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Cuando se comprende que en la acción y la situación del otro hay un mensaje, un conjunto de signos por descifrar, unas señales, un grimorio para adentrarse en el conocimiento sobre mí mismo, se percibe toda la existencia en un estado expandido de la experiencia vital

El otro, algo que nunca voy a ser yo; Yo, algo que nunca voy a ser sin el otro.                                                                                                           

(Anónimo)

Podría afirmarse que tanto el hombre como la cultura misma se configuran al mismo tiempo que prevalecen a partir de una vasta herencia simbólica legada por la historia y el devenir de la transmisión de los pueblos. Buscando siempre una interpretación colectiva y en acuerdo común de los sucesos que confluyen en la bóveda celeste, los hombres apreciaron esta herencia exuberante generándose una dinámica autónoma o un patrón aleatorio, que amplía las posibilidades del lenguaje en la medida en que se involucran nuevas experiencias. En ese orden de ideas, podemos decir que expandir el lenguaje es expandir el pensamiento y a su vez la proyección de éste en la materia (los objetos físicos).

Por lo tanto, a esta relación de intercambio entre los hombres y los pueblos, el conocimiento filosófico la denominó “la política”. Haciendo lectura de las reflexiones compiladas de Hanna Arendt en ¿Qué es la política?, un texto bastante pertinente a nuestra época y obra póstuma publicada a partir de sus talleres de filosofía en los años 50 en la Universidad de Princeton, podríamos inducir que es  además una de las más acertadas del conocimiento filosófico actual. Encontramos en la filósofa alemana discípula de Heidegger y de Jaspers, una de las más valiosas definiciones de esta dimensión del conocimiento filosófico, ante el advenimiento de la posmodernidad; para Arendt: "La política es el encuentro con el otro".          

A partir de ese encuentro los eventos son infinitos, de manera que como seres sociales comprendemos cotidianamente la necesidad de lo gregario, puesto que nuestra sobrevivencia se da en la medida que intercambiemos servicios y favores con el entorno; por lo que es de considerar, entonces, que la existencia y la realización humana dependen enteramente de la relación entre los unos y los otros.

Partiendo de esta necesidad de correlación, podemos tomar como ejemplo una de las manifestaciones ancestrales más particulares del arraigamiento tribal, siendo esta, precisamente, la forma en que ha perdurado a lo largo de la historia uno de los castigos más tradicionales, como el exilio y la anulación de la vida social. Si nos remontamos a la antigua Grecia, por ejemplo, para quienes llevaban una vida indeseable o también para quienes alcanzaban conocimientos superiores del entorno; de igual manera, estaban socialmente condenados  al "ostracismo", una cierta forma de destierro a la vida salvaje alejado de la polis. Desde un punto de vista renovado, Robert Anton Wilson define la necesidad de esta relación de intercambio como consecuente al principio de bio-sobrevivencia, que se representa  en nuestra sociedad actual en la relación de intercambio que hacemos con el dinero. Asimismo, el autor también nos habla del exilio en términos similares en el Prometeo ascendiendo: “Esto es precisamente lo que los hombres y las mujeres tribales sienten si son expulsados de la tribu, es por eso que creo que el exilio, o incluso el ostracismo, fueron suficientes para hacer cumplir los castigos tribales y crear conformidad en la manada durante la mayor parte de la historia humana”.

A manera de premisa sintética, imaginemos que las posibilidades del juego social se proyectan en una multiplicidad caleidoscópica y diversa, siendo de esa manera como se involucra la pluralidad en el despliegue de ese entramado de lo humano, la esencia misma de la política; una telaraña fractal de emociones, percepciones y sentires que van mediadas siempre desde la intuición inconsciente y a través del lenguaje. Dice Arendt que es en la pluralidad y la diversidad (la diferencia) en donde se hace complejo el asunto de la relación con el otro, aspecto por el cual ningún sistema de pensamiento filosófico ha logrado dilucidar la dimensión de lo político hasta la actualidad, más allá de la postura hobessiana de “el hombre como lobo para el hombre mismo”, puesto que ninguno hace referencia a promover la diversidad como principio fundamental.

