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Aun aceptando el valor de la obra, ella siempre es fruto de un gran creador. Si no hacemos creadores, nunca tendremos obras. Y si no creemos que podemos inventar, nunca inventaremos

…Queda el consejo que dio a sus directores de Eleva Jorge Paulo Lemann, que se debate en temas educativos hace décadas: no inventen la rueda.

Revista Veja, noviembre de 2016

 

Estamos hartos de que nos machaquen con que no debemos inventar de nuevo “la rueda”, ni “el hilo negro” ni “la cuchara”. Me revelo contra esa estupidez dañina. Voy a explicarme.

Me importan mucho más los inventores que los inventos y los productores que lo producido; en todos los órdenes. Si pudiera y si se hubiera podido, me hubiera comprado a Picasso para llevármelo a casa y no al Guernica; me habría parecido mucho mejor inversión. Lo mismo que a Steve antes que al iPhone 7 o a Borges que a sus Obras Completas. El inventor es materia viva, cosa haciéndose, pura potencialidad. Toda obra faltamente se cristaliza. El creador será siempre insondable, aunque sea finito. Pero hay más.

Aun aceptando el valor de la obra, ella siempre es fruto de un gran creador. No hay obra sin creador, aunque puede –y hay-- grandísimos creadores con poca y desmembrada obra. Si no hacemos creadores –quiero decir-- nunca tendremos obras. Y si no creemos que podemos inventar, nunca inventaremos. Se equivocan quiénes nos avisan (muy tempranamente, en general) que no inventemos lo inventado, porque si nos censuran de ese modo el camino de la creación, nunca seremos inventores. Y después vienen a preguntarnos por qué no lo somos. Menuda locura.

Cuando uno crea no sabe si lo creado valdrá la pena (y muchísimas veces no lo vale); pero si no crees que puede valer la pena, nunca crearás nada. Y para eso, el creador debe enfrentar al mundo como posibilidad y no como alienación. Es el quid. Es simple y contundente. Sin embargo…

Cuando nos dicen que no inventemos el hilo negro nos están diciendo al mismo tiempo varias cosas, embutidas en ese marrón de sentido común tóxico. Nos están diciendo que entonces copiemos. La expresión se usa muchas veces para mandar a copiar lo que otros sí han inventado (en general, al primer mundo). Hacen apología de la copia y parece que no se dieran cuenta. Crimen intelectual, hasta podríamos decir; no como práctica, pero sí como ética. Quien nos manda a copiar no está percibiendo que la calidad de la gente que está desarrollando no pasa por el producto que desarrollemos, sino por la potencialidad que seamos capaces de desenvolver para crear productos. Y copiando, en lugar de potenciarnos, se nos está atrofiando. Hay una cadena de elogios venenosos que parece que no percibiéramos cuando dejamos pasar esas máximas de Perogrullo. Se está elogiando la copia; se está ponderando el producto sobre el productor; se está atrofiando el espíritu creativo del grupo; se está desalentando –gravemente-- el ímpetu emprendedor de todos nosotros.

Yo mismo no sé si esto que aquí estoy tratando de escribir ha sido o no dicho antes, pero, ¿se imaginan qué sería de mi si me hubiera dedicado a buscar referencias antes de ponerme a escribirlo? Mi proceso personal de escribir estas líneas, de construir mi hilo argumental y de buscarle su solidez y su estética, me constituye para éste y para cualquier otro texto que vaya a escribir en mi vida. Incluso, tal vez, haya tramos de mi argumentación gastados por la historia, y otros que no, pero los que no dependen de los que sí, siempre. Llego a ellos porque recorro los otros. La creación es un envión que arrastra de todo; lo remanido –si lo hubiera-- es el necesario calentamiento. Cojo confianza y voy y mientras voy me van apareciendo las cosas, las gastadas y las perlas, sin que yo sepa muy bien qué es qué. El proceso tiene un orden diferente al que nos quieren obligar. No debo ir a buscar si alguien ya ha dicho –hecho-- lo que estoy teniendo ganas de decir o hacer; no es así como debo proceder. Al contrario, debo ir a fondo y sin mirar a los lados tras lo que estoy teniendo ganas de decir o hacer. Y luego, cuando me haya sumergido en ese “espacio productivo”, cuando haya perfilado mi lugar en ese “campo problemático”, entonces sí llegará el momento de volverme a ver qué se ha dicho, se dice y se hace sobre lo que está interesándome. Pero no para copiarlo; porque yo ya he tomado posición. Me regresaré para desafiar mi posición ante otros, para alimentarla, para ajustarla, para pulirla, para rectificarla, para ratificarla o para lo que vaya a hacer. Pero nadie me quitará lo que realmente vale en procesos como estos: mi experiencia creativa; mi relación emocional con la posición construida; mi “propio saber” sobre el tema; mi impulso por entrar en él y profundizarlo; mi destreza para moverme en su interior, etcétera.

