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"THX 1138", la joya distópica de George Lucas opacada por "Star Wars"

Arte

Por: Lalo Ortega - 01/10/2017

La ópera prima de Lucas es diametralmente opuesta a la gigantesca franquicia que vino después: mucho más cerebral, e infinitamente menos conocida

Para muchos el nombre de George Lucas estará perpetua, irremediable y casi exclusivamente unido a Star Wars, la saga galáctica que redefinió cómo se produce, comercializa y distribuye el cine comercial. Tampoco puede culparse a nadie por creerlo así: se trata de una franquicia cinematográfica de tal calibre que puede hacer sombra a casi cualquier película con la que comparta cartelera, y ni qué decir de los únicos dos largometrajes dirigidos por Lucas antes de llevar al mundo a su lejana galaxia: American Graffiti de 1973 y su filme debut de 1971, THX 1138.

En la superficie, este último es el más emparentado con la franquicia cinematográfica que le sucedió: ambos pueden ser tildados vagamente de “ciencia ficción”, aunque la realidad es que no podrían ser más distintos. Mientras que el Lucas de Star Wars llevaría al género en dirección de las óperas espaciales, el Lucas de THX 1138 se mostraba más preocupado por el advenimiento de la tecnología que posibilitaría una sociedad distópica en constante vigilancia, opresiva y enajenante. Pocas películas retratan un mundo orwelliano con semejante frialdad.

El Estado te bendice. Las masas te bendicen. Eres obra de la divinidad creada a imagen del hombre. Por las masas, para las masas. Demos gracias por tener comercio. Compra más, compra más ahora. Compra y sé feliz…

(THX 1138)

 

Basándose en su propio cortometraje universitario Electronic Labyrinth THX 1138 4EB, George Lucas pinta un futuro poco alentador: los humanos tienen denominaciones alfanuméricas en lugar de nombres y viven narcotizados para suprimir el deseo sexual, propiciar la obediencia y mejorar su desempeño en cadenas de producción en las que se fabrican policías robóticos que perpetuarán el orden social establecido.

El código de vestimenta universal sirve para la desindividualización: cabezas afeitadas y overoles a juego con el blanco vacío de una sociedad mecánica, donde los confesionarios están tapizados con la imagen de un profeta inexpresivo que entrega frases reafirmantes pregrabadas: “Compra y sé feliz”.

THX 1138 es un relato sobre la búsqueda de la libertad y el amor ante la desesperación de un encierro a manos del totalitarismo. Cuando su protagonista homónimo (Robert Duvall) es engañado por su compañera de cuarto para omitir su dosis de drogas, ambos se enamoran y despierta en ellos un deseo de vivir que los impulsa a intentar huir del régimen que todo lo ve.

Quizá THX 1138 sea un producto de su contexto, contrario a la fantasía atemporal y comercialmente exitosa de Star Wars, pero es innegable que en el panorama actual el discurso de la primera es sorprendentemente vigente y, en consecuencia, mucho más relevante.

La sedación colectiva es probablemente el aspecto de esta desoladora sociedad que más merece atención. Se trata de un mecanismo para contener a los individuos en burbujas que brinden el confort necesario para garantizar un grado suficiente de obediencia. En la actualidad la sociedad no es inducida a su letargo colectivo por un fármaco de consumo diario, como retrata la película. Hubiera sido difícil predecir cómo ocurriría esto en la realidad, pero cabe señalar que el resultado es espeluznantemente similar: vivimos una realidad moldeada por el big data y algoritmos para que cada individuo reciba ni más ni menos que la información que le resulte cómodo consumir, en una suerte de autosedación cultural.

Recientemente Martin Scorsese manifestó su inconformidad con el cine de la actualidad, señalando que “estamos completamente saturados con imágenes sin significado”. No sólo las imágenes se encuentran disponibles en prácticamente cualquier lado gracias a la ubicuidad de las pantallas, sino que también parecen más consternadas con la repetición y la hiperbolización: la secuela del remake del spinoff, productos de la fábrica hollywoodense que sabe lo reconfortante que puede ser la nostalgia.