Dicha telaraña fractal se puede contemplar como un compendio de referencias y señales que nos permiten descifrar rutas y mapas para navegar con nuestra percepción en el flujo de las acciones y las reflexiones cotidianas a posibilitar en nuestro juego de vida (entendidas como reflejos). La conciencia como un cristal prismático, donde se condensan las percepciones, las emociones, los sentimientos, a manera cada uno de canales de luz (conocimiento) y se vuelven una sola fuente, el origen de la noción de realidad, que cada uno crea. 

En la misma introducción del Prometeo ascendido, hecha por Israel Regardie, encontramos un concepto interesante sobre la visión prismática del espíritu humano, la unidad de una conciencia colectiva que transmuta desde la interacción y la congregación: la mente en materia. Al tiempo que podemos afirmar que nace la paradoja de no ser el otro, pero no poder existir sino a través de él: 

(En) 1964, el Dr. John Bell publicó una demostración que los físicos aún evaden. Lo que Bell pareció demostrar es que los efectos cuánticos no son locales, en el sentido de Bohn, esto es, que ellos no están sólo aquí o allí, sino en ambas partes, esto aparentemente significa que ese espacio y tiempo son sólo reales para nuestros sentidos de órganos mamíferos; y no son verdaderamente reales. Este escrito me recuerda mucho al concepto hindú de la red de Indra, que es descrita a veces como una gran red que se extiende a lo largo de todo el universo; verticalmente para representar el tiempo, y horizontalmente para representar el espacio. Cada punto donde se cruzan las hebras de esta red es una cuenta de diamante o de cristal, el símbolo de una existencia individual. Cada cuenta de cristal refleja en el brillo de su superficie el brillo de las otras cuentas (un reflejo infinito de todas ellas).

Aun a  pesar de las tendencias en los devenires históricos, éstos permiten también que la conciencia descubra  su propio centro, su vocación dármica, porque mientras el espíritu evada la propia búsqueda de la misión del ser, el propósito  en nuestro tiempo de vida, estaremos atrapados como una pieza más en los círculos de la gran maquinaria industrial y consumista  que opera a los Estados y las naciones y que se sustenta en la licantropía antropófaga que definió Hobbes, siendo ésta la que da origen al legado de la indiferencia, el ajenamiento, la división de la soledad a la que nos condenó la modernidad y la posguerra, recordando a Jean-Paul Sartre y su célebre frase: "El infierno son los otros".  

Por otra parte, si nos detenemos a observar en profundidad esta relación entre los pueblos y los hombres que es la que da origen al Estado como construcción social, diríamos que la materia desde la cual se proyectan las relaciones es el lenguaje y el símbolo, que se despliega asimismo a través de una infraestructura material "urbe" proyectada también desde la mente, en el espacio y el espectro (éter) y asimismo desde el lenguaje y el signo, hasta llegar a transgredir e irrumpir en la función y la asimilación panteísta de la naturaleza (un aprendizaje orgánico del mundo natural y asimismo de la vida) por un racionalismo consecuente al paisaje urbano. 

Así, podemos reafirmar la realidad como esa telaraña fractal de singularidades, una red material donde se contienen en equilibrio prismático los acuerdos, las aspiraciones, los deseos, las perversiones tanto de lo colectivo como de lo personal, de manera inversa y especular, como si de un gran espejo universal se tratase y junto con todas las limitantes que esto conlleva, Borges, en una de sus ficciones, "Animales en los espejos", nos menciona precisamente acerca de este reino especular: 

En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz, se entraba y salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.

De manera que ese reino especular sería una metáfora que proyecta no solamente una imitación nuestra de lo de afuera, sino una reflexión de la conciencia propia en el mundo de los otros, siendo "el otro" algo que aparentemente está desprendido de mí, pero que está condenado a imitarme, a proyectarme, a repetir lo que soy y viceversa. En donde además estoy obligado a verme y encontrarme con mi reflejo, aun y sobre todo cuando la búsqueda se dirige hacia afuera del cuerpo y no hacia adentro de él. El otro se ve entonces como el reflejo de alguna dimensión de luz, sombra o aspecto sobre nuestra propia conciencia, algo que ésta nos recalca y nos señala, por mucho que nos incomode o le hagamos caso omiso. 

