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Sobre las bondades de la medicina tradicional y el uso pueril y egoísta que tristemente le ha dado el hombre moderno

La herbolaria mágica es un campo de trabajo basado en "la doctrina de las signaturas". Esta antigua enseñanza tradicional nos revela que cada animal, planta y mineral que existe en la naturaleza se halla en estrecha correspondencia con los planetas y las estrellas, y que los astros a su vez se encuentran bajo el poder de las emanaciones divinas, formando un cosmos perfectamente integrado en donde a cada cosa le corresponde otra con la que se encuentra relacionada por simpatía y semejanza. De acuerdo con las signaturas, Dios habría puesto una marca específica en cada ser, cuya resonancia arquetípica le haría partícipe de una categoría universal que lo mantiene ligado a todos los demás seres que comparten dicho signo. Es así que en el reino vegetal, cada planta, árbol y arbusto se encuentra en consonancia con un determinado astro, y dicho astro con una potencia divina específica que determina sus propiedades y funciones naturales. La herbolaria mágica parte de este principio de correspondencias para trabajar con las cualidades medicinales, venenosas y enteogénicas. Estos tres tipos de propiedades son comunes a muchas sustancias naturales que se utilizan desde hace milenios con la triple finalidad de sanar, matar y contactar con el reino de lo invisible.

Las signaturas vegetales son reconocibles para un ojo entrenado según el color, forma, aroma y propiedades de cada planta. Vamos a centrarnos en tres de ellas: la cannabis, la adormidera y la coca. De acuerdo con los tratados de medicina astrológica y herbolaria tradicional, la cannabis pertenece a Saturno, conocido como el gran maléfico, pues al igual que ese planeta produce pesadez, modorra, lentitud e impedimentos. No obstante, sus propiedades medicinales y analgésicas son una maravilla, siendo de gran utilidad para tratar los dolores reumáticos, la artritis, el glaucoma, la epilepsia, el síndrome de Tourette, la esclerosis múltiple y la anorexia. Hasta es de ayuda retrasando el avance del cáncer, entre otras estupendas cualidades. Por si fuera poco, la fibra textil obtenida del cáñamo es de muy buena calidad. Pero como enseñaba el médico y alquimista suizo Teofrasto Paracelso, el veneno y la medicina se distinguen por la dosis. Y es que hoy asistimos a un abuso de esta planta mágica y extraordinaria, bajo una actitud infantil e irresponsable. Quiero dejar claro de inmediato que no estoy abogando por el prohibicionismo. No me parece razonable restringir el acceso a los regalos que la madre naturaleza produce espontáneamente y considero que no se debe perseguir ni juzgar el uso de ésta u otra planta. Que quede zanjado ahora mismo.

Sin embargo, inhalar su humo todos los días sólo puede producir una cosa: personas sin voluntad ni motivación, seres embotados y entontecidos como un zombi haitiano. El exceso de cannabis nos liga de mala manera al espíritu elemental de la planta, convirtiéndonos en hijos naturales de Phaenon, también conocido como Falsifer, señor astral de los impedimentos. Éstos eran los nombres antiguos por los que se conocía al espíritu rector de Saturno, un genio astral encargado de entorpecer, dificultar, apesadumbrar, impedir y obstaculizar con su lenta y pesada potencia. Es una energía densa, astringente y desecante, que en la justa dosis resulta beneficiosa en varias enfermedades, pero que en exceso desequilibra la mente y desvitaliza el cuerpo, llegando a paralizar la vida de un sujeto en casos extremos.

Uno de los grandes riesgos con el abuso de la planta es el de provocar ansiedad paroxística (ataques de pánico), desencadenar paranoia, generar cuadros psicóticos, frecuentes fallos de memoria y minar severamente la voluntad, creando apatía y aislamiento social. Abusar de una medicina, sea por diversión, evasión u otros motivos, es una actitud irresponsable e infantil. La parte sutil de la cannabis es la que nos inspira ideas aparentemente creativas, pero que simultáneamente nos incapacita para ejecutarlas; es la que nos hace ver más lejos, mientras que al mismo tiempo nos inmoviliza las piernas con un pesado cepo.

