*

X

9 razones por las cuales los jóvenes padecen cada vez más ansiedad

Buena Vida

Por: Pijama Surf - 12/22/2017

Se trata de una epidemia que no sólo se propaga por diferentes tipos de funcionamiento cerebral o genético, también por un medio ambiente propenso al estrés, sedentarismo, dieta desequilibrada y una pobre psicoeducación emocional

Pánicos, fobias específicas, trastorno de ansiedad generalizada, ansiedad social o fobia social, bipolaridad, son algunos de los diferentes tipos de desórdenes que la ansiedad exacerbada puede llegar a provocar. Si bien los especialistas en la salud consideran que la ansiedad es una reacción natural y necesaria para la existencia humana, su exceso y tiranía pueden resultar en trastornos mentales que incapacitan a una persona al grado de resultar en un serios problemas con la vida académica, familiar, de amistad, sexual, de pareja e incluso de salud. En especial cuando los síntomas se prolongan durante más de tres semanas, tales como: problemas para dormir, incapacidad para calmar el cuerpo y la mente, sudoración y temblor tanto en manos como pies, respiraciones cortas al grado de hiperventilación, palpitaciones, sequedad de boca, náuseas, tensión muscular, mareos, miedo exagerado al futuro o a cualquier objeto…

En los últimos años ha surgido una oleada de ansiedad en diferentes poblaciones: desde niños hasta adultos mayores. Se trata de una epidemia que no sólo se propaga por diferentes tipos de funcionamiento cerebral o genético, también por un medio ambiente propenso al estrés, sedentarismo, dieta desequilibrada y una pobre psicoeducación emocional. De acuerdo con Amy Morin, psicoterapeuta especialista en adolescencia y ansiedad, una población que se encuentra actualmente azotada por la ansiedad es la de los adolescentes: “algunos de ellos son perfeccionistas que quieren superan sus metas y viven un miedo acojonante al fracaso. Otros se preocupan muchísimo acerca de lo que sus compañeros pensarán sobre ellos y eso los deja incapaces de funcionar. Algunos han pasado por circunstancias duras a lo largo de su joven vida. Pero otros tienen familias estables, padres que los apoyan y varios recursos.” Por ello, Morin considera que “el incremento de ansiedad refleja los graves cambios sociales y variaciones culturales que se han visto en el último par de décadas.” Entre ellas se encuentran:

– El uso de electrónicos como una vía de escape. El acceso inmediato, eterno y casi gratuito al mundo digital les permite a los niños escapar de emociones incómodas como aburrimiento, soledad y tristeza mientras se envuelven en videojuegos durante reuniones familiares o están inmersos en redes sociales sentados solos en sus habitaciones. Como resultado, generaciones que no pueden enfrentarse a la incomodidad: “sus gadgets electrónicos reemplazaron las oportunidad de desarrollar fortaleza mental, y ni siquiera están ganando las habilidades que necesitan para enfrentar los retos del día a día.”

La idea de que la felicidad lo es todo en esta vida. Vivimos en una cultura inmersa en la felicidad eterna: los padres consideran que es su obligación hacer a los niños felices todo el tiempo, por lo que cuando están triste o enfadado, son los adultos quienes buscan la manera de regularlos. En consecuencia, los niños crecen creyendo que si en algún momento no sienten la felicidad, algo está mal: no hay un entendimiento de que es normal y saludable sentirse triste, frustrado, culpable, decepcionado y enfadado.

Los padres dicen mentiras sobre las cualidades de sus hijos. Hacer comentarios como “Eres que el más inteligente de tu grupo” no ayuda a construir una buena autoestima; en su lugar, coloca al niño bajo un nivel de presión de tener que alcanzar esas etiquetas causando un miedo aterrador al fracaso o al rechazo.

Los padres hacen todo por los adolescentes. Muchos de ellos incluso se convierten en los asistentes personales de sus hijos: trabajan para asegurarse de que tengan tutores, coaches privados y cursos caros. Incluso, les consiguen un puesto en alguna empresa. Es decir, no permiten que “sus hijos hagan las cosas por su cuenta”.

Los niños no están aprendiendo habilidades emocionales. Al enfatizar todo el aprendizaje en el aspecto académico, existe muy poco esfuerzo para el desarrollo psicoemocional –el cual, por cierto, es indispensable para el éxito en la vida–. No es novedad entonces que cuando un joven sale de la escuela, caiga en un periodo depresivo por no saber cómo regular el estrés, tomar cuidado de sus emociones y gestionar su tiempo.

Los padres mismos se ven como protectores en vez de guías. Existe una ligera línea entre apoyo y protector. Los padres han asumido el rol de ayudar a sus hijos a crecer con la menor cantidad de heridas físicas o emocionales posibles: la sobreprotección ha provocado que las nuevas generaciones sean muy frágiles a la hora de enfrentar las realidades de la vida.

La crianza de la actualidad se está llevando a cabo libre de culpa o miedo. Dado que los padres enfocan sus energías en prolongar la felicidad y reducir la más mínima expresión de incomidad, los niños aprenden que las emociones incómodas –como haber hecho algo malo y recibir las consecuencias adecuadas por ello– son intolerables.

