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En un mundo obsesionado con el cuerpo perfecto aunque irreal de las celebridades, esta meditación budista puede ser una valiosa medicina

Muchas de las celebridades no son famosas por su talento, lo son principalmente por lograr tener una imagen que se ajusta a los paradigmas actuales de lo deseable. O, en la era de los reality shows, muchas son famosas por ser famosas, en un circuito tautológico de simulación hiperreal (como en los casos de Kim Kardashian y Paris Hilton, quienes saltaron a la luz pública como si fueran una especie de hologramas cosméticos diseñados para captar la atención, ayudados por estratégicos sex tapes).

El hecho de que estas celebridades no tengan ningún tipo de mérito o talento no impide que se conviertan en ejemplos a seguir para los jóvenes (rol models). Ya que aparecen en la televisión y en toda las revistas, su vida es transfigurada por la luz de la fama y se percibe como si fuera fabulosa y altamente deseable (al menos para aquellos que consumen esta espectacular ilusión). Ya que no tienen ningún talento en especial pero de cualquiera manera logran los beneficios de la fama, se deduce consciente e inconscientemente que lo que realmente importa es la apariencia, es decir, la apariencia se vuelve un logro y sustituye al talento, en un castillo de espejos. Si seguimos esta concepción a su última consecuencia, entonces el modelo que se debe de seguir es justamente el de los modelos, que son modelos a seguir sólo por su apariencia. 

La psicóloga Jean Kilbourne ha notado que las imágenes que trasmiten los medios de modelos –que muestran la perfección femenina a mansalva–, afectan la autopercepción de las jóvenes. Kilbourne apunta a un estudio que encontró que después de leer revistas (de celebridades) se incrementa la tendencia a a ponerse a dieta. Hay quienes podrían pensar que esto es algo positivo, particularmente por la obesidad que existe en países como México y Estados Unidos, pero tiene sus matices. Existe toda una tendencia llamada thinspiration, en la cual adolescentes siguen a ciertas modelos y actrices que consideran inspiradoras por su cuerpo, y buscan llegar a tener un cuerpo similar, sin embargo, como el nombre lo indica, esto es una idolatría de la imagen esbelta, cuando ésta no necesariamente es natural o sana (ya que las complexiones difieren) y no son pocos los casos de chicas que caen en desordenes alimenticios o en psicopatologías por la incapacidad de aceptar su propia naturaleza. Asimismo, el esfuerzo que se hace es un tanto absurdo e irreal, ya que se busca emular cuerpos de modelos que son retocados por las revistas y que son producidos por todo un equipo de imagen para conformarse con este ideal de belleza; es decir, ni siquiera las modelos tienen el cuerpo que se desea tener, lo cual sugiere el mito de Tántalo: al acercarse al objeto del deseo éste inmediatamente se aleja un poco más, así hasta el infinito en una tortuosa seducción.

Kilbourne cita otro estudio en el que mujeres universitarias mostraron sentirse menos satisfechas con sus cuerpos después de pasar un rato leyendo revistas para mujeres. Lo que me recuerda lo que dijo el monje budista Matthieu Ricard en una reciente entrevista "la comparación es la asesina de la felicidad". En su libro Celebrity and Entertainment Obsession, Michael Levy presenta cifras un tanto alarmantes. Más de 40% de las niñas de cuarto grado en Estados Unidos están a dieta y una tercera parte de las niñas de 12-13 años está intentando adelgazar vomitando, usando laxativos o tomando pastillas. La adolescencia es comúnmente una etapa de inseguridad pero pareciera que ya es parte de nuestra cultura crecer con un desorden psicológico y/o alimenticio ligado a una falta de aceptación de la propia imagen (como si esto fuera parte de la naturaleza humana). Una falta de aceptación que está ligada indudablemente a la presión de ser bella o bello, pero no en una expresión natural de la belleza, sino conforme a un estándar artificial. En su poema Adam's Curse, Yeats da voz a una mujer que dice:

'To be born woman is to know— 
Although they do not talk of it at school— 
That we must labour to be beautiful.’

