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Todos los tarots actuales en el fondo tienen un origen egipcio

El hombre Colgado (El Colgado, Arcano XII), sacrificio,

es decir, lo que da fuerza.

Mientras más grande es el sacrificio del hombre,

mayor es su fuerza.

La fuerza está en proporción con el sacrificio.

El que puede sacrificar todo, puede hacer todo...

(Piotr Ouspensky, El simbolismo del tarot)

 

1. El mito de Osiris y el arcano XII del tarot

Tras ser traicionado, muerto y descuartizado por su hermano Set, los fragmentos del cuerpo de Osiris resultarían diseminados por parte de sus secuaces por todo el antiguo Egipto. Entonces Isis, la poderosa bruja y reina, esposa de Osiris, ayudada por el también mago, alquimista y escritor amigo suyo, Toth, se daría a la tarea titánica de rastrearlos, encontrarlos e irlos unificando hasta rehacer por completo el cuerpo del dios derrotado y destrozado.

La única parte que no fue posible hallar, pese a un esfuerzo de búsqueda exhaustiva de años, fue su pene, extraviado para siempre, quién sabe en qué parte del Nilo. Se cuenta que Isis, sumamente habilidosa hechicera y curandera, forjó un miembro sexual sustituto con una aleación especial de oro y otros elementos de origen vegetal y mineral. Con la ayuda de Toth, de nueva cuenta, realizaron un conjuro para otorgar vida al cuerpo inerte y reconstruido de Osiris. Por medio del nuevo pene de oro Isis pudo acoplarse sexualmente con él, engendrando y pariendo posteriormente al hijo de ambos, Horus, en honor del aurum u oro, el noble metal que sería el vehículo por medio del cual Isis quedaría encinta de su marido.

Para la posteridad, a lo largo de muchísimos milenios venideros y hasta llegar a nuestros días, Osiris quedaría plasmado en el arcano XII del tarot, en la carta de El Colgado: el personaje que hace un tremendo sacrificio para obtener un mayor conocimiento y transformarse a sí mismo, colocándose por propia voluntad en una postura de cabeza, casi yóguica, aludiendo al momento en que se dejó vencer por su hermano Set.

La poderosa presencia de El Colgado en el medio de los arcanos nos remite necesariamente al autosacrificio, a la necesidad de morir voluntariamente para renacer, a la renunciación y la negación de las identificaciones y los engaños de las apariencias mundanas, mediante un antiquísimo rito de muerte en esta vida. De manera obligada, este arcano y el mito de Osiris remontan a diversos mitos semejantes: el de la crucifixión de Cristo, la lucha de Mitra contra su Toro, la muerte y partida de Quetzalcóatl, la caída y peregrinaje de Thor, etc. Es probable que muchos de ellos fueron calcados del de Osiris, mucho más primigenio y ancestral, y quizá todos provenientes del mismo origen arcaico.

Ligado astrológicamente a la casa de Piscis, el arcano XII o El Colgado del tarot, y al planeta Neptuno, alude sin duda alguna a un impertérrito ritual de muerte y resurrección simbólica que debió practicarse desde mucho antes de la época faraónica en Egipto, bastante anterior, desde luego, al cristianismo, igual que las pirámides y la esfinge, las cuales se encontraban ya en el desierto cuando llegaron los primeros egipcios, quedando legado para nosotros y plasmado en nuestro tarot actual.

Sólo entonces entendemos por qué el mago Gurdjieff afirmaba una y otra vez que el cristianismo esotérico era mucho más antiguo de lo que podíamos imaginar.

 

2. Horus, entrenado por Toth, vence a Set

Horus, el hijo que pariera Isis luego de aquel legendario rito sexual con el falo de oro de Osiris, sería educado y entrenado por Toth, el antiguo mago, curandero y escritor aliado de su madre.

