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Traducción del primer capítulo de 'Deep Principles of Kabbalistic Alchemy', la reciente obra de David Chaim Smith que revitaliza el esoterismo contemporáneo e introduce la práctica contemplativa como alquimia

No conozco a un autor contemporáneo en el esoterismo occidental cuya obra sea más relevante y estimulante para la práctica contemplativa que la de David Chaim Smith. Anteriormente hemos reseñado algunas de las obras de Smith en este sitio, y en esta ocasión estamos contentos de presentar una traducción de la introducción y el primer capítulo de su más reciente obra Deep Principles of Kabbalistic Alchemy, que es la primera parte de una serie titulada The Lightning Flash of Alef, cuya siguiente entrega, Bath of  Bright Silence, está programada para principios del 2018. En esta serie, Smith explora una visión no emanacionista de la cábala, en la cual sostiene que la totalidad está presente en cada punto de la manifestación, fulgurando como el mundo de las apariencias -la base o raíz (Ein Sof) se despliega a sí misma en aparente diversidad sin disminuirse ni debilitarse-. Esto es, no hay una emanación con grados de diferenciación de poder o de cercanía a la luz de Ein Sof, como sostiene la visión cabalista emanacionista, la cual se ha convertido en la versión estándar de los estudios cabalísticos académicos.

Ya que la totalidad -la base irreductible- está presente y disponible en todos los fenómenos, la contemplación cobra un papel de primer orden en este tipo de misticismo. Como sugiere Smith, el acto puro y simple de contemplar cualquier fenómeno con el fuego de la atención sostenida es una forma de alquimia. La percepción puede ser depuración y oración cuando se llena de un deseo gnóstico y se abre la posibilidad de apercibir y reconocer lo infinito aquí mismo, y de anular la división entre lo que conoce y lo que es conocido, lo cual es el gran cometido de todo trabajo místico.

La siguiente traducción es apenas un primer intento de comunicar en español una pequeña parte de un material que me parece sumamente valioso. Smith ha creado un lenguaje de gran precisión técnica con el cual vincula la tradición alquímica y la cabalística, así como una veta gnóstica no-dual. Este lenguaje se apoya en una serie de diagramas o cartografías esotéricas que son portales de contemplación dentro del libro. Esto dificulta un poco la traducción y, para hacerle justicia a la obra, requeriría quizás de cuantiosas notas, aclaraciones y, probablemente, refinaciones de la misma traducción que no se ajustan a este medio, que no se ocupa de lo académico sino de lo meramente divulgativo. En un futuro, posiblemente podamos contar con una versión más completa de su obra y con un estudio crítico que permita al lector de lengua española acceder a este tesoro de gnosis intoxicante. Mientras tanto, dirijo a los lectores al sitio de David Chaim Smith donde se pueden adquirir sus libros y familiarizarse directamente con su trabajo.

Introducción

Este estilo de misticismo contemplativo inicia con una profunda consideración de un sistema de símbolos dedicado a misterios de los cuales no puede hablarse ni escribirse de manera convencional. En el momento en que el entendimiento intelectual se esmera por lo inasequible, sobretonos e implicaciones emergen lentamente e inundan la percepción con un torrente de cualidades que se hacen sentir. Inundar la percepción con sensaciones sutiles permite que el significado cambie de registro. La mente puede invitar un espectro de resonancias para que invadan el mundo, haciendo que la distinción entre designaciones internas y externas entre en un crepúsculo donde la mente se embelesa en la disolución de las fronteras conceptuales convencionales.

El crepúsculo se expresa como un campo simbólico en el que el significado se desborda para remodelar la forma y el estilo con los cuales se despliega a sí mismo. Todas las cosas se vuelven símbolos, y los símbolos se vuelven cosas vivientes. Esto hace que los fenómenos se hagan cada vez más como un sueño. Es dentro de este registro de interpenetración superfluida que el trabajo profundo de la contemplación realmente empieza.

