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En su novela 'El idiota', Dostoyevski sugiere que la belleza puede salvar al mundo, pero, ¿qué es la belleza realmente?

A menudo se desestima a la belleza considerándola un lujo o una frivolidad. Algunos incluso sugieren que guiarse por la belleza es un respuesta superficial a la vida. Esto indudablemente nace de no entender qué es la belleza. La belleza no es cosmética, es cósmica. La belleza es esencial para una vida profunda y llena de significado, para una vida que se ocupa del alma de las cosas. La belleza no tiene que ver meramente con un estándar consensual, más o menos idealizado, de lo que es deseable o agradable --no se trata de un canon-- sino con una agudeza de la percepción que alcanza a ver la realidad, tanto en su intensidad directa (que es luminosidad condensada en forma) como en su orden subyacente y su significado  (la naturaleza siempre se está expresando de manera estética y simbólica; como dijo Emerson, "la naturaleza es el símbolo del espíritu"). Es por esto que hay belleza tanto en el placer como en el dolor, en el cielo y en el inframundo (o en el infierno, como supieron Dante, Milton y Blake). Todo esto es bello, como intentaremos elucidar aquí, porque nos acerca a contemplar ya no solamente la belleza de un cuerpo o la forma pura, sino un principio que anima un cuerpo, una idea, un arquetipo, una moral e incluso una verdad que encarna en el mundo como forma. La belleza es la seducción de una energía eterna que se llama a sí misma en un juego de apariencias.

La tradición platónica sugiere que belleza, verdad y bien son palabras intercambiables. De la misma manera que la palabra "bonito" en español significa belleza pero tiene la misma raíz que "bueno", en griego la palabra kallos (de donde vienen palabras como calidoscopio o calistenia) tiene la connotación de "bueno" (la palabra hebrea que se usa en el Génesis, cuando se dice "y Dios vio que era bueno", en referencia a su creación, es tov, que también puede traducirse como "bello"). La estética y la ética estarán siempre ligadas, pero también la belleza tendrá un estrecho parentesco con la sabiduría, como sugiere el poeta Keats: "Belleza es verdad; verdad es belleza. Sólo esto sabrás aquí en la tierra y sólo esto necesitarás saber". En esto, siguiendo a Platón: "la belleza es el esplendor de la verdad".

La frase "la belleza salvará al mundo" aparece en la novela El idiota, de Fiódor Dostoyevski. La frase ha sido citada innumerables veces y sacada de contexto, por lo cual es necesario situar al lector. "El idiota" es una referencia al príncipe Myshkin, personaje principal de la novela, el cual, como el mismo Dostoyevski, sufre de epilepsia. En parte es por esto que se le considera idiota, pero también por su inocencia, incluso su ingenuidad. Una inocencia hasta cierto punto infantil, también en el sentido crístico, de hacerse como los niños para entrar al cielo. El príncipe no ha recibido una educación formal, suele hablar sin pensar lo que va a decir y ve con bondad a todas las personas. Esto en un mundo poco sensible (como el nuestro y el de Dostoyevski) puede confundirse como un signo de idiotez, pero podría ser un signo también de inteligencia, de una inteligencia del corazón. Y Dostoyevski así lo sugiere. Tal vez desde la noción mística de que es la ignorancia, el eliminar el conocimiento conceptual, todo lo pretencioso e inesencial de la inteligencia, lo que realmente acerca a la divinidad, por la vía negativa. Hay una honestidad, una desnudez y una inmediatez en el idiota que lo acercan a la luminosa oscuridad del des-conocimiento, como describe Pseudo Dionisio el estado supremo de comunión mística.

