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Aleister Crowley vs. Adolf Hitler: la guerra mágica más épica de la historia

AlterCultura

Por: Pijamasurf - 11/23/2016

Douglas Rushkoff explora un enigmático episodio, el cual borra la línea entre la ficción y la realidad: la batalla mágica del ocultista y espía Aleister Crowley y Adolf Hitler

Es difícil pensar en dos individuos cuyas vidas estén más envueltas en especulaciones y leyendas ocultistas que Adolf Hitler y Aleister Crowley, dos de los grandes favoritos de las teorías de conspiración. Tomando esto como punto de partida, Douglas Rushkoff desarrolla una fascinante novela gráfica que mezcla ficción y realidad: Aleister & Adolf, una imperdible obra para los fanáticos del cómic y de la magia, que cuenta con las ilustraciones de Michael Oeming.

Existen muchísimas especulaciones sobre la relación entre Crowley y Hitler. Crowley escribió sobre Hitler en diversas ocasiones y se sabe que estuvo promoviendo su filosofía mágica Thelema entre miembros del partido nazi, muchos de los cuales tenían una particular afición al ocultismo. René Guénon, una figura bastante prominente en el esoterismo, experto en sociedades secretas, le escribió a Julius Evola en una carta que Crowley había sido el consejero secreto de Hitler a inicios de la década de los 30. 

Rushkoff, quien se dedica a analizar la tecnología y la economía cuando no está escribiendo cómics (es decir casi todo el tiempo), es uno de los más agudos y respetados analistas de la sociedad contemporánea, por lo cual podemos confiar en su afirmación de que su investigación muestra que Crowley y Hitler se conocieron un par de veces. Pero, a diferencia de lo que sugiere Guénon, Rushkoff (siguiendo la investigación de textos como Secret Agent 666: Aleister Crowley) señala que Crowley fue reclutado por la inteligencia británica para que realizara magia de sigilos en contra de la magia negra de los nazis. De hecho, el signo de la V de Victoria de Winston Churchill fue revelado por Aleister Crowley a través de Ian Fleming, así que en realidad sí hubo una guerra de sigilos entre estas dos potencias. Esto contrasta con los registros históricos que se tienen de Crowley coqueteando a miembros del partido nazi para que hicieran de su filosofía de Thelema el fundamento de su ideología mágico-política (el mismo Crowley escribió que Hitler había leído su Book of the Law, aunque sin comprenderlo del todo; otro extravagante ocultista británico, Austin Osman Spare, también tuvo una relación posiblemente delirante en lo concerniente a Hitler, supuestamente habiendo vencido al führer en el mundo astral). Ahora bien, si alguien era capaz de ser un doble agente ese era Crowley, para quien el deber estaba ciertamente en un plano moral superior al humano.

La trama de la novela gráfica de Rushkoff retoma esta leyenda de un combate épico mágico entre dos de los más influyentes ocultistas de la historia. Dice Rushkoff que la historia nació de pensar en "el verdadero conflicto supremo entre verdaderos superhéroes, una especie de Batman vs Superman. Aleister Crowley, un mago británico, contra Adolf Hitler quien en realidad era un mago nazi". La historia también aborda otro fascinante tema: la obsesión de Hitler con la lanza sagrada o lanza del destino (la lanza con la que se habría herido a Jesús al ser crucificado). Supuestamente fue después de que perdió esta lanza que se produjo la derrota de Hitler y su subsecuente muerte (como era el destino de quien perdía la lanza). 

Quizás aún más interesante que este conflicto que discurre a través de espionaje, propaganda y manipulación de símbolos, es que este es también el episodio fundacional de otro tipo de magia: la publicidad corporativa. "De aquí nació la cultura de las corporaciones publicitaria y la propaganda de logos en vez de la esvástica... de aquí llegamos a los logos corporativos imbuidos con la energía mágica de miles de personas", dice Rushkoff; "El mundo está forrado con una segunda piel: el mundo de los medios, del marketing y del control mental y si no lo reconoces estás a su merced". Esto es lo que trata de mostrar a las personas, agrega. "La magia no se trata de espadas mágicas y platillos voladores, sino de hacer que la gente crea ciertas cosas y de alterar sus conductas".

Aleister & Adolf salió a la venta hace un par de semanas; aquí puedes adquirir un ejemplar.