El material de este libro puede trabajarse en cuatro niveles. Primero, una lectura general introduce la selección de símbolos y sus significados externos a un nivel intelectual. Segundo, el material puede ser sondeado en el espacio interno hasta que los primeros atisbos sutiles de tonos-sensaciones1 empiecen a filtrarse. Al sentirse, estas resonancias exudan niveles mucho más íntimos que la mera intelectualización: el dinamismo puro del pensamiento se mezcla y expande a través de los campos de sensación sutil. La tercera etapa evoca un nivel de significado más allá de la intelectualización y el sentimiento resonante. A este nivel los axiomas nucleares de los símbolos se abren de adentro hacia fuera en despliegues de puros patrones. Estos patrones son transparentes a la esencialidad2 básica que comparten tanto la percepción como lo que es percibido, lo cual es la cuestión mística fundamental. Es dentro de estos patrones que la mente se viste a sí misma, existiendo como los puros patrones y ya no como una identidad humana separada.

La cuarta etapa se concentra en el fulgor inasible que permea los patrones. Esta etapa ofrece una oportunidad para la total rendición de la mente. El verdadero valor de un símbolo es descubierto dentro de la búsqueda dinámica que hace la mente de éste, más allá de cualquier objeto de pensamiento específico, cuando la atención se baña en la plenitud indiferenciada que permea el acto contemplativo. Entre más profunda se hace la cognitividad (awareness)3 más se abre la plenitud, hasta que tanto la mente como sus constructos disuelven todo vestigio de división conceptual.

En su sentido más profundo, la contemplación es una forma de alquimia que transmuta y consume las divisiones dualistas. A través de la práctica disciplinada de la contemplación, la sensación de autonomía de la mente y su estructura de entendimiento pueden diluirse en la base o raíz de todas las cosas, que es la esencia primordial. Esto está predicado en un reconocimiento y aislamiento de la base (ground), lo que se conoce como su destilación. La base es la quintaesencia alquímica que disuelve la frontera entre la cognitividad interna y las apariencias externas y que, paradójicamente, se vierte a sí misma continuamente como el aparentemente diverso espectro de los fenómenos. Cuando es reconocida en su derramarse hacia afuera, la base se vuelve un baño completo más allá de cualquier asidero, identificación o identidad y de cualquier punto de referencia. Es precisamente el dinamismo de esta no-referencialidad lo que se realiza cuando la gnosis despierta.

Si estas sugerencias son seguidas, el campo de símbolos generará regalos que invitan a la mente a bañarse en la base. Puedes retribuir los regalos con interés y atención. Entre más se retribuye, más se manifestarán. Al final, la mente transmuta la recolección de información en un proceso de apertura, y el aprendizaje se convierte en una especie de des-aprender. Cuando la solidez de la identidad y de la identificación es des-hecha, la mente se entrega a la amplitud de su inherente naturaleza sagrada, la cual es finalmente reconocida como la naturaleza de todas las cosas más allá de la aprehensión de la mente.

El reconocimiento de la esencialidad está basado en dos pregunta claves: ¿Qué o quién reconoce?  y ¿qué es reconocido? La esencia está más allá de un sujeto que percibe y un objeto que es percibido y así la pregunta se mantiene: ¿sobre qué están basadas estas proyecciones?

El misterio de esta pregunta ofrece una especie de voz silenciosa siempre creciente, como una planta brotando de la tierra hacia su madurez. Las semillas del conocimiento que han sido plantadas pueden ser regadas con un anhelo no-verbal, que se mezcla con la luz solar de la atención concentrada. Cuando la mezcla permea la tierra del entendimiento, las semillas se hacen plantas en la noche, y el sol se oculta detrás del horizonte de la conciencia. Entonces las plantas puede arraigarse profundamente en el suelo. Entre más se riegan, más profundas se hacen las raíces.

El crecimiento de este proceso alcanza su madurez cuando la transmisión de sabiduría entra en una fase radical. Se convierte en una forma de voz en la que se vuelve indistinguible su decirse de su oírse. Entre más profundamente madura el proceso, más se unifican los aspectos de transmisión y recepción en el silencio. La fruta de esta cosecha está más allá de cualquier cosa que pueda contener un libro. Esta es la cosecha que es reunida para su destilación en el intoxicante primario de la gnosis.

Este es el primer libro en la literatura esotérica occidental que abiertamente articula una visión cohesiva de la base como el soporte que unifica la percepción ordinaria con la sabiduría más sublime (ver hyulie y avira en el capítulo 2). Por esto, será oportuno acercarse a este libro como una disciplina en sí misma, para que estos símbolos no sean confundidos con otras fuentes que no comparten la misma visión.