En la novela, el personaje de Hipólito dice: "¿Es cierto, príncipe, que dijiste alguna vez: 'la belleza salvará al mundo?'". El príncipe no responde a esto, pero leyendo la novela sabemos que esto concuerda con el carácter del príncipe. La encarnación de la belleza en la novela, la manzana de la discordia, es Natasha Flippovna, de quien se enamoran el príncipe y su rival  Rogozhin. El príncipe Myshkin dice de Filippovna: "es de una belleza prodigiosa, tiene la cara alegre y ha sufrido horriblemente, ¿no es verdad? Lo están diciendo los ojos". Lo importante aquí es que el príncipe ve en la belleza el sufrimiento y siente el deseo, en la belleza, de salvarla (Flippovna es una mujer atormentada, que fue abusada en la infancia por su tutor). Y señala: "si hubiera bondad en ella todo sería salvado". El sufrimiento sin alcanzar a percibir la belleza difícilmente genera compasión. La historia, sin embargo será trágica. Como el príncipe nota, "Roghozin se casaría con ella, y después de una semana la acuchillaría". Los dos tipos de amores son contrastados, el amor compasivo del príncipe y el amor destructivo y egoísta de Roghozin. En Los hermanos Karamazov, Dostoyevski dice: "Lo espantoso es que la belleza es misteriosa como también terrible. Dios y el diablo están luchando ahí [en la belleza] y el campo de batalla es el corazón del hombre".

Aunque la frase "la belleza salvará al mundo" no debe tomarse directamente como la tesis de Dostoyevski, quien como novelista total expresa la diversidad de la condición humana a través de sus personajes, da voz a todo los aspectos del alma humana. Dicho eso, es indudable que este es un tema que atraviesa su obra y que parece estar cerca de su corazón, ya que es algo que en mayor o menor medida encontramos en varios de los héroes trágicos con los que él mismo parece identificarse. La redención del hombre en un mundo en el que el significado se extravía, donde ya se anticipaba la idea nietzscheana de que "Dios ha muerto"... para Dostoyevski, sin lo divino se pierde el sentido de la existencia y en un mundo profano y decadente, sólo la más profunda afirmación del alma, algo radical y extraordinario, puede vindicar la existencia. "El hombre puede vivir sin ciencia, puede vivir sin pan, pero sin belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada más que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí", dijo Dostoyevski. La belleza parece decirnos que hay algo que debemos hacer, algo con lo que debemos unirnos, algo que debemos desnudar que es el sentido más profundo de la existencia. Venus (la belleza) seduce a Marte (la acción). ¿Sin belleza para qué actuar? ¿Si el mundo no fuera bello para qué habría que preservarlo y actualizar la creación con nuestros actos? La belleza instaura un dinamismo en la existencia e impide que la evolución se petrifique, insufla una tendencia volátil en la materia que la lleva al espíritu. 

En Los hermanos Karamazov, la experiencia de arrobo estético, una visión cósmica de la bóveda celestial en todo su esplendor (algo que el mismo Dostoyevski solía hacer: mirar las estrellas con ardor místico), hace que Alyosha entre en un estado de éxtasis que lo lleva a abrazar su llamado como un hombre religioso: "Quería perdonar a todos por todo, y pedir perdón, no para él mismo, sino por todos y por todo, 'como los otros me lo piden a mí', así vibraba su alma". Es la experiencia estética profunda la que detona una transformación ética, una confirmación de los principios más nobles del alma humana. La belleza del mundo aparece como el espejo de la bondad y la magnitud del corazón. 

Dostoyevski se describió a sí mismo como un realista, en el sentido de mostrar "las profundidades del alma humana". Es difícil concebir a otro artista para quien el apelativo encaje mejor, otro artista con una mirada tan amplia y penetrante para descubrir el alma como realidad. Él mismo vivió, en su tiempo en prisión y en sus enfermedades, estas experiencias de las profundidades, de la luminosidad del alma humana en la que se transparenta la totalidad de la creación, pero también el propio abismo de la crueldad humana, el gulag existencial: nada humano le fue ajeno. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, el escritor ruso Alexander Solzhenitsyn, quien ganó el premio por su estremecedor recuento de los campos de concentración del regimen estalinista, dijo:

La sentencia de Dostoyevski 'la belleza salvará al mundo' no fue una frase descuidada sino una profecía. Después de todo, a él le fue otorgado ver tanto, un hombre de una iluminación fantástica. Y en ese caso, ¿el arte, la literatura realmente pueden ayudar al mundo hoy?

