzuela. La aparición de una mujer pelirroja, la gentil paramédica, Nina, es también el detonante sexual y amoroso que llevará a Camilo hacia una profunda auscultación de sí mismo. Nina se unirá al grupo y su presencia será determinante en la visión que los amigos poseen de la experiencia física y sicológica en el espacio de las regiones alteradas. Un final inesperado e insólito hace, además, que la lectura de esta novela nos lleve a la reflexión científica y al enigma literario”.

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Esta pieza de arte es una alabanza al narcisismo de nuestra época (VIDEO)

Arte

Por: pijamasurf - 12/24/2017

Arte que celebra la autocomplacencia de esta época

Desde diversas perspectivas se ha señalado que la nuestra es una época profundamente narcisista. Se dice que vivimos en círculos de autocomplacencia y búsqueda ansiosa de reconocimiento y aprobación, lo cual se expresa en realidades, ahora tan cotidianas, como las selfies que abundan en las redes sociales o el hecho de que al informarnos busquemos las opiniones que coincidan con nuestra forma de pensar y descartemos aquellas que la desafían. En este sentido, tal parece que existe una tendencia contemporánea a crear burbujas individuales (y un tanto infantiles) en las que el sujeto se siente cómodo, protegido y valorado, ese “rey en una cáscara de nuez” que con tanta claridad imaginó Shakespeare, aunque sin duda no al grado con el que se presenta ahora.

Lamentablemente el arte no es la excepción a esta tendencia, aunque por mucho tiempo las disciplinas creativas hayan sido capaces de señalar las contradicciones de una época y, en ese sentido, mirar un poco por encima de ésta y poder ver aquello que otros, por estar muy inmiscuidos, eran incapaces de notar. 

No así la pieza que ahora compartimos: "As We Are". Una escultura interactiva de Matthew Mohr que se instaló recientemente en el Centro de Convenciones de Greater Columbus, en Ohio, Estados Unidos. 

Grosso modo, "As We Are" es una pieza de 4 metros de altura y 850 mil luces LED que, con la forma de una cabeza humana, está conectada a una interfaz que permite proyectar las facciones de cualquier persona. Se trata de una escultura interactiva porque su funcionamiento depende de la manipulación del espectador, quien puede acercarse a una pequeña sala detrás de la pieza, sentarse frente a una computadora, tomarse una fotografía, salir y voilà… admirarse a sí mismo, contemplarse convertido en arte, ver su Yo engrandecido en proporciones que nunca imaginó y, por supuesto, tomarse una selfie de sí mismo con sí mismo de fondo. Maravilloso, ¿no?

En la historia, Narciso murió de pena, de hambre y de abandono porque fue incapaz de separarse del lago que le devolvía su reflejo, del cual estaba enamorado. ¿Qué pasará con el narcisismo de esta época? ¿Qué tanto del mundo y la realidad estaremos perdiendo por estar absortos en la contemplación inane de nuestro reflejo?

 

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