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Propaganda vintage: ve aquí la psicodélica película antidrogas que el gobierno de EU alguna vez promovió

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/26/2016

Ésta podría ser la propaganda antidrogas que más te inspire a drogarte...

La llamada "guerra contra las drogas" es una campaña emprendida hace poco más de un siglo, con fines presumiblemente políticos y económicos –y no con el supuesto afán de perseguir el beneficio de la sociedad–. De hecho, el fenómeno es tan insensato que, por fortuna, a lo largo de su historia ha caído en múltiples absurdos. Durante las décadas de los 70 y 80, esta cruzada vivió parte de su era dorada, y la cantidad de propaganda que se creó para satanizar las drogas y así justificar políticas diversas fue monumental. 

Justo en aquellos tiempos se hizo una película que, inspirada en Alicia en el País de las maravillas, buscaba asustar a los niños en relación al consumo de drogas y así evitar que las nuevas generaciones, a diferencia de sus antecesores hippies, se engancharan con las sustancias. Lo curioso es que esta memorable pieza, creada por el National Institute of Mental Health y recién rescatada por Open Culture, termina siendo una pieza profundamente psicodélica, un filme que cualquiera que haya consumido psicodélicos disfrutaría enormemente (y más si añadimos lo ridículamente hilarante que es la retórica propagandística). 

Así que te invitamos a ver el material completo, bajo la advertencia de que, contrario a lo que sus autores oficialmente intentaban y aunque no disfrutes de consumir psicotrópicas, tal vez termines con ganas de descubrir, gracias a esta película, qué tan profundo es el agujero del conejo blanco. 

Conoce al Aníbal triunfador sobre el poderoso imperio romano

(Este artículo es la continuación de Aníbal Barca 1: los orígenes del genio militar)

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Por órdenes de Aníbal, los elefantes fueron cubiertos con grasa vegetal con el fin de protegerlos del  frío y la nieve. Eran muchos los que pensaban que al escalar esas alturas, los paquidermos no sobrevivirían. Sus propios hermanos y un sinnúmero de sus guerreros veteranos dudaban del juicio del general, por una parte. Por otra tenían enorme fe y respeto hacia los actos de su líder. Sin embargo, algunos sacerdotes ibéricos le relataron historias del Norte de la India, donde los elefantes asiáticos acompañaban a sus cuidadores en altitudes incluso mayores a las que enfrentarían en Italia.

Iniciaron la marcha. Iban treinta paquidermos, cerca de treinta mil caballos y un ejército multirracial de mercenarios libios, númidas, etíopes, púnicos e ibéricos. Tras recorrer la costa del Mediterráneo a lo largo de toda Hispania, se adentraron en el continente y emprendieron su ascenso. Primero los Pirineos, a continuación los Alpes. Este ascenso y descenso, accidentadísimos, marchando a través de antiguos pasos que casi nadie se atrevía a utilizar, les permitiría desembocar en el fértil y hermoso valle de la península Itálica y sembrar el terror en ella. Directo sobre la retaguardia de las legiones romanas, quienes demasiado tarde se apercibirían de que la guerra no se libraría de ningún modo en Cartago, en África, o en Hispania, como planificaban, sino que se desarrollaría en su propia casa.

Atrás, en la península Ibérica se quedaban los tres ejércitos africanos de resguardo, comandados por sus tres hermanos: Hanón, Magón y Asdrúbal Barca, respectivamente. Era Asdrúbal quien estaría a cargo de coordinar las acciones de las tres tropas, las cuales patrullarían el inmenso territorio conquistado desde décadas atrás por su padre, Amílcar; por su cuñado, Asdrúbal el bello, y por el propio Aníbal, el primogénito de los bárcidas, quien ahora marchaba hacia Italia. Deberían resguardar las ciudades bajo su control y librar la guerra ahí: adonde no tardarían en ser atacados por los romanos. Y en donde tampoco tardarían en surgir rebeliones de las tribus hispánicas sojuzgadas, aprovechando la guerra de sus opresores. Mientras, el hermano mayor se preparaba para asestar un duro golpe en el corazón del Imperio Romano. Era demasiado lo que debían custodiar, su familia y los nobles cartaginenses se habían vuelto riquísimos a partir de exprimir sin piedad las comarcas y ciudades ibéricas.