[Nacer mujer es saber
–aunque no se habla de de ello en la escuela–,
que debemos de trabajar para ser bellas]

Yeats sugiere que esto es parte de la caída original, de perder el contacto con la energía de la naturaleza, con la divinidad prístina. Se lleva una carga y un extravío y lo que era pura espontaneidad, ahora se despliega de manera elaborada. En el caso de la mujer, a la desconexión original que este mito sugiere, se añade la carga de la mirada masculina patriarcal que la objetualiza y que la concibe esencialmente como un objeto (un fetiche, "el sexo bello") que tiene la función de satisfacer su deseo. Pero incluso más insidiosa que la forma en la que el hombre ve a la mujer es la forma en la que la mujer se ve a sí misma, cuando interioriza lo que sociólogos han llamado la "mirada masculina" (male gaze), la cual fragmenta la mente-cuerpo de algunas mujeres haciendo que ellas mismas se disocien de su cuerpo y lo conciban como un "arma" o un "enemigo", según sea el caso. En esto, por supuesto, tiene importante influencia el hecho de que los medios presentan la belleza y particularmente la sexualidad como la divisa de cambio más poderosa que tiene una mujer (algo que se reproduce en entornos corporativos y demás). Así, la urgencia natural de satisfacer sus propios de deseos y conseguir la felicidad –la cual en nuestra sociedad está mediada por el éxito material–, hace que muchas mujeres dediquen buena parte de su vida y energía a conseguir esta imagen, la cual, como hemos dicho, es un espectro libidinal, una fantasía que han tomado prestada, una gran fachada sensual que carece de alma.

Considero que las jóvenes que están obsesionadas con tener el cuerpo de la nueva supermodelo de moda o de la nueva pop star o de la nueva reality star, o los hombres que todo el tiempo están comparando o buscando una pareja como la mujer que vieron en una revista o en un espectacular en el cielo (como un pseudoángel) o en un video porno, podrían ayudarse considerando lo que enseña el maestro budista Gyatrul Rinpoche:

En nuestro mundo, una gran cantidad de personas están infatuadas con las celebridades. Nos fascina verlas si son ricas, famosas o poderosas, ¿pero qué tiene de grandioso haber logrado la fama, el poder o la riqueza? Después de que estas personas mueren sus cuerpos se corrompen, y nos queremos alejar de ellas lo más posible...

De hecho nos da asco cuando vemos un excusado, pero cuando vemos a un cuerpo humano caminando lleno de la misma sustancia que hay en un excusado, creemos que es maravilloso. Toda esta fascinación con los cuerpos de otras personas y el orgullo que generamos en nosotros [por nuestro cuerpo] es una gran ilusión. No haya nada de qué enorgullecernos por ello.

En el hinayana hay un método de meditación sobre la impureza del cuerpo que consiste en ver más allá de la piel los componentes del cuerpo. Empiezas con la piel, y vas analizando la carne, los huesos, los intestinos y así sucesivamente, y te das cuenta de que no es  tan atractivo. Ésta no es una meditación muy elaborada, ya que de hecho esto es de lo que el cuerpo está compuesto. Así que, de nuevo surge la pregunta, ¿por qué estamos tan orgullosos de nuestra apariencia cuando el cuerpo está compuesto de sustancias impuras y desagradables? 

Hay que mencionar que esta meditación, de la escuela hinayana, es para budistas que buscan renunciar al mundo y al deseo que mantiene a las personas en el mundo ilusorio del samsara. En el caso de los senderos tántricos, el cuerpo, por el contrario, es percibido como el espacio de la unidad entre la vacuidad y el gozo, donde se proyectan los budas y deidades, un escenario de transformación alquímica a través de la imaginación y de ciertas técnicas energéticas. Sin embargo, esto es así porque no se considera que el cuerpo tenga una realidad independiente y ciertamente no se desea con lujuria este o aquel otro cuerpo, todos los cuerpos son apariciones luminosas de la budeidad, todos tienen el mismo sabor iluminado. El deseo se utiliza pero siempre al servicio de la liberación de la ilusión de este mundo.

Dicho eso, me parece que esta meditación puede ser muy útil para aquellos que ven a las celebridades como especie de deidades o seres superiores [1]. Recordar que esos cuerpos rutilantes y turgentes que aparecen en las revistas en realidad están llenos de vísceras, orina, excremento, pus y demás efluvios, que pronto morirán y que no tienen nada realmente que los haga superiores o más perfectos [2]. Esta visualización puede ayudar a destronar esta idolatría y deshacer el hechizo de la superficialidad y la banalidad.

Twitter del autor: @alepholo

Lee también: Thinspiration, la patología de los sexy

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[1] Sobre esto escribe Roberto Calasso: "Habría que decidirnos un día a entender que las stars son astros, al igual que Andrómeda y las Pléyades y muchas otras figuras de la mitología clásica. Sólo si se reconoce este común origen astral y fantasmal, se podrá llegar a comprender cuáles son las diferencias (y las distancias también ellas estelares) entre Sunset Boulevard y el Olimpo".

