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El telescopio Hubble capturó una imagen del cometa más lejano jamás avistado (y esto podría ser emocionante)

Algo tiene la distancia física que, aunque en algún plano representa una abstracción, es tan palpable que incluso se experimenta en la piel. Estar físicamente lejos de algo nos resguarda, pero paradójicamente también puede traducirse de forma proporcional en una atracción latente: un largo trecho que nos protege pero a través del cual extendemos un lazo fuerte, a veces nostálgico (otras hasta violento), que termina por vincularnos con ese algo que al parecer se encuentra muy lejos de nosotros. Por todo lo anterior, el simple hecho de pensar en un algo "más lejano", por ejemplo, un cometa, conlleva una carga insinuante, que atrae –o tal vez, hace emanar– emociones complejas.

El cometa C/2017 K2 ha navegado durante millones de años los impensables límites de nuestro sistema solar. Su órbita sugiere que proviene de la Nube Oort, región esférica que, presumimos, guarda más misterios de los que podríamos digerir en una vida. Esencialmente extraño, este cuerpo ostenta una frialdad extrema, de -266°C, y está compuesto de gas y polvo congelados hasta lo pétreo. Su parcial cercanía con el Sol tras una larguísima travesía –actualmente se encuentra a unos 2 mil 500 millones de kilómetros de él– ha provocado que este cometa desarrolle una nube de polvo de más de 120 mil kilómetros de angostura, llamada coma, la cual adorna hoy su núcleo.

Recientemente el telescopio Hubble, uno de nuestros avizores más queridos, logró documentar al C/2017 K2, con su indiferencia azul, y así capturó la imagen del cometa más lejano jamás registrado. Y si bien este éxito astronómico tendrá, supongo, repercusiones en el campo de esta ciencia, también pareciera un buen pretexto para reflexionar brevemente sobre la distancia de los cuerpos físicos y las emociones que esto genera. 

La distancia seduce, calma, arrebata y, también, hace especular. 

 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

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Carl Jung sobre aceptar nuestra propia oscuridad y la de los demás

AlterCultura

Por: pijamasurf - 11/03/2017

Estas palabras de Jung son una joya para cualquiera que busca explorar su propia psique y sanar (e incluso ayudar a sanar a los demás)

Entre otras cosas, Carl Jung es famoso por su concepto de la sombra o la importancia que tiene integrar nuestro lado oscuro para lograr un sí mismo individuado. El ser humano tiene una tendencia casi inconquistable a ocultar los rasgos de su personalidad que no le gustan o que no son socialmente aceptables. Al hacer esto va por el mundo fragmentado, con una psique dislocada, y proyecta esta sombra -que no es capaz de aceptar en sí mismo- al mundo. Esto hace que uno nunca reconozca y sea de manera integral la totalidad de lo que es -el alma individuada, que para Jung es inseparable de la divinidad.

En el video que presentamos al final el popular filósofo Alan Watts hace una buena introducción a la psicología jungiana, tomando de la misma personalidad de Jung, quien, según él, era una prueba viviente de su propia doctrina psicológica. Watts cuenta que al mirar los ojos de Jung notó que había un cierto centelleo que revelaba que se conocía a sí mismo muy bien y:

sabía que, como todo los otros seres humanos, tenía algo de villano. Jung tenía un hintergedanken, una palabra alemana que significa un pensamiento en el fondo de la mente, que mostraba que reconocía lo que yo a veces llamó un elemento irreductible de bribonería en sí mismo. Y lo sabía de manera tan clara y contundente, y en una forma tan amorosa, que no condenaba lo mismo en los demás y por lo tanto no se dejaba llevar hacia pensamientos, sentimientos y actos de violencia contra otros, lo cual es la característica de personas que proyectan su propia maldad en los demás, en el chivo expiatorio.

Watts continúa: 

Esto hacía de Jung una persona muy integrada... Habiendo visto y aceptado profundamente su propia naturaleza tenía una especie de unidad y ausencia de conflicto en su propia naturaleza, que lo hacía un tipo de hombre que podía sentir ansiedad, miedo o culpa, sin sentirse avergonzado de sentirse así. En otras palabras, entendió que una persona integrada no es una persona que simplemente ha eliminado la sensación de ansiedad y culpa de su vida... es un hombre que siente todas estas cosas, pero no se recrimina a sí mismo por esto. Esto para mí es un tipo muy profundo de humor.

