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El signo zodiacal de Acuario está al centro de un malentendido

El signo zodiacal de Acuario está al centro de un malentendido. No me refiero a que las personas nacidas con el Sol transitando en dicho segmento del zodiaco sean incomprendidas por los demás; me refiero a que los significados y correspondencias asociadas con el signo han sido distorsionados como producto de los cambios sociales que hemos ido sufriendo hace bastantes décadas. En particular, llama la atención aquella asociación de Acuario con una utópica e idealizada libertad individual. Aunque siempre es posible acomodar un poco las cosas para que encajen mejor en el contexto cultural e histórico que nos toca vivir, no es prudente sobrepasar los límites que la propia elasticidad hermenéutica del símbolo establece. Se corre el riesgo de traicionar su naturaleza intrínseca en favor de una exagerada polisemia. Al hacerlo, la astrología deja de reflejar los ciclos cósmicos y naturales para dar cuenta de las modas culturales y tendencias políticas de una época en particular. Volveremos a esto en seguida. Primero es necesario contar una curiosa historia que puede resultar sintomática.

Acuario arranca con una polémica que se inicia en 1781, con el descubrimiento de Urano por parte del astrónomo William Herschel. Pocos saben que en un comienzo Urano no se llamaba así. El nombre original con el que fue bautizado por su descubridor fue Georgium Sidus, sencillamente “planeta Jorge”. Esta extraña denominación fue la manera con que Herschel pretendió honrar al entonces rey de Inglaterra, su majestad Jorge III. Urano siguió denominándose planeta Jorge hasta bien avanzado el siglo XIX, para consternación de Johann Bode, colega que insistía en observar la vieja costumbre, exigiendo un nombre más mitológico. Fue él quién propuso llamarle Urano. El cambio de denominación no se hizo oficial sino hasta después de 1850. La proximidad de su descubrimiento con la sangrienta revolución francesa, ocurrida en 1789, y los cambios políticos y sociales acaecidos en el mundo a partir de ese momento, le dieron a Urano la fama de astro libertario y revolucionario.

Pero la cuestión no quedó allí. 1 siglo después de su descubrimiento se oían algunas voces que pretendían destronar a Saturno como regente tradicional de Acuario, proponiendo en su lugar a Urano. Hacia la primera mitad del siglo XIX empezaron a aparecer los primeros innovadores. Aunque no está muy claro quién fue el de la idea original, hay cierta evidencia de que un tal Raphael, conocido charlatán y ocultista de la época, habría sido el primero en promover el cambio en sus publicaciones. Otros señalan que fue John Varley, astrólogo de la época y amigo del poeta y artista William Blake. Lo cierto es que esta usurpación del trono acuariano no fue bien recibida por todos. Los más progresistas la defendían a rajatabla como una señal de los nuevos tiempos, con su masiva industrialización enmarcada en el contexto del estado liberal y democrático. Del otro lado estaban los conservadores, quienes sostenían que no se podía permitir que Urano entrara a destruir el equilibrio y la armonía existente en la asignación tradicional de regencias astrológicas. Y razón tenían, pues las regencias por domicilio habían sido perfectamente simétricas a ambos lados del grado cero de Cáncer, punto del solsticio de verano boreal. La estructura simbólica había sido así desde la fundación de la astrología occidental, unos 2 mil años antes de Urano. Adulterar la armonía de las esferas con una nota disonante no era algo para tomarse a la ligera.