Los indígenas makuna del Vaupés en la Amazonia colombiana, tienen una cosmovisión generada a partir del efecto de reflejo de los ríos afluentes del Amazonas por el que transitan, y que es medio principal de su subsistencia. En la investigación hecha por el antropólogo Kaj Arhem e ilustrada por el fotógrafo y colombiano Diego Samper, Portrait of an Amazonian people, Arhem define la cosmovisión de esta tribu de la siguiente manera:

Un río celestial atraviesa las alturas de este a oeste, que navega el Sol cada día, y otro fluye en dirección contraria por el inframundo, por donde retorna el Sol a oriente completando el circuito cósmico (…). La tierra makuna es plana y circular, como el tiesto de cerámica en que cada mujer prepara diariamente la torta de casabe. Bordeando su mundo hay un círculo de colinas que soporta el cielo y protege sus habitantes. Hay cuatro entradas, en cada uno de los puntos cardinales, y otra al centro que permite el acceso a los diversos niveles del cosmos. Ide sohe, la puerta del agua, está situada al este donde el Sol se levanta cada mañana y donde la tierra se funde con el cielo. Es la fuente de toda vida en la tierra y la boca de Oheng riaka, el río de la leche, que atraviesa la tierra y recoge todas las aguas. Al occidente se encuentra Huna sohe, la puerta del sufrimiento y fin del mundo. Asociada con la muerte y la enfermedad, es la entrada de las fuerzas destructivas del inframundo que periódicamente invaden la tierra. Al norte y al sur se sitúan Warua soheri, las puertas de las costillas, relacionando de modo simbólico el cosmos con el cuerpo humano.

El espejo los dos mundos también forma parte de la interpretación que  los egipcios hicieron del universo, quienes también desde su cosmovisión fluvial, representaban al mundo celestial como un reflejo especular de agua, como podemos encontrar en el texto Cosmología de los textos de las pirámides publicado en la revista Yale Egyptological Studies 3, Religion and Philosophy in Ancient Egypt, en 1989 por el autor James P. Allen:

Hay también partes del cielo asociadas con el agua: tanto el campo de juncos como el campo de ofrendas pueden inundarse, y un pasaje habla de un lago o canal excavado para el rey en el campo de juncos. Numerosos canales y lagos existen también entre estos campos. Uno de esos puede ser la masa de agua llamada “ptrw” o “ptrtj” (“aguas de espejo” – i. e., reflejantes), que está específicamente asociada con el cielo en Pyr. 468 a. Como el cielo puede ser cruzado en barcas y como el Nilo en la tierra, surge de las cavernas.

Así entonces, esta interpretación del mundo de los espejos parte siempre de la condición y la predisposición de la conciencia a identificarse con algo como manera de revelarse a sí misma. Lo cual también se puede ver cómo un juego sucesivo de máscaras y representaciones que probamos hasta sentir que, en el ejercicio hierático, algo de cada máscara nos descubre, tatuando en nosotros; piezas de una y otra que van revelando y constituyendo lo que somos, nuestra conciencia. Serge Moscovici le llamó a esto "representaciones sociales", que en un sentido amplio representan una forma de pensamiento social, concepto que definiría basándose, asimismo, en el término acuñado por Émile Durkeihm de las “representaciones colectivas” . 

Cuando se comprende que en la acción y la situación del otro hay un mensaje, un conjunto de signos por descifrar, unas señales, un grimorio para adentrarse en el conocimiento sobre mí mismo, se percibe toda la existencia en un estado expandido de la experiencia vital.

Desde este punto de vista, la realidad se entiende como construcción mental posibilitada desde la cultura, que a su vez es diseñada y moldeada a través del lenguaje,  revelándose ante nosotros como  una ilusión del tiempo (los horarios, las jornadas, las rutinas) y el espacio (las ciudades, las casas, los paisajes) y así sucesivamente se transita en el espejismo de la vida, puesto que las mismas son ante todo construcciones mentales, socialmente acordadas para configurar lo que ocurre afuera del cuerpo, bajo una noción de orden característica de cada pueblo.