Toth también tiene un lugar preponderante en el tarot de hoy en día, ubicado en el arcano número I: El Mago, llamado por los griegos y romanos Hermes Trimegisto o Mercurio por los últimos, luego de la incorporación de la religión egipcia al imaginario y la vida cotidiana grecorromana. Esta carta también se encuentra ligada al planeta del mismo nombre, Mercurio, representante de la juventud, la comunicación, la escritura, la adivinación, las artes oscuras. Y es que Toth fue a la vez inventor de la escritura, mago, curandero, alquimista, músico y veterinario. Patrón de los lectores de cartas, los practicantes de las artes adivinatorias, los kirólogos y tarotistas; se le atribuye a Toth, de hecho, haber compilado y diseñado el primer tarot de todos los tiempos, el legendario Libro de Toth, del que presuntamente se tuvo una copia impresa sobre litografías en la vieja Biblioteca de Alejandría, que se perdiera tras varios incendios sucesivos a manos de romanos y cristianos, y al cual el mago Aleister Crowley dedicó su vida entera para tratar de reconstruirlo.

Horus se encuentra, lo mismo, presente en el tarot actual, ubicado en el arcano VII, El Carro, montado en algunos mazos de cartas, como el de Marsella, sobre dos caballos, uno color blanco y otro negro, quienes aluden a dos tipos de energías existentes en el universo. En el tarot Rider, los caballos son sustituidos por dos esfinges con los mismos colores. El arcano VII está ligado al planeta Saturno, de la inteligencia, la visión más allá de la vida, la potencia mental y el vigor psicológico. Y es que así era Horus; educado por Toth, tenía un poco de mago, en efecto, pero también un mucho de artesano, comerciante, guerrero y soldado. Por algo pudo vencer por fin a Set, su tío, y vengar la muerte de su padre.

Set, el hermano de Osiris, tiene una presencia ineludible en el arcano XV, conocido en nuestro lenguaje actual como El Diablo, el visionario por excelencia. El pentagrama, ubicado en la frente del macho cabrío que lo representa en los mazos de Rider y Toth, de Waite y Crowley, evoca los poderes de percepción extrasensorial que permiten conectar su tercer ojo más allá de las eras, las galaxias y las dimensiones. Set era un visionario sin igual y un viajero de mundos astrales. Nada que ver con la visión cristiana actual, que le adjudica a este arcano la causa de todos los males de la humanidad. Podemos apreciar una reminiscencia muy clara de la lucha entre Osiris y Set en la parte de los Evangelios cuando Cristo va al desierto y es tentado por su contraparte: el Diablo.

Isis se encuentra ubicada en el arcano número II, en La Papisa, poseedora del velo al cual los iniciados deben saber hacer a un lado para encontrar los secretos que ella tiene para mostrar. La papisa es regida por la Luna, invitando a los consultantes del tarot a la introspección, la calma y paciencia, buscando en ellos mismos antes de pretender avanzar hacia logros externos. Esa es la única manera en que el iniciado puede acceder al aprendizaje de lo que hay más allá de su velo.

 

3. La presencia de las deidades egipcias en el tarot

Los lectores avanzados de tarot intuían desde siglos atrás la presencia de las deidades egipcias en el trasfondo más profundo de sus cartas. Y es que el tarot es un maestro que por sí mismo va enseñando cada vez nuevas cosas, despertándole nuevas capacidades emocionales, ayudándole poco a poco a conectar con nuevos conocimientos, revelándole en cada símbolo nuevos panoramas. Durante muchos años era una verdad a medias que no muchos se atrevían a afirmar, pero  unos cuantos sabían de un modo u otro: los dioses egipcios están tras cada arcano del tarot.

Tanto Waite como Crowley intuyeron la presencia de dioses y símbolos egipcios en cada carta, por ello sembraron los diseños de sus tarots con claves, señales, imágenes y alusiones al mundo egipcio antiguo. Empero, dicha presencia era apenas sugerida, disfrazada o velada.

Presuntamente Toth habría entregado su libro a los primeros hombres, quienes se encargaron de estudiarlo y resguardarlo. No sabemos si Hermes o Toth realmente fue un personaje mitad humano y mitad deidad que fue un maestro para los hombres prehistóricos, o si se trató de una escuela milenaria que a lo largo de los siglos se dedicó al estudio de la sabiduría hermética, incluyendo sus símbolos, rituales y enseñanzas.

