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‘Tenemos la carne’: ¿Goya en el comedor?

Arte

Por: Lalo Ortega - 04/10/2017

Una película en la que el mensaje parece ser que el bien y el mal no importan cuando todos estamos destinados a la muerte

El titán comiéndose a su hijo, con la mirada desquiciada, es una de las imágenes más acechadoras producidas por Francisco Goya. Titulada Saturno devorando a un hijo, luego de la muerte del pintor, la obra parece menos destinada a representar el mito que le da nombre y es, en cambio, horror canibalesco puro.

Pero considerando su contexto histórico, se le han dado lecturas que trascienden esta superficie mitológica. Una de las interpretaciones más alegóricas la señala como un retrato de un país que, en medio de guerras, consume brutalmente a sus propios hijos.

Si bien su autor no pretendía mostrar al gran público su serie de Pinturas negras, tampoco eran carentes de una fuerte intención expresiva, si bien su significado no era necesariamente evidente. Finalmente, la grotesca figura humana, despedazada en las manos de Saturno, adornaba (quizás cínicamente) el comedor del artista. Por fuerza, algo tan antitético al “buen gusto”, termina por provocar alguna respuesta del observador y, dotada de contexto, su lectura puede incluso invitar a alguna clase de reflexión.

El canibalismo, entre otros tabúes, también es parte del coctel sensorial que es Tenemos la carne, ópera prima del mexicano Emiliano Rocha Minter. Este festín de perversidades da comienzo cuando dos hermanos adolescentes y aparentemente vagabundos, Fauna (María Evoli) y Lucio (Diego Gamaliel), se refugian en los dominios de Mariano (Noé Hernández), un errático ermitaño recluido en un basural de departamento.

La mirada perversa y oscuras palabras de Mariano auguran lo que está por venir. Comienza a inculcarles ideas de un alumbramiento personal alcanzable mediante la aceptación de la oscuridad propia. “No son más que carne pudriéndose”, les dice, incitándolos a aceptar sus deseos más tenebrosos. El bien y el mal no importan cuando todos estamos destinados a la muerte.

El par de adolescentes se libera de su moral, como lo hace el filme de su lógica narrativa, y procede a un trance audiovisual de incesto, fluidos corporales, sexo explícito, necrofilia y canibalismo bajo el cobijo de una instalación que, otrora una estructura endeble de cartón y madera vieja, se ha transformado en una cueva de luces neón. Un útero límbico en el que, al parecer, se gesta una humanidad que florece en la libertad de su perversión.

Las imágenes de Tenemos la carne son provocadoras, de eso no hay duda. Pero, ¿qué simbolizan, en referencia a la sociedad que retratan? Su productor, Julio Chavezmontes, contextualiza el filme en un México donde las noticias y el entretenimiento, a plena luz del día, conviven en el puesto de periódicos con fotografías de cuerpos decapitados. La de los tabloides es una violencia nada lejana y, de hecho, menos embellecida que la de la película. Sin embargo, de manera casi surreal, somos capaces de ignorarla y pasar de largo.

Ante la indiferencia de ver a México comiéndose a sí mismo, escandalizarse por las imágenes de Rocha Minter casi parece una hipocresía. Es precisamente ahí donde yace una paradoja: si la violencia está ya tan normalizada en una sociedad, ¿puede una película transgredir e invitar a que su público ponga sus valores en tela de juicio?

Si tal es el propósito del filme, sin duda habrá con quienes sí lo logre. Siendo así, ¿qué es lo que busca reflejar con su depravada orgía? En ésta, se subvierte toda idea de familia, libertad y humanidad como las conocemos. Abrazar nuestra propia decadencia moral, y salir del útero desprovistos de toda inhibición para iniciar de nuevo, se antoja contradictorio.

En definitiva, Tenemos la carne es memorable como un chocante sueño febril donde nos invade lo peor de nuestra naturaleza. Sin embargo, no existe una revelación a la salida del útero. Éste no es un Goya en el comedor.

Tenemos la carne se proyecta en el Cine Tonalá de la Ciudad de México como parte del ciclo #MásCineMexicano, iniciativa para impulsar la distribución de producciones nacionales independientes. Estará en la cartelera durante todo el mes de abril; puedes consultar las fechas y horarios de su presentación en este enlace.

 

Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios

Este podría ser el secreto para una vida creativa prolífica, según escritor que publicó más de 100 libros

Arte

Por: pijamasurf - 04/10/2017

Robert Graves vivió 90 años y escribió 140 libros, al parecer uno de sus secretos era evitar cualquier rasgo de mecanización en su espacio creativo

Robert Graves fue un hombre excéntrico, un gran poeta, novelista y mitógrafo, dueño de una vitalidad asombrosa. Graves vivió 90 años y escribió 140 libros; muchos de ellos lo acercaron a la tradición mágica celta y al culto de la diosa o el principio femenino de la naturaleza y la poesía. 

En una entrevista con The Paris Review, Graves sugiere con un cierto animismo el secreto de la vitalidad en su obra. Graves le pregunta al entrevistador si ha notado algo particular de su área de trabajo. Sin obtener respuesta, se anticipa: lo sobresaliente es que todo ahí está hecho a mano, sólo algunos libros no han sido impresos a mano (muchos de ellos, él mismo los imprimió). El entrevistador le pregunta si esto tiene relevancia para su trabajo creativo. Graves contesta: "uno de los secretos para poder pensar es tener lo menos posible de cosas cerca de ti que no estén hechas a mano". Tal vez esto pueda ser algo anecdótico, pero creemos que oculta una cierta fuerza animista y un rechazo de la mecanización del pensamiento, en lo cual merece reflexionarse.

El hecho de que una cosa esté hecha completamente a mano sugiere que su proceso de elaboración es artesanal y no industrial. Esto, siguiendo cierta visión animista, puede hacer que las cosas sean una suerte de talismanes, objetos únicos, con un contexto particular. Por otra parte, las cosas hechas industrialmente a escala masiva tienden a ser resultado de un proceso de mecanización automático --no tienen, en su hechura, un sello de creatividad viva. Por otro lado, los mismos objetos tienen una cierta vibración, aunque esto sea mínimo; quizás no nos damos cuenta de la influencia, en nuestros estados mentales, de los objetos a nuestro alrededor. Graves estaría completamente en contra de trabajar con una computadora y de habitar en une espacio con el barullo de las máquinas electrodomésticas. Para el la poesía era un trance, un rapto de silencio, un momento de comunión con la naturaleza. Quizás, y esto es solamente una loca hipótesis, la pérdida de la flama creativa en términos de las bellas artes que se observa en nuestra era pueda tener que ver con esta mecanización --y es que el medio es el mensaje.