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Recordemos siempre la muerte, el misterio y el asombro; ese es el supremo bien

La gnosis abraza el peligro de la transformación mientras que el estado inferior le rehuye.

David Chaim Smith, Kabbalistic Mirror of Genesis

Let all compounds be dissolved.

Francis Bacon

 

Tanto Platón como Aristóteles escribieron que la filosofía nace de la capacidad de asombro (thaumazein) del ser humano. Esta capacidad de asombro, para estar entonada con la vida filosófica debe renovarse constantemente, debe ser capaz de indagar el misterio y ser sensible al cambio. Para el ser humano es confrontar la muerte, lo que más íntimamente lo acerca al misterio y a la transformación. Por ello Platón escribió en El Fedón que lo que define a los filósofos es que  "se ejercitan para morir"; la filosofía es fundamentalmente un entrenamiento para la muerte. Sócrates, el filósofo que prefirió morir a traicionar la virtud de su conciencia, dice allí: "¿No sería absurdo que un hombre que ha pasado toda la vida alistándose para vivir en un estado tan cercano a la muerte, se viera perturbado cuando la muerte llega a él?".

La filosofía occidental nos dice que la muerte es lo que hace al filósofo, tanto en el sentido de que al morir, en la visión platónica, el filósofo, habiendo cultivado la virtud y el discernimiento, debe ser capaz de separar lo puro de lo impuro y emprender el vuelo del alma, como también en el sentido de que es pensar en la mortalidad lo que genera una conciencia filosófica, una forma de vivir que se basa en lo esencial, que se dirige a aquello que realmente importa y que permite por lo tanto trascender un estado más bajo e inconsciente de existencia. Vivir con la muerte en la mente es la forma en la que ese asombro (thaumazein) se mantiene vivo; paradójicamente, es mirar hacia el abismo de la muerte lo que mantiene encendida, por así decirlo, la llama de la vida, de una vida con significado, de una vida apasionada. Recordar que vamos a morir, que podemos morir en cualquier momento, que nuestros seres queridos morirán y que todo lo compuesto está por desvanecerse es la mejor motivación que tiene el ser humano. 

En la filosofía budista, el camino de la práctica hacia el despertar comienza fundamentalmente sosteniendo el pensamiento de la muerte, de la impermanencia de todos los seres y todas las cosas compuestas. En algunos casos los monjes no sólo se recuerdan la fragilidad de su existencia, incluso realizan meditaciones sumamente explícitas, contemplando cadáveres o imágenes de cadáveres, o imaginando la putrefacción del cuerpo y los órganos y entrañas en estados de descomposición y demás imágenes viscerales, las cuales buscan ser un llamado impostergable a la práctica del dharma, esto es, la filosofía, el correcto proceder que conduce a la virtud y al aprovechamiento de lo que se conoce como la "preciosa vida humana". El Buda enseñó que la vida humana es un acontecimiento sumamente raro y prodigioso, cuyo desperdicio no logramos dimensionar. Esta feliz conjunción de causas y condiciones que es la vida humana, dice el Buda en los sutras, es similar al siguiente símil: Imagina que un hombre arroja un madero con un agujero redondo al océano. Imagina también que hubiera una tortuga ciega que saliera a la suprerficie del mar cada 100 años. ¿Cuáles son las probabilidades de que la tortuga introduzca su cabeza por el palo con un agujero en forma de anilla? Algo tan raro es la vida humana que tienes.

La práctica preliminar de diferentes vehículos budistas se conoce como "los cuatro pensamientos que llevan al dharma". Entre ellos se encuentra meditar sobra la preciosa vida humana y sobre la muerte o impermanencia; los otros dos son el karma (o el hecho de que nuestros actos y pensamientos tienen consecuencias) y las imperfecciones del samsara (la existencia cíclica en la cual el sufrimiento es la norma). “Si no piensas en la muerte y en la impermanencia, la conciencia de que no hay tiempo que gastar no surgirá en tu flujo mental, y sucumbirás ante la lasitud y la pereza, sin contemplar el dharma”, dice Padmasambhava, el gran maestro del budismo tibetano. Jamgon Köngtrul, el gran enciclopedista del Tíbet, tiene estos versos sobre la meditación de la muerte:

El universo, este mundo externo,

Será destruido por el fuego y el agua.

Las cuatro estaciones, meros momentos, vienen y van.

Todo es impermanente, sujeto a los cuatro fines.

 

Nunca ha habido una persona que no haya muerto.