Y claro que todo esto me interesa porque atraviesa el diseño escolar por su diagonal. Todo el tiempo en la escuela estamos –tácitamente-- discutiendo estas cosas. Es sin duda uno de los núcleos constitutivos de la ideología sobre la que está montada toda institución educativa, académica.

Como acaba pasando con los movimientos perversos, la misma instancia que genera un mensaje luego expresa sus quejas por las consecuencias de lo que subrepticiamente propició. Se incomodan porque los alumnos no crean, como si fueran ingenuos o neutros en todo eso. Vamos a desmontar el caso.

El otro día me encontré con un software “escolar” que da un servicio increíble: escanea un texto y desvela cuánto (genera un porcentaje detallado) de él es de creación genuina y cuánto es plagio (usa este sustantivo). Es un software para escuelas y profesores, claro está, y para perseguir y encarcelar alumnos presuntamente pícaros. Tiene éxito en las escuelas. (Por cierto, me lo encontré en Europa, no vayamos a creer que estas son cosas de periferias). En lugar de preguntarse por qué los alumnos copian y pegan todo el tiempo en los trabajos escolares, la escuela compra un software punitivo para capturar esas malformaciones. Y luego nos saturan con aquello de que no inventemos las ruedas. ¿Es que no se da cuenta la escuela de que si los alumnos copian y pegan es porque nosotros –los educadores-- estamos valorando el resultado de esa operación y –más aún-- desincentivando los otros caminos? No nos damos cuenta porque nuestra doble moral es escandalosa. Creemos que porque decimos que es necesario tomar posición y no copiar, entonces el mensaje está dado, y son los alumnos los que no lo quieren comprender. No estamos dispuestos a vernos en un espejo más honesto; probablemente porque intuimos el carácter siniestro de la imagen.

La escuela tiene que desarrollar creadores. No estoy diciendo que debe incubar creaciones, sino creadores. No importa nada la calidad de las creaciones (sobre todo en esta instancia formativa inicial que es la escuela), pero sí importan las creaciones como parte de la construcción del creador. Sin embargo, lo hacemos al revés, para fallar otra vez más. ¿Has visto que la escuela tiende siempre a “sacralizar” las producciones de los niños y a olvidarse de ellos como proceso? Cuelga de las paredes los poemas de los niños y niñas de 9 años; hace orondas carteleras con los proyectos de sustentabilidad de primer año; decora su site con la “muestra de arte”; manda a casa religiosamente en cada fin de trimestre la carpeta (carpetota) de los niños de 5 años y sus trabajos. Es un mensaje al menos confuso. De nuevo, no vale lo producido, valen las marcas que ese proceso de producción pueden haber dejado en el productor. Pero de esas marcas no hay “muestras” ni “carteleras” ni “carpetas”. La escuela está confundida y hace de los productos de los “juegos creativos” su producto, cuando su producto siempre es y debería ser el alumno y su desarrollo. No me muestres lo que ha hecho mi hijo; muéstrame a mi hijo haciendo; muéstrame lo que el haber hecho ha dejado como saldo formativo en mi hijo.