Paul Celan supo que era indispensable escribir poesía después de Auschwitz. El príncipe Myshkin nos da una probada del poder salvífico de la belleza, de cómo la enfermedad se convierte en genialidad que penetra lo intemporal:

Pensaba, entre otras cosas, en que en su estado epiléptico había un grado, casi inmediatamente antes del ataque [...] en que, de pronto, en medio de la tristeza, de la bruma, de la opresión espiritual, parecía a veces inflamársele el cerebro y un estallido extraordinario exaltar al mismo tiempo todas sus energías vitales. La sensación de la vida, la conciencia, casi se duplicaba en aquellos instantes que se prolongaban como relámpagos. Alma, corazón, iluminábanse con desusada luz; todas sus agitaciones, todas sus dudas, toda su inquietud parecían amansarse de pronto, sumirse en una altísima serenidad, henchida de júbilo, y unas ilusiones radiantes y armoniosas, llenas de razón y de razones definitivas... Por lo demás, él no se aferraba a la parte dialéctica de su razonamiento, el estupor, la niebla mental, el idiotismo, eran para él la clara consecuencia de aquellos instantes... ¿qué hacer verdaderamente con la realidad? Porque aquello existía, él podía decirse a sí mismo, en aquel segundo, por una suerte ilimitada, que aquel segundo él lo sentía plenamente, y podía incluso valer por toda su vida [...] en ese momento se me hace comprensible esa frase extraordinaria de que "ya no habrá más tiempo".

[...] "¿Qué importa que sea sólo enfermedad, una tensión anormal del cerebro, si cuando recuerdo y analizo el momento, parece haber sido uno de armonía y belleza en el más alto grado --un instante de la más profunda sensación, sobreabundante de alegría y rapto, devoción extática, vida total?".

La belleza redime el sufrimiento, y el mismo sufrimiento es entendido, en su intensidad libre de identidad, como belleza. Al ver el sufrimiento de la bella Natasha Flippovna, el príncipe participaba en la pasión de Cristo, ese acto de sacrificio que es una obra de arte divina, en la que el sufrimiento del mundo es transmutado en una belleza intemporal, que se vuele disponible en el corazón de todas las cosas. Dostoyevski escribió en uno de sus cuadernos que "el sufrimiento es el origen de la conciencia", una cierta conciencia superior, una conciencia moral, una conciencia que obliga al alma a manifestarse, a crecer por encima de ese sufrimiento, el cual se convierte en la belleza de la sabiduría. Aunque el sentido de la frase que hemos analizado aquí puede interpretarse de otras formas, la interpretación cristiana parece ajustarse al propio espíritu que le imbuyó a su obra Dostoyevski, aunque por supuesto trasciende cualquier exclusividad sectaria. Simone Weil escribió: "En todo lo que despierta en nosotros un sentido auténtico y puro de belleza, ahí se encuentra, en verdad, la presencia de Dios. Hay una especie de encarnación de Dios en el mundo, de la cual la belleza es señal". La frase de Dostoyevski es ampliamente citada entre teólogos cristianos. Joseph Ratzinger hace una glosa de la frase anterior de Weil y de la sentencia del escritor ruso en lo que llama una via pulchritudinis, la belleza como sendero espiritual:

La belleza, ya sea del universo natural o del arte, justamente porque abre y extiende los horizontes de la conciencia humana, apuntando a más allá de nosotros, trayéndonos frente a frente con el abismo del Infinito, puede convertirse en un camino a lo trascendente, al misterio último, a Dios.

[...] La auténtica belleza libera el anhelo del corazón humano, el profundo deseo de conocer, de amar, de ir hacia el Otro, de aspirar a lo trascendente. Si reconocemos que la belleza nos impacta en la intimidad, que nos hiere, que abre nuestros ojos, descubrimos la alegría de ver, de ser capaces de penetrar el significado más profundo de la existencia.