El expolio celeste tomó bastante tiempo en asentarse. A comienzos del siglo XX todavía no estaba claro si Urano debía o no ser destinado en Acuario. Eventualmente logró acomodarse allí y destronar a Saturno. Lo mismo hizo Neptuno en Piscis, planeta descubierto en 1846 y que desplazó a Júpiter; luego fue el turno de Plutón en Escorpio, descubierto en 1930, que desplazó a Marte. Sin embargo, la parte más sabrosa de la historia es de reciente data. En los últimos años la lista de planetas enanos del sistema solar, equivalentes en tamaño a Plutón, ha ido creciendo de manera preocupante. Por nombrar sólo a los cuatro más relevantes, tenemos en el catálogo a los planetas Haumea y Sedna, descubiertos en el 2003, y a los planetas Eris y Makemake, descubiertos en el 2005. La pregunta es obvia: ¿a qué signo piensan asignarle la regencia de estos nuevos miembros del Sistema Solar, considerando que asemejan en volumen a Plutón? Es más, con estos cuatro nuevos miembros ya tendríamos 14 significadores planetarios... ¡pero sólo hay 12 signos zodiacales! El problema se agrava cuando nos enteramos de que existen alrededor de 200 planetas enanos como éstos en el cinturón de Kuiper, ubicado más allá de Neptuno. Lo tragicómico de la situación da como para una obra de Lope de Vega. Es evidente que algo no encaja, y todo comenzó con el azulado “planeta Jorge” en medio de Acuario.

Ciertamente Urano fue un descubrimiento que trajo consigo una alta dosis de caos al cosmos. Quizás no hemos entendido que el sistema tradicional de regencias, estructurado en orbes geocéntricos, es un mapa del universo espiritual y no del espacio exterior de la NASA. En él se preserva un orden arquetípico que obedece a una serie de reglas y principios simbólicos, matemáticos y filosóficos. La minuciosa descripción física del universo no es lo propio de la astrología. Su vocación es de orden metafísico, no científico. La totalidad de la comunidad científica estará de acuerdo conmigo en esto, pero probablemente muchos astrólogos modernos, que aspiran a ser reconocidos por la ciencia materialista, estarán en franco desacuerdo. Siendo transparentes, es bien obvio que la ciencia, su método y su paradigma, no son compatibles con la mirada hermenéutica y espiritual del firmamento que defiende la astrología. Pero volvamos con el primer intruso de todos: Urano en Acuario.

La revolución francesa le otorgó al nuevo planeta el aura de rebelde, revolucionario y libertario. La posterior revolución industrial le agregó el aire de científico, tecnológico y progresista. De forma coherente, estos atributos le fueron trasladados a su nuevo domicilio, el signo del aguador. Resultaba lógico que si Urano representaba todo aquello, su signo también reflejara dichas características. Sin embargo Acuario, en el orden mitológico, no es realmente un inventor, ni un revolucionario, ni un redentor; es Ganimedes, el copero y amante de Zeus que distribuía el agua de la inmortalidad a los dioses. De todos modos, no hay mejor forma de entender su figura que remitiéndonos a los atributos originales presentes en la astrología de los primeros siglos. Es así que resulta sumamente interesante recordar los significados que los astrólogos de la antigüedad grecorromana, padres indiscutidos de la astrología horoscópica que utilizamos hasta nuestros días, le otorgaban al signo de Acuario. En particular, el astrólogo romano Vettius Valens (120-175 d. C.) nos regala una de las descripciones clásicas más precisas sobre el escanciador. En su famosa obra Antología, libro I, dice lo siguiente:

Acuario es un signo celestial masculino, sólido, antropomórfico, algo húmedo e individual. Es mudo, bastante frío, libre, de tendencia ascendente, feminizante, inmutable, básico, con poca descendencia; es causa de problemas surgidos del entrenamiento atlético, lleva cargas o trabaja con materiales duros, un artesano, alguien público. Los hombres nacidos bajo este signo son maliciosos, enemigos de sus propias familias, incorregibles, voluntariosos, engañosos, tramposos, ocultan todo, son misántropos, ateos, acusadores, traidores de la reputación y la verdad, envidiosos, mezquinos, ocasionalmente generosos por el flujo de agua del signo, e incontrolables.

Lo primero que puede sorprender al lector es la gran cantidad de atributos negativos asociados al signo. Esto se debe a que en la astrología tradicional su regente clásico es Saturno, el gran maléfico. Cabe aclarar de inmediato que por maléfico se entiende aquello que es contrario a la naturaleza de la vida. Siendo la esencia de Saturno muy fría y seca, los seres no prosperan bajo las condiciones que propicia este planeta. Por el contrario, la combinación de lo caliente y lo húmedo genera las condiciones idóneas para que prolifere la vida, como es el caso de Júpiter, el gran benéfico. Al respecto, el afamado Claudio Ptolomeo señala en su Tetrabiblos: “Saturno, por consiguiente, debido a que es frío y adverso al calor, moviéndose también en una órbita superior más remota de las luminarias, ocupa los signos opuestos a Cáncer y Leo: estos son Acuario y Capricornio; y son asignados a él en consideración a su naturaleza fría e invernal; y porque la configuración por oposición no coopera hacia la producción de bienestar”.