La vida y el aliento son como el rayo y el rocío.

Ni siquiera es seguro cual vendrá antes,

mañana o el siguiente mundo.

 

Si sólo pienso en el dharma pero no lo practico,

los demonios de la distracción y la pereza me aplastarán.

Ya que me iré de este mundo desnudo y sin posesiones

debo practicar el supremo dharma sin retraso.

Aunque para los budistas el dharma tiene un sentido muy claro ligado a la práctica de un sistema de conocimiento que lleva a trascender el estado de sufrimiento que caracteriza a este mundo impermanente, conocido como samsara (en otras palabras, se piensa en la muerte para ir más allá de la muerte), esta palabra (dharma) la podemos también entender como el propósito o sentido de nuestra vida, el cual no debemos de nunca perder de vista. El memento mori, el recuerdo de la muerte como posibilidad inminente, es un llamado a ir a la esencia, a no procrastinar y caer en la cómoda lasitud e indiferencia que caracteriza a la vida moderna. Ya sea que pensemos que la vida es la insuperable oportunidad de buscar la liberación o trascendencia o ya sea que pensemos que la vida es única y que no volveremos a estar en este mundo (que nos volveremos nada, polvo, materia inerte), de cualquier manera la muerte nos recuerda que este momento presente es lo único real que tenemos y por ello tiene un valor incuantificable. Pasar la vida buscando solamente entretenernos, distrayéndonos viendo televisión o posteando cosas en redes sociales, o apilando posesiones materiales, es francamente una estupidez -la más crasa ignorancia que traiciona el potencial y la belleza de nuestra humanidad. Lamentablemente, la vida moderna parece sistemáticamente diseñada para que no nos inmutemos demasiado y no pensemos en nuestra muerte y en la urgencia en la que vivimos (el Buda describió este mundo como un incendio, todas las cosas arden y nosotros no nos percatamos y no hacemos nada para escapar este destino). Como dice Sogyal Rinpoche: "La pereza occidental consiste en retacar nuestras vidas de actividad compulsiva para que no haya tiempo de enfrentar lo importante". Lo que predomina son estímulos insignificantes y una especie de urgencia de producir y consumir que nos hace creer que no tenemos tiempo para reflexionar, para contemplar la nada, el vacío, para estar en silencio, para preguntarnos quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos, y todo eso que realmente importa.

Rilke escribió en Las elegías de Duino: "Morir es trabajo duro y está lleno de recogimiento antes de que uno pueda gradualmente sentir un trazo de la eternidad". Si aspiramos a la eternidad, a la belleza que es el reflejo mundano de la eternidad, o por lo menos a una vida con significado, a la intensidad y a la plenitud, a una vida llena de Eros y Tánatos, de sangre y luz, debemos ser capaces de retraernos del automatismo hedonista inane del tren existencial cotidiano y cuestionar seriamente lo que estamos haciendo con nuestro tiempo. Existe un deseo profundamente humano evolutivo de transformarnos hacia un ideal sublime, hacia nuestro más alto potencial, hacia la más lúcida expresión del ser, hacia el máximo bien, y para esto resulta difícil encontrar algo más poderoso que pensar todos los días que la muerte es inminente y con ella se presenta la posibilidad de que todos nuestros deseos más sinceros y sublimes se reduzcan a nada, queden sepultados o al menos se vean seriamente impedidos. Al mismo tiempo, también hay que considerar que la muerte nos ofrece el misterio de la transformación en su más alta posibilidad: el umbral en el cual quizás finalmente sepamos quiénes somos. Pero esa transformación misteriosa no será un salto abrupto, sino la consecuencia y maduración de las transformaciones constantes que hemos vivido. La muerte no es una isla al final, sino que es el proceso continuo de la existencia, realidad cotidiana, de la misma manera que la creación y el nacimiento son presencia perpetua. Así, la muerte se puede entender como "la ultima mutación [en una serie de mutaciones] por medio de la cual se perfecciona lo noble que se extrae del microcosmos”. Est mutatio ultima qua perfictur nobile ilud extractum microcosmi, la bella definición de la muerte de  Sir Thomas Browne. La muerte como posibilidad de perfeccionamiento, de lo más noble que hay en nosotros, pero no sólo en ulterioridad y trascendencia, sino como inmanencia de siembra. El gran poeta santo Kabir dijo mejor lo que he querido decir en este artículo:

Lo que llamas la "salvación" pertenece al tiempo antes de la muerte.