De esa forma, el tiempo y el espacio son extensiones y proyecciones del lenguaje y del pensamiento o, por lo menos, la asociación perceptual que hacemos de estos fenómenos o fuerzas que mueven al universo que nos rodea, que son tan incomprensibles como al mismo tiempo probables, tan demostrables como intangibles, y esto va siempre desde el signo y el símbolo.

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La repetición y el apego pueden considerarse ideas parecidas que, sobre todo, provocan efectos poco deseables para la existencia

Que uno de los componentes fundamentales en el comportamiento del ser humano es la repetición, es un hecho que puede ser al mismo tiempo muy obvio o muy enigmático. Es decir: es más o menos sencillo darnos cuenta de que en nuestra vida diaria procedemos por hábitos, que solemos frecuentar los mismos lugares y a las mismas personas, que comemos más o menos lo mismo siempre, que escuchamos música muy específica y, si comenzamos a poner atención, también advertiremos que en nuestras conversaciones cotidianas e incluso en nuestros pensamientos usamos casi siempre sólo unas cuantas palabras, dispuestas en estructuras sintácticas y gramaticales también de uso frecuente.

La mayoría de nosotros no tiene ningún problema en aceptar que hace más o menos las mismas cosas todos los días (con las variantes propias de la existencia), pero el siguiente paso, preguntarse de dónde viene esa “costumbre” o esa “voluntad” de repetir ciertos actos, ciertas palabras, ciertos pensamientos, suele ser menos transparente para el sujeto. De hecho, es justamente porque las razones y orígenes de la compulsión a la repetición permanecen en una zona desconocida que el sujeto persiste en repetir ciertas conductas.

Y quizá no podría ser de otro modo. En la medida en que nuestra visión del mundo se comienza a formar en una edad en que no somos del todo conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor, o no lo comprendemos a cabalidad sino con los recursos limitados o diferentes de la niñez, sin darnos cuenta vamos adquiriendo representaciones de conceptos muy específicos. Social o convencionalmente todos tenemos una idea vaga o general sobre el significado de la felicidad, por ejemplo, del amor, del placer, una idea que podría compararse a la definición que podemos encontrar en un diccionario y que, entre otros fines, sirve para que al decir “felicidad” hagamos posible el fingimiento mutuo de que “nos entendemos”, que el otro sabe a qué me refiero al decir “felicidad” y que yo sé a qué se refiere el otro cuando igualmente dice “felicidad”.

Sin embargo, si en algún momento de nuestra vida nos tomamos el tiempo de traspasar esa frontera frágil de la generalidad y los convencionalismos, descubriremos que esos conceptos que creemos tan usuales o tan conocidos en realidad están arraigados profundamente en lo que creemos que somos, en nuestra historia de vida, en nuestros “años de aprendizaje” y nuestra “educación sentimental”. Y no sólo eso: sin darnos cuenta, en muchos de esos casos actuamos de tal modo que nuestras decisiones y omisiones están orientadas a “volver a vivir” eso que conocimos. 

Habrá quien haya conocido la felicidad sentado o sentada a la mesa, a la hora de la comida; alguien más, en las aguas de una alberca o en una competencia deportiva; quien en el silencio de una modesta biblioteca familiar, a la sombra de ciertos árboles, en la compañía de cierto tipo de personas… 

Las opciones son innumerables, tanto como las circunstancias que se combinan a lo largo de la vida de una persona, pero en muchos de estos casos se cumple la tendencia a, por así decirlo, buscar el paraíso perdido, a restituirlo, a intentar reencontrar la felicidad alguna vez experimentada (o el amor, el consuelo, el alivio de la soledad, etc.) por la razón que podría entenderse como apego hacia lo conocido y lo familiar y, por consecuencia, miedo a lo desconocido (aunque el fenómeno va más allá de dicha dicotomía, como veremos a continuación).

En esta época existe un discurso más o menos extendido que pregona el desapego como forma de vida, a veces con cierto ánimo moralista que, paralelamente, condena el apego como una actitud abominable. Es posible, en efecto, conceder crédito y razón a la idea del desapego. La doctrina budista y otras filosofías afines dicen la verdad cuando afirman que resistirse a los cambios propios de la existencia –su fugacidad, la transformación permanente de sus circunstancias, la dialéctica del tener y el perder, del comienzo y el fin– sólo engendra dolor y sufrimiento. Querer que todo sea igual ahí donde todo cambia tiene, ya desde la enunciación, algo de absurdo. 