 

 

 

 

 

 

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El ser humano quiere encontrarse a sí mismo buscando vida extraterrestre que le diga quién es. ¿No sería más fácil tomar en serio su propia conciencia y dedicarse a explorar el espacio interior?

Al intentar estudiar la mente, la ciencia se topa con un problema básico: no hay forma de mantener su método basado en la objetividad. Algunos científicos intentan sortear este obstáculo sugiriendo que en realidad no existe la introspección y que la conciencia es una ilusión generada por el cerebro, por lo cual es suficiente con estudiar las correlaciones neurales que ocurren cuando una persona cree que esta experimentando algún fenómeno (un orgasmo, el cielo azul, pánico, etc.). Pero esta visión materialista no es muy convincente, después de todo lo primero y más irrefutable que sabemos es que somos conscientes, que el mundo existe porque tenemos experiencia de él. "Debemos recordar que nuestro conocimiento del mundo empieza con la percepción, no con la materia. Estoy seguro de que mi dolor existe, porque mi 'verde' existe, y mi 'dulce' existe. No necesito prueba de su existencia, porque estos eventos son parte de mí; todo lo demás es una teoría", dice el físico Andréi Linde, una voz lúcida e inusual dentro de la ciencia establecida.

Estudiar la mente, específicamente la conciencia, supone una crisis existencial para la ciencia --se le llama "el problema duro"-- en la cual debe trascender sus paradigmas, por lo cual no debe sorprendernos que se suela preferir simplemente no estudiar la conciencia. Así, entonces, tenemos hoy una serie de modelos que describen objetos cósmicos que se encuentran a miles de años luz de distancia con mayor precisión y con mayor aceptación dentro de la comunidad científica de lo que hemos podido describir científicamente la naturaleza de la conciencia. ¿No es esto paradójico e incluso un despropósito de nuestro conocimiento? Y es que aunque es maravilloso y sumamente bello entender la naturaleza de las estrellas o de objetos como los cuásares o de toda la abundante y espectral gama de partículas microscópicas (como los diversos y encantadores tipos de quarks), un pragmático diría que es más importante entender quiénes somos y cómo usar nuestra mente para ser felices. 

Uno de los principios por los cuales se rige la ciencia materialista mantiene que sólo lo que se puede medir es real y merece considerarse como un objeto de estudio. De aquí posiblemente se extrapola la concepción cosmológica moderna donde se entiende que descubriremos las verdades de nuestra propia ontología observando el mundo externo y así lo que somos debe ser definido por aquello externo a nosotros que tiene una naturaleza objetiva e independiente. Es decir, un tercero, aparentemente independiente, deberá pasar juicio o hacernos dimensionar nuestra propia naturaleza. Así, se dice que el momento fundamental de nuestro entendimiento como humanidad en el planeta Tierra fue cuando obtuvimos la icónica imagen de la Tierra fotografiada desde el espacio. Una parte central de lo que motiva los programas de exploración del cosmos e incluso la búsqueda de vida extraterrestre está predicada bajo el fundamento de que al descubrir los secretos del universo físico finalmente descubriremos quiénes somos. Encontraremos nuestro lugar en el universo cuando nos veamos reflejados en los ojos de los extraterrestres. El astrofísico Paul Davies expresó esto en un artículo reciente: 

Cualquiera que sea la estrategia usada, la búsqueda de vida extraterrestre sigue siendo un disparo en la oscuridad. Puede que no exista vida inteligente allá afuera. Pero ni siquiera intentarlo sería enormemente decepcionante. Parte de lo que nos hace humanos es nuestro sentido de curiosidad y aventura, e incluso el acto de buscar es un ejercicio muy valioso. Como dijo Francis Drake, el astrónomo que fundó el SETI con un pequeño presupuesto en 1960, el SETI es una búsqueda de nosotros mismos, quiénes somos y cómo encajamos en el gran esquema cósmico.

