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El pensador polaco explica en términos simples algunos de los grandes problemas a los que se enfrentarán las próximas generaciones

En una de las últimas entrevistas, concedida el año pasado a Al Jazeera, el pensador polaco Zygmunt Bauman reflexiona sobre lo que hay detrás de la crisis humana que estamos pasando. Basado en su libro Miedo líquido, en el que afirma que vivimos en un estado de constante ansiedad porque no tenemos manera de predecir qué será lo siguiente por explotar bajo nuestros pies conforme recorremos este campo minado que es la actualidad.

 

La libertad / la seguridad

 

 

Las certezas del siglo pasado, basadas en la confianza hacia las entidades, instituciones y personas, a su infalibilidad y la promesa de su permanencia, están por completo rotas. Siempre ha existido el riesgo pero nunca una sociedad se había visto obligada a vivir en estado de constante incertidumbre, incluso sobre las cosas más básicas. Nada está garantizado.

Bauman nos dice que la vida humana depende de dos condiciones: la libertad y la seguridad. Un equilibrio entre ambas es lo ideal. Seguridad sin libertad es esclavitud, así como libertad sin seguridad es caos. En nuestra era somos más libres que nuestros ancestros pero hemos tenido que pagar el precio con nuestra seguridad.

 

Ahora observamos lo que llamo el giro del péndulo. La gente vive molesta, perdida, incapaz de actuar con certeza, con seguridad. Además de otras cosas, significa [fenómenos] como Donald Trump que cumplen el sueño de colocar a hombres con coraje, decididos, poderosos y con ambición que afirman: dame el poder y tomaré responsabilidad por tu futuro. Eso es exactamente lo que dice Donald Trump.

 

 

El hombre poderoso

 

 

Los perfiles políticos que dominan en la actualidad las posiciones del poder nos acercan a vivir un régimen injusto e impositivo, intolerante y machista, garantiza que estamos a un paso de una dictadura en la que se intercambie nuestra libertad por un supuesto estado de seguridad.

 

La necesidad de un hombre poderoso, un poder fuerte, algo contra lo que nuestros abuelos lucharon, ellos tenían miedo del totalitarismo. La gente joven, como tú [a la entrevistadora], ha olvidado qué fue eso. Lo conocen por haberlo leído en libros pero no lo experimentaron. Yo lo viví, viví bajo dos sistemas totalitarios. Hay un crecimiento económico […] siempre hay personas que ganan con esto y personas que pierden con esto. El desmantelamiento de la red de seguridad se sintió particularmente fuerte para las personas en las escalas más bajas de la jerarquía social, gente viviendo en pobreza o cerca de ella […] en el precariado.

Las personas de la clase media, en aquel momento se sentían seguras de sí mismas pero vivían con miedo a que no durara, a que no pudieran mantener su posición social. Por tanto, tal fenómeno, cierta magia, un hombre muy poderoso que no está constreñido ni le preocupa la corrección política, que dice lo que sea que todos están pensando pero nadie se atreve a expresar en público. Quizá sea capaz de hacer algún milagro. Y por supuesto es una pérdida de tiempo tener esa clase de sueños pero bajo la situación presente es comprensible.

 

 

Las tragedias actuales

 

 

Uno de los discursos más reproducidos en la actualidad y desde hace 30 años es el que da vida y analiza lo acontecido durante la segunda guerra mundial. Hoy las tragedias se han multiplicado, en todos los rincones del mundo sucede algo oscuro, triste y lleno de miseria. Guerras van y vienen, la vida de millones de personas cambia de un momento para otro.

 

Mira lo que está pasando, en parte por nuestra gran, gran culpa, todo por nuestra tontas políticas, desestabilizamos e hicimos trizas las instituciones normales necesarias para llevar una vida relativamente regular, una rutina. Mira lo que pasó en el mundo árabe: Yemen, Siria, Libia, mira lo que está pasando ahora.