 

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A lo largo de su trayecto, Aníbal y sus hombres serían emboscados por diversas tribus celtíberas y galas, hostiles no sólo a Roma, sino a cualquier tipo de ejército invasor que osase pasar a través de sus dominios. Una vez que iban sometiendo a los celtíberos, los incorporaban a su ejército, convenciéndolos, comprando sus servicios como mercenarios o ganándolos para su causa en contra de Roma mediante promesas.

Aníbal y sus hombres alcanzaron finalmente los Valles Italianos en pleno verano, en el año 200 antes de Cristo. No tardaron en tener sus primeros enfrentamientos contra las legiones romanas, quienes acudieron al instante, al enterarse de que eran invadidos en su propio suelo.

El senador, Publio Escipión, quien originalmente estaría destinado a combatir a Aníbal en sus dominios en Hispania, cambiaría por completo el rumbo de sus acciones militares, teniendo que regresar a Italia para interceptar al general africano. Así, unió a una parte sus tropas con otras dos legiones, cuya tarea anterior habría consistido en mantener a las tribus galas bajo control. Ahora los celtas se habían unido al ejército multirracial de Aníbal para combatir a Roma.

Los Romanos tendieron a considerar los primeros dos enfrentamientos como simples escaramuzas. Aún no comprendían del todo la magnitud militar del genio que les invadía. En Tesino y Trebia, donde se libraron aquellas confrontaciones, Aníbal los barrió por un flanco y otro con caballos y elefantes: primero con su caballería de númidas: rápidos, ligeros, mortíferos, liderados por el comandante africano Maharbal, de quien existen diversos desacuerdos históricos, sobre si su origen era númida, efectivamente, o en realidad pertenecía a una familia noble de Cartago, habiéndose educado y entrenado junto a Aníbal y sus hermanos desde que eran niños. Así mismo, hizo uso de su caballería cartaginense y de sus elefantes de guerra, los cuales habían conseguido llegar intactos desde Hispania.

En Tesino, Escipión sería derribado por el proyectil de uno de los feroces honderos baleáricos que acompañaban a Aníbal desde Iberia, estando al punto de morir embestido por la infantería púnica al perder su montura. Sería rescatado en el último instante por su joven hijo, Cornelio Escipión. Ahí quedarían fundidos para siempre los destinos de Aníbal Barca y los Escipiones.

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Pero el verdadero pánico y el horror no cundieron a lo largo de Italia, sino hasta la célebre batalla del Lago Trasimeno.

Escipión padre, una vez recuperado de las heridas más recientes y habiendo finalizado su senado sin conseguir derrotar a Aníbal y apenas salvando la vida, sería asignado de nueva cuenta a Hispania en compañía de su hermano Cnéo, pretendiendo derrotar a los africanos en la península Ibérica y tratando de debilitar el principal bastión de donde se nutrían económica y militarmente.

Por su parte, Aníbal se encargaría de procurar atraer al nuevo cónsul, Flamínido, hacia el lago Trasimeno a través de un angosto paso de montaña y bosques que aún existe en la actualidad. El cónsul, junto a sus dos legiones, llevaba semanas persiguiendo a Aníbal, añorando exterminarlo y regresar a Roma triunfal con el general africano cargado de cadenas. O con su cabeza en una estaca. Sin percatarse siquiera de que en lugar de perseguir a una presa, se adentraba cada vez en las fauces de un gran depredador.

Tras casi tres semanas de carrera, el cónsul se enteró de que las tropas de Aníbal le aguardaban en las inmediaciones del lago para presentarle batalla. Se trataba de un terreno abierto, en apariencia, con el agua por detrás de los africanos: a los romanos les pareció que podrían aplastar a los invasores y arrojarlos hacia las profundidades de aquel lago. Para acceder a aquel claro debían apretarse a lo largo de un estrecho sendero boscoso que desembocaba en las aguas, teniendo que desordenar su formación para ingresar, cosa que los púnicos aprovecharían enteramente. El singular campo de batalla conformaba una T, en donde la parte superior de la misma eran el lago y sus costas, en donde los romanos creían que chocarían contra los púnicos, y la inferior el sendero boscoso por donde ingresarían.

Flamínido ordenó a sus legiones avanzar muy temprano en la mañana, marchando a paso veloz a través del angosto paso rodeado por bosques de árboles inmensos y antiguos. El camino obligó a los legionarios a estrecharse cada vez más unos contra otros para poder acceder a través del angosto camino, sin percatarse de que la noche anterior Aníbal había mandado ocultarse a la infantería celtíbera y gala, a las tropas africanas y púnicas ligeras y aparte de su poderosa caballería tras las cortinas naturales que les brindaban aquellos árboles.