[2] Con esta visualización no busco condenar la contemplación o el goce estético. Por el contrario, me inclino por la noción platónica de que la belleza es una herramienta anagógica, es decir, que eleva el alma a las esferas espirituales. Igualmente me parece acertada la visión tántrica del universo entero como un fenómeno estético, como una delicia para la conciencia que se experimenta a sí misma de todas las formas posibles. Es importante diferenciar, entonces, entre la belleza como un fenómeno radiante de la naturaleza, como la esencia del cosmos (cosmos significa orden y también belleza) y el aferramiento, apego y deseo de posesión de una belleza que es mayormente un constructo sociocultural. Es muy distinto disfrutar de la belleza de un arco iris a perseguirlo y buscar atraparlo con una red y querer luego venderlo.

Citas de Naked Awareness, traducido por Alan Wallace.

 

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Contra el "parenting": por qué conocer a tus hijos es mejor que leer libros sobre crianza

Sociedad

Por: - 10/21/2016

Nadie nace sabiendo ser padre, pero las teorías en torno a la paternidad perpetúan el miedo incipiente a volverse malos padres, lo que es capitalizado por una industria editorial voraz

Asomarse a la sección de paternidad en una librería puede ser una experiencia apabullante para muchos nuevos padres: "haz esto, no hagas lo otro, aliméntalos con esto pero nunca, nunca con esto, juega con ellos, pero no demasiado". 

El auge del parenting como modelo de crianza es relativamente nuevo en la historia de la humanidad. Nuestro pasado evolutivo (y la organización de muchas sociedades actuales así lo atestigua) muestra que los niños estaban a cargo de grupos de adultos, y convivían junto a otros niños no solamente durante las horas de escuela, sino en el resto del día también.

La división del trabajo y las largas jornadas laborales instituyeron la necesidad de criadoras expertas o especializadas, que muchas veces estaban a cargo de más de un niño. Para las clases altas esto se tradujo en la figura de la “nana”, institutriz o aya, que se encargaba de cuidar a los niños, mantenerlos limpios, darles un horario y también participar de sus afectos, mientras los padres de la alta sociedad se dedicaban a otras cosas.

Pero las clases medias urbanas de la actualidad parecen enfrentar un problema inédito en la historia: darse herramientas para criar a los niños virtualmente de la nada, hacer algo con el tiempo libre, además de darles herramientas para un futuro imprevisible y cambiante.

Existen muchos modelos de paternidad, pero como afirma Alison Gopnik en The gardener and the carpenter, “’Padre’ [parent] no es un verbo, ni una forma de trabajo… y no debería ser dirigido hacia la meta de esculpir a un niño en un tipo particular de adulto.”

Su libro propone algunas alternativas a los modelos recientes de crianza, como la paternidad “helicóptero” (los padres sobrevolando a los hijos pero tratando de darles algo de distancia e independencia), y las “tiger moms”, que tratan a los niños como empleados de alto rendimiento asignando una cantidad enorme de tareas y expectativas. El libro de Gopnik propone en cambio una paternidad a través de la metáfora del jardinero, y la contrapone a la del carpintero.

Según Gopnik, la crianza debe ser como cuidar un jardín: hay que sembrar, regar y podar, pero sin tratar de controlar por entero el proceso; un mal modelo de crianza se parece más a la carpintería, donde se toma un árbol (el niño) y se lo convierte en otra cosa que no tiene nada que ver con lo que alguna vez fue. La metáfora puede sonar un poco forzada y sin embargo sigue insistiendo en la misma tensión que los padres de la generación X sentían: ¿cómo balancear el trabajo y la independencia, tanto de los padres como de los hijos, y qué son las cosas que vale la pena enseñar?

Algo que los libros de paternidad no suelen tomar en cuenta son las diferencias sociales y culturales entre los tipos de padres (además de los muchos y muy diversos modelos de familias que pueden existir, desde los modelos monoparentales, homoparentales, extendidos y las familias tradicionales heterosexuales). Los contextos y épocas cambian, pero algunas cosas permanecen: hacer que un niño sobreviva (que coma, duerma y no se lastime jugando) es relativamente sencillo, pero lo difícil es desarrollar una relación con ellos a nivel de personas, no solamente a nivel de subindividuos jerarquizados dentro de la constelación familiar.

En realidad ningún libro puede orientarte sobre cómo criar a tu hijo, porque la relación entre padres e hijos es única y debe considerarse desde adentro. Darte la oportunidad de pasar tiempo con tus hijos y conocerlos es la mejor forma de aprender a ser padre o madre.