Con todo, en los actos las cosas pueden ser muy distintas. Y quizá es en este punto donde vale la pena detener dicha fiebre de desapego contemporánea para plantear una reflexión muy sencilla: ni para todas las personas es igual de evidente el efecto del apego en su vida, ni todas pueden desapegarse con la misma facilidad de ciertas cosas y, por último, hay elementos de la conformación de lo que somos que van a estar ahí siempre, de los cuales no podremos desapegarnos (acaso porque no lo queremos así) y que, en todo caso, pueden admitir una resignificación en el contexto de nuestra historia de vida y nuestra existencia presente.

En este sentido, no es que la repetición inconsciente o el apego a ciertos patrones elementales sean “buenos” o “malos” por sí mismos. Es posible que alguien haya pasado toda su vida repitiendo la misma escena primigenia que identificó con el concepto de amor, de felicidad o pareja, y que, pese a todos los libros y todos los coloquios que han abordado estos temas, a su manera sea feliz. ¿Y quién podría rebatirle a este sujeto hipotético su propia conciencia de felicidad? ¿Quién puede situarse en la posición de decirle a otros que están equivocados, que no son felices? Los ejemplos abundan en la historia, eso es claro, y culturalmente ha persistido un importantísimo espíritu crítico que, desde distintas disciplinas, nos insta a pensar de otra manera, a actuar de otra manera, a mirar y vivir el mundo de una manera distinta. No menos cierto, sin embargo, es que mientras dicha actitud no nazca del interior del sujeto, mientras una persona no se atreva a dudar de lo que hasta ese momento de su vida ha dado como cierto e irrebatible, hasta que el sujeto no comienza a reflexionar por sí mismo y hacerse ciertas preguntas fundamentales sobre su propia existencia, ni siquiera todos los filósofos del mundo podrán hacer que se atreva a moverse un ápice de las ideas y creencias que cree verdaderas por la sencilla razón de que las cree suyas.

Curiosamente, es la repetición misma (o el apego) la que puede suscitar dicho movimiento. Repetir no es siempre igual de placentero y, de hecho, Jacques Lacan concluyó que la repetición es justamente lo opuesto al placer. Pero entonces, si repetir una escena, una conducta, un patrón mental, no nos causa placer, ¿por qué lo seguimos haciendo? 

Lacan opuso la noción del placer a la de goce y, a partir de esto, señaló que la satisfacción que se produce en la repetición ocurre sólo en el dominio del goce. Esto es: al repetir el sujeto satisface no su propio placer, sino aquello que aprendió a identificar como “lo placentero”; satisface no su propio deseo, sino el deseo de otro que se impuso como un sello sobre su conciencia.

Si, por poner un ejemplo, una persona tuvo una infancia tan protegida que lo hizo temeroso frente a aquello ajeno al espacio familiar, al repetir ese patrón de conducta de miedo satisfará la consigna familiar de mantenerse sólo dentro de los límites de lo seguro y lo permitido; simbólicamente quizá piense incluso, en su inconsciente, que satisface así a sus padres.

El deseo, sin embargo, emerge, y la repetición se revela entonces como en realidad es: insatisfactoria.

¿La repetición es “buena” o “mala”? Mejor que esto, podemos pensar que la repetición o el apego no son deseables cuando mantienen al sujeto en ese estado de insatisfacción constante, cuando le impiden “pasar a otra cosa” en su propia vida. 

A este respecto podríamos imaginar más ejemplos hipotéticos pero prefiero remitirme a Cien años de soledad, la novela de Gabriel García Márquez que a la luz de este tema resulta profundamente elocuente. 

