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La güera pata de palo: Reflexión de la cinta ‘Amor carnal’/‘The Bad Batch’ (Ana Lily Amirpour, 2017)

Arte

Por: Psicanzuelo - 10/21/2017

Una fábula de las tribulaciones de ser malentendido por su entorno, hasta que uno es forzado a entenderse a sí mismo

Ana Lily Amirpour tuvo un éxito inusitado con su cinta de vampiros iraní Una chica vuelve a casa sola de noche (2014), con una estética pendular entre videoclip dirigido por Roger Ballen para Die Antwoord y versión vampírica de Almereyda en Nadja (producida por David Lynch, 1994), que de por sí contiene referencias a películas sesenteras de vampiros de la Hammer, Jean Rollin, y hasta mexicanas de luchadores. Destacaba por sus juegos de cambio de tono y feminismo, además de su constante tensión creciente de bajo presupuesto. Pues, como suele suceder, le ofrecen pronto una película en Hollywood, con toda la presión que suele traer esta acción, Amirpour no decepciona con su siguiente esfuerzo-largometraje: Amor carnal. De entrada nuevamente un fuerte personaje femenino joven, Arlene, esculpido con fuerza por la actriz Suki Waterhouse, en una cinta donde uno puede sentir el desierto con todas sus texturas bajo el Sol y bajo la Luna, con una fotografía bella pero realista al mismo tiempo. La otra buena decisión que realiza Amirpour es trabajar con Annapurna Pictures, medianamente independiente pero con presencia internacional y calidad constante, con 6 millones de dólares, lo que es de risa para filmar en EEUU para un estudio, pero suficiente para que Amirpour pueda lograr una poética fabula de las que pocas hay hoy, en conjunto con la rama de producción audiovisual de la revista VICE, mucho que ver con el productor independiente de caché Eddy Moretti. Curiosamente se consigue que Keanu Reeves actúe no sé con cuánto dinero, además de contar con la presencia de otro actor de mucho éxito actualmente después de su papel en Game of Thrones: Jason Momoa; hasta Jim Carrey, Giovanni Ribisi y Diego Luna están en el elenco, irreconocibles como el mismo Reeves.

Arlene es introducida a un terreno en el desierto de ¿California o Texas? enrejado, toda la escoria corre en sus praderas, recordando mucho la segunda entrega de Mad Max (George Miller, 1981), pero sobre todo haciendo alusión a la premisa del falso documental Punishment Park (Peter Watkins, 1971). Una película que narraba cómo los jóvenes revolucionarios de varios movimientos pacifistas de los 60 eran perseguidos cruelmente por varios policías en el desierto, como parte de una sociedad en el futuro y su sistema judicial radical. En Amor carnal, es una sociedad de parias, freaks, homeless, todo lo que la sociedad no quiere. Amurallados en el desierto como Trump quiere, la directora deja su comentario social evidente, que la acerca a la ciencia ficción social, como inmigrante de oriente medio.

No pasa mucho tiempo para que Arlene sea capturada por una pareja lésbica “white trash” que se merienda su pierna; ella logra escapar matando a las dos. De ahí en adelante Arlene debe sobrevivir bajo los inclementes rayos del Sol, las noches frías y varias tribus nómadas. La ayuda un ermitaño, interpretado por un irreconocible Jim Carrey, es fundamental para que ella sobreviva y encuentre su prótesis y su nueva personalidad. Pronto aparece la tribu que se ha vuelto la clase social alta del desierto, comandada por un mesías del confort, interpretado por otro irreconocible Keanu Reeves que usa múltiples mujeres bellas como guardaespaldas, que traen una frase impresa en sus playeras de uniforme que dice: “El sueño está dentro de mí”. El mesías organiza fiestas electrónicas nocturnas, parecidas al festival Burning Man, donde se habla del sueño, de soñar el sueño siendo el poder de la tribu; claramente, los controla mentalmente como gurú, como si fuera su sueño; las drogas sintéticas son el soma de ese mundo feliz.

Por otro lado, su antítesis, algo cavernícola y salvaje resulta ser El Hombre de Miami (Jason Momoa) que lleva una especie de gimnasio al aire libre tipo barrio bajo, donde la arena y el sudor le brindan una apariencia específica a la escena por donde se filtran varios momentos de los años 80. El hombre de Miami, con una estampa que recuerda a Conan el destructor (John Milius, 1982), parece entender a Arlene más de lo que ella logra entenderse a sí misma. Miel (Jayda Fink) es una pequeña niña graciosa que tiene un conejo como fiel mascota y que resulta, más bien, ser una prolongación de la inocencia de Arlene. Finalmente El Hombre de Miami le ayuda a tomar esa inocencia aunque curtida, siendo él mismo un caníbal regenerado.