El tarotólogo y esoterista Sebastián Vázquez Jiménez identifica a San Antonio Abad, o Antonio el Ermitaño, como uno de los depositarios del conocimiento hermético de Toth y presuntamente del tarot. Nacido en el Bajo Egipto, en una época en que el cristianismo aún no tenía el carácter dogmático, doctrinario e inquisitivo que adquirió en siglos posteriores, probablemente pudo llenarse de un sincretismo libre, mezclando en su pensamiento fragmentos del cristianismo primitivo, el gnosticismo y las enseñanzas herméticas, fusionando lo primero del cristianismo y lo último que quedaba de la religión egipcia. Ignoramos si en algún momento, ya bautizado como cristiano primitivo, entró en contacto durante sus meditaciones en el desierto con algún grupo esotérico de los seguidores de Hermes Trimegisto, o si incluso contactó con el mismo Toth en algún punto, quien le transmitiría parte de sus enseñanzas, simbolismos e incluso el tarot.

Antonio el Ermitaño formó cierta escuela con sus seguidores en el desierto, quienes se dedicaron a la oración, la reflexión y la meditación en silencio. Probablemente, también al estudio de diversas teorías esotéricas vinculadas a las enseñanzas de Toth y al tarot.

Órdenes religiosas y cofradías posteriores como los Templarios y los Hospitalarios viajaron a Oriente, se acercaron conscientemente a los seguidores de Antonio que encontraron en el desierto y tuvieron contacto con su sabiduría iniciática, llevándola de regreso a Europa, donde estos conocimientos habrían sido absorbidos por diversos grupos y estudiosos especialistas en ocultismo.

También los gitanos, expulsados durante el Medioevo de la India por el Islam, en su peregrinar desde Oriente a lo largo de Asia Menor y Europa llevarían con ellos el tarot como instrumento de adivinación y transmisión de conocimientos profundos, diseminándolo por el mundo e introduciéndolo en Occidente.

 

4. El Juicio Final, La Resurrección de los Muertos y La Psicostasis

Después de la popularización del tarot de Waite, en el siglo XX se imprimieron diversas versiones del mismo con una ambientación francamente egipcia, pero no dejaban de ser para nada calcas o copias del Waite, sin aportar en lo absoluto nada que esclareciera el vínculo entre el tarot moderno y las deidades egipcias, utilizando más bien una parafernalia que pretendía ser egipcia para atraer compradores y brindar a las cartas un carácter más interesante.

Luego apareció el tarot egipcio del doctor Moore, el cual estaba basado en una relectura del antiguo testamento y parte de la mitología egipcia. Hay un avance bastante notable por parte del autor del mismo, nombrando por ejemplo al arcano XX, conocido como El Juicio, La Resurrección de los Muertos, aludiendo al proceso de resurrección de Osiris. El tarot del doctor Moore alcanzó cierta popularidad en algunos círculos de brujos, adivinadores, y lectores de cartas, sobre todo en los mercados y en las clases populares de América Latina, pero hemos observado que ha caído paulatinamente en desuso y cada vez es más difícil encontrar un mazo suyo.

Y finalmente llegó a nuestras manos El Tarot de los Dioses Egipcios, creado por el citado tarotista Sebastián Vázquez Jiménez, que es toda una novedad y aportación por mostrar de manera explícita cada deidad egipcia vinculada con su correspondiente arcano del tarot, esclareciendo mucho de lo que los lectores veteranos de cartas ya intuíamos desde años atrás, los nexos de cada arcano con cada dios egipcio, con los planetas de nuestra galaxia y las casas zodiacales.

En El Tarot de los Dioses Egipcios de Vázquez Jiménez se nombra por ejemplo al arcano XX, anteriormente descrito: El Juicio, La Psicostasis, ahora sí en franca alusión al proceso con el cual Isis y Toth reconstruyeron el cuerpo de Osiris y le devolvieron la vida mediante un rito mágico.

Respondiendo a la pregunta inicial que da título a esta nota --¿cuál es el verdadero tarot egipcio?-- no nos queda más que afirmar que todos los tarots actuales en el fondo tienen un origen egipcio. Con el paso del tiempo, los esfuerzos de Waite y Crowley fueron esclareciendo los puentes que existían entre el tarot y la mitología egipcia, también con la cábala y la astrología, junto al del doctor Moore.

Pero el tarot que de un golpe nos develó todos los vínculos existentes entre cada deidad egipcia, comenzando con Isis y Toth y pasando por Horus, Osiris, Set y Ptah hasta llegar a La Psicostasis, es El Tarot de Los Dioses Egipcios, de Vázquez Jiménez.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

El ser humano quiere encontrarse a sí mismo buscando vida extraterrestre que le diga quién es. ¿No sería más fácil tomar en serio su propia conciencia y dedicarse a explorar el espacio interior?