 

Capítulo 1. El Tzimtzum

El tzimzum, o contracción primordial, es una profunda metáfora cabalística que asume el papel de un mito de creación. Primero, sólo hay absoluta luz divina. Luego, la luz se retrae de un punto central para formar un círculo, vaciando un espacio en el cual todos los mundos se pueden manifestar. Esto implica que el tzimtzum precede a toda otra actividad y fabrica un metacontexto para todos los fenómenos como la dimensionalidad y el tiempo. Esto también implica que el tzimtzum marca una división entre la simplicidad absoluta previa y la subsecuente variación relativa, la cual se desdobla dentro del espacio vaciado después de la contracción inicial.

La visión que sostiene este libro es que el tzimtzum nunca ocurrió, y no se refiere en realidad a una proto-historia de la creación. El tzimtzum es un símbolo complejo que describe la paradoja entre la infinita incontenibilidad  y la aparición de modos finitos de contención. Los hábitos perceptuales comunes no logran aprehender aquello que no puede ser reducido a términos finitos, ni de manera intelectual ni a través de los sentidos. El círculo del tzimtzum es un símbolo que hace que la mente se enfrente con su paradoja más íntima -el muro perceptual que oscurece y obstruye el paso libre de la visión-. Sin embargo, para que  esto pueda entenderse, los hábitos reactivos de la mente deben de ser examinados y reconciliados.

La raíz de todos los hábitos perceptuales es la reificación, esto es, la tendencia de sustancializar o solidificar estados cognitivos. Esta tendencia obliga a la percepción a cerrarse sobre sí misma dentro de unidades de las cuales se puede agarrar, lo cual incluye un encerramiento en estados amorfos o confusos. La reificación reduce el campo abierto de la posibilidad a una interminable procesión fragmentada de cosas, ideas, experiencias y estupores. Ir cortando, a través de las resistencias que reifican los fenómenos, es la base de un sendero místico, y descubrir la naturaleza de la paradoja a través de la percepción directa es la meta.

La esencia de tanto lo que percibe como de lo que es percibido es incontenible, y esa esencialidad incontenible es absolutamente ilimitada. El término usado en la cábala para esta esencia ilimitada es Ein (no) Sof (fin). La aspiración mística última es entender que Ein Sof es el cuerpo y la sangre de todos los fenómenos. Esta paradoja central iguala a la nada con la totalidad. Este entendimiento es la gnosis, o despertar espiritual, que representa la culminación del proceso alquímico, el fruto resultante de la lucha de la mente por actualizar una destilación de su propia naturaleza esencial.

La vastedad espaciosa de Ein Sof se ve oscurecida por el hábito perceptual en el momento en el que se asume el rol de un sujeto que percibe. La fabricación de un yo instantáneamente choca con una interminable serie de objetos percibidos, entre los cuales están los pensamientos y las sensaciones que tiene de sí mismo y de su propia identidad. Esta estructura dualista, al ir recibiendo y adhiriéndose a información externa e interna, divide el campo de los fenómenos en las categorías de un yo y lo que no es ese yo. Un sujeto identificado con un yo no puede satisfactoriamente reificar el misterio de Ein Sof como una realidad asible. Por lo tanto toda las visiones convencionales sobre lo divino están limitadas a especulaciones incompletas. El muro erigido por la conceptualidad es precisamente la barrera que el místico quiere atravesar, y el símbolo que representa ese lugar último de ruptura es el círculo del tzimtzum.

La visión en la que se fundamenta este libro es llamada no-emanacionista,  y mantiene que Ein Sof jamás puede ser disminuido, degradado o desplazado. Esta visión mantiene que nada nunca se separa de la pureza primordial de Ein Sof, no obstante que aparenten manifestarse fenómenos delimitados. La sabiduría que soporta esta visión no puede ser transmitida meramente con un lenguaje convencional, por lo tanto se sirve de símbolos. Un símbolo es simplemente una transmisión de significado. En el caso del círculo del tzimtzum, el significado no puede ser reducido a ningún atributo que lo defina, más que a la paradoja primordial en sí misma.