[...] Europa reacciona con tantos nervios cuando comienzan a tocar a sus puertas. Creo que hay una explicación psicológica para ello, estas personas ahora vienen como refugiados, no personas hambrientas sin pan o agua; personas que ayer estaban orgullosas de sus casas, de su posición social y muy a menudo, con excelente educación. Pero ahora son refugiados […] perdieron todo por lo que habían trabajado, todo lo que habían logrado durante sus vidas y vienen aquí para encontrarse con el precariado.

Tenemos pesadillas: tengo una posición social buena, me gustaría apegarme a ella […] pero qué si mañana me entero de que mi compañía ya no existe y mis servicios ya no son requeridos. Ya tenemos miedo. El precariado vive con ansiedad, con miedo. Esa es la más importante marca del precariado. [...]

Y suscribimos este miedo a que en algún lugar del ciberespacio, lejos del control del gobierno, sin mencionar de nuestro control, hay fuerzas a las que nombramos poderes globales. Pueden hacer lo que deseen e irrumpir en cualquier momento. “Si mi trabajo es amenazado se debe al proceso de globalización” hay algo de verdad en ello, no es tonto decir algo así. Creo que el shock es tan sólo el principio.

Estamos lejos de digerir esta nueva situación, de ajustarnos a ella. Las posibilidades de la hospitalidad no son ilimitadas, y tampoco lo es nuestra capacidad para soportar el rechazo y el sufrimiento. Debemos ejercitar eso que llamamos empatía, pero, y es un gran pero desafortunadamente, no hay atajos hacia la solución, no hay solución instantánea. El diálogo es un proceso largo que toma tiempo, quizá toda una generación o varias. Así que debemos prepararnos para los tiempos difíciles que vienen. […].

 

 

Multiculturalidad y redes sociales

 

 

Bauman no acepta el término multiculturalismo, le parece más pertinente hablar de entornos multiculturales en los que todos estamos envueltos.

 

Todos tenemos acceso a Facebook y Twitter, tenemos acceso a computadoras y dividimos en nuestra vida online y offline. En offline caminas por la calle, vas a tu taller o al lugar en el que trabajas y no puedes evitar encontrarte con extraños, estarán ahí esperando por ti. Debes desarrollar la habilidad de lidiar con su presencia.

[...] las investigaciones y estudios demuestran que la mayoría de sus usuarios no usan la red para aprender maneras alternativas de vivir, no buscan comprender estilos de vida diversos sino para quitarlos de en medio. Para crear para sí mismos lo que podemos llamar una zona de confort: si hay alguien pronunciando ideas que personalmente no te gustan simplemente remueves a esa persona de tu red.

 

Sólo te juntas con personas que aplauden cada palabra que dices. Es muy placentero pero muy peligroso porque olvidamos las habilidades, absolutamente necesarias en el mundo offline en estas situaciones multiculturales. Todos estamos atados juntos pero no hemos ni comenzado a desarrollar una conciencia cosmpolita, que significa pensar no sólo en términos de nuestra propia vecindad y ambiente sino comprender las conexiones globales que determinan las condiciones bajo las que vivimos.

Bauman sugiere el desarrollo de la plena conciencia de interdependencia en la que vivimos como especie a nivel global. Esta noción puede resultar retadora si se quiere poner en práctica.

 

Las divisiones entre personas y los conflictos entre ellos son tan viejos como la humanidad misma. Siempre hubo intercalación de los procesos de integración y separación. Pero por primera vez estamos en una situación bajo la que debemos comprometernos a dar el siguiente paso en el camino de la integración sin separación. La separación siempre fue el instrumento estratégico del esfuerzo por integrarse. Si quieres integrar a un grupo debes señalar hacia un enemigo, alguien extraño en contra de nosotros; necesitamos vigilar y defendernos.