Amirpour no duda ni siquiera un segundo en cada corte, hilvanando la cámara sobre un suave dolly que brinda a los ambientes esa magia que se respira en el desierto, como proyección del individuo, con otras cámaras lentas expresivas de gestos, y cortes directos muy abiertos que nos enfrían por medio de aplicar geometría en la composición de los objetos, lugares y movimientos lejanos.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

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Jack Kerouac sobre el silencio diamante que nos recuerda que todos somos budas

Arte

Por: pijamasurf - 10/21/2017

Esto es lo que le dijo el silencio del desierto a Kerouac

En Los vagabundos del dharma, una de las grandes novelas del movimiento beat, Jack Kerouac introduce una particular veta del budismo a la cultura estadounidense del jazz y el blues, la marihuana y el whisky, los aventones, el camping en montañas desoladas y una incipiente libertad sexual. Esto ocurría en la década de los 50. El budismo que Kerouac celebra es el de los "lunáticos zen de China y Japón", grandes maestros que vagaban por las montañas, viviendo en la naturaleza, sin necesidad de la sociedad, libres de convenciones y preocupaciones, a veces bebiendo vino, a veces simplemente contemplando la Luna y la primavera. Una veta que luego Trungpa Rinpoche introduciría en Estados Unidos como "crazy wisdom" ("sabiduría demente"). Kerouac amaba acampar en la naturaleza, escalar montañas y meditar o rezar. En Los vagabundos del dharma escribe memorablemente, después de "meditar y llorar":

No hay un sueño como el de una noche de invierno en el desierto. El silencio es tan intenso que puedes escuchar tu propia sangre rugir en los oídos sólo que mucho más fuerte es el misterioso rugido de lo que siempre he identificado como el rugido de la sabiduría diamante, el misterioso rugido del silencio en sí mismo, que es un gran Shhhh que te recuerda algo que parece que has olvidado en el estrés de los días que han pasado desde que naciste. Me gustaría explicarlo a aquellos que amo, a mi madre, a Japhy, pero no hay palabras para describir la nada y la pureza [de ese silencio]. "¿Hay una enseñanza certera y definitiva que otorgar a los seres vivos?". Esa fue la pregunta que se le hizo probablemente al lanudo anciando Dipankara, y su respuesta fue el silencio estruendoso del diamante.

Eso que hay que recordar, esa sabiduría diamante que está en el silencio es sin duda la propia naturaleza búdica, el postulado fundamental del budismo mahayana, al cual pertenece el zen. Todos los seres en su naturaleza más básica son budas, sólo que por oscurecimientos propios de la rueda del sufrimiento (el estrés del samsara) han olvidado esta naturaleza prístina, acaso como el vidrio de una ventana se ensucia con el tiempo o como la superficie de un espejo. Lo único que es necesario, a fin de cuentas, es recordar eso siempre, purificar la mente, y todas las cosas serán vistas como en realidad son: libres, perfectas, iluminadas.

El diamante (vajra, en sánscrito) es el símbolo del dharma indestructible o eterno y de aquello indestructible en los seres vivientes, esto es, la naturaleza búdica o tathagatagarbha.

Dipankara es uno de los budas que antecedieron a Gautama Buda, según la tradición budista. Su silencio recuerda el silencio de Gautama en el momento fundacional del zen en el que Mahakashyapa obtuvo la iluminación simplemente compartiendo el silencio del Buda. El silencio es el emblema de la verdad, puesto que ésta es inefable, no puede limitarse en palabras; sólo puede experimentarse en silencio.

Ante una asamblea de 80 mil monjes en el monte Grdhrakuta [monte Buitre], el Buda sostuvo una flor en su mano y guiñó el ojo. Nadie en la asamblea entendió lo que estaba haciendo, y permanecieron en silencio. Mahakashyapa sonrió... El Buda sostuvo una flor y mostró que no estaba cambiando. Mahakashyapa sonrió para mostrar que era eterna. De esta forma Shakyamuni y Mahakashyapa se conocieron y sus pulsos se entremezclaron. El entendimiento perfecto y puro no involucra la mente que discrimina, así Mahakashyapa se sentó en meditación y cortó la raíz del pensamiento. 

 

Aquí la historia completa del origen del zen: el silencio, la flor y la sonrisa