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11 hábitos que están arruinando tus fines de semana

Sociedad

Por: pijamasurf - 09/04/2017

¿Aprovechas tu tiempo o dejas que alguien más lo use por ti?

Para muchos de nosotros, probablemente la mayoría, el fin de semana representa una especie de liberación. O al menos así es como se experimenta. Como si sólo durante la tarde o noche del viernes, el sábado y el domingo pudiéramos hacer lo que realmente queremos. Dicho de otra forma: como si el resto de la semana (la llamada “semana laboral”) estuviéramos obligados a vivir una vida distinta a nuestros verdaderos deseos.

¿Pero es este un dilema auténtico, o es sólo otro de esos mandatos que seguimos sin saber bien por qué o desde qué momento comenzamos a obedecerlos? ¿Quién nos dice que el fin de semana lo único que debe hacerse es salir de fiesta, ir a los centros comerciales a comprar cosas que no necesitamos, o mirar decenas de capítulos de una misma serie? ¿Y es esto lo que de verdad queremos?

A continuación compartimos 11 hábitos que harías bien en intentar evitar los fines de semana, no porque estos no sean días de descanso o liberación sino, sobre todo, porque son momentos perfectos para darte cuenta de que el tiempo es una noción abstracta que adquiere realidad plena cuando tomamos conciencia del uso que le damos.

 

No frecuentar a tus seres queridos

¿A cuántas personas has dejado de ver porque “nunca tienes tiempo”? Sin caer en el cliché, lo cierto es que los fines de semana son oportunidades excelentes para pasar los días con aquellos que queremos y nos quieren. Las relaciones de afecto y amistad necesitan del cuidado y, a veces, la constancia. ¿Qué mejor que gastar el tiempo con nuestros amigos, nuestra familia y, en general, con aquellos cuya compañía nos place?

 

Estresarte

Si el trabajo es la fuente de tus preocupaciones, ¿no significaría eso que los fines de semana tendrían que estar libres de estrés? Si no es así, entonces quizá valga la pena que te preguntes de dónde surge realmente la tensión, el enojo y otras emociones afines que también te asaltan cuando se supone que estás “descansando”.

 

Gastar muchísimo dinero

Para muchos, el fin de semana supone sobre todo días de gasto. En la fiesta, en los centros comerciales, en actividades de entretenimiento… Tal pareciera que el único objetivo de los días sin trabajo es gastar todo lo que se ganó en el trabajo. Como si no costara mucho ganar eso mismo.

 

Tomar decisiones poco saludables

En consonancia con lo anterior, el sentimiento de libertad que a veces caracteriza a los fines de semana lleva a algunos a excederse, no sólo con el dinero, sino también con su salud. Como si se tratase de días de excepción, hay quienes beben o comen muchísimo, o que creen que el fin de semana es día en que no es necesario ejercitarse.

 

No dejar de trabajar

En nuestro tiempo, pareciera que el trabajo no tiene límites. Nosotros mismos nos hemos autoimpuesto una condena de productividad que nos ha llevado a sentirnos mal con nosotros mismos cuando no estamos trabajando. La idea del ocio, del “no hacer” como dictan los budistas, tiene algo de intolerable para quienes creen que todo el valor de su existencia se concentra en trabajar –cuando lo cierto es que las cualidades del ser humano van más allá de un solo aspecto.

 

O… no pensar más que en trabajo

Hay quienes pueden no estar trabajando y, sin embargo, no salir del trabajo. Sus conversaciones, sus pensamientos, sus preocupaciones, sus planes: todo está dirigido a la labor que desempeñan entre semana. ¿Y si por un momento pudieras poner atención a otra cosa? Digamos… ¿lo que sucede en tu presente?

 

Ser perezoso

Los fines de semana pueden verse como días de descanso, en efecto, pero quizá no de inactividad. Puedes pasar todo el fin de semana tumbado en tu sillón mirando series o películas, o puedes aprovechar el tiempo para emprender un proyecto personal: hacer un mueble, arreglar tu jardín, echar a andar un negocio con tus amigos… Lo que sea que contribuya a tu bienestar, no que lo frene (como la pereza).

 

No desconectarse

Sabemos que, ahora, los dispositivos de comunicación portátiles nos permiten una conexión 24/7. ¿Pero qué tan necesario es esto? ¿Qué tal si al menos un día “desconectas” ese hábito que también implica productividad y consumo?

 

No aventurarse

¿Por qué llevar al fin de semana la monotonía de la semana laboral? ¿Por qué no aventurarse a algo desconocido? Algo desaforado quizá, pero también, más modestamente, algo que te saque de tu zona de confort. Algo nuevo, fuera de lo habitual.

 

No hacer planes

¿Qué vas a hacer el próximo fin de semana? Si no puedes responder esta pregunta es posible que termines frustrado porque, otra vez, no encontraste tiempo para hacer lo que llevas tanto posponiendo –visitar un lugar, terminar de leer un libro, ver al amigo que tanto te busca. Planear, así sea mínimamente, permite reducir la brecha de esa frustración y, a cambio, aumentar el tiempo dedicado a lo que sí nos importa.