Rumi había dicho "la herida es el lugar por donde entra la luz". Esa luz es la luz de la conciencia, de la gnosis. Lo que despierta la belleza es el deseo de conocer. Sí, la belleza despierta también el deseo de conocer en el sentido bíblico, de disfrutar con el cuerpo, del éxtasis de los sentidos. Pero cuando la belleza actúa en el individuo en toda su expresión, no se detiene solamente en el conocimiento somero, material, en la contemplación de la forma, sino que magnetiza hacia aquello de lo cual el cuerpo es un símbolo --dentro del movimiento de la belleza, de la fulguración de lo fenoménico hay algo que yace inmóvil, el punto de quietud del cual surge la danza del mundo. Es ahí donde conduce: la belleza se convierte en amor para llevarnos a la sabiduría --siendo amor y sabiduría las dos alas de una misma ave (el ave fénix, el ave de la inmortalidad); el amor siendo sólo la sabiduría en acción y la sabiduría siendo el amor en silencio (este es el secreto de la unidad de la rosa y la cruz dentro del misticismo cristiano).

En uno de los pasajes más famosos en la historia de la filosofía, la sacerdotisa de Eros, Diotima, le revela a Sócrates lo que se conoce como "la escalera de la belleza", el sentido anagógico (que alza hacia lo divino) de la belleza y del amor:

[Aquel que ha amado un cuerpo bello] debe llegar a comprender que la belleza que se encuentra en un cuerpo cualquiera es hermana de la belleza que se encuentra en todos los demás... Una vez penetrado de este pensamiento, nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequeñez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno solo. Después debe considerar la belleza del alma como más preciosa que la del cuerpo, de suerte que, un alma bella, aunque está en un cuerpo desprovisto de perfecciones, baste para atraer su amor y sus cuidados.

Así tenemos este proceso de transformación que va de lo superficial a lo profundo, de lo grosero a lo sutil, de lo concreto a lo abstracto y de lo particular a lo universal: la iniciación a la cual somete el amor a sus adeptos. El adepto surcando con las alas del alma que fraguó el amor culmina su ascenso:

El que en los misterios del amor se haya elevado hasta el punto en que estamos, después de haber recorrido en orden conveniente todos los grados de lo bello y llegado, por último, al término de la iniciación, percibirá como un relámpago una belleza maravillosa, aquella ¡oh Sócrates!, que era objeto de todos sus trabajos anteriores; belleza eterna, increada e imperecedera, exenta de aumento y de disminución.

En el Fedón, Sócrates expresa la misma idea: "La locura de un hombre que, al ver la belleza aquí en la tierra, y al ser recordado de la belleza verdadera, se vuelve alado". Debemos entender por locura la manía divina, el éxtasis de procedencia divina, que llama al alma a la contemplación de lo mismo. San Agustín sin duda hace eco del mismo pasaje:  

Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo... interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión ("confessio"). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza ("Pulcher"), no sujeta a cambio?" (Serm. 241,2)

Si habíamos empezado diciendo que existe una identidad entre la verdad, la belleza y el bien, podemos añadir al amor, en una relación de engendración mutua. Marsilio Ficino comenta al Banquete de Platón:

Y ese aspecto divino, o sea la belleza, en todas las cosas lo ha procreado el Amor, o sea el deseo de sí misma. Porque, si Dios atrae hacia sí al mundo, y el mundo es atraído por él, existe una cierta atracción continua entre Dios y el mundo, que de Dios comienza y se transmite al mundo, y finalmente termina en Dios, y como en círculo, retorna ahí de donde partió. Así que un solo círculo va desde Dios hacia el mundo y desde el mundo hacia Dios; y este círculo se llama de tres modos. En cuanto comienza en Dios y deleita, nómbrase belleza; en cuanto pasa al mundo y lo extasía, se llama Amor; y en cuanto, mientras vuelve a su Autor, a él enlaza su obra, se llama delectación.

