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Esencialmente narrativo, irónico e intrigante, el segundo álbum de Lynch es un buen estímulo psicosonoro

Hace un par de años David Lynch lanzó por segunda ocasión un LP musical, The Big Dream (2013). Por momentos ácido y visceral, este álbum se desliza, a lo largo de 12 tracks, sobre una especie de oscuro blues y rock de época. Seducción, fatalidad, melancolía y metafísica, se funden en una narrativa lúdica –con súbito aroma a un rodeo eléctrico, a una pesadilla vintage o a una noche de graduación transtemporal. 

Lo que seguramente fueron, en un principio, disfrutables y espontáneos jams, terminan siendo sofisticadas atmósferas –gracias a la intervención de su colaborador ‘Big Dean Hurley’, repletas de loops, guitarras, samplings, y teclados, que acompañan los terapéuticos monólogos de Lynch, encargado de las vocales. La combinación de todo lo anterior cataliza el ‘sonido sucio’, tipo garage, que caracteriza al disco, en un desfile de lúcida ironía.

Fiel a su estilo cinematográfico, el también artista plástico y efusivo promotor de la meditación trascendental nos ofrece con este álbum elegantes herramientas para distorsionar aquello que calificamos como ‘la realidad’ –invita, sin pudor, a sumergirte en una aventura onírica.

Si bien no estamos ante un disco que pasará a la historia por su calidad musical, lo cierto es que su propuesta es destacable –más allá de que difícilmente se puede separar la admiración que sentimos por el trabajo cinematográfico de su autor. En pocas palabras, lo más recomendable sería disfrutar de este álbum, como si se tratase de una sesión de psicoanálisis, recostado sobre un diván de terciopelo azul.

 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

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Por: Pijamasurf - 11/23/2016

Una muestra de la fantástica obra de Vladimir Kush

Vladimir Kush es un pintor ruso con una prodigiosa imaginación. Su obra, la cual él mismo describe como "realismo metafórico", explora las infinitas posibilidades de las conexiones visuales y de la irrupción de los fantástico en la realidad. Sueños inspirados por un alma artística que busca descubrir la magia detrás de la realidad.

El universo de Kush está dotado de un animismo por el cual la naturaleza está unida indivisiblemente a la imaginación, como en una caja de resonancias. Hay algo de la visión de un niño que permanece más allá del tiempo, aún no programado a percibir el mundo de manera opaca y convencional. Su obra es una invitación a ver el mundo desde el asombro, a estremecer el velo de la realidad y transformar la experiencia en arrobo estético. 

 

Aquí puedes ver una muestra más amplia de su trabajo