El siguiente paso está en las personas que ya se encuentran en una situación cosmopolita, eso significa: toda la humanidad. No queda un enemigo por atacar para integrarnos. Es una situación nueva, sin antecedentes ni pruebas, sin practicar hasta ahora. Eso es lo que hace nuestro presente tan terrorífico por un lado y excitante, fascinante por el otro. […] Hay una maldición china que dice: Te deseo que vivas en tiempos interesantes. Esta maldición es bastante real ahora. Como dije, soy pesimista a corto plazo, es el comienzo de un camino amplio, pero optimista a largo plazo.

 

 

La felicidad

 

 

Bauman comparte una reflexión sobre la felicidad, necesaria y trascendente para nuestra época. Recuerda al poeta alemán Goethe, al que preguntaron si había tenido una vida feliz. Él respondió que había tenido una vida feliz pero no recordaba una sola semana que fuera feliz.

 

Eso está en contra de la filosofía moderna. Una advertencia para nosotros porque hemos sido llevados por el marketing, la publicidad, las siempre nuevas tentaciones, seducciones y modas a pensar en la felicidad como una serie ininterrumpida de placeres cada vez mejores. Lo que Goethe sugiere, un hombre muy sabio además de un gran poeta, es que la felicidad está en sobrellevar la infelicidad, los problemas. En uno de sus poemas dice que la peor pesadilla es una serie largísima de días muy soleados.

Es decir, esa situación no produce felicidad sino aburrimiento, la falta de excitación, de propósito, de objetivos, de algo por lo que luchar. Lo que dijo Goethe es una advertencia para la gente joven: no piensen su vida como una interminable colección de regalos recogidos del ilimitado contenedor de objetos placenteros, piensen en su vida como una larga lucha, resuelves un problema y llega el siguiente y a menudo sus efectos secundarios son poco placenteros a menudo. Esto es lo que me hace un pesimista a corto plazo y un optimista a largo plazo.

 

Recientemente fallecido, no queda más que recordar y honrar al hombre a través de su obra. Aquí el video con la entrevista completa en inglés:

 

 

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El materialismo nos está volviendo cada vez más miserables

Sociedad

Por: Kin Navarro - 01/13/2017

Datos sorprendentes que ponen en perspectiva el estilo de vida consumista que tanto aumenta en estas fechas

Empaques, envolturas, contenedores, hasta lo que llevan por dentro resulta mera superficie, como nosotros. Todo termina en la basura igual. ¿Es ese nuestro destino?

En estas fechas puede resultar inevitable enfrentarse a las exigencias consumistas que nos impone la mercadotecnia y que hemos adoptado con singular pasividad. En una época en la que se pregonan los valores morales y espirituales que deberían unirnos se practican las dinámicas que terminan por enfrentarnos y aislarnos: competencia, atropello, pretensión, envidia.

Comprar no nos hará más felices, al contrario, perseguir un estilo de vida basado en la ilusión del bienestar del consumo sólo nos aleja de la plenitud que creemos estar pagando. Las cosas que acumulamos pesan sobre nosotros, las cosas que compramos para impresionar a otros y agradarnos más sólo nos vuelven miserables. Comprar como estilo de vida es burdo. Compro luego existo: confundimos nuestra autoestima con los ceros en la cuenta del banco.

Mientras más cosas tengo más cosas me faltan, y así interminablemente. No importa nuestra clase social ni el poder adquisitivo que tengamos, nunca será suficiente, nunca se tendrá suficiente. Se trata de un oscuro vacío que crece en nuestro interior y lo devora todo.

Alardear sobre nuestros pequeños o grandes gastos, sobre los lujos que podemos tener (aunque sea de vez en cuando), sólo manifiesta una profunda falta de amor propio y hacia los demás. Porque presumir objetos es darse importancia a partir de algo externo a nosotros con el fin de llamar la atención de otros, provocar envidia y admiración de propios y extraños sin generar un puente o un vínculo con ellos, al contrario, termina por aislarnos aún más. Luchamos por el amor y el aprecio de los demás: una interminable competencia por demostrar(nos) que somos valiosos a través de cosas.

