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Sobre transformar la pintura en cine: 'Cartas de Van Gogh' (Dorota Kobiela y Hugh Welchman, 2017)

Arte

Por: Lalo Ortega - 11/29/2017

Con más de 65 mil fotogramas pintados a mano, la película da vida a la obra posimpresionista en la gran pantalla

“Sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros los que hablen”, se leía en la carta que Vincent van Gogh traía consigo cuando murió, el 29 de julio de 1890. Esto habla de sus intenciones artísticas tanto como sus pinturas mismas, con un afán de expresión subjetiva ajeno a los impresionistas que le precedieron.

La bien conocida desgracia de Van Gogh como artista fue equiparable a un talento dedicado al detalle, la observación de la luz y la comprensión de las posibilidades expresivas del color. Aun en la quietud inherente de los lienzos, los de Van Gogh evocaban emoción y movimiento, en los albores de la forma de expresión que acabaría de empujar a la pintura a transformar su lenguaje mediante multiplicidad de estilos: el cine.

¿Hubiera querido él ver a sus cuadros cobrar vida? Imposible saberlo, pero el medio capaz de plasmar la luz y el movimiento sin duda pareció pertinente a Dorota Kobiela y Hugh Welchman para crear su tributo. A través de una mezcla de acción real, imágenes generadas por computadora y el trabajo de una centena de pintores, Cartas de Van Gogh (Loving Vincent, 2017) presume ser el primer largometraje pintado en la historia del cine. Se trata de una labor técnica admirable, pues implicó una suerte de animación por rotoscopia al óleo: cuenta con más de 65 mil fotogramas, cada uno pintado para recrear el estilo del artista titular.

El filme explora, de forma vaga, los últimos días en la vida de Vincent van Gogh (Robert Gulaczyk) y las circunstancias de su muerte, a la fecha rodeadas de misterio. En 1891, 1 año después de su deceso, Armand Roulin (Douglas Booth) viaja para entregar una de las últimas cartas del pintor dirigidas a su hermano, Theo (Cezary Lukaszewicz). Es más un homenaje que una película biográfica: el pastiche visual es tan sólo un eco del artista del que cobra inspiración, puesto que la historia no está enmarcada por su perspectiva, sino la de quienes le conocieron. Sus famosas cartas, de hecho, poco acotan la dramatización en la obra fílmica.

En el virtuosismo técnico de dotar a las telas de movimiento con pinceladas serpenteantes, surge una paradoja de convertir a la pintura en cine: la preocupación por reproducir con fidelidad la obra de Van Gogh se traduce en un escaso dinamismo en las imágenes en pantalla, que rara vez se aventuran más allá del plano-contraplano. Este ambicioso casamiento del arte pictórico y el cinematográfico se parece más al primero que al segundo, un Ciudadano Kane repleto de diálogos declamatorios para contar la historia mediante el “decir”, en vez de mostrar mediante un rico lenguaje audiovisual (en términos del “pure cinema” por los que hubiera abogado cierto maestro del cine).

En la superficie, habría que argüir que un filme que tanto presume de su dirección artística debería ser capaz de contar su historia en términos estrictamente cinematográficos, aunque la unión de cine y pintura invita a nuevas preguntas: ¿pueden los dos lenguajes coexistir? Como dos medios de expresión que se influenciaron de manera mutua y que, a la vez, se han orillado a explorar las cualidades intrínsecas de cada uno, cabe cuestionar si son compatibles por defecto. Donde el pincel demandaba la permanencia de la línea, ¿es natural la existencia de movimiento (o será que éste acaba por desvirtuar a aquélla)? Ante el propósito de recrear el poder expresivo de un óleo, ¿cuál es el punto de la yuxtaposición de imágenes por el montaje, si no es más que narrativo?

Las cuestiones anteriores alimentan la que queda para el final, la del tratamiento de la obra del pintor por quienes pretenden homenajearlo. A la luz de las licencias creativas en la historia de sus últimos días, el pastiche de Kobiela y Welchman es un logro artesanal que camina la línea entre el tributo y el sentimentalismo vacuo. Los cuadros de Van Gogh por fin hablan, pero quizá no con sus palabras.

 

Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios

¿Geniales o terribles? Estas son las 50 películas que provocan mayor división de opiniones

Arte

Por: pijamasurf - 11/29/2017

¿Quieres comenzar una discusión sin fin? Di que una de estas películas de Lars von Trier, Christopher Nolan o González Iñárritu son verdaderas obras de arte… o todo lo contrario

Una opinión elemental y más o menos generalizada asegura que, en cuestión de arte, nada puede ser juzgado “bueno” o “malo”, exitoso o decepcionante, genial o terrible porque, según se repite, tanto la percepción de la obra de arte como la obra en sí pertenecen al dominio de la subjetividad.

La objetividad no existe en el arte, dicen quienes piensan así, y aunque en esto quizá no se equivocan, a partir de dicha premisa consideran, erróneamente, que la ausencia de objetividad en el arte impide emitir un juicio crítico sobre una obra.

En este sentido, el portal Gizmodo realizó recientemente un ejercicio interesante para conocer las películas que, en los últimos años, han resultado más polémicas para los espectadores. Polémicas en un sentido muy puntual: mientras que a algunos les parecen admirables y verdaderas obras maestras, otros las califican con las peores notas. Esto es, son películas de las que parece que nadie puede ponerse de acuerdo respecto de su importancia, calidad o valor dentro de la historia del cine.

Para llegar a estos resultados, el equipo de Gizmodo utilizó la información de Metacritic, un sitio de Internet de tipo “agregador” (aggregator) que está programado para recolectar críticas de películas que se publican en diversos medios, “normalizarlas” (estadísticamente hablando) y situar a todas en una misma escala, para así valorar todos los filmes según los mismos parámetros.

El método usado por Gizmodo se detalla en este enlace, pero de momento basta con mencionar que se tomaron en cuenta 9 mil 516 películas que a su vez generaron más de 190 mil críticas de 842 personas especializadas en esta labor, datos a los que su vez se aplicó una desviación estándar (SD) para conocer la dispersión estadística de dichas valoraciones, con lo cual se obtuvo esto: las 50 películas que más han dividido a los críticos en los últimos años.

Vale la pena mencionar que, casi como un corolario inevitable, de ese mismo análisis se derivó otra clasificación: las 50 películas que nadie tiene ningún problema en reconocer como “buenos” filmes.

Más allá del falso debate sobre la dicotomía subjetividad/objetividad en el arte, resulta claro que es posible decir que un libro, una película, una pintura o cualquier otra expresión artística es pésima o sobresaliente y considerarlo así más allá de la percepción personal. 

Como puede entenderse desde la teoría de sistemas de Niklas Luhmann, el arte desarrolló en su seno y a lo largo de su historia los recursos necesarios para evaluar, clasificar y jerarquizar sus propias producciones. De ahí la existencia de figuras como los críticos de arte, por ejemplo, los curadores, los historiadores del arte, las revistas especializadas, festivales, ferias, exposiciones retrospectivas y, en general, todos los elementos que contribuyen para que una obra tome su lugar dentro del sistema. 

El disentimiento y el debate son parte también de ese sistema y, de hecho, dos de los mecanismo fundamentales para mantenerlo en marcha y activo.