Luego Watts cita una conferencia que dio Jung en Suiza, una verdadera joya del autoconocimiento terapéutico:

Las personas se olvidan de que incluso los doctores tienen escrúpulos morales y que algunas confesiones de los pacientes son difíciles de asimilar incluso para un doctor. Sin embargo, el paciente no se siente aceptado a menos de que lo peor de él mismo sea aceptado también. Nadie puede hacer esto con meras palabras. Viene solamente de la reflexión y a través de la actitud del doctor para consigo mismo y su propio lado oscuro. Si el doctor quiere guiar a otro o incluso acompañarlo a dar un paso en el camino, debe sentir con la psique de la otra persona. No puede sentirla cuando la juzga. Ya sea que ponga palabras a su juicio o se lo quede él mismo, esto no hace ninguna diferencia. Tomar la posición opuesta y acordar con el paciente de antemano tampoco sirve y lo enajena de la misma manera que la condenación. El sentimiento viene solamente de una objetividad sin prejuicios.

Esto parece similar a un precepto científico. Y podría confundirse con una actitud mental puramente intelectual. Pero lo que quiero decir es muy distinto. Es una cualidad humana. Una especie de profundo respeto a los hechos -por el hombre que sufre por ellos y por el predicamento de la vida de ese hombre. La persona verdaderamente religiosa tiene esta actitud. Sabe que Dios ha hecho que suceden todo tipo de cosas extrañas e inconcebibles y busca de las formas más curiosas entrar en el corazón de un hombre. Así entonces, siente en todas las cosas la presencia de la voluntad divina. Esto es de lo que hablo con objetividad sin prejuicios. Es un logro moral de parte del doctor que no se ve repelido por la enfermedad y la corrupción. No podemos cambiar nada si no lo aceptamos. La condenación no libera. Oprime. Y yo soy el opresor de la persona que condeno -no su amigo o par en su sufrimiento. 

No quiero decir que no debamos nunca de formar juicios cuando deseamos ayudar y mejorar. Pero, si el doctor desea ayudar al ser humano, debe aceptarlo tal como es. Y sólo puede hacer esto realmente si antes ya se ha visto y aceptado tal como es él mismo. Tal vez esto suene simple, pero lo simple siempre es lo más difícil. En la vida real, se requiere del más grande arte para ser simple. Y así, la aceptación propia es la esencia del problema moral, y el examen crucial de la perspectiva que uno tiene de la vida. Que yo alimente al mendicante, que perdone un insulto, que ame al prójimo en el nombre de Cristo -todas estas cosas son sin duda grandes virtudes. Lo que hago en contra del menor de mis prójimos lo hago también a Cristo. ¿Pero qué si descubro que el menor entre todos ellos -el más pobre de los mendigos, el más imprudente de todos los agresores, el Demonio mismo- todos están dentro de mí? Y que yo mismo estoy en un estado de necesidad de mi propia generosidad. Que yo mismo soy el enemigo que debe ser amado. ¿Qué entonces?

Entonces, como regla, toda la verdad del cristianismo se revierte. No se habla más de amor y largo sufrimiento. Decimos al hermano dentro de nosotros: Rocca, y condenamos y nos enfurecemos con nosotros mismos. Lo escondemos del mundo. Negamos haber conocido a este que es menos entre lo más bajo de nosotros. Y si hubiera sido Dios mismo quien se acercó a nosotros  en una forma vil, también lo habríamos negado mil veces antes de que un solo gallo cantara.

El último pasaje podría parecer extraño, pero se refiere con claras analogías bíblicas a que justamente el hombre integrado, que se acepta a sí mismo, también acepta todos los aspectos negativos, diabólicos incluso, y siendo una imagen de la totalidad, acepta también todos los crímenes y pecados de la humanidad. En alguna otra ocasión Jung habló de cómo lo más preocupante no era que se hubiera producido una persona como Hitler, sino que no fuéramos capaces de aceptar que nosotros también tenemos esa parte maligna en nuestro interior -es esta fragmentación, esta represión de la sombra, lo que genera violencia en el mundo.