Las características tradicionales de Acuario tienen un tono pesimista por lo saturnino. Valens exagera al decir que los hombres nacidos bajo este signo serán maliciosos, incorregibles, etcétera. Su propósito es didáctico y en ningún caso debe ser tomado al pie de la letra, pues los astrólogos conocemos cientos de ejemplos en donde un ascendente acuariano o un Sol en Acuario no produce personas detestables, ya que cualquier juicio astrológico depende de la evaluación de un montón de complejos factores celestes y matemáticos en interacción. Lo importante aquí es notar la gran diferencia que existe entre la concepción clásica y saturnina del signo zodiacal con respecto a sus melifluas representaciones modernas. Aunque es razonable que la comprensión de un símbolo sufra cierto grado de adaptación con el paso del tiempo, su completa inversión no implica adecuación sino subversión, cosa totalmente distinta. Veamos, por contraste con Valens, lo que nos dice Linda Goodman en su popular libro Los signos del zodiaco:

A mucha gente le gusta el arcoíris. Al verlo, los niños formulan un deseo; los artistas lo pintan, los soñadores van en pos de él, pero Acuario les gana a todos: él vive allí. Lo que es mas, lo ha desarmado y examinado parte por parte, color por color, y sigue creyendo en él. No es fácil creer en algo cuando uno ya sabe como es en realidad, pero Acuario es esencialmente realista, aunque su dirección sea mañana, por señas estrafalario– melancólico–lejano.

Otra cita de interés, y que contrasta notoriamente con lo señalado por Vettius Valens, es la descripción del signo que realiza Liz Greene en “Primeros pasos en Astrología”. Allí señala que:

El hombre que lleva el cántaro de agua comparte libremente su agua con todos aquellos que estén sedientos. Los astrólogos piensan que este es un buen símbolo para las personas nacidas bajo el signo de Acuario, ya que son generosos para compartir sus talentos con otros. Los acuarianos son por lo general humanitarios. Esto significa que se encuentran interesados en la gente y que se preocuparán por la gente como un grupo. Éstos piensan que todos son sus amigos, sean blancos o negros, ricos o pobres, hermosos o feos. Acuario es un signo amigable.

Muchos acuarianos tienen mentes excelentes. Son muy listos para la ciencia y están especialmente interesados en cualquier cosa que pueda ayudar a las personas. A menudo se encuentran fascinados por los aparatos y las invenciones, y algunos acuarianos se vuelven grandes inventores. Otros apoyarán movimientos políticos referidos a cuestiones de libertad y justicia. Las personas de Acuario, no son muy emocionales por lo general, debido a que están mas interesados en compartir ideas y ayudar a otros.

Sí, las descripciones modernas son muy amables, o más bien dulzonas, hasta melindrosas. No parecen andar muy a tono con los jacobinos tiempos de Urano, cuando se cortaban cabezas de familias nobles, se incendiaban monasterios y se imponía el terror bajo los dictados de Robespierre, todo en nombre de la libertad. Es que finalmente aceptar los atributos de los llamados planetas transpersonales depende en gran medida de la evaluación que cada uno haga de la historia reciente. A diferencia del septenario tradicional, cuyas cualidades fueron desarrolladas tras una larga y paulatina observación de los ciclos de la naturaleza, los nuevos planetas son fruto de visiones políticas que surgieron como parte de los conflictos seculares que se iniciaron con la Ilustración, pasaron por la detonación de la bomba atómica en la segunda guerra mundial y llegaron hasta el movimiento hippie de los 60. Negarlo sería demasiado cegato. Y hay que entender que una cosa es derivar una hermenéutica a partir de la observación de los ciclos naturales y otra bien distinta es hacerla proceder de los conflictos ideológicos que han marcado la modernidad. Por ello no es descabellado afirmar que el trío de nuevos planetas tiene más de ideológico que de transpersonal.