Al intentar estudiar la mente, la ciencia se topa con un problema básico: no hay forma de mantener su método basado en la objetividad. Algunos científicos intentan sortear este obstáculo sugiriendo que en realidad no existe la introspección y que la conciencia es una ilusión generada por el cerebro, por lo cual es suficiente con estudiar las correlaciones neurales que ocurren cuando una persona cree que esta experimentando algún fenómeno (un orgasmo, el cielo azul, pánico, etc.). Pero esta visión materialista no es muy convincente, después de todo lo primero y más irrefutable que sabemos es que somos conscientes, que el mundo existe porque tenemos experiencia de él. "Debemos recordar que nuestro conocimiento del mundo empieza con la percepción, no con la materia. Estoy seguro de que mi dolor existe, porque mi 'verde' existe, y mi 'dulce' existe. No necesito prueba de su existencia, porque estos eventos son parte de mí; todo lo demás es una teoría", dice el físico Andréi Linde, una voz lúcida e inusual dentro de la ciencia establecida.

Estudiar la mente, específicamente la conciencia, supone una crisis existencial para la ciencia --se le llama "el problema duro"-- en la cual debe trascender sus paradigmas, por lo cual no debe sorprendernos que se suela preferir simplemente no estudiar la conciencia. Así, entonces, tenemos hoy una serie de modelos que describen objetos cósmicos que se encuentran a miles de años luz de distancia con mayor precisión y con mayor aceptación dentro de la comunidad científica de lo que hemos podido describir científicamente la naturaleza de la conciencia. ¿No es esto paradójico e incluso un despropósito de nuestro conocimiento? Y es que aunque es maravilloso y sumamente bello entender la naturaleza de las estrellas o de objetos como los cuásares o de toda la abundante y espectral gama de partículas microscópicas (como los diversos y encantadores tipos de quarks), un pragmático diría que es más importante entender quiénes somos y cómo usar nuestra mente para ser felices. 

Uno de los principios por los cuales se rige la ciencia materialista mantiene que sólo lo que se puede medir es real y merece considerarse como un objeto de estudio. De aquí posiblemente se extrapola la concepción cosmológica moderna donde se entiende que descubriremos las verdades de nuestra propia ontología observando el mundo externo y así lo que somos debe ser definido por aquello externo a nosotros que tiene una naturaleza objetiva e independiente. Es decir, un tercero, aparentemente independiente, deberá pasar juicio o hacernos dimensionar nuestra propia naturaleza. Así, se dice que el momento fundamental de nuestro entendimiento como humanidad en el planeta Tierra fue cuando obtuvimos la icónica imagen de la Tierra fotografiada desde el espacio. Una parte central de lo que motiva los programas de exploración del cosmos e incluso la búsqueda de vida extraterrestre está predicada bajo el fundamento de que al descubrir los secretos del universo físico finalmente descubriremos quiénes somos. Encontraremos nuestro lugar en el universo cuando nos veamos reflejados en los ojos de los extraterrestres. El astrofísico Paul Davies expresó esto en un artículo reciente: 

Cualquiera que sea la estrategia usada, la búsqueda de vida extraterrestre sigue siendo un disparo en la oscuridad. Puede que no exista vida inteligente allá afuera. Pero ni siquiera intentarlo sería enormemente decepcionante. Parte de lo que nos hace humanos es nuestro sentido de curiosidad y aventura, e incluso el acto de buscar es un ejercicio muy valioso. Como dijo Francis Drake, el astrónomo que fundó el SETI con un pequeño presupuesto en 1960, el SETI es una búsqueda de nosotros mismos, quiénes somos y cómo encajamos en el gran esquema cósmico.

Alan Wallace, maestro budista y físico, comenta sobre esta cita que si la enorme importancia que tienen estos proyectos para busca vida extraterrestre está fundamentada en la idea de que así finalmente sabremos quiénes somos, en realidad estamos muy extraviados. La más pura lógica científica indica que si uno quiere saber qué son las estrellas, debe observarlas lo más directa y cercanamente que le sea posible. Si uno quiere saber qué son los seres humanos debe estudiarlos y, ya que lo que define a los seres humanos es su conciencia (por eso se llama a la especie Homo sapiens, el animal que sabe que es), entonces debe estudiar su proceso cognitivo, su experiencia subjetiva del mundo. Aquí necesariamente, si se quiere tener una visión completa, es necesario incluir reportes de experiencias en primera persona: qué ocurre cuando una persona toma LSD, qué ocurre cuando entra en un estado de meditación samadhi, qué ocurre cuando se reza o cuando se toma un placebo, etcétera --y no sólo qué zonas se activan en el cerebro cuando esto ocurre, lo cual nos deja una visión sumamente pobre de la experiencia humana. La mente es la mayor parte de nuestra experiencia del mundo, por no decir que lo es todo. 