Cuando dirigió THX 1138, Lucas parecía aspirar a convertirse en un autor cinematográfico, al margen de las reglas de la industria de Hollywood. Resulta paradójico que, al crear Star Wars, no sólo se convertiría en la clase de cineasta que él mismo detestaba sino que su saga sería pionera del cine que domina el mainstream actual, siempre repetido, siempre más grande y emocionante, desprovisto de inquietud ante el porvenir. Megafranquicias menos preocupadas por transmitir mensajes mediante la imagen que por brindar diversión inocente, escandalosa y masivamente comercializable.

THX 1138 permanecerá siempre bajo la enorme sombra de lo que vino después, pero consuela saber que perdura como un clásico de culto, al alcance del público general como parte del catálogo de Netflix. Esto, claro, siempre y cuando logre aparecerse entre las sugerencias del algoritmo de recomendaciones.

 

Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios

Lascaux: la apasionante historia detrás del santuario de arte prehistórico

Arte

Por: PijamaSurf - 01/10/2017

Nazis, perros y la afortunada casualidad que permitió a la humanidad conocer las increíbles pinturas rupestres resguardadas durante cientos de años

1940: durante la invasión nazi en Francia la huida del profesor Henri Breuil, de 60 años, acabaría con uno de los hallazgos de arte prehistórico más interesantes del siglo XX.

Breuil trabajaba en el Instituto de Paleontología Humana y en el Museo del Hombre de París, que había sido tomado desde mayo de aquel mismo año. El también clérigo se sumaba a una oleada masiva de personas tratando de escapar del control del Reich; luego de alquilar un coche viajó acompañado de una cuidadosa selección de documentos y piezas de interés científico para instalarse en un pequeño pueblo al sur, Brive-la-Gaillarde.

Instalado en casa de Jean Bouyssonie, un excompañero del seminario, recibió una extraña carta en septiembre. El remitente era León Laval, un maestro retirado de una población a 25km de ahí llamada Montignac. En ella le invitaba a visitar un descubrimiento reciente.

En los alrededores del antiguo castillo abandonado de la familia Lascaux, de la que toma su nombre, se encuentra la cueva. En aquel entonces, tapada por derrumbes y corrimientos de tierra, formaba parte del folclor local a través de leyendas en las que se aseguraba que el tesoro de los antiguos nobles era resguardado por el ánima de un sacerdote.

En 1920 un abeto derribado por un trueno permitió brevemente la entrada a las grutas, que emitían extraños sonidos. Luego de que un burro fuera devorado misteriosamente por la cueva, los lugareños decidieron tapar el boquete abierto para proteger su ganado. Sus secretos tendrían que esperar 20 años más para que el paso distraído del joven Marcel Ravidat y su perro los revelaran.

Tras una tarde tranquila paseando por el lugar el perro daría con un hoyo oculto entre los matorrales, que seguiría cavando con ahínco hasta encontrar un espacio amplio que tendrían que explorar más tarde, debido la llegada de la noche.

Días después, acompañado de amigos y ayudado por un cuchillo casero, el joven Ravidat terminaría rodando dentro de la cueva para descubrir maravillado las pinturas que cubrían el techo. En ellas aparecían caballos, osos, bisontes, uros (un bóvido ya extinto) y toros plasmados con esmero. Decidieron comunicar su hallazgo al maestro del pueblo, que a su vez se comunicaría vía postal con Breuil.

 

 

Durante los 3 meses siguientes Breuil estudiaría las pinturas hasta calcular su antigüedad y situarlas en el período auriñaciense (de 38 mil a 30 mil años de antigüedad), aunque luego se les situaría en el período magdaliense (de 17 mil a 18 mil años de antigüedad).

Las cuevas fueron abiertas al público en 1948, pero el calor humano y la luz artificial dañaron las pinturas y se cerró su paso en 1966.

 

 

Estudios posteriores muestran que los 80m de longitud encierran mil 963 dibujos o unidades gráficas, pinturas y grabados en su mayoría de animales. Para Breuil, la importancia del sitio era comparable a la cantábrica Altamira.