Si no te liberas de tus cadenas mientras estás vivo, 

¿crees que fantasmas lo harán por ti después?

La idea de que el alma se unirá a lo divino

Sólo porque el cuerpo se descompone-

eso es mera fantasía.

Lo que se encuentra ahora se encontrará entonces.

Si no encuentras nada ahora, 

simplemente te despertarás en un apartamento vacío

en la ciudad de la muerte...

 

Twitter del autor: @alepholo

Ometeotl: Una interpretación filosófica sobre la divinidad polar trinitaria del México antiguo

AlterCultura

Por: Juan Phoenix - 09/24/2017

En un intento por rescatar el simbolismo cosmogónico del ancestral pueblo de Anáhuac (hoy conocido como México), expondremos una interpretación más cercana a la filosofía de los anahuacas

¿Qué forma tendrán nuestros rostros en la casa del misterio? ¿Es aquello real o acaso no lo es? ¿Quién puede, de cierto, definir la verdad? El Dador de Vida se muestra impenetrable.

Cantares de los Señores

Y quisiera alegrar al desventurado fauno, que yace allí bajo la tierra dormida.

W. B. Yeats

En un intento por rescatar el simbolismo cosmogónico del ancestral pueblo de Anáhuac (hoy conocido como México), expondremos una interpretación más cercana a la filosofía de los anahuacas, pues debido a la confusión producto de la imposición cultural y religiosa, así como las dificultades propias de adaptar términos de una lengua profundamente ligada a un pensamiento filosófico tan distinto al europeo, propician que surjan interpretaciones erróneas o superficiales, que carecen del significado trascendental en que su lengua madre los concibió.

El significado tradicional que actualmente se atribuye al término Ometeotl puede generalizarse como: "Divino Señor de la Dualidad", lo cual dista bastante de la visión que tenían de Ometeotl los pobladores del antiguo territorio de México, pues el término Ometeotl es una expresión para designar una rica filosofía producto de un pueblo culto con un pensamiento metafísico altamente sofisticado que representaba como divinidades de su panteón. Para adentrarnos al conocimiento detrás de este término primero es necesario conocer el origen de la palabra, así como clarificar las confusiones interpretativas que han surgido en su estudio.

Según nos dicta la etimología, el termino Ometeotl está compuesto por:

"ON" (prefijo reverencial) + "E" (tres) + "OME" (dos) + "TEOTL" (divino)

La partícula "On" significa unidad, Por su parte, la raíz "E" significa tres; cuando se unen, ambos elementos componen el número "Ome", dos. A su vez, cuando el número "Ome" se une con otro término, pierde la desinencia "E" (salvo excepción), como en "Ome" (dos) + "Teotl " (divino) = "Onteotl" (divina dualidad); sin embargo, el componente “Ome” del nombre de Ometeotl no se refiere al número 2, sino a la composición "Om-E", (respetable 3). De ahí que el informante mexica que asesoró la confección del Códice Vaticano lo tradujera como "Señor de Tres Dignidades" (Om, "digno" + E, "tres" + Teotl, "divino"), por lo que la traducción más acertada seria:

Ometeotl: Divina Uni-Dual-Trinidad. Ometeotl es único en esencia, triple en acción y dual en manifestación.

Este detalle no lo tuvo en cuenta el padre Garibay Kinana, quien en la década de 1940 lo dio a conocer cuando tradujo los cantos mexicas, traduciéndolo como “dios dual”, y tampoco los miembros de la llamada "mexicanidad" que, a fines del siglo pasado, tomaron el nombre de Ometeotl de las obras de Kintana y Portilla, con todo y traducción.

Omeyocan: este es como si dijésemos la 'Causa Primera', por otro nombre llamado Ometeotl, que es tanto como 'Señor de Tres Dignidades'.

(Códice Vaticano 3738, única fuente conservada que explica el termino como “Señor de Tres Dignidades”)

Todos estos detalles aunados a la idea del “dualismo” del cristianismo occidental moderno, como un concepto moral de "el bien" y "el mal", condujeron al entendimiento erróneo de Ometeotl como personificación de la toxica idea dualista del cristianismo moderno (hago énfasis en el término “moderno”, pues la doctrina del cristianismo ha sido tan deliberadamente manipulada y alterada que el cristianismo moderno puede considerarse una fragmentación adulterada del cristianismo original primitivo; todo parece indicar que la idea de dualidad no existía en el cristianismo original, esta idea fue posteriormente adoptada de la antigua religión zoroástrica).