El relato cabalístico del tzimztum es elaborado en una secuencia simbólica. Primero, la totalidad emerge como un punto irreductible en el corazón de la luz de Ein Sof. Desde la visión no emanacionista, este punto no es más que Ein Sof, y cabalísticamente sirve como su malkut, o función de despliegue. El punto es absoluto, y no ofrece ningún tipo de atributo de división dimensional. Por lo tanto, el punto no puede separarse de la simplicidad de la luz divina, y actúa sólo como una concentración de su foco.

La luminosidad luego se contrae en un círculo alejándose del punto y dejando un espacio vaciado o chalal hapanui. La contracción y la evacuación marcan la paradoja última. ¿Cómo es posible que el infinito sea vaciado o dividido? Estas acciones sólo aplican a las sustancias materiales finitas, así que, ¿cómo podrían aplicar a Ein Sof? Esas conclusiones materiales no pueden aplicarse a la contracción y, sin embargo, el desplazamiento aparece, y en esto yace la paradoja. Una vez que la paradoja es entendida en términos cósmicos puede aplicarse también a cada detalle de la manifestación.

El no emanacionismo es inherente a la base de los fenómenos desde el comienzo que no tiene comienzo. Previamente a la contracción, Ein Sof no se reduce para poder emanar su luz. La luz (aur) de Ein Sof no es un efecto derivado de una causa. La luz se expresa directamente sin nunca disminuir o degradar la pureza de su naturaleza esencial. Esta distinción es importante, porque si Ein Sof hubiera tenido que disminuirse en la expresión de su luz, esto ciertamente la haría disminuirse aún más en la expresión del sefirot. Subsecuentemente cada sefirot disminuiría la luz más y la secuencia de emanaciones disminuidas acabaría, comparativamente, en un universo material inerte. Esta lógica está basada en una cadena lineal de causalidad, la cual es el fundamento del pensamiento conceptual ordinario. En el sentido más profundo, el misticismo se libera de esto. El reduccionismo inherente a la fabricación de estructuras conceptuales es su más grande impedimento.

En la narrativa cabalística el punto representa el malkut de la luz de Ein Sof, y la periferia del círculo vaciado representa el keter de la sucesión de cuatro mundos que le siguen. Si la narrativa se toma literalmente se debe aceptar la temporalidad relativa, ya que la periferia es descrita como habiéndose separado del punto a partir de la contracción de la luz. Este es precisamente el tipo de conceptualización que reduce los símbolos a términos ordinarios. La visión no emanacionista corta a través de la temporalidad al aceptar el juego del símbolo más allá del tiempo y la sustancia. Así se entiende que la periferia nunca se separó del punto, aunque la separación aparece. Aquí yace la paradoja clave.

Tres aspectos del círculo del tzimtzum son presentados: un interior (lo que aparenta ser contenido) un exterior (lo incontenible), y una línea en la que estos aspectos se tocan. Para que estas distinciones relativas transmitan significado más allá de lo conceptual, el significado de todos los límites debe ser transmutado. Este es el propósito último del símbolo del tzimtzum. Punto y círculo expresan una totalidad indivisible que no puede ser restringida dentro de una cadena de causas y efectos. Es por esto que es crucial entender el tzimtzum como un modelo para la contemplación de la paradoja primordial, la cual está implícita en cada parte de la manifestación.

El malkut de la luz de Ein Sof y el keter de lo que surgirá de ella están los dos completos en la base que iguala todos los fenómenos. Si la visión de la no emanación es entendida, origen y destino pierden todo significado relativo en la gran espaciosidad de la totalidad absoluta. Esto no significa que echemos por la borda los símbolos relativos, lejos de esto. Sin embargo, deben ser reexaminados con una nueva capacidad de significado, y esto es precisamente lo que hace el sutil y delicado lenguaje simbólico cabalístico.

Ni la cúspide del círculo del tzimzum ni su punto original deben ser contaminados con los trazos de un marco temporal. El círculo invita a la mente al borde de la nada en el no-tiempo, donde la esencialidad de Ein Sof puede ser contemplada no obstante su aparente división. En este sentido, el círculo del tzimtzum es el único símbolo que hay para la paradoja desnuda de la manifestación.