Para concluir podemos decir que, en el caso de Dostoyevski, la belleza salva al mundo, despertando una profunda compasión que es lo divino en lo humano y posibilitando una comunión con esa misma divinidad a través del éxtasis (que es un hacerse a un lado del individuo para dejar que irradie lo universal). En Platón la belleza es la salvación del individuo, del alma --aunque sin utilizar un lenguaje mesiánico, la belleza sí tiene una cualidad soteriológica. La belleza, que es en sí misma la naturaleza prístina del alma, inmanta al alma a sí misma, a su altura divina, ayudándole a despojarse de sus vehículos menores, incluso usándolos como trampolines hacia lo realmente significativo y verdadero (el erotismo utiliza el cuerpo y la atracción de la belleza como un imán para trascenderlo: en el amor físico buscamos también la inmortalidad, pero hasta que no nos establecemos en la inteligencia del alma, no comprendemos que la inmortalidad es una realidad espiritual). De aquí que la belleza, en ambos casos, esté en el centro del misterio existencial, sea inseparable de la manifestación de lo divino como mundo, y por lo tanto un recuerdo, una cuerda de regreso, un re-ligar hacia el estado de plenitud en el que lo trascendente se ecualiza con y actualiza en lo inmanente.

 

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Las indicaciones del gran maestro Dogen para hacer de la cocina parte del sendero que conduce a la iluminación

En los monasterios zen, el cocinero en jefe toma una prominencia que refleja la importancia del servicio en el sendero budista y en general en cualquier disciplina espiritual. El chef de un monasterio es llamado "tenzo", un término que significa literalmente "monje celestial". El tenzo, según el texto estándar Regulaciones para monasterios zen, citado por el gran maestro Eihei Dogen, es el que tiene la función de "hacer ofrendas en reverencia a los monjes". Es decir, los alimentos son considerados como ofrendas a la iluminación de los monjes. Nada más lejos de la preparación mecánica de los alimentos como un oficio menor. Esta posición es en realidad un gran honor, puesto que el budismo mahayana considera que la compasión, el servicio y la reverencia son parte esencial de la mente de la iluminación (bodhicitta en sánscrito) o de la mente que va hacia el sendero (doshin, en japonés) y, a su vez, estas actividades generan mérito, lo cual es algo así como la divisa de la iluminación o de una mejor vida futura. Asimismo, a diferencia de otras religiones nacidas en la India, el budismo toma un camino medio y considera que la vitalidad del cuerpo es importante (y rechaza un sendero de radical mortificación y privación); esto especialmente se resalta en las culturas del chan o zen, en China y Japón, donde se tiene una importante noción de la energía vital, la salud, la longevidad y la participación activa en la sociedad.

Dogen, patriarca de la corriente Soto en tierras japonesas, hace en su texto Tenzo Kyokun un elogio de la posición del tenzo, explica los requerimientos propios de la posición y da instrucciones para practicar el dharma budista en la preparación de los alimentos y en las labores adicionales que deben cumplir los tenzos. Estos son los lineamientos generales para los oficiales de un monasterio, incluyendo un tenzo:

1. Beneficiar a los demás --esto simultáneamente te beneficia a ti mismo.

2. Contribuir al crecimiento y elevación del monasterio.

3. Emular a los grandes maestros del pasado, siguiendo y respetando su excelente conducta.

Dogen cuenta que una vez en su juventud (en su viaje a China, en el cual recibió la transmisión directa) se encontró con un tenzo, al cual increpó diciéndole "¿Honorable tenzo, por qué no te concentras en la práctica del zazen y en el estudio de las palabras de los antiguos maestros en vez de meterte en problemas en la posición de tenzo y simplemente trabajar? ¿Acaso hay algo realmente bueno en esto?". A lo que el viejo tenzo le contestó: "Buen hombre de un país extranjero, no entiendes realmente qué es la práctica o el significado de las palabras de los antiguos maestros". Dogen, en su entusiasmo juvenil por la práctica de la meditación y el estudio de las escrituras, no se había dado cuenta todavía de que la verdadera práctica se incorpora a todas las actividades diarias, todas sagradas, pero especialmente aquella que está específicamente orientada al beneficio de los demás. 