Ometeotl no tenía templos; era, pues, casi desconocido por el pueblo común, pero muy nombrado en los poemas de las clases altas, pues aparece en las Antiguas Palabras y en los Cantares de los Señores, que son documentos más bien filosóficos, y ahí es donde yace la clave para entender la profundidad del término.

El principio de la tríada se puede encontrar en muchas religiones trinitarias, y en diversas escuelas filosóficas y/o esotéricas, como la de los egipcios, los hindúes o la propuesta teológica de la Santísima Trinidad de los cristianos; también encontramos la triple gema del budismo, o los tres principios de la alquimia; en esencia todos representan lo mismo, pero cada uno manifiesta una visión única propia de sus creencias, cultura y su facultad de percibir al mundo a su propia manera.

Ometeotl, en la ideología tolteca, viene a encarnar:

  • 1- El principio creador y sustentador del Universo. 

  • 2- La conciliación de las polaridades, es decir, de todo lo manifestado (Tonal) y todo lo oculto 
(Nagual), para armonizar los opuestos complementarios hacia un fin superior. 

  • 3- La personificación del proceso perceptual. 


La energía no se crea ni se destruye, esta propiedad energética del universo recibe el nombre de “Senteotl” de raíz “Sentli” (unidad, maíz) + “Teotl” (divino) = “divina unidad” o “divina semilla”. El término se refiere a la unidad filosófica, pero también al "alimento divino", que es la energía vital.

A fin de crear el mundo, Senteotl se manifiesta como Ometeotl. Ometeotl es el creador del espacio-tiempo; se manifiesta como una multitud de “dioses”, que en verdad son personificaciones de las fuerzas de la naturaleza, proyectadas por la psique humana.

Ometeotl es aquello que algunos han llamado “Dios” en su aspecto más elevado, no siendo, en el sentido estricto de la palabra un «ser», ya que, siendo autocontenido y autosuficiente, no puede ser limitado por la propia existencia, que limita a todos los seres. Todo proviene de Ometeotl y todo regresa a Ometeotl; es, pues, el equivalente de lo que los judíos denominan Ein Sof.

Ometeotl es un potencial de acción, pues lo divino es una propuesta de acción. Lo de Uni-Dual-Trinidad es el intento de conciliar nuestras polaridades; los antiguos mexicanos no eran dualistas, sino polaristas, pues la doctrina de la dualidad supone que hay dos entidades o fuerzas distintas en el universo, mientras que la doctrina de la polaridad afirma que hay una sola con dos polos o manifestaciones. La polaridad es complementaria y armónica; la dualidad es excluyente.

Esta unidad creadora, de quien todo lo creado emana y se manifestó a través de Ometeotl, se desdoblaba como fuerzas naturales que interactuaban con el mundo físico (Tonal) y con lo impalpable (Nahual) y así se manifestaba el principio de polaridad/complementariedad latente en todo lo creado; a este principio lo llamaron OMETEOTL.

En cuanto a su cualidad trinitaria, el tres refleja el proceso del acto perceptual, compuesto de un sujeto, un objeto y una relación. La triple naturaleza de la percepción, es decir, sensación, selección-interpretación y la facultad volitiva creadora y consciente del acto mismo de percibir. Sintetiza entonces la conciencia, la voluntad y la capacidad creadora del ser humano.

A Ometeotl se le representaba con el emblema del triángulo con un nudo u ojo en el centro, o bien con tres ojos. Aquí algunas imágenes tomadas de vasos teotihuacanos, pues el concepto de la fusión de la polaridad en la trinidad existe en Anáhuac desde la época olmeca.

Imagen del Templo de la Agricultura, Teotihuacán: dos grupos de nueve pirámides organizadas en tres paquetes cada uno, sintetizados por el glifo "cielo emplumado o precioso", símbolo de Ometeotl. Obsérvese que las escaleras de las pirámides son similares a cadenas de ADN, en tanto sus santuarios están formados por el glifo de los triángulos cruzados, emblema de los ciclos de tiempo. Debajo, nubes con "perros-naguales" que transportan semillas. El conjunto de estos símbolos son representaciones de un pensamiento de tipo evolucionista.

