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¿Cómo hemos llegado a sentirnos tan alienados en la modernidad? (Una posible explicación)

AlterCultura

Por: Pijamasurf - 11/25/2016

La tecnología digital, el neoliberalismo y la cultura de las celebridades están haciendo que cada vez estemos más desconectados de lo que realmente importa

El supermercado como el gran templo de nuestros días. Todas las opciones, toda la libertad empaquetada: objetos brillantes de nuestro deseo creado en una agencia de marketing. La modernidad ha prometido la libertad, la riqueza y siempre el crecimiento infinito. Siempre seguiremos creciendo, acaparando el mundo, dominando la naturaleza, produciendo más cosas que podemos comprar y generando más ganancias. Esta apuesta a conquistar el mundo material y transformarlo en un producto --sin pensar en las consecuencias a largo plazo-- ha dejado a muchos de los ciudadanos de ese mundo colonizado por el neoliberalismo y las ideas del materialismo en un estado de estupor y alienación. Nuestro vacío existencial es llenado por el incesante bombardeo del entretenimiento y la publicidad: el significado de la vida se vuelve tener tiempo para poder vivir distraídamente sin tener que afrontar el vacío detrás de todos los objetos. 

Chales Eisenstein, quien aboga por una sociedad del decrecimiento, una vida más lenta y reflexiva orientada al significado y no a la acumulación de posesiones materiales, escribe en su libro Sacred Economics:

La situación en Estados Unidos, la sociedad más monetizada en la historia del mundo, es esta: muchas de nuestras necesidades son excesivamente cumplidas, mientras otras son trágicamente desatendidas. Nosotros, en las sociedades más acaudaladas, tenemos demasiadas calorías incluso al tiempo que estamos famélicos por comida hermosa y fresca; tenemos casas demasiado grandes pero carecemos de espacio para realmente encarnar nuestra individualidad y conectar con los demás; los medios nos rodean en todas partes, mientras que estamos famélicos por auténtica comunicación. Se nos ofrece entretenimiento cada segundo del día pero carecemos de la oportunidad de jugar. En el ubicuo reino del dinero, tenemos hambre de lo que es íntimo, personal, único. Sabemos más de las vidas de Michael Jackson, la princesa Diana y Lindsay Lohan de lo que sabemos de nuestros vecinos y el resultado es que ya no conocemos a nadie ni somos conocidos por alguien realmente.  

Las cosas que más necesitamos son las cosas a las que les hemos llegado a tener más miedo, como la aventura, la intimidad y la comunicación auténtica. Bajamos los ojos y nos quedamos con los temas que nos acomodan... Nos sentimos incómodos con la intimidad y la conexión, que son las grandes necesidades desatendidas hoy en día. Ser realmente vistos y escuchados, ser realmente conocidos, es una profunda necesidad humana. Nuestra hambre es tan omnipresente, es una parte importante de nuestra experiencia de vida, que no nos damos cuenta de lo que nos estamos perdiendo de la misma manera que un pez no sabe que está mojado. Necesitamos más intimidad de lo que casi cualquiera considera normal. Siempre hambrientos de ella, buscamos solaz y sustento en los sustitutos más cercanos disponibles: la televisión, las compras, la pornografía, el consumo conspicuo --lo que sea para aliviar el dolor, sentirse conectados y proyectar una imagen a través de la cual podamos ser vistos y conocidos, o al menos vernos y conocernos a nosotros mismos. 

Chales Eisenstein se refiere a la sociedad estadounidense, la cual evidentemente está viviendo un proceso de alienación y polarización actualmente. Sin embargo, ya que el modelo económico --que se expande a través del telecolonialismo del entretenimiento-- es común a la mayor parte del mundo, estas son situaciones que estamos viviendo en todas partes. Nadie nos avisó que al tener tantas cosas, al embelesarnos y deslumbrarnos con la tecnología, que al soñar con ser ricos y famosos, nos perderíamos a nosotros mismos y a nuestros amigos. Que dejaríamos de estar con ellos en tiempo real, en el bosque o en el mar, conectando más allá de una pantalla, venciendo el miedo de la otredad para encontrar el calor y la luz de la mirada que te reconoce.

 

Citas traducidas de High Existence

Morir luchando: este precioso altar natural a la muerte fue captado en las gélidas llanuras de Alaska

Dicen que es lo único que te acompañará, de cerquita, a lo largo de toda tu vida. Desde nuestro principio la muerte está ahí, “siempre a la izquierda, a la distancia de un brazo”, decía Don Juan Matus. En la tradición samurái esta noción se utiliza como abrigo cotidiano e incluso se asoma unos milímetros extra al abismo, y salen a vivir considerándose ya muertos.

Ese instante en el que el aliento se va para ya no volver, el tener presente esa siempre latente posibilidad, el reconocernos finitos –al menos en el plano sobre el cual escribimos o leemos esta nota, es el memento mori. Los soldados romanos empleaban la frase a modo de recordatorio para reconocer siempre abierta la posibilidad de morir; así se propiciaba el cultivo de la prudencia y se preparaba mental y emocionalmente para el fin.  

A pesar de ser un aspecto ineludible de nuestra realidad biológica, y de su carácter tajante, por diversas razones nuestra cultura, me refiero a la occidental, prefiere vivir evadiendo la muerte. Por eso quizá tenerla presente se considera más como un ejercicio tétrico que como una práctica de liberación y sanidad. Por fortuna la naturaleza se encarga de recordarnos esa finitud, y en numerosas ocasiones lo hace de manera preciosa –como si recurriera a la belleza para matizar nuestra carga cultural y así ayudarnos a abrazar, de buena gana, lo inevitable.

El otoño tardío es la temporada de apareamiento entre los alces, y por lo tanto también son tiempos de batalla entre los machos, que luchan entre ellos por hacerse de una hembra. Muchas veces estos enfrentamientos, famosos por su tenacidad, no terminan hasta que uno de los contrincantes muere (tantos y eros).

Hace poco en Alaska se registró uno de estos combates, sólo que en esta ocasión se hizo presente un tercer y victorioso contendiente, el clima. Al parecer estos alces, tras quedar enganchados mientras luchaban, se habrían caído al agua y a causa de las bajas temperaturas que han tomado por asalto las latitudes norteñas del planeta –obviamente bajas aun para sus estándares– quedaron congelados casi instantáneamente. El hallazgo fue realizado por un caminante, Brad Webster, que recorría los alrededores de su campamento ubicado en Unalakleet.

La escena destaca por su caprichosa belleza: sobre una superficie de hielo azul grisáceo, que proyecta una constelación de cicatrices blancas, asoman los lomos y cuernos de dos grandes alces. Si bien al mirar detenidamente la imagen se puede intuir que se trata de un par de ejemplares Alces alces y luego, con un poco de imaginación, reconstruir la historia que arrojó tal escena, la conjugación de cuerpos está elegantemente al borde de la abstracción.

Hay a quien le parecerá poco llamativa la inusual escena; otros la encontrarán triste, entendiéndola como una prueba más de la crueldad de la naturaleza o el azar. Pero también existe otra perspectiva, la de apreciarla como una metáfora exquisita, como un recordatorio frontal, inquietantemente hermoso, de que la muerte está ahí, aquí y en todas partes, y que está tan viva como la vida de cualquiera de nosotros.

Un altar natural (Memento mori) 

 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

The enmeshed antlers are the supposed reason for the death of the two bulls.

The ice preserved the struggle, and allowed the moment to be captured by photographers.