Muchas de las ideas que nos parecen brillantes bajo los efectos de la cannabis, luego pierden todo su brillo cuando volvemos a la normalidad. Esto nos hace sospechar de que quizás la planta no produce pensamientos tan sublimes o creativos, sino que únicamente potencia la capacidad de asombro hacia nuestros pensamientos de siempre. Como sea, el problema no está en el uso ocasional, sino en el abuso frecuente. Paracelso sabía que no existen venenos, sino sólo cantidades. De allí que todo exceso de algo bueno lo convierta en un tóxico ponzoñoso. Con las hierbas de Saturno esto es más cierto que nunca. El consumo diario de cannabis representa un dañino abuso, especialmente visible en el llamado “síndrome amotivacional”, aunque también en los numerosos fallos cognitivos que perfilan parte de esa pesadez del lento dinamismo saturnino.

Pero en lo que respecta a los aspectos mágicos de la cuestión, es de la mayor preocupación el hecho de que, recurriendo al léxico de la medicina paracélsica, el Leffas o espíritu elemental de la planta termina produciendo desplazamientos en el doble etérico del adicto, y a largo plazo abre verdaderas heridas y boquetes por donde penetran las larvas astrales y otras entidades indeseables. Muchos de los efectos psíquicos más perturbadores del consumo excesivo de cannabis provienen de dicha fuente. Lo mismo ocurre con el Clissus o fuerza vital presente en todas las plantas, pero con especial potencia dentro de la marihuana. Su abuso termina minando la propia vitalidad por un reemplazo exógeno. La buena noticia es que el daño puede ser subsanado, pues el doble etérico, que los antiguos egipcios llamaban Ka y los cabalistas judíos Nefesh, funciona de manera muy semejante al cuerpo físico, siendo capaz de reparar sus lesiones si se le otorga descanso por un tiempo lo suficientemente prolongado.

En otra arista del problema, cabe recordar que existen intereses económicos multimillonarios detrás de la promoción de la cannabis, pues varias corporaciones han mostrado interés en su producción al tratarse de un fenómeno que moviliza tanto el interés como el consumo de millones de personas alrededor del mundo. La oportunidad de negocio parece suculenta para ciertas bandadas de buitres acostumbrados a manipular masas con tal de satisfacer su ilimitada codicia. Por supuesto que el negocio ya existe. Sólo pasaría de manos particulares a ser manejado por grandes corporaciones, que actuarían bajo el amparo de un nuevo código legal. No deseo entrar en la discusión sobre los beneficios de la legalización. Sin duda que sería positivo eliminar el problema de las mafias y el narcotráfico, pero en esta discusión nos estamos centrando en el lado espiritual de la cuestión.

Efectos semejantes sobre el cuerpo sutil del ser humano ocurren por el consumo excesivo de las sustancias obtenidas a partir de las cápsulas y semillas de adormidera, una planta signada por la Luna, con extraordinarias propiedades sedantes, hipnóticas y analgésicas. Es otro ejemplo de medicina natural abusada. Las brujas de la antigüedad la utilizaron para sus hechizos de fertilidad y para propiciar la ensoñación profética. La Luna es un astro cuya influencia rige, entre muchas otras cosas, la fertilidad, la profecía, la clarividencia, los sueños, la imaginación, la intuición y la inspiración. No es de extrañar entonces que una planta con efectos somníferos y sedantes esté bajo la regencia lunar. Sin embargo, sus principios activos también esconden una alta toxicidad, volviéndose peligrosos en altas concentraciones.

De la adormidera se extraía la morfina y la codeína antes de que fueran sintetizadas por la industria farmacéutica. A partir de esta magnífica planta, cuyas flores son particularmente hermosas, se produce también la heroína, un opioide que se utilizó para aliviar el dolor, curar la tos y detener la diarrea. Todos sabemos que su abuso acabó transformándola en una de las drogas duras más destructivas. Su producción se volvió ilegal en casi todo el mundo. Pero de las diversas sustancias extraídas de esta planta lunar, el opio es la que cuenta con una historia más larga, y quizás más triste. El opio fue una de las causas principales en la ruina de la dinastía Qing en la China del siglo XIX. Los británicos metieron ilegalmente el estupefaciente para generar dependencia en la población, a fin de poder imponer sus términos comerciales en el país. El emperador trató de prohibir el tráfico sin éxito alguno, preocupado por el desastre social que se extendía como resultado de la adicción. El país estaba zombificado, pero el negocio era muy rentable. Los británicos protagonizaron dos guerras para poder seguir metiendo opio a cambio de mercancías como seda, porcelana, té y especias. Así no tenían que pagar con monedas de plata, que ellos valoraban mucho más. No les importó destruir una nación completa. Si una mafia mercantil pudo poner de rodillas a un imperio como China, ¿qué posibilidades hay de que el consumo de cannabis sea manipulado con intereses financieros dos siglos después? Tenemos que hacernos esta pregunta en serio.