Sería injusto no mencionar también el papel preponderante que tuvo la psicología junguiana en la conformación de dichos significados, pues la obra de Jung es de gran relevancia para entender la atribución de características a los nuevos miembros del sistema solar copernicano. No obstante, para ningún astrólogo contemporáneo es desconocido el hecho de que, por el entorno histórico de sus respectivos descubrimientos, Urano se tiñó con los valores de la Ilustración y de la revolución francesa, Neptuno con las ideas colectivizadoras de los primeros socialistas utópicos y el manifiesto comunista, mientras que Plutón se coloreó con la teoría psicoanalítica que por aquel entonces lograba posicionarse en la cultura popular. Ilustración, revolución francesa, comunismo y psicoanálisis son, qué duda cabe, hitos históricos y culturales que marcan la época contemporánea y le otorgan su peculiar identidad. Las consecuencias socio-políticas de dichos movimientos son enormes y abarcaron la configuración de la mentalidad que caracteriza a la astrología moderna. En este contexto cabe preguntarse si acaso la astrología debe reflejar la estructura cósmica, las leyes universales y los ciclos naturales, o debe estar sujeta a modificaciones en torno a los avatares de la política y de las diversas ideologías con las que el ser humano se combate a sí mismo una y otra vez. Acuario fue el pionero entre los damnificados por el oleaje del progreso ilustrado, de allí su importancia simbólica. Más todavía cuando es justamente el signo de la era astrológica que se avecina. Las citas de Goodman y Greene reflejan una dulcificación que emana de una mezcla entre el ideario new age y la idealización del progreso defendido por el iluminismo francés.

Veíamos que el Acuario clásico comparte las ásperas características de su regente tradicional, el frío y seco Saturno. Pero el gran maléfico también rige a los científicos, a los desarrolladores de tecnología, a los de mentalidad materialista, a los obreros, agricultores, mineros y gente pobre. Tanto los astrólogos tradicionales como los modernos estarán de acuerdo con esto. Todo signo recibe su naturaleza a partir de la esencia del planeta que lo rige, por lo que no debe extrañar a nadie que Acuario obtenga de Saturno el carácter de signo ligado al desarrollo científico y tecnológico, como también a las revueltas populares y a la rebelión de la clase trabajadora. Es visible a esta altura que Urano sólo ha seguido la misma línea saturnina. En su libro sobre las natividades, el astrólogo persa Albubather (siglo IX d. C.) dice que Acuario hace al nativo “...de gran espíritu y bondad, y generoso con los demás. Muy gastador, será incluso pródigo”. Ya se adivinan aquí ciertas semejanzas con el espíritu humanitario y filantrópico del signo moderno, aunque descrito hace más de 1 milenio. Todavía más temprano, en la obra Matheseos del astrólogo romano Firmicus Maternus (siglo IV d. C.) se asoma ese mismo tinte amigable, social, aunque mezclado con muchas otras características desagradables. Dice Firmicus que “si el Medio Cielo está en Acuario [el nativo] siempre tendrá lazos de amistad con hombres más poderosos que él, y llevará su vida en medio de actividades públicas”. Todo esto se describe mucho antes del descubrimiento de Herschel. Ya Vettius Valens nos decía que el signo es “libre” en tiempos en que todos le reconocían como domicilio de Saturno. Nada nuevo bajo el Sol, o deberíamos decir, bajo Urano.

Toca hacernos una pregunta clave: ¿qué entendemos por libertad? Si ser libres consiste en llevar a cabo todos nuestros deseos, debemos cuestionarnos de dónde han surgido dichos deseos. En una sociedad completamente dominada por la publicidad, en donde es posible fabricar el consenso, planificar la opinión pública, crear necesidades artificiales y manipular emocionalmente al telespectador con una astuta ingeniería de las imágenes, ¿quién puede jactarse de ser realmente libre? Acuario es en realidad liberalismo político, no auténtica libertad individual, porque a lo sumo el mercado puede garantizar una sensación de libertad, como la que tienen los visitantes a un centro comercial cuando experimentan eso que Noam Chomsky denomina humor de compra, surgido de la incapacidad para analizar en profundidad una situación ante el acoso publicitario, la reducción del tiempo y la agresiva propaganda cultural. Hermes Trismegisto nos advierte en su Corpus que el zodiaco es el carcelero del alma, y que para vencer a los 12 es preciso del número 10, la sagrada década de los pitagóricos. Esto implica que la libertad de Acuario es un espejismo zodiacal, uno más entre la enorme plasticidad que tiene el devenir para jugar con el mundo de los sentidos y el permanente cambio en la organización de la materia.