Años después, ya de regreso en Japón, Dogen cuenta su indignación cuando en el monasterio Kennin notó que no se valoraba la posición de tenzo. "Aquellos que detentaban la posición no tenían el espíritu adecuado. Ni siquiera sabían que esta era una práctica de un buda, así que, ¿cómo podrían progresar en el sendero?". Esta es la visión correcta de lo que es un cocinero, una profesión digna de un buda, el privilegio de poder ayudar que alguien, por sus logros en la práctica del dharma, se ha merecido. Una visión muy distinta a la que caracteriza a nuestra era en Occidente: más que un CEO, el verdadero privilegiado es el cocinero. 

El texto (que puede leerse en su totalidad en inglés aquí) es de una gran belleza --como todo lo que escribió Dogen-- y debería ser un texto de cabecera para cualquiera que se dedica a la cocina y quiere darle profundidad y significado a su labor. Pero incluso si no somos chefs o si no somos budistas o monjes, etc., todos alguna vez cocinamos, o todos alguna vez preparamos algo para alguien y leer este texto nos permite encontrar inspiración para hacer de nuestras labores cotidianas un servicio lleno de propósito, una meditación dinámica cuyo elemento esencial es el cultivo de una mente compasiva, lúcidamente orientada al beneficio de los demás.

El tenzo de un monasterio zen es una especie de meticuloso y discreto agente que llena a la comunidad secretamente de bendiciones y vitalidad. Quizás desde diferentes trincheras podemos aplicar esto y convertirnos en benefactores de los demás, obrando con la inteligencia sublime del buddha-dharma que notó tempranamente que es una ley de la naturaleza, como explica Dogen, que beneficiar a los demás simultáneamente te beneficia a ti. A continuación una traducción de algunas de las recomendaciones de un tentativo manual de dharma cuisine, que hemos extraído del texto de Dogen, vertidas al español a partir de la traducción al inglés de Arnold Kotler y Kazuaki Tanahashi.

 

-Utiliza tu mente-que-se-mueve-hacia-el-sendero de manera cuidadosa para variar los menús de tiempo en tiempo y ofrecer a la gran asamblea bienestar y alivio.

-Respeta la comida como si la estuvieras preparando para el emperador. Ten el mismo cuidado para todos los alimentos, crudos o cocinados.

-Cuando laves el arroz y prepares los vegetales, debes hacerlo con tus propias manos y con tus propios ojos, haciendo un esfuerzo sincero. No te distraigas ni siquiera un momento. No tengas cuidado sobre una cosa y descuides otras. No desperdicies la oportunidad, aunque sea de sólo una gota en el océano del mérito; no dejes de colocar ni siquiera una sola partícula de tierra en la cima de la montaña de los actos virtuosos.

-Si los seis sabores no están bien logrados y la comida carece de las tres virtudes, la ofrenda del tenzo a la asamblea no está completa [los seis sabores son amargo, agrio, dulce, picante, salado, neutro; las tres virtudes de los alimentos: limpieza, delicadeza, formalidad].

-[Cuando limpias el alimento, preparas el arroz y los vegetales] tu asistente debe cantar un sutra para el espíritu guardián del fogón.

-Sobre todo, debes evitar enojarte y quejarte de la cantidad de los materiales de la comida. Debes practicar de tal forma que las cosas llegan a residir en tu mente, y tu mente regresa y reside en las cosas, a lo largo del día y la noche.

-Observa con ojos atentos; no gastes ni siquiera un grano. Límpialo de la manera apropiada, ponlo en los recipientes, haz un fuego, hiérvelo. Un antiguo maestro dijo: "cuando hierves el arroz, sabe que el agua es tu propia vida".

