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‘Las hijas de Abril’: ¿Señora, señora?

Arte

Por: Lalo Ortega - 07/11/2017

Compartimos esta crítica de 'Las hijas de abril', una cinta mexicana que ganó el Premio del Jurado en la sección 'Una cierta mirada' del Festival de Cannes 2017

Hay cierta austeridad narrativa y visual típica del cine de Michel Franco. Planos largos y encuadres estáticos, generalmente amplios, acompañan la acción de personajes de quienes no sabemos ni más ni menos de lo que dicen o hacen en pantalla. Algunos tachan esta manera de narrar como desprendida, incluso inerte; otros, en cambio, la reconocen como una oportunidad para, a través del propio imaginario, conectar los puntos y llenar los espacios que acaban por moldear a estos personajes. Naturalmente, esto otorga respuestas, pero conlleva nuevas preguntas.

Las hijas de Abril, el más reciente filme de Franco (2017), nos enfrenta a un relato con la maternidad como eje temático, o mejor dicho, nos enfrenta al ideal de la maternidad en México. Valeria (Ana Valeria Becerril) ha quedado embarazada a los 17 años, y contra sus deseos, su media hermana, Clara (Joanna Larequi), se lo ha contado a la madre de ambas. Es así como Abril (Emma Suárez) regresa a Puerto Vallarta y a las vidas de sus hijas, con la intención de ayudarlas a cuidar a la bebé.

En su filmografía, Franco suele anclar las historias de sus personajes en una cotidianidad familiar, al punto de que, cuando sucede el desenlace usualmente trágico, resulta perturbador: encaramos la oscuridad que subyace a nuestro día a día. En un país en el que la figura materna es casi sagrada, inmaculada (y, paradójicamente, banalizada por el lenguaje), ¿cómo es enfrentarse a los monstruos de su humanidad? Para empezar, ¿nos permitimos siquiera considerar a la progenitora como un ser humano, con pasiones, virtudes y vicios?

Estas son apenas algunas preguntas a las que invita Las hijas de Abril a través de las acciones (e inacciones) de sus personajes, a veces brutales, a veces inverosímiles. La primera secuencia nos muestra a Clara preparando el desayuno, totalmente ajena, o insensible, a los gemidos sexuales de su hermana y su novio adolescente en el cuarto contiguo. No mucho después, vemos a Valeria por primera vez, a sólo un par de meses de que su embarazo dé lugar a las responsabilidades de ser madre. Muy casualmente, el futuro padre, Mateo (Enrique Arrizon) sale del cuarto, come algo y se va.

Esta exposición sutil invitará a una cadena de cuestionamientos. Lo obvio: ¿cómo pudo llegar Valeria a quedar embarazada a su edad? ¿Clara lo dejó pasar, igual que al comienzo de la película? ¿Dónde ha estado su madre, y cuánto tiempo lleva lejos de ellas? Sin embargo, existe otro ejercicio posible en plantearnos por qué nos hacemos dichas preguntas, y no otras. Mateo puede tener las mejores intenciones, pero es de notar que, en una historia en la que las figuras masculinas son notables por su ausencia, él rara vez es señalado por el embarazo.

Y está, por supuesto, la exploración de la relación de madre e hija, una que Franco aborda con la consigna de “quitar a las madres del pedestal”. Para no arruinar la sorpresa, basta con decir que los actos de Abril son, por decir lo menos, provocadores. Ella, también, fue una madre joven, y las consecuencias que la sociedad le endosó se asoman de nuevo en el presente. Esta narración distante y sobria inhibe una inclinación emocional hacia sus personajes y, gracias a ello, no es sencillo emitir un juicio.

Seguro, ante la mirada común, Abril puede ser señalada como una mamá monstruosa, una “mala madre” para el imaginario tradicional. “No todas nacieron para ser madres”, sería la sentencia corriente, misma que se convierte en el tema dominante de la película.

Pero hace falta conectar los puntos y llenar los espacios con el imaginario propio, aunque esto conduzca a nuevas preguntas. En una sociedad que canta odas a las “guerreras invencibles” que pelean “con uñas y dientes”, pero que también se refiere a ellas socarronamente como “luchonas”, ¿qué se espera de las mujeres que se convierten en madres?

 

Las hijas de Abril ganó el Premio del Jurado en la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes 2017. Se proyecta en el Cine Tonalá de la Ciudad de México como parte del ciclo #MásCineMexicano, iniciativa para impulsar la distribución de producciones nacionales independientes. Estará en la cartelera durante todo el mes de julio; puedes consultar las fechas y horarios de su proyección en este enlace.

 

Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios

Una buena explicación de por qué la música nos afecta tan profundamente

Arte

Por: pijamasurf - 07/11/2017

La música es emoción pura que forma importantes vínculos entre las personas

La música es, como han notado grandes pensadores de todas las épocas, la cumbre de la comunicación emotiva humana, incluso aquello que da significado a nuestras vidas. Pero, ¿por qué nos cala tan hondo la música?

Adam Ockelford responde a esto en su libro Comparing Notes: How We Make Sense of Music. Ockelford sugiere que la música tiene la cualidad de comunicar significado, "ya que todos sus sonidos constituyentes --notas-- producen pequeñas respuestas emocionales, y éstas están unidas en una narrativa coherente a través de  la imitación". Esto distingue, por ejemplo, a la música de una sonata a una cascada; aunque en ocasiones la cascada pueda presentarnos una experiencia llena de significado, esto depende de un estado mental previamente condicionado para atribuir a la cascada y a ese momento significado.

A diferencia de las palabras, las secuencias de notas están libres para comunicar emoción pura, irrestricta de la necesidad de entendimiento semántico. Por lo tanto, la música requiere menos poder de procesamiento que el lenguaje y la música en su forma más simple --las interacciones vocales entre un bebé y su madre-- precede al desarrollo del lenguaje humano. Tanto la música como el lenguaje son percibidos de manera natural por el cerebro joven.

Esto es sumamente interesante, ya que sugiere que en realidad cualquier persona es capaz de sentir la emoción que comunica cierta música, aunque quizás luego le cueste explicarlo en palabras. La música va más allá de las palabras y directamente conecta emociones. 

Se cree que la música tiene la función de fortalecer el vínculo entre padres e hijos y un sentido de pertenencia a grupos sociales más amplios. Incluso, según Ockelford, se estudia el papel de la música en el desarrollo de la empatía, ya que imitar sonidos de alguna manera nos hace como las personas que hacen esos sonidos --y los sonidos son, a su vez, emociones puras que crean vínculos.