Para ser ecuánimes, tenemos que aceptar que Acuario, y por extensión su era astrológica, tienen mucho de utopía, idealismo y humanismo, como también de antropocentrismo, secularismo, cientificismo, liberalismo, y aunque nos pese, de materialismo desatado y control tecnológico de las masas. Nada más acuariano que las redes sociales, que de herramienta para el cambio social se han transformado en instrumento para la dominación de la muchedumbre en la era de la “posverdad”. Al menos así lo cree gente como el periodista iraní Hossein Derakhshan, al denunciar el abuso del lenguaje visual, comprimido y emotivo, estímulo perfecto para el conformismo de sofá. El recientemente fallecido sociólogo polaco Zygmunt Bauman iba más lejos todavía. Afirmaba que “hay mucho radical que no sale de su casa, computadora en ristre, en vez de estar peleando en la calle; que polemiza muchas veces de modo anónimo o con seudónimo, a través de las redes, a ver quién mea más largo, quién es más radical, más revoltoso o más compasivo, generando lo que se ha denominado shitstormes, tormentas de mierda”. Es que Acuario también tiene mucho de sofista retórico, de ideólogo maniatado y de revolucionario de escritorio, porque la tecnología y la informática, amparadas bajo el signo, propician ese tipo de interacción con el mundo. Todo el zodiaco tiene su lado oscuro, pero en medio de este clima rosado de positividad y negación hipomaníaca tendemos a negar que bajo la ley del tiempo y el destino también existe lo maligno. Acuario no es la excepción, porque en su cántaro no sólo hay agua dulce, también nos trae bastante hiel. Abramos los ojos.

 

Twitter del autor: @cubicado

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Pese al culto a la felicidad, la ciencia muestra que la tristeza nos beneficia

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/22/2017

En un mundo que huye de la tristeza y gasta millones buscando la felicidad, es necesario recordar que estar triste es un estado muy rico, tanto en sensaciones como en aprendizaje e inteligencia

El mundo moderno parece exigirnos que seamos felices. La felicidad se ha convertido en una gran industria en un doble sentido. Por una parte se nos dice que nuestro éxito en diferentes ámbitos depende de que seamos felices, de que estemos en un estado de ánimo positivo para que podamos producir en el trabajo y ser agradables y así las personas nos quieran --se nos ha dicho que las personas tristes, melancólicas o negativas no suelen tener éxito social ni laboral (la depresión es el principal causante de faltas al trabajo en el mundo). A la par la publicidad, los medios masivos y la misma sociedad nos hacen sentir inadecuados si no somos felices, si no cumplimos con la imagen del póster de la felicidad.Y es que en ese estado de vulnerabilidad, en ese sentimiento más o menos perenne de ser inadecuados o insuficientes para cumplir este estándar (que es una fantasía) somos el consumidor perfecto, presa fácil de los productos y experiencias que nos prometen transformarnos externa o internamente para ahora sí poder acceder a la felicidad, que al negársenos nos niega la participación en la fiesta de la existencia y nos quita el sentido de nuestra vida... productos y experiencias que van del último iPhone o el viaje de ayahuasca hasta el cuerpo perfecto y la novia o novio ideal. Y así surgen la lista innumerable de remedios: la terapia, la espiritualidad, el desarrollo personal, la misma ciencia e innumerables actividades más que se difunden con un discurso que promete hacernos felices --si tan sólo vamos a ese curso o aplicamos sus últimos descubrimientos. Todo esto es parte del culto a la felicidad.