Los romanos avanzaron agotados hacia el valle que bordeaba el lago. Se encontraban marchando desde más allá de la madrugada, sin haber desayunado. Tal como proyectaba el general africano que debía acontecer.

La infantería pesada de Aníbal, liderada por el implacable general Monómaco les esperaba a la orilla de sus aguas, listos para entrar en acción. Las legiones creyeron que por fin se encontrarían en combate parejo. Poco antes de que los exhaustos romanos entraran en contacto con Monómaco y sus veteranos púnicos, se escucharon los cuernos galos y el chillido ensordecedor de las trompetas ibéricas y africanas, como el presagio de una muerte helada y sorpresiva. Todas las tropas celtíberas, hispánicas y africanas ligeras emergieron de los costados del bosque, cayendo sin piedad sobre los desprevenidos flancos romanos, arrasándolos rápidamente y sin piedad alguna. Les arrojaron miles de dardos, lanzas y todo tipo de proyectiles, sin darles apenas tiempo siquiera de desenvainar sus espadas. Los mercenarios libios los empalaron con sus poderosas lanzas, rematándolos con sus hachas y dagas, los galos arremetieron contra ellos con unas espadas gigantescas, mazos y también con hachas, los púnicos los destriparon con sus sables cúrveos hasta dejar una alfombra de vísceras y sangre.

Las dos legiones resultarían exterminadas casi por completo, los sobrevivientes prisioneros y esclavizados, y Flamínido finalizaría empalado bajo una lluvia de lanzas cartaginenses. Los historiadores cuentan que los romanos sobrevivientes se arrojaban a las aguas del Trasimeno, pretendiendo huir en vano de los jinetes numínidas, quienes asestaban con admirable destreza con sus espadas sobre los cráneos italianos, abriéndolos o decapitándolos de un tajo, cual si fueran cocos, como relata el historiador griego Polibio, y dejando las aguas del lago por completo teñidas de color del vino tinto.

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Tras la batalla en el lago, el pánico y el horror cundieron por toda Italia. Por primera vez los Italianos presintieron que no se enfrentaban a un enemigo común y corriente. En la ciudad de Roma se estableció toque de queda, se prohibió, por precaución, que las mujeres utilizasen joyas y vestidos lujosos en la calle. Temblaban de miedo de tan sólo pensar que Aníbal podría marchar en cualquier momento sobre su capital.

Por su parte, Aníbal seguían cosechando triunfos, apoderándose de ciudades, cobrando incontables botines, confiscando cosechas y ganado a su antojo. Tras vencer al cónsul Fabio Máximo, uno de sus mayores enemigos, estableció su base de operaciones en la ciudad de Geronium, dejando descansar y recuperarse a placer a todo el grueso de sus tropas, permitiéndoles comer, yacer con mujeres y beber, después de muchos meses de marchas, batallas y viajes.

En el senado romano se congregó a dos cónsules: Emilio Paulo, quien era aliado y amigo de los Escipiones y Terencio Varrón, del lado de Fabio. Se reuniría por primera vez a un número impensable de legionarios como jamás habían luchado juntos: 100,000 hombres, mientras que Aníbal lideraba a cincuenta mil, superados numéricamente por poco más del doble por los italianos.

Los romanos se encontraban desesperados y ansiosos por presentarle combate cuanto antes al general africano, así es que éste se aprovechó de nueva cuenta de su ímpetu, llevándolos, al igual que a Flamínido, a una trampa: los forzó a luchar en un terreno que él consideraba ventajoso para sus tropas.

Muchos fueron los nobles italianos que se enlistaron con la ambición de resultar triunfantes con el botín de guerra arrebatado a los púnicos, o con la posibilidad de capturar al general invasor o a alguno de sus célebres comandantes, ignorando que la mayoría de ellos jamás regresaría con vida a Roma.

El sitio elegido por Aníbal fue el Valle de Canas, un inmenso terreno conformado por campos de trigo cultivados desde la edad de bronce. Distribuyó a la infantería ligera de celtíberos, galos e ibéricos en el frente, quienes recibirían el impacto más fuerte de las inmensas legiones. Colocó a sus dos caballerías en los dos flancos de su ejército: a los temibles númidas del lado derecho y a la caballería celta, hispánica y cartaginense en el otro extremo.