Alan Wallace, maestro budista y físico, comenta sobre esta cita que si la enorme importancia que tienen estos proyectos para busca vida extraterrestre está fundamentada en la idea de que así finalmente sabremos quiénes somos, en realidad estamos muy extraviados. La más pura lógica científica indica que si uno quiere saber qué son las estrellas, debe observarlas lo más directa y cercanamente que le sea posible. Si uno quiere saber qué son los seres humanos debe estudiarlos y, ya que lo que define a los seres humanos es su conciencia (por eso se llama a la especie Homo sapiens, el animal que sabe que es), entonces debe estudiar su proceso cognitivo, su experiencia subjetiva del mundo. Aquí necesariamente, si se quiere tener una visión completa, es necesario incluir reportes de experiencias en primera persona: qué ocurre cuando una persona toma LSD, qué ocurre cuando entra en un estado de meditación samadhi, qué ocurre cuando se reza o cuando se toma un placebo, etcétera --y no sólo qué zonas se activan en el cerebro cuando esto ocurre, lo cual nos deja una visión sumamente pobre de la experiencia humana. La mente es la mayor parte de nuestra experiencia del mundo, por no decir que lo es todo. 

Wallace comenta con cierta ironía que el SETI recientemente ha recibido 100 millones de dólares para que siga sondeado el espacio en búsqueda de una señal de inteligencia extraterrestre. Esto sería el equivalente a 20 observatorios para contemplativos, donde se podrían buscar otras señales de inteligencia. Wallace tiene el proyecto de montar centros para la práctica de las técnicas contemplativas que enseña la tradición budista, específicamente para alcanzar el estado de shamatha, el cual es equivalente a alcanzar los 4 dhyanas que enseñó el Buda como parte del sendero hacia la iluminación y los cuales la tradición recoge que implican la obtención de distintos poderes mentales (siddhis), uno de los más mencionados es el poder recordar todas las vidas pasadas. Wallace cree que esto puede ser puesto a prueba científicamente: las personas pueden alcanzar estados de gran concentración mental y establecerse en lo que se conoce como alaya, la base de la mente que tiene continuidad de vida en vida (similar al mundo de las formas de Platón y a los arquetipos junguianos) y se les puede entonces hacer pruebas de visión remota y demás facultades paranormales o pedirles datos de sus otras vidas, los cuales podrían ser luego investigados.

Tenemos, en cierta forma, toda una tradición de una ciencia de la conciencia, una ciencia contemplativa --en el budismo pero ciertamente en otras religiones también-- que hemos dejado a un lado (y que tal vez ya han descubierto quiénes somos realmente). El olvido de la introspección y las diversas técnicas para calmar, concentrar y conocer la mente han hecho que, aunque hemos tenido asombrosos avances en nuestro dominio de la naturaleza externa, no hayamos progresado en ninguna medida en el dominio de nuestra propia mente y en el logro de lo más básico que busca el ser humano: la felicidad. Prueba de ello es que nuestra civilización ha logrado hacer la vida material más cómoda y segura, lo cual debería reflejarse también en tener una experiencia más feliz y tranquila (¿si no, de qué sirve esto?), pero mientras que acumulamos riqueza material (explotando a la naturaleza) cada vez más personas tienen algún tipo de enfermedad mental y cada vez perdemos más nuestra conexión con los demás y nuestra capacidad de vivir en equilibrio con el entorno. Creemos que el placer y la felicidad están en los objetos (y el sufrimiento en no tener o padecer otros objetos), pero en realidad todo el placer o sufrimiento que pueden generar los objetos no existe más que en nuestra mente. 

A riesgo de ser reiterativo, ¿acaso no sería prudente dirigir nuestra máxima energía e inteligencia a entender nuestra propia mente, desarrollar y utilizar nuestros propios telescopios internos para sondear el espacio de nuestra conciencia? Esto evidentemente no significa que debamos dejar de explorar el espacio exterior y buscar entender el cosmos, sólo que lo hagamos de manera equilibrada (no con el horror vacui que caracteriza a nuestra civilización y que la hace moverse hacia afuera huyendo de observarse a sí misma). Se ha dicho que explorar es una conducta esencialmente humana, y una vez que recorrimos todos los rincones de la Tierra dirigimos nuestros esfuerzos hacia el espacio exterior, pero ¿qué hay de esa exploración interna, de ese universo que todos llevamos dentro y que permanece como un enorme misterio? Carl Jung sugirió que el ser humano común vive como una especie de esclavo de su mente inconsciente; esto hasta que no profundiza en su propio conocimiento, lo cual es equivalente a la libertad. El Buda, por su parte, notó que todo el sufrimiento tiene como origen la ignorancia, desconocer que la mente es la causa de todo lo que vivimos. Así, al no explorar la mente y no desarrollar una ciencia de la mente, somos como el ave que, acostumbrada, se mantiene en su jaula, sin poder ver que está completamente abierta.

 

Twitter del autor: @alepholo