 

En el libro titulado Kinam: El poder del equilibrio, del investigador antropológico Frank Diaz, leemos:

Una de las ideas básicas de la cosmogonía tolteca es que las cosas no salieron “de la nada”, sino que fueron paulatinamente evolucionadas por Ometeotl a través de sus poderes auxiliares: las fuerzas y leyes de la naturaleza. Dicho en otros términos, la creación era para ellos un proceso continuo, que va de la oscuridad a la luz (Tlilli-Tlapalli), a través del progresivo despertar de la conciencia. Consideraban que este proceso es tan universal, que ocurre incluso en términos biológicos. Los mesoamericanos fueron  probablemente el único pueblo del mundo antiguo que tuvo creencias evolucionistas, en un sentido afín a lo que ha descubierto la ciencia.

Veamos, por ejemplo, la siguiente cita del Popol Vuh sobre la humanidad que nos antecedió en la Tierra:

Dicen que la descendencia de aquellos hombres son los monos que ahora existen en los bosques. Por esta razón el mono se parece al hombre: es la muestra de una generación creada.

(Popol Vuh I.IV)

El concepto tolteca de la evolución recibía el nombre de senkawa, un movimiento que tiende a la perfección, donde la raíz sen, uno, indica que esa perfección se concebía como un retorno a la unidad. Según esta idea, la evolución del primate no termina en el hombre, sino que va más allá, hasta el plano de existencia de los “dioses”, e incluso sigue ascendiendo, gracias a la toma de conciencia de las “serpientes emplumadas”, hasta integrarse de nuevo en Ometeotl.

Ahora bien, es evidente que tenemos órganos de percepción, ojos, oídos, gusto, tacto y olfato... Entonces, probablemente, este sistema de percepción ha sido diseñado  para recibir información. Si es así, es razonable suponer que la información existe. Si existe información, probablemente pertenece a algo, pero he aquí donde surge una de las mayores trampas perceptuales en las que cae el ser humano, y que Frank Diaz expresa a su propia manera:

Como la mente del primate ve objetos, cree que la totalidad es igual a la suma de sus componentes. La mente del primate razona que, si cada objeto tuvo una causa, la Totalidad también tiene que tenerla. Tal es el origen de las religiones teístas y de la ciencia materialista. La mente del primate está bien para el primate, pero no para quienes tratamos de trascender nuestra herencia animal. Si queremos entender cómo funciona el universo, cómo llegamos a existir y cuál es nuestro propósito en la vida, necesitamos una mente nueva, una mente capaz de ABSTRAER. La razón es un medio, no un fin; el fin es el conocimiento de la realidad.

El semántico Alfred Korzybski denominó "conciencia de abstracción” al conocimiento del mecanismo generalmente inconsciente mediante el cual cada uno de nosotros hace el mundo a su propia imagen.

La filosofía detrás del concepto de Ometeotl es muy profunda y nos propone la idea de que tal vez el mundo sólo sea un medio para un fin más alto y el cuerpo una herramienta que puede utilizarse para lograrlo; tal vez algo misterioso en el espacio-tiempo decidió retornar al origen, pero con la ganancia de la conciencia de sí, ya que “Moyocoyani”, aquel que se inventa a sí mismo, es otro de los múltiples nombres con que se conoce a Ometeotl.

Aunque la energía está más allá de descripción y entendimiento, es posible percibirla e interactuar con ella a través de sus infinitas manifestaciones. La evolución natural tiene límites. Toda forma de percepción es limitada. Por ello, todo entendimiento de la realidad es imperfecto y perfectible. Nuestra única posibilidad de trascendencia consiste en intentar deliberadamente el acrecentamiento de la percepción, tal propósito nos impulsa a evolucionar, es decir, a acrecentar nuestras capacidades perceptivas. La experiencia máxima consiste en diluir el condicionamiento perceptual propio de nuestra especie y fundir la propia conciencia con el aspecto consciente de la energía cósmica, haciéndonos canal de su triple naturaleza.  

La cita anterior pertenece a Frank Diaz, que por exponer sus ideas e investigaciones ha sido difamado, ignorado y ridiculizado no sólo por la comunidad antropológica sino por todo tipo de personas conservadoras, acusándolo de pertenecer a la corriente new age, siendo que Frank es poseedor de un pensamiento altamente crítico; además de experto en el sistema calendárico mesoamericano basa sus teorías en el estudio de fuentes primarias, el dominio de la lengua náhuatl, así como en prácticas de descondicionamiento de la percepción, pero sobre todo con su compromiso con el estudio formal y difusión del pensamiento de Anáhuac.

Nota: las ideas aquí expuestas son producto del estudio del trabajo académico de Frank Diaz. Para los interesados en la filosofía mexica interpretada por Frank, aquí pueden ver un muy interesante video: La filosofía tolteca.