Por eso nunca alcanzaremos a Finlandia en materia educativa. Porque nos hemos creído que le irá mejor a quien lo copie mejor. Y entonces van órdagos de gente para allá como si se tratara de un atractivo turístico de primer orden. Y miran, y sacan millones de fotos, y traen documentos. Y no surge nada que valga demasiado la pena. Y el proceso se repite, sin embargo, una y otra vez. Vaya idiota aquel que en lugar de hacerse un viaje a Finlandia, pasar por algunas de las escuelas experimentales de Inglaterra, visitar los incipientes proyectos escolares new age de Estados Unidos y conversar con los académicos en los jardines de Stanford University, elige parar para pensar un poco, probar algunas experiencias en su propio reducto, discutirlas con su gente en su contexto, escribir las cosas que se le van ocurriendo y tratar de organizar su propia cosmovisión educativa. ¡Vaya idiota!

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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Veo luces y colores, y velocidades que no conocíamos. Veo un mensaje fugaz que deja marcas incandescentes que resplandecen en 3D. Veo aparatos por todas partes y las ruinas de los precursores de esos aparatos agobiándonos. Veo destellos por aquí y por allá; profusión de luces y sombras en códigos difíciles de descifrar. Veo que las cosas se van concentrando en el aparato y que el aparato va concentrado nuestras vidas. Veo movimientos fortísimos y veo que no los vemos. Y que todo eso se acelera semana tras semana.

Ellos estudian el día antes de la prueba, lo queramos o no; en buena medida porque hacemos las pruebas que hacemos y ellas se resuelven mejor en la inmediatez que con otras estrategias más progresivas y profundas. Pero eso no lo queremos ver. También porque a ellos la inmediatez les encaja bien. Entonces, por todo eso y porque se les dan las reverendas ganas, nuestros alumnos estudian la noche anterior. Solos, encerrados y acostados. A veces hay algún perro o gatito por ahí y siempre hay un celular en la mano buena. Como si ese aislamiento o ensimismamiento o recolección no alcanzara, también siempre están con sus auriculares colocados. (No casualmente a Apple se le ocurre reinventarlos ahora; son protagonistas de la vida digital hoy.) Todo lo que allí entra, entra por ese nuevo caño que ahora se llama wi-fi. El celular –para ellos– es una voz en una red social, una trama de voces que ocupa su espacio solitario hecha de amigos y no tan amigos, de música, músicas superpuestas, relatos y lecciones, obligaciones mal atendidas y compromisos raros, pitidos, timbres, plips y zuuuns. Su celular les habla y ellos le hablan a él. Es su centro de gravedad.

Él está estudiando hoy porque mañana tiene prueba. No le interesa lo que estudia; no se plantea que le podría interesar lo que estudia. Estudiar es –para ellos– un verbo encapsulado que no tiene peso ni valor relativo. Es lo que es y, periódicamente, toca (como bañarse o como sentarse a la mesa familiar a cenar). Aun así, se puede hacer mejor o peor. Por eso recurre a los resúmenes de sus mejores compañeros, a la consulta con su mejor amigo, a los recursos más prácticos de la Internet más a mano. No se da fuelle, sólo le vale lo que le suma en lo inmediato para lo inmediato. Nada de profundidades, invenciones o discusiones; nada de caminos largos y de esfuerzos innecesarios. Videoaula (ésas en que un profesor –en general en YouTube, que dicen que ya tiene 20 mil horas de esta categoría en su acervo– explica un tema en un video de no más de 12 minutos) corta y práctica de los temas –o hasta los trucos— de la prueba.

Le cuesta concentrarse –ya lo sabemos–, pero en el fondo ni lo pretende. Repite lo que debe recordar o hace ejercicios uno tras otro, como autómata, para que la mecanización fije por repetición. Siempre igual; como si lo repetido estuviera más allá del sentido y como si los ejercicios no tuvieran cuestión. Esos ejercicios para ellos nunca se vuelven problemas. Y muchas veces ni lo requerido tiene sentido ni los ejercicios –nobleza obliga–, cuestión. Él, en general, tiene razón; contribuimos (aunque no lo queramos ver) a que tenga razón. Sea lo que sea, simplemente se lo estudia para rendírnoslo en la prueba. Y de lo que queda, ni de cómo queda, no hay reflexión. Ni en ellos ni en nosotros; menos aun, compromiso.