Los textos cabalísticos mantienen que después de que la luz de Ein Sof es vaciada del círculo, un reshimu o residuo de la luz permanece. Todos los mundos y todas las cosas dentro de ellos emergen del reshimu. Este asunto introduce a la mente a la naturaleza de la base de todos los fenómenos. El reshimu es el resultado de una remoción, y por lo tanto es definido por una ausencia. Sin embargo, la idea de que se ha quedado atrás implica una presencia. La mayoría de los cabalistas que se aferran a las nociones convencionales de sustancia proyectan una mitología causal en base al raciocinio de que la luz nunca fue completamente removida, y por lo tanto permanece de una manera en extremo sutil. Esta explicación es simplemente un vestigio del hábito de la mente de aferrarse a los fenómenos materiales. El reshimu está más allá de esto, y no puede ser resuelto por medio de explicaciones mecanicistas.

El reshimu es un símbolo paradójico. Es puro y abierto como la luz de Ein Sof; no obstante, aparece de manera sustancial dentro del espacio de la creación. Su rango de posibilidades es perfecto, y por lo tanto debe incluir la posibilidad de todas las imperfecciones percibidas. Lo que es realmente perfecto es completo y entero, y debe incluir la libertad de desplegar cualquier inconsistencia. La naturaleza absoluta de la base nunca cambia, pero su despliegue relativo se presenta a sí mismo como cambio constante.

Que no haya confusión: la absoluta esencialidad y su expresión relativa no representan dos verdades separadas. Lo absoluto es verdad en un sentido definitivo, aunque asume siempre forma relativa. La forma se distorsiona en su significado cuando los hábitos de la mente se aferran a ella. Aunque la verdad siempre está disponible, yace oculta detrás de una cortina de impulsos parpadeantes. Es por esto que el místico medita sobre la visión y se acerca a los fenómenos con gran reverencia y sutileza, esforzándose por unirse a Ein Sof no importa lo que surja.

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1. La contemplación no es un mero proceso intelectual sino que requiere de una proceso sensual-emotivo, en el que los símbolos que se contemplan son sentidos. Y al sentirse van actuando sobre el cuerpo del individuo como destilando sustancias endocrinas, néctar, un rocío lumínico. A esto Smith se refiere con el término feeling-tones, tonos-sensaciones o tonos-sentimientos que permiten un influjo sobre los los diferentes dominios cognitivos: lo mental, lo corporal y lo emocional. Quizás la mejor traducción para esto sería la palabra sánscrita “rasa”, la cual significa jugo, líquido, esencia, sabor, emoción o cualidad. Refiere también a una sensación estética, a una cualidad que se encuentra en la poesía y en el teatro; aparece también en el nombre que se le da en sánscrito a la alquimia: rasáyana, el camino de la esencia. La contemplación alquímica se sustenta en la generación de estos tonos que son sentidos holísticamente y que hacen transparentes los diferentes campos a través de los cuales nos relacionamos con el mundo.

2. Es importante mencionar que Smith utiliza el término essentiality (esencialidad) y no essence (esencia), para enfatizar la cualidad dinámica, una naturaleza esencial que es más una cualidad activa o un proceso que una cosa. Esta esencialidad o base (ground) de los fenómenos que se manifiestan en aparente diversidad, sin poder fijarse, está más allá de la mente dualista que conceptualiza y define. Es en realidad Ein Sof, lo infinito, lo que trasciende el lenguaje, la representación y la experiencia (que requiere de un sujeto-objeto), pero que, sin embargo, es total inmanencia, realidad absoluta que no se ve disminuida o debilitada por la manifestación. Smith detalla un sistema para reconocer la identidad de Ein Sof (lo absoluto) con los fenómenos (lo relativo) que experimentamos diariamente (esto puede expresarse cabalísticamente con el axioma de la inseparabilidad de keter y malkut).

3. Smith distingue entre awareness y consciousness. El término awareness no tiene una traducción exacta: el español es bastante pobre en su diferenciación de cualidades y estados de cognición o conciencia. Generalmente, awarenness se traduce indistintamente como "conciencia"; si bien esto ya se queda corto, en este caso awareness se usa con precisión técnica y tiene una acepción diferente  de consciousness. El término es insatisfactorio ya que Smith entiende awareness como el estado puro de la experiencia cognitiva o el estado esencial de la mente, que no depende de un objeto o un contenido, que trasciende justamente la dualidad sujeto-objeto, mientras que consciousness es la conciencia ordinaria dualista. Dicho eso, el término "cognitividad" tampoco es satisfactorio, ya que refiere a la facultad de conocer algo, pero implica algo distinto a sí. Sobre la diferencia que hace Smith existen muchos paralelos con las tradiciones orientales, donde existen términos muy específicos que diferencian las cualidades de lo que en español llamamos "conciencia". 