– Los niños reciben muchísimo tiempo para “jugar”. Los juegos son indispensables para el desarrollo psicomotriz y psicocognitivo de los niños, en especial aquellos que están estructurados para desarrollar habilidades como salir al parque a jugar y correr, organizar figuras en función del tamaño o forma, etcétera. Sin embargo, en los últimos años los juegos infantiles se han enfocado en no molestar a los adultos, dando lugar sólo a los videojuegos y televisión.

– Las familias de la actualidad ya no poseen una jerarquía. Es decir, ya no existe una o varias figuras con la capacidad de tomar buenas decisiones como líderes, dando como resultado la tiranía de los niños como fundamento de una familia.

Te podría interesar:

Esta puede ser la causa (y la solución) de los desórdenes de la alimentación

Buena Vida

Por: PijamaSurf - 12/22/2017

De acuerdo con algunos especialistas, estas creencias irracionales relacionadas con la vergüenza pueden llegar a consumir tanta energía psicosomática que nos provoca consumir cada vez más alimentos como un intento de regular esa alteración

En psiquiatría, psicología y ciencias de la salud mental, uno de los temas menos investigados pero de los más recurrentes en pacientes es el de la vergüenza. Esta emoción, que se aprende desde los primeros años de infancia, se alberga en nuestro inconsciente a lo largo de nuestra adultez y senectud. Incluso es la responsable de múltiples conductas autodestructivas, tales como el estancamiento en la zona de confort, inseguridad excesiva, un autoconcepto distorsionado y degradado, tendencias a crisis de ansiedad u otros trastornos del estado de ánimo, patrones tóxicos en relación con la alimentación, sueño, vínculos afectivos, entre otros.

Especificando la relación entre la vergüenza y los patrones tóxicos en la alimentación, se logra dilucidar una especie de foco rojo que llama la atención. En patologías como la anorexia nerviosa, bulimia o pica, el vínculo correlacional es evidente, sin embargo, en casos cotidianos -algunos dirían neuróticos- la relación con la comida puede ser variada y poseer algunos destellos de la vergüenza albergada en el inconsciente.

De hecho, una expresión común de la vergüenza es el consumo "raro" de los alimentos. Algunos comen anormalmente rápido; otros, eligen una reducida o nula cantidad de comida; hay quienes la consumen principalmente cuando experimenta angustia, tristeza o ansiedad. Este hábito, ejercido quizá inconscientemente durante varios años, puede relacionarse con emociones negativas reprimidas o creencias irracionales sobre uno mismo -como por ejemplo, no sentirse lo suficientemente bueno para algo-.

De acuerdo con algunos especialistas, estas creencias irracionales relacionadas con la vergüenza, pueden llegar a consumir tanta energía psicosomática que nos provoca consumir cada vez más alimentos como un intento de regular esa alteración. Y el primer paso para enfrentar este patrón autodestructivo -con el fin de aprender a tratarnos mejor- es traerlo a la conciencia.

Traer a conciencia implica darse cuenta de los pensamientos repetitivos que navegan por nuestra mente durante eventos difíciles de la vida. Muchos de estos pensamientos surgen sutilmente como dudas sobre las capacidades o necesidades básicas de uno: "Nadie me podrá amar así", "Soy un caso perdido", "No soy adecuado", "Soy un fracaso", "Estoy solo", "No pertenezco aquí". Otros aparecen como un crítica excesiva sobre uno mismo, promoviendo la culpa, la decepción, el rechazo, entre otros. Mientras tanto, la experiencia física de la vergüenza se engloban en una postura corporal cabizbaja, olas de calor en la cabeza, sudoración en las manos, elevación del ritmo cardíaco.

Después de traer a conciencia la influencia de la vergüenza en nuestra vida, el objetivo es evitar que se expanda como el veneno de una mordida de serpiente. Las acciones, conscientes o inconscientes, son el silencio, la predominancia de tabúes y los prejuicios, por lo que romper el silencio y retar tanto a los tabúes como a los juicios, son partes esenciales tanto en la reducción de la compulsividad alimenticia como en el proceso de sanación del self (o sí mismo).

El siguiente paso a seguir es enfocar la atención hacia nuestra humanidad: los seres humanos nacimos con el deseo de ser amados y con la necesidad de estar otras personas para sobrevivir. En consecuencia, buscamos la aprobación de los demás y sentimos vergüenza social cuando percibimos que no formamos parte de un grupo. De modo que, cuando comprendemos que existen otras personas luchando contra las mismas emociones y miedos, es posible conectar con la humanidad.

El tercer paso busca desarrollar la valentía para enfrentar aquellas historias dolorosas que nos provocan vergüenza. Para lograrlo, las enseñanzas de la meditación promueven recibir cada experiencia -positiva o negativa- con curiosidad y apertura, compasión y amabilidad, conciencia y estoicismo. Esto, debido a que las herramientas antes mencionadas, alivian el sufrimiento de la autocrítica. Por ello es indispensable poner en práctica la disciplina de la meditación, la respiración en plena conciencia y generar una rutina saludable con la comida -sentarse con la mesa puesta, dejar a un lado la tecnología mientras se come, etcétera-.