Wallace comenta con cierta ironía que el SETI recientemente ha recibido 100 millones de dólares para que siga sondeado el espacio en búsqueda de una señal de inteligencia extraterrestre. Esto sería el equivalente a 20 observatorios para contemplativos, donde se podrían buscar otras señales de inteligencia. Wallace tiene el proyecto de montar centros para la práctica de las técnicas contemplativas que enseña la tradición budista, específicamente para alcanzar el estado de shamatha, el cual es equivalente a alcanzar los 4 dhyanas que enseñó el Buda como parte del sendero hacia la iluminación y los cuales la tradición recoge que implican la obtención de distintos poderes mentales (siddhis), uno de los más mencionados es el poder recordar todas las vidas pasadas. Wallace cree que esto puede ser puesto a prueba científicamente: las personas pueden alcanzar estados de gran concentración mental y establecerse en lo que se conoce como alaya, la base de la mente que tiene continuidad de vida en vida (similar al mundo de las formas de Platón y a los arquetipos junguianos) y se les puede entonces hacer pruebas de visión remota y demás facultades paranormales o pedirles datos de sus otras vidas, los cuales podrían ser luego investigados.

Tenemos, en cierta forma, toda una tradición de una ciencia de la conciencia, una ciencia contemplativa --en el budismo pero ciertamente en otras religiones también-- que hemos dejado a un lado (y que tal vez ya han descubierto quiénes somos realmente). El olvido de la introspección y las diversas técnicas para calmar, concentrar y conocer la mente han hecho que, aunque hemos tenido asombrosos avances en nuestro dominio de la naturaleza externa, no hayamos progresado en ninguna medida en el dominio de nuestra propia mente y en el logro de lo más básico que busca el ser humano: la felicidad. Prueba de ello es que nuestra civilización ha logrado hacer la vida material más cómoda y segura, lo cual debería reflejarse también en tener una experiencia más feliz y tranquila (¿si no, de qué sirve esto?), pero mientras que acumulamos riqueza material (explotando a la naturaleza) cada vez más personas tienen algún tipo de enfermedad mental y cada vez perdemos más nuestra conexión con los demás y nuestra capacidad de vivir en equilibrio con el entorno. Creemos que el placer y la felicidad están en los objetos (y el sufrimiento en no tener o padecer otros objetos), pero en realidad todo el placer o sufrimiento que pueden generar los objetos no existe más que en nuestra mente. 

A riesgo de ser reiterativo, ¿acaso no sería prudente dirigir nuestra máxima energía e inteligencia a entender nuestra propia mente, desarrollar y utilizar nuestros propios telescopios internos para sondear el espacio de nuestra conciencia? Esto evidentemente no significa que debamos dejar de explorar el espacio exterior y buscar entender el cosmos, sólo que lo hagamos de manera equilibrada (no con el horror vacui que caracteriza a nuestra civilización y que la hace moverse hacia afuera huyendo de observarse a sí misma). Se ha dicho que explorar es una conducta esencialmente humana, y una vez que recorrimos todos los rincones de la Tierra dirigimos nuestros esfuerzos hacia el espacio exterior, pero ¿qué hay de esa exploración interna, de ese universo que todos llevamos dentro y que permanece como un enorme misterio? Carl Jung sugirió que el ser humano común vive como una especie de esclavo de su mente inconsciente; esto hasta que no profundiza en su propio conocimiento, lo cual es equivalente a la libertad. El Buda, por su parte, notó que todo el sufrimiento tiene como origen la ignorancia, desconocer que la mente es la causa de todo lo que vivimos. Así, al no explorar la mente y no desarrollar una ciencia de la mente, somos como el ave que, acostumbrada, se mantiene en su jaula, sin poder ver que está completamente abierta.

 

Twitter del autor: @alepholo