Por supuesto, ser feliz, gozar, evitar el sufrimiento, es algo que todos los seres humanos desean. Esto hace que sea tan fértil esta industria. Pero, paradójicamente, la misma búsqueda de la felicidad es uno de los principales factores que contribuyen a la infelicidad de nuestra sociedad (las estadísticas muestran que la felicidad no ha aumentado en las últimas décadas, pese a toda la maquinaria del progreso). Esto puede ser un tanto confuso: si aceptamos que el ser humano quiere ser feliz, entonces, ¿no es lógico pensar que debería buscar la felicidad? El problema yace en que el ser humano es un ser complejo, tanto en sus estados emocionales como en las influencias y relaciones con las que convive. La imagen de la felicidad que se ha difundido y los mecanismos que se han promovido para encontrarla postulan una visión irreal de la felicidad. Fundamentalmente, se ha creado un reduccionismo en el cual la tristeza y el dolor son opuestos radicales a la felicidad y deben ser evitados a toda costa. Evitar la tristeza y huir del dolor, sin embargo, no es algo que conduzca a la felicidad, ciertamente no a la felicidad duradera.

La versión de la felicidad que promueve nuestra cultura es una felicidad mayormente hedonista y superficial que proviene de satisfacer nuestros deseos materiales y de básicamente poder hacer lo que queramos. Es la versión del ser humano que conquista el mundo externo, del rey, estrella de cine, superhéroe o CEO. Ante esta felicidad, filósofos como Aristóteles y más recientemente el maestro budista Alan Wallace han planteado la alternativa de una felicidad sostenible, que no depende de estímulos y posesiones, llamada eudaimonía, la cual podríamos decir que es el estado de integración de la psique con una vida llena de significado que se interesa por y abarca la variedad de la existencia, placer y dolor, vida y muerte. Una felicidad sostenible, una vida con significado no sólo no rechaza la tristeza y las emociones negativas sino que las abraza y la estudia, sabiendo que además de ser inevitables en un mundo cambiante, contienen profundas enseñanzas. Son los síntomas que revelan parte de la condición humana que yace oculta por las apariencias y el querer ajustarse a los paradigmas dominantes. Síntomas que no deben ser suprimidos sin antes ser sentidos y analizados. El descontento con la existencia puede llegar a ser el inicio de la motivación más grande, no para encontrar la felicidad, sino para establecer una vida significativa que trascienda las contingencias y los vaivenes del placer y el dolor.

Un estudio científico reciente sugiere que la tristeza o los estados de ánimo negativos, cuando no son crónicos, tienen funciones adaptativas que nos permiten aprender y resolver situaciones difíciles. Asimismo, los estados de tristeza mandan señales a los demás de que no queremos competir, lo cual puede brindar cierta protección y hacer que otras personas nos ayuden. De otra forma podríamos decir que la tristeza dice a los demás que estamos en un estado vulnerable, lo cual puede producir relaciones más íntimas, menos basadas en pretender que todo está bien siempre.  

Se ha descubierto también que la tristeza en ocasiones favorece la sensibilidad estética y moral. Esto evidentemente ocurre cuando la tristeza no se convierte en un estado de indolencia y depresión profunda; al contrario, el hecho de sentir el dolor, el descontento y demás es un acto que tiene mucha vitalidad. Muchos artistas lo son justamente porque no niegan este aspecto de la vida. Negarlo es como sólo vivir de día y no disfrutar de todo lo que tiene la noche.

En algunos estudios basados en estados de ánimo de tristeza moderada se notó que las personas tristes exhibieron mejor comunicación, memoria y capacidad de hacer juicios.

Hemos dicho que la ciencia muestra que la tristeza tiene algunos beneficios, y en nuestra sociedad la ciencia tiene una especie de aura mágica de verdad. Sin embargo, hay que decir que es sobre todo el arte el que ha mostrado largamente que la tristeza nos beneficia, esto es, beneficia a nuestra alma, algo que la ciencia no considera. El alma, ha dicho el psicólogo James Hillman, se desarrolla echando raíces y viajando al inframundo, no creciendo hacia el Sol solamente o volando ligero como una mariposa. El alma es flor y mariposa, pero también pantano y cueva. 

 

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