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El otro, algo que nunca voy a ser yo; Yo, algo que nunca voy a ser sin el otro.                                                                                                           

(Anónimo)

Podría afirmarse que tanto el hombre como la cultura misma se configuran al mismo tiempo que prevalecen a partir de una vasta herencia simbólica legada por la historia y el devenir de la transmisión de los pueblos. Buscando siempre una interpretación colectiva y en acuerdo común de los sucesos que confluyen en la bóveda celeste, los hombres apreciaron esta herencia exuberante generándose una dinámica autónoma o un patrón aleatorio, que amplía las posibilidades del lenguaje en la medida en que se involucran nuevas experiencias. En ese orden de ideas, podemos decir que expandir el lenguaje es expandir el pensamiento y a su vez la proyección de éste en la materia (los objetos físicos).

Por lo tanto, a esta relación de intercambio entre los hombres y los pueblos, el conocimiento filosófico la denominó “la política”. Haciendo lectura de las reflexiones compiladas de Hanna Arendt en ¿Qué es la política?, un texto bastante pertinente a nuestra época y obra póstuma publicada a partir de sus talleres de filosofía en los años 50 en la Universidad de Princeton, podríamos inducir que es  además una de las más acertadas del conocimiento filosófico actual. Encontramos en la filósofa alemana discípula de Heidegger y de Jaspers, una de las más valiosas definiciones de esta dimensión del conocimiento filosófico, ante el advenimiento de la posmodernidad; para Arendt: "La política es el encuentro con el otro".          

A partir de ese encuentro los eventos son infinitos, de manera que como seres sociales comprendemos cotidianamente la necesidad de lo gregario, puesto que nuestra sobrevivencia se da en la medida que intercambiemos servicios y favores con el entorno; por lo que es de considerar, entonces, que la existencia y la realización humana dependen enteramente de la relación entre los unos y los otros.

Partiendo de esta necesidad de correlación, podemos tomar como ejemplo una de las manifestaciones ancestrales más particulares del arraigamiento tribal, siendo esta, precisamente, la forma en que ha perdurado a lo largo de la historia uno de los castigos más tradicionales, como el exilio y la anulación de la vida social. Si nos remontamos a la antigua Grecia, por ejemplo, para quienes llevaban una vida indeseable o también para quienes alcanzaban conocimientos superiores del entorno; de igual manera, estaban socialmente condenados  al "ostracismo", una cierta forma de destierro a la vida salvaje alejado de la polis. Desde un punto de vista renovado, Robert Anton Wilson define la necesidad de esta relación de intercambio como consecuente al principio de bio-sobrevivencia, que se representa  en nuestra sociedad actual en la relación de intercambio que hacemos con el dinero. Asimismo, el autor también nos habla del exilio en términos similares en el Prometeo ascendiendo: “Esto es precisamente lo que los hombres y las mujeres tribales sienten si son expulsados de la tribu, es por eso que creo que el exilio, o incluso el ostracismo, fueron suficientes para hacer cumplir los castigos tribales y crear conformidad en la manada durante la mayor parte de la historia humana”.

A manera de premisa sintética, imaginemos que las posibilidades del juego social se proyectan en una multiplicidad caleidoscópica y diversa, siendo de esa manera como se involucra la pluralidad en el despliegue de ese entramado de lo humano, la esencia misma de la política; una telaraña fractal de emociones, percepciones y sentires que van mediadas siempre desde la intuición inconsciente y a través del lenguaje. Dice Arendt que es en la pluralidad y la diversidad (la diferencia) en donde se hace complejo el asunto de la relación con el otro, aspecto por el cual ningún sistema de pensamiento filosófico ha logrado dilucidar la dimensión de lo político hasta la actualidad, más allá de la postura hobessiana de “el hombre como lobo para el hombre mismo”, puesto que ninguno hace referencia a promover la diversidad como principio fundamental.