Nosotros no estudiábamos así. Sin embargo, nos embarazaba el mismo sinsentido. Yo lo recuerdo. Lo mío era mucho más de sentado y “mono-plataforma”, con velador y a la tarde y tal vez acompañado, pero al fin de cuentas, como ellos, yo tampoco iba a ninguna parte con todo aquello. Y aprobaba, por lo general. Como ellos.

Por inclinación profesional busco al libro educativo en todo ese alucinante ecosistema de estudio y no lo encuentro; ni en su versión más folklórica de las mil y pico de páginas encuadernadas en un volumen de tapa anodina, de nombre irrelevante y de precio mareante, ni en cualquiera de sus otras versiones sucedáneas, más baratas pero más etéreas como los libros digitales y esas cosas. En la escena de estudio de hoy (en la escena de estudio de hoy en el mundo entero) no hay libros ni textos ni páginas ni experiencias corridas ni artefactos que cueste trabajo sostener con las manos; tampoco hay culpas ni pesados imaginarios del deber de saber y academicismos por el estilo. No hay ningún tipo de libro por ahí; como ya no hay discos, aunque abunde la música. (Yo sé que hay abundancias también en esa habitación a propósito de estudiar; es nuestro desafío entenderlas y aprenderlas -como el que en su momento enfrentaron primero iTunes y ahora Spotify, cuando parecía que la música se nos había perdido con la caída de los discos–. Tendremos que saber gestionar esas abundancias invisibles del nuevo conocimiento después de admitir la caída de los tótems históricos.)

No hay ganas, tampoco. Ni de eso que hay que estudiar ni de otras cosas. No hay ganas –creo– porque hemos –nosotros, los educadores– llevado el diseño escolar a unos máximos de tedio casi perfectos. Somos insoportables y por eso no nos soportan. Damos clase hasta en los recreos; siempre sabemos de todo; ponderamos sobre sistemas de organización social, pero también sobre drogas, alcohol, buen vestir, ciudadanía digital, ritmos y tecnologías; nos creemos lo que no somos y contamos historias que no son; nos ponemos nerviosos ante lo bueno y nos crecemos con lo que no sirve; homologamos nuestras voces y nuestros puntos de vista como si lo hubiéramos ensayado por decenios. Por eso –creo de nuevo– ellos nos atienden así, con esa eficiencia desganada del que anda sobrado. Y es probable que les sobre; pero les sobra de lo que no les demandamos. Justamente. A eso que los alumnos hacen bien no lo reconocemos como valor. (Esto conecta con aquella abundancia invisible de la que hablábamos más arriba.)

Desconfiamos de ellos y de todo su ecosistema. Tú entras al mundo escolar y se siente la tensión soterrada. No nos cabe en la cabeza que esa tamaña seriedad que les demandamos desde la escuela pueda ser atendida por tan desmelenada escena de estudio casera y deshilvanada. Creemos que con ese ceremonial que han montado no están estudiando y que así no se estudia y seguimos apostando por una escena falsa, remedo de un iluminismo estereotipado.

Yo sé que los estudiantes no se están revelando y que este cierto tono épico que trasunta mi prosa no se detecta hoy día en las escuelas del mundo. Eso lo sé. Pero mi insinuación épica aun discreta proviene de la potencialidad instalada en esa situación y en esa tensión. Bien llevado, creo que ese desfase esencial entre lo que la escuela cree que pasa y lo que está pasando carga ímpetus de conspiración. El mero paso del tiempo no lo consolidará, pero tal vez sí, si se hacen algunos movimientos que –dios quiera– alguien, en alguna parte, esté incubando. Confío en los emprendedores para esto; ellos suelen ser intuitivos.

 

Twitter del autor: @dobertipablo