Los romanos avanzaron como una inmensa máquina de guerra, muy bien ordenada y coordinada. El choque contra la infantería africana fue demasiado aparatoso. Los romanos creían que arrasaban las tropas púnicas. Entonces Aníbal hizo retroceder a su infantería ligera de celtas e hispánicos, haciéndoles creer a los italianos, aún más, que estaban ganando y que avanzaban hacia el interior del ejército invasor, desmantelándolo, mientras los galos e iberos aparentemente se retiraban.

Los romanos creían adelantar hacia el interior de las filas de Aníbal, sin darse cuenta de que en realidad eran envueltos y rodeados por los africanos.

Aníbal había enviado a Monómaco y a la infantería pesada cartaginense a resguardarse en las inmediaciones del valle desde antes del alba sin ser en lo absoluto detectados. A un toque de trompeta griega ordenado por el general, Monómaco avanzó con sus veteranos libios, etíopes y cartaginenses quienes se encontraban bastante frescos y ansiosos de entrar en combate y despojar a los muertos de su merecido botín de guerra. Los veteranos embistieron sin piedad a las legiones romanas por un costado, sin que éstas lo esperasen en lo absoluto.

Por su parte el comandante Maharbal, líder de la caballería, tras haber liquidado por completo a su contraparte romana, regresó con sus jinetes numídicas, en esta ocasión golpeando poderosa y mortalmente la retaguardia italiana.

En pocas horas, el que había sido uno de los más numerosos ejércitos romanos jamás congregados, se encontraba aprisionado por sus cuatro costados, rodeado por completo por un ejército inferior numéricamente y reducido poco a poco de manera sistemática, mientras los africanos, iberos, libios, galos, celtas y númidas avanzaban cada vez sobre más cadáveres italianos.

El joven Cornelio Escipión lograría escapar con Lelio, uno de sus hombres más fieles y con un grupo de legionarios, abriéndose paso dificultosamente a través de las mortíferas filas africanas. Sin embargo, esa misma suerte no la tendrían los cónsules Varrón y Emilio Paulo, quienes no conseguirían escapar de aquella trampa exterminadora.

Al finalizar la batalla, Aníbal arrancó los anillos consulares de los cuerpos de los generales romanos caídos y los colocó en su mano como trofeos de guerra, junto al de Flamínido cobrado previamente.

5

En Hispania, Asdrúbal, a pesar de algunas cruentas derrotas, sobre todo en el mar, donde perdió a parte de su flota naval tras un ataque sorpresa cerca de Cartago Nova, conseguía acosar sin piedad a Publio Escipión padre y a su hermano Cnéo por tierra, quienes pretendían desbancarlo del liderazgo en Iberia.

Primero consiguió derrotar a Escipión padre, quien encontró finalmente su muerte a manos de los africanos, atravesado por una lanza numídica que lo derribo para siempre de su montura. Luego concentró todas sus energías y recursos en rodear a Cnéo, hermano de Publio y a su vez tío de Cornelio Escipión, quien había conseguido escapar de la muerte en Canas.

Unió a sus propias tropas con las de su hermano más joven: Hanón Barca. Ubicó a todas sus fuerzas durante la noche alrededor del campamento de Cnéo, arrojando antorchas encendidas sobre sus pertrechos y empalizadas, masacrando con una lluvia de lanzas primero a los defensores italianos, y luego permitiendo que sus jinetes númidas ingresaran y exterminaran a placer hasta el último romano. Polibio cuenta que el propio Asdrúbal fue quien tomó la vida de Cnéo con su espada, quien se batía valientemente al lado de sus últimos hombres.

Cartago parecía ser la potencia triunfadora que se impondría en el Mediterráneo, nadie parecía capaz de detener a Aníbal Barca y a sus hermanos. Aníbal envió al senado de Cartago a su hermano Hanón con un inmenso botín de guerra a base de oro y plata, con los anillos de sesenta mil legionarios caídos y con innumerables esclavos italianos capturados durante su incursión, como muestra de sus triunfos.

Incluso el emperador Filipo de Macedonia, al contemplar los avances indiscutibles que cultivaban los cartaginenses en Hispania e Italia, prometió a Aníbal desembarcar en los puertos romanos con una flota al año siguiente: una alianza entre Cartago y Grecia constituiría el fin del Imperio Romano para siempre.

 

Twitter del autor: @adandeabajo