-Cuando preparas la comida, no veas con ojos ordinarios y no pienses con mente ordinaria. Toma una hoja de pasto y construye una majestuosa tierra de tesoros; entra en la partícula de polvo y haz girar la gran rueda del dharma. No generes una mente desdeñosa cuando prepares un caldo de hierbas silvestres; no generes una mente de alegría cuando preparas una fina sopa de crema. Donde no hay discriminación, ¿cómo puede haber mal sabor? Así, no seas descuidado cuando tienes materiales pobres, y mantén el nivel de tus esfuerzos incluso cuando los materiales sean excelentes.

-Tomando un vegetal verde, conviértelo en un cuerpo dorado de dieciséis pies, toma el cuerpo dorado de dieciséis pies y conviértelo en una hoja de vegetal verde. Esta es una transformación milagrosa --la labor de buda que beneficia a los seres sintientes. 

-Cuando hayas cocinado la comida de la mañana o la de la tarde, acorde con las reglas, coloca el alimento en las bandejas, ponte tu kashaya, esparce la tela para hacer reverencias, mira hacia la dirección de la sala de los monjes, ofrece incienso y haz nueve reverencias. Cuando las reverencias sean completadas, empieza a enviar la comida. Prepara las comidas de día y noche de esta forma sin perder tiempo. Si hay sinceridad en tu forma de cocinar y sus actividades asociadas, lo que sea que hagas será nutrimento para el cuerpo sagrado. Esta es la vía del bienestar y la alegría de la gran asamblea.

-Cuando recoges y preparas hierbas silvestres, hazlas iguales a una fina sopa de crema con tu mente pura, sincera e íntegra. Esto es así porque cuando sirves a la asamblea --el océano inmaculado del buddha-dharma-- no te percatas del sabor de la crema fina o las hierbas silvestres. El gran océano tiene un único sabor. ¡Cuánto más aún cuando haces surgir los brotes del sendero y nutres el cuerpo sagrado! La crema fina y las hierbas silvestres son iguales y no dos... Conoce que hasta las hierbas silvestres pueden nutrir al cuerpo sagrado y hacer surgir los brotes del sendero. No los consideres como algo bajo ni los tomes a la ligera. Un maestro que guía a los seres humanos y a los dioses debe ser capaz de beneficiar a los demás con hierbas silvestres. En el arte de la cocina, la consideración esencial es tener una mente profundamente respetuosa y sincera, más allá de las cualidades finas y groseras de los materiales. ¿Acaso no es verdad, que al ofrecer al Tathagata [nombre que recibe el Buda, aquel que habita en la talidad] un tazón con agua en la que había lavado el arroz una mujer obtuvo inconcebible mérito en sus siguientes vidas?... Incluso una ofrenda muy grande al Buda, si no es sincera, no es tan buena como una muy pequeña que es sincera. Esta es la práctica correcta para las personas.

-Al realizar tus tareas con los demás oficiales y miembros del monasterio, debes mantener una mente alegre, una mente generosa y una mente grande. [Una mente alegre surge de darse cuenta de la gran oportunidad que es la preciosa vida humana, en la cual uno puede estar cocinando alimentos puros en el plano de los humanos y no, por ejemplo, cocinando en el infierno para demonios. Esto es motivo de regocijo: se está cocinando en un plano en el cual el alimento puede producir gran bien y acumular mérito. Una mente generosa es una mente paternal: "debes cuidar al agua y a los granos con compasión, como si estuvieras cuidando a tus propios hijos". "Una mente grande es una mente como una gran montaña o un gran océano. No tiene particularidad o exclusividad. No debes considerar un gramo como ligero o una tonelada como pesada"].

-Si algo debe ser venerado, es la iluminación. Si algún momento debe ser venerado, es el momento de la iluminación. Cuando anhelas la iluminación y sigues el sendero, incluso tomar un grano de arena y ofrecerlo al Buda es benéfico; dibujar una figura del Buda y rendirle homenaje tiene también un efecto. ¡Cuánto más estar en la posición del tenzo!

 

Twitter del autor: @alepholo