 

No cuidar tu tiempo

De todo esto se deriva una sola conclusión: cuida tu tiempo, aprovéchalo de la mejor forma posible y a tu favor siempre que puedas. Si no cuidas tu propio tiempo, alguien más lo usará por ti. Carpe diem.

 

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Sociedad

Por: PijamaSurf - 09/04/2017

Eberhart explica que durante los 9 meses que pasó caminando, “experimentó un despertar religioso” pese a que su fe se desvaneció momentáneamente al pasar por las frías y nubosas montañas

Meredith Eberhart, autonombrado Nimblewill Nomad, nació en el pequeño pueblo de Ozarks, en EE.UU., de tan sólo 336 habitantes. Su infancia la pasó corriendo, cabalgando, pescando y cazando codornices en las cercanías de los bosques. Su padre fue el médico del pueblo y él siguió sus pasos: estudió en una escuela de optometría. Se casó y tuvo dos hijos. Con su familia vivió en Titusville, en Florida, conocida también como la “Ciudad del Espacio”, en donde se desempeñó como médico en un nicho de mercado de científicos provenientes de la NASA. Su vida pasó sin muchas sorpresas ni eventos extraordinarios, provocando en él tanto el sentimiento de comodidad y goce al ayudar a otros como el de ser capaz de proveer a su familia. Sin embargo, algo no se sentía correcto, pleno.

Cuando se retiró en 1993 empezaron 5 años borrosos de peleas con su esposa, por lo que comenzó a pasar más tiempo a solas en un terreno a lado del arroyo Nimblewill, en Georgia. Su nueva casa, cerca de las faldas de la montaña Springer, se convirtió en una guarida que visitaba después de largas horas de caminatas. Empezó sistemáticamente caminando pequeñas secciones del tren Appalachian, hasta alcanzar el estado de Pensilvania. Después, en 1998, cuando tenía 60 años, decidió comenzar su primera “odisea”: una caminata de 7,081 km desde Florida hasta Cabo Gaspé en Québec, Canadá, a lo largo de senderos, vida salvaje y carreteras.

Podría decirse que ahí empezó su verdadero viaje y de ahí, los verdaderos aprendizajes de la vida: Eberhart, cuyo abuelo y padre fallecieron en el bosque, aprendió a liberarse del miedo a la muerte. Se le diagnosticó una enfermedad cardiovascular poco antes de emprender los cada vez más lejanos viajes; y en vez de seguir con las recomendaciones de los doctores de tener una vida en la tranquilidad de un hogar, él comenzó su camino hacia Canadá a través de los pantanos de Florida, caminando hacia el norte por los senderos inundados en donde las aguas oscuras y reptilianas a veces le llegaban hasta los tobillos. Se desprendió de los miedos, de sus uñas de los pies y poco a poco de sus pertenencias.

Eberhart explica que durante los 9 meses que pasó caminando, “experimentó un despertar religioso” pese a que su fe se desvaneció momentáneamente al pasar por las frías y nubosas montañas. Se preguntaba “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, mientras era testigo de cómo estaba cada vez más oscuro y gélido en Mont Jacques Cartier. No obstante, una lluvia le permitió alcanzar la cima de una montaña con nieve, en donde se sentó y gozó de la “cálida presencia del Dios que todo lo perdona”.

Cuando regresó a Florida se encontraba en un estado mental de trascendencia, en un “estado de ánimo de total, absoluta y perfecta felicidad, casi cercana al nirvana”. Dejó de bañarse y cortarse el cabello; se desprendió de sus posesiones y en cuestión de 3 días quemó casi todos los libros que recolectó en toda su vida, uno por uno, en un depósito en su jardín; se divorció y cedió su hogar y sus bienes económicos a su exesposa e hijos. Comenzó a vivir tan sólo de los cheques de la seguridad social, y en caso de que se acabaran antes de fin de mes, decidía pasar hambre. Fue ahí en donde encontró la verdadera libertad para él mismo: “Es como si con cada paso que diera, el peso fuera lenta pero exitosamente yéndose de mi cuerpo, por ahí, en el camino, debajo de mis pies y las huellas que dejaba detrás de mí”.

Por esa razón, “cada año, tengo menos y menos posesiones y cada año soy un hombre más feliz. Sólo me pregunto cómo será cuando no tenga nada. Esa es la manera en que venimos y la manera en que nos vamos. Sólo me estoy preparando un poco, creo”. En sus largas travesías no lleva un cepillo de dientes –sino un palillo de madera– ni una muda de calcetines, ni tampoco zapatos, ropa, libros o un diario, ni papel de baño; en su lugar, sólo lo acompaña un minikit de medicamentos básicos. Para él, “cada objeto que una persona carga representa un miedo particular: de daño físico, de incomodidad, de aburrimiento, de ataque. El ‘último vestigio’ de miedo que incluso los caminadores más minimalistas encuentran difícil de enfrentar es la hambruna”. Como resultado, muchas personas terminan “cargando muchísima comida”. Eberhart, en cambio, lleva “a lo mucho, una barra dulce en caso de emergencia”. Mientras más se desprende de las necesidades materiales, pierde el miedo a la muerte y gana un amor inconcebible por la vida.