Dicha telaraña fractal se puede contemplar como un compendio de referencias y señales que nos permiten descifrar rutas y mapas para navegar con nuestra percepción en el flujo de las acciones y las reflexiones cotidianas a posibilitar en nuestro juego de vida (entendidas como reflejos). La conciencia como un cristal prismático, donde se condensan las percepciones, las emociones, los sentimientos, a manera cada uno de canales de luz (conocimiento) y se vuelven una sola fuente, el origen de la noción de realidad, que cada uno crea. 

En la misma introducción del Prometeo ascendido, hecha por Israel Regardie, encontramos un concepto interesante sobre la visión prismática del espíritu humano, la unidad de una conciencia colectiva que transmuta desde la interacción y la congregación: la mente en materia. Al tiempo que podemos afirmar que nace la paradoja de no ser el otro, pero no poder existir sino a través de él: 

(En) 1964, el Dr. John Bell publicó una demostración que los físicos aún evaden. Lo que Bell pareció demostrar es que los efectos cuánticos no son locales, en el sentido de Bohn, esto es, que ellos no están sólo aquí o allí, sino en ambas partes, esto aparentemente significa que ese espacio y tiempo son sólo reales para nuestros sentidos de órganos mamíferos; y no son verdaderamente reales. Este escrito me recuerda mucho al concepto hindú de la red de Indra, que es descrita a veces como una gran red que se extiende a lo largo de todo el universo; verticalmente para representar el tiempo, y horizontalmente para representar el espacio. Cada punto donde se cruzan las hebras de esta red es una cuenta de diamante o de cristal, el símbolo de una existencia individual. Cada cuenta de cristal refleja en el brillo de su superficie el brillo de las otras cuentas (un reflejo infinito de todas ellas).

Aun a  pesar de las tendencias en los devenires históricos, éstos permiten también que la conciencia descubra  su propio centro, su vocación dármica, porque mientras el espíritu evada la propia búsqueda de la misión del ser, el propósito  en nuestro tiempo de vida, estaremos atrapados como una pieza más en los círculos de la gran maquinaria industrial y consumista  que opera a los Estados y las naciones y que se sustenta en la licantropía antropófaga que definió Hobbes, siendo ésta la que da origen al legado de la indiferencia, el ajenamiento, la división de la soledad a la que nos condenó la modernidad y la posguerra, recordando a Jean-Paul Sartre y su célebre frase: "El infierno son los otros".  

Por otra parte, si nos detenemos a observar en profundidad esta relación entre los pueblos y los hombres que es la que da origen al Estado como construcción social, diríamos que la materia desde la cual se proyectan las relaciones es el lenguaje y el símbolo, que se despliega asimismo a través de una infraestructura material "urbe" proyectada también desde la mente, en el espacio y el espectro (éter) y asimismo desde el lenguaje y el signo, hasta llegar a transgredir e irrumpir en la función y la asimilación panteísta de la naturaleza (un aprendizaje orgánico del mundo natural y asimismo de la vida) por un racionalismo consecuente al paisaje urbano. 

Así, podemos reafirmar la realidad como esa telaraña fractal de singularidades, una red material donde se contienen en equilibrio prismático los acuerdos, las aspiraciones, los deseos, las perversiones tanto de lo colectivo como de lo personal, de manera inversa y especular, como si de un gran espejo universal se tratase y junto con todas las limitantes que esto conlleva, Borges, en una de sus ficciones, "Animales en los espejos", nos menciona precisamente acerca de este reino especular: 

En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz, se entraba y salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.

De manera que ese reino especular sería una metáfora que proyecta no solamente una imitación nuestra de lo de afuera, sino una reflexión de la conciencia propia en el mundo de los otros, siendo "el otro" algo que aparentemente está desprendido de mí, pero que está condenado a imitarme, a proyectarme, a repetir lo que soy y viceversa. En donde además estoy obligado a verme y encontrarme con mi reflejo, aun y sobre todo cuando la búsqueda se dirige hacia afuera del cuerpo y no hacia adentro de él. El otro se ve entonces como el reflejo de alguna dimensión de luz, sombra o aspecto sobre nuestra propia conciencia, algo que ésta nos recalca y nos señala, por mucho que nos incomode o le hagamos caso omiso. 