Cien años de soledad suele presentarse como una novela genealógica, la saga un poco fantástica y folclórica de una familia de la Colombia caribeña. Pero esta descripción somera, propia de una reseña simple, puede distraernos de uno de los elementos fundamentales que circulan por la historia, que de hecho hacen de ésta una obra literaria indiscutible y del cual García Márquez fue sumamente explícito: la soledad a la que parecen condenados todos los miembros del clan familiar, que encuentra una expresión muy concreta en la inclinación también aparentemente irremediable que sienten todos hacia el incesto. Esa soledad presente desde el título está, para los Buendía, relacionada estrechamente con el encierro: el encierro del “amor” dentro de la propia familia, el encierro en un mismo pueblo, el encierro en el ciclo absurdo del deshacer para hacer (como los pescaditos de oro que el coronel Aureliano Buendía confecciona con las monedas que recibe por su venta, mismas que vuelve a fundir y convertir en pescaditos, etc.), el encierro de los papeles que todos los Arcadios y todos los Aurelianos parecen obligados a asumir… En pocas palabras: el encierro de la repetición.

Al leer Cien años de soledad y, en especial, al llegar a su última frase (“porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”), más de un lector se habrá quedado con la sensación de que quizá los hechos podrían haber ocurrido de otra forma, que quizá alguno de los Buendía pudo detener ese círculo despiadado de la repetición y, entonces, conjurar esa falsa condena.

Hasta cierto punto, puede decirse que para el ser humano no hay nada escrito. Esta es una afirmación peligrosa que, de entrada, no debe confundirse con una especie de declaración de omnipotencia, con la aseveración tan difundida (y tan equivocada) en nuestra época que nos asegura que el individuo lo puede todo, que su poder basta y sobra para tener la vida que desea. Tampoco se trata de ese candor con que los libros y artículos de autoayuda afirman que es posible “reinventarse” y “comenzar de cero”. Ambos absolutos son falsos: ni es posible hacer tabula rasa con la propia existencia, ni es cierto que exista tal cosa como un destino señalado e inamovible para el ser humano (ni siquiera aquel que él mismo cree que puede conseguir).

¿Cuál es la solución entonces? ¿Por qué podemos decir, como en el caso de los Buendía y acaso incluso al mirar algunos hechos de nuestra propia existencia, que quizá las cosas podrían haber sido de otra manera?

El lugar al que apunta ese condicional hipotético es el lugar preciso en el que detener la repetición significa pasar a otra cosa. Dicho sencillamente, es ese reconocimiento que ocurre en el sujeto cuando se da cuenta de que hacer las cosas de otra manera sí es posible.

James Joyce revolucionó cierto ámbito de los estudios literarios al proponer, en sus Dublineses, la idea de "epifanía" como una revelación súbita que ocurre en el sujeto cuando, de pronto, éste "se da cuenta", vive algo que no había vivido antes (o lo vive de otra forma) y dicha revelación transforma su vida. En los estudios clásicos, por otro lado, se tiene el concepto de "anagnórisis", el cual define el momento de la tragedia en que el héroe entra en conocimiento de un hecho pasado que tiene repercusiones claras y fatales en su presente (puede ser de su propio pasado o del pasado de otros en relación consigo; por ejemplo, Edipo al conocer su filiación).

Guardadas ciertas proporciones, es posible decir que el cese de la repetición llega a presentarse para el sujeto en al menos estas dos formas. Puede ser que un hecho de su vida lo confronte de pronto con la repetición que necesita detener para poder moverse, o puede ser que un examen un tanto más detallado de la historia de la que proviene lo sitúe en ese punto crítico de reconocimiento.

En cualquier caso, el sujeto se da cuenta de que, para pasar a otra cosa, es necesario actuar de otra manera, lo cual tiene a su vez una significación doble: es una manera distinta a la aprendida y, al mismo tiempo y consecuentemente, es la manera que el propio sujeto está encargado de descubrir, proponer, descartar, construir y, acaso, reformular a partir de lo que ya conoce.

Porque a veces eso también pasa (porque ni es posible dejar de repetir todo ni desapegarse de todo): que después de algunas vueltas, después de algunos tropiezos y algunos cuantos descalabros, nos damos cuenta de que la respuesta a una pregunta siempre estuvo ante nuestros ojos, pero era necesario mirarla desde otra perspectiva. Y a veces es necesario comenzar a hacer todo de nuevo. Y la única forma de poder distinguir entre una y otra posibilidad es con el paso por la experiencia.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: El psicoanálisis, ¿una disciplina para aprender a amar?

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Ilustraciones: Luisa Rivera (de su trabajo para la edición conmemorativa de Cien años de soledad publicada por Penguin Random House en España)