Otro caso interesante es el de la coca, otra planta de propiedades magníficas. Su regencia se le atribuye a Marte, por poseer efectos estimulantes sobre el sistema nervioso. La coca ha sido parte de la herbolaria sudamericana desde hace miles de años. Crece de forma natural en la zona norte de la cordillera de los Andes. Entre sus cualidades medicinales se destaca su capacidad de otorgar gran fortaleza física, resistencia al mal de altura, vigor y lucidez, alivia dolores musculares, articulares y reumáticos, calma el hambre y la sed, alivia los ataques de asma, y es un buen tónico digestivo. Es útil en casos de angustia y en varios trastornos gastrointestinales. En el aspecto mágico, la coca es una planta ritual para las culturas andinas, incluyendo a quechuas, aymaras y chibchas, entre otros. La hoja de coca está presente en todas las actividades religiosas. Su empleo está tan rodeado de ceremoniales, formalidades y sacralidad, que las propias comunidades andinas han ejercido un control sobre su uso, manteniendo una relación de profundo respeto por la planta, a la que consideran un componente esencial de su cultura. En semejante contexto casi no se observan casos de abuso. Regalar coca en el mundo andino es un signo de fraternidad y magnanimidad, hallándose en toda ocasión importante, desde la bendición de recién nacidos hasta en responsos y funerales.

Lamentablemente la coca ha sido usada y abusada de manera aberrante a partir del desarrollo de métodos químicos para aislar sus alcaloides y producir el nefasto clorhidrato de cocaína, droga estimulante que produce estados de alerta, elevada agresividad, impulsividad, delirio persecutorio, euforia y agitación psicomotriz. Son los efectos extremos de haber separado y concentrado la potencia ígnea de Marte, una energía veloz, acelerada y belicosa. No es de extrañar que el abusador de cocaína sea un tipo impaciente, violento e inflado, que muere por infarto al miocardio o accidente vascular cerebral. La cocaína es el mejor ejemplo de la perversión absoluta de una planta sagrada. Hasta el más famoso mago negro del siglo pasado, Aleister Crowley, fue un contumaz adicto a la cocaína, llegando a atribuirle erróneamente la signatura de Júpiter, el gran benéfico, cuando tradicionalmente le corresponde la de Marte, el maléfico menor. Quizás buscaba justificar las bondades imaginadas de una droga químicamente procesada que lo mantuvo encadenado y sometido hasta el final de sus días. La heroína, de la que ya hemos hablado, también estuvo entre sus predilecciones. Para quienes sigan al hechicero británico aclaro que no estoy desmereciendo toda su obra, estoy resaltando uno de sus lados sórdidos, de los cuales hay varios más.

Las larvas astrales también actúan sobre los adictos a la cocaína, pero en vez de aprovechar desplazamientos y boquetes del Nefesh, actúan por afinidad hacia la agresividad despertada por la concentración artificial del Clissus o vitalidad de la planta. El adicto queda a merced de las influencias de ciertos genios malignos que en la tradición cabalística se conocen como Golahab, “los llameantes”. Sean considerados como entidades externas o como emanaciones psíquicas del propio toxicómano, lo cierto es que exacerban la violencia y la petulancia en un círculo destructivo. Otro aspecto espiritual importante a mencionar es la “traza kármica” de las drogas duras. Cada gramo producido carga con la huella de la esclavización de comunidades indígenas, muerte de niños y jóvenes en las calles, tráfico de órganos, trata de blancas, etcétera. Estas sustancias son fruto de una violencia que sin dudas deja una terrible marca en ellas. Las yerbas de las que se extraen no tienen la culpa. El problema somos nosotros.