Los indígenas makuna del Vaupés en la Amazonia colombiana, tienen una cosmovisión generada a partir del efecto de reflejo de los ríos afluentes del Amazonas por el que transitan, y que es medio principal de su subsistencia. En la investigación hecha por el antropólogo Kaj Arhem e ilustrada por el fotógrafo y colombiano Diego Samper, Portrait of an Amazonian people, Arhem define la cosmovisión de esta tribu de la siguiente manera:

Un río celestial atraviesa las alturas de este a oeste, que navega el Sol cada día, y otro fluye en dirección contraria por el inframundo, por donde retorna el Sol a oriente completando el circuito cósmico (…). La tierra makuna es plana y circular, como el tiesto de cerámica en que cada mujer prepara diariamente la torta de casabe. Bordeando su mundo hay un círculo de colinas que soporta el cielo y protege sus habitantes. Hay cuatro entradas, en cada uno de los puntos cardinales, y otra al centro que permite el acceso a los diversos niveles del cosmos. Ide sohe, la puerta del agua, está situada al este donde el Sol se levanta cada mañana y donde la tierra se funde con el cielo. Es la fuente de toda vida en la tierra y la boca de Oheng riaka, el río de la leche, que atraviesa la tierra y recoge todas las aguas. Al occidente se encuentra Huna sohe, la puerta del sufrimiento y fin del mundo. Asociada con la muerte y la enfermedad, es la entrada de las fuerzas destructivas del inframundo que periódicamente invaden la tierra. Al norte y al sur se sitúan Warua soheri, las puertas de las costillas, relacionando de modo simbólico el cosmos con el cuerpo humano.

El espejo los dos mundos también forma parte de la interpretación que  los egipcios hicieron del universo, quienes también desde su cosmovisión fluvial, representaban al mundo celestial como un reflejo especular de agua, como podemos encontrar en el texto Cosmología de los textos de las pirámides publicado en la revista Yale Egyptological Studies 3, Religion and Philosophy in Ancient Egypt, en 1989 por el autor James P. Allen:

Hay también partes del cielo asociadas con el agua: tanto el campo de juncos como el campo de ofrendas pueden inundarse, y un pasaje habla de un lago o canal excavado para el rey en el campo de juncos. Numerosos canales y lagos existen también entre estos campos. Uno de esos puede ser la masa de agua llamada “ptrw” o “ptrtj” (“aguas de espejo” – i. e., reflejantes), que está específicamente asociada con el cielo en Pyr. 468 a. Como el cielo puede ser cruzado en barcas y como el Nilo en la tierra, surge de las cavernas.

Así entonces, esta interpretación del mundo de los espejos parte siempre de la condición y la predisposición de la conciencia a identificarse con algo como manera de revelarse a sí misma. Lo cual también se puede ver cómo un juego sucesivo de máscaras y representaciones que probamos hasta sentir que, en el ejercicio hierático, algo de cada máscara nos descubre, tatuando en nosotros; piezas de una y otra que van revelando y constituyendo lo que somos, nuestra conciencia. Serge Moscovici le llamó a esto "representaciones sociales", que en un sentido amplio representan una forma de pensamiento social, concepto que definiría basándose, asimismo, en el término acuñado por Émile Durkeihm de las “representaciones colectivas” . 

Cuando se comprende que en la acción y la situación del otro hay un mensaje, un conjunto de signos por descifrar, unas señales, un grimorio para adentrarse en el conocimiento sobre mí mismo, se percibe toda la existencia en un estado expandido de la experiencia vital.

Desde este punto de vista, la realidad se entiende como construcción mental posibilitada desde la cultura, que a su vez es diseñada y moldeada a través del lenguaje,  revelándose ante nosotros como  una ilusión del tiempo (los horarios, las jornadas, las rutinas) y el espacio (las ciudades, las casas, los paisajes) y así sucesivamente se transita en el espejismo de la vida, puesto que las mismas son ante todo construcciones mentales, socialmente acordadas para configurar lo que ocurre afuera del cuerpo, bajo una noción de orden característica de cada pueblo.

De esa forma, el tiempo y el espacio son extensiones y proyecciones del lenguaje y del pensamiento o, por lo menos, la asociación perceptual que hacemos de estos fenómenos o fuerzas que mueven al universo que nos rodea, que son tan incomprensibles como al mismo tiempo probables, tan demostrables como intangibles, y esto va siempre desde el signo y el símbolo.