Basta echar un vistazo a las redes sociales para reconocer que hay algo saliéndose de control en nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Para muestra bastan los cientos y cientos de perfiles de adolescentes y jóvenes que se jactan del dinero de sus padres, posan junto a autos de lujo, presumen viajes, muestran bolsas atiborradas de parafernalia opulenta. Deténgase a ver las comisuras de su boca, vea una tras otra sus fotos, revíselas bien, interprete sus posturas, mire su semblante, observe su mirada, encuentre la pegajosa tristeza clavada al fondo de sus ojos.

Relojes, viajes, ropa cara, gadgets ridículos, libros que nunca se leerán, instrumentos que no se han de tocar, animales que luego serán abandonados, paseos en yate, turismo chatarra: todo cabe en el carro del súper si se trata de satisfacer los impulsos que se nos inculcaron desde chicos. Sin importar cuáles son tus intereses o aficiones el mercado está dispuesto a satisfacer tus necesidades. ¿Cómo te quieres mostrar ante los demás? ¿Qué quieres proyectar? Ser para parecer, parecer para ser.

Ofertas, descuentos, rebajas sobre rebajas. Lo más devaluado hoy en día son aquellas cosas que no tienen precio, todo lo que nos es regalado de forma natural y que, por ello, damos por sentado, despreciamos, desperdiciamos. Nuestro entorno, la comunicación interior y con otros, el afecto, la ternura, el cariño, el amor son apenas palabras, un pálido forro para envolver regalos.

Para la mayoría estas aspiraciones son sólo eso, los gastos corrientes no permiten seguir el paso a los grandes derrochadores de bienestar material; si acaso, los más tristes se limitarán a simular ser acaudalados mientras persiguen mes con mes apenas lo necesario.

 

 

Si siente que exagero o que hablo desde el idealismo, pongámonos científicos. Un estudio psicológico más o menos reciente aplicado a varios voluntarios demostró que las personas que tienen una visión materialista de la existencia no sólo son más solitarias, indiferentes, egoístas, sino menos empáticas y agradecidas. Los investigadores tomaron como muestra a un grupo variado de personas de 18 años a los que preguntaron sobre sus valores, su visión del mundo y aquello que era importante para ellos; luego, 12 años después, retomaron las entrevistas. Su sentido de autonomía, de pertenencia, su bienestar y el propósito que dan a su vida fue demolido con cada tarjetazo. Incluso, psicológicamente hablando, eran más propensos a sufrir desórdenes. Al contrario, mientras más se alejaban de una visión utilitaria y materialista del mundo, todo lo mencionado aumentaba y eran más felices.

Otro estudio más observó la vida social de Islandia luego del colapso de su economía. Algunas personas intentaron recuperar el tiempo perdido y se enfocaron en la ostentación y las pertenencias, otras redujeron la importancia que daban al dinero para centrarse en su vida social y familiar. Se encontró una correlación similar al primer estudio: el primer grupo era infeliz, el segundo logró mayor bienestar.

Un tercer estudio mostró a un grupo de voluntarios imágenes de artículos lujosos y mensajes que se referían a ellos como consumidores antes que como ciudadanos o personas. Todos mostraron un aumento en las aspiraciones materiales así como rasgos de depresión y ansiedad. Se volvieron más competitivos y egoístas, se redujo su sentido de la responsabilidad social y eran menos propensos a unirse a causas sociales. Los investigadores concluyeron que estar expuestos a esta clase de mensajes puede disparar estos efectos de manera temporal.

Un cuarto estudio investigó durante seis años a 2 mil 500 personas. Se encontró una correlación entre el materialsmo y la soledad. Mientras más materialistas se volvían crecía su tendencia a aislarse; mientras más aislados estaban, resultaba más fácil que se volvieran materialistas. Nos atamos a las cosas cuando abandonamos nuestras relaciones.

Enfermedades mentales, relaciones rotas y deudas impagables es el rastro que deja el capitalismo a su paso. Para funcionar nos aísla, para sobrevivir lo consume todo. Los consumidores terminan consumidos.