Nuestra actitud hacia las plantas mágicas es a lo menos pueril. Desde el turismo psicodélico de la ayahuasca a la venta de salvia divinorum por internet, todo parece indicar que asumimos que los enteógenos están allí para satisfacer nuestra curiosidad y garantizar el entretenimiento. Tomar una poderosa medicina tradicional por diversión es una postura necia e irrespetuosa. Sólo el occidente moderno tiene una posición semejante frente a las plantas sagradas. Tendemos a verlas como golosinas en la estantería del supermercado. Es una conducta culturalmente condicionada, propia de sociedades mercantiles en donde el consumismo funciona como una matriz formativa desde la que se establecen todos los demás tipos de relaciones con el entorno. Los pueblos originarios mantienen una actitud diametralmente opuesta. Para ellos la planta medicinal es un regalo divino con el que se vinculan en un marco de tremendo respeto, incluso de veneración por el espíritu elemental que la habita.

El paradigma hermético que rigió a occidente hasta la llegada del mecanicismo cartesiano nos sumerge en un cosmos interrelacionado, cualitativamente rico y simbólicamente colmado. En él hasta la más humilde yerba refleja en su ser las cualidades esenciales de los astros, las jerarquías angélicas y las emanaciones divinas. El spiritus mundi desciende a través de la luz del sol y las estrellas, bañando a todas las cosas, bendiciéndolas una y mil veces hasta llenarlas de su presencia. Es una visión sagrada de la naturaleza, en donde el hombre participa desde el respeto, sintiéndose integrado a un universo que él, por correspondencia entre lo de arriba y lo de abajo, refleja como un microcosmos, igualmente armonioso y bello. Lejos está de ese otro hombre que, por el contrario, quiere arrasar con todo el entorno y aprovecharse de las potencias naturales para narcotizarse, en medio de la violenta vorágine de su vida de consumo y hedonismo.

Hay muchas plantas con propiedades medicinales o enteogénicas. Desde la relajante melisa, signada por Mercurio, hasta el venenoso estramonio, signado por Saturno. Todas las hierbas poseen su propia fuerza vital y su espíritu elemental. Conocer las dosis, formas de aplicación y temporada de cosecha es clave para no cometer errores que pueden resultar perjudiciales. Abusar de ellas al natural, o retorcerlas artificiosamente en un laboratorio, supone una actitud instrumental y utilitaria que sólo ha sido posible con la pérdida de la visión mágica de la naturaleza. Sé que me expongo a una larga y amarga crítica por escribir sobre esta cuestión. No quisiera hacer enojar a nadie, pero entiendo que habrá gente que se moleste. A ellos les recuerdo que gozan de plena libertad para tomar sus propias decisiones. No necesitan escucharme. Ésta es la mirada hermética, que pueden no compartir en absoluto. Otros recibirán el mensaje con mayor templanza, recordando lo que hemos dicho al principio: la diferencia entre el veneno y la medicina está en la dosis. Aprendamos del hombre antiguo, del aborigen y de su respetuosa relación con la madre naturaleza. Vale la pena.

 

Twitter del autor: @cubicado

 

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Experimentar dolores e incluso enfermedades sin que se generen reacciones negativas que afecten nuestra ecuanimidad es una forma de purificar el karma, según el budismo

Dolor y sufrimiento a veces son usados de manera intercambiable, pero haremos aquí una distinción funcional para desarrollar una hipótesis. Llamaremos dolor a aquellas sensaciones físicas desagradables que son parte inevitable de la existencia cotidiana así como también a aquellas emociones negativas o pensamientos dolorosos que surgen, pero que (en el caso de las emociones y pensamientos) están ligados a un respuesta corporal inmediata. Por ejemplo, si una persona querida muere, hay un dolor natural que llamamos duelo; otro ejemplo, si alguien utiliza un ruidoso taladro cerca de nosotros, escuchamos una poderosa explosión o vemos un muerto en la calle, esto probablemente genere ciertas emociones negativas o de alguna manera perturbadoras, que aquí colocamos dentro de la canasta del dolor (recordemos que ésta es una distinción meramente funcional, no lexicográfica).

El sufrimiento lo definiríamos como la fijación del dolor o su reproducción a través de hábitos mentales. Por ejemplo, si un ser querido muere y seis meses después seguimos deprimidos, eso sería sufrimiento. Si una construcción empieza a nuestro lado y horas después no podemos trabajar y estamos obsesionados con el ruido, eso sería sufrimiento. En el caso de una enfermedad que afecta seriamente nuestro organismo, la línea se vuelve más difusa (ya que el dolor y el sufrimiento se retroalimentan en un circuito psicosomático) y en general es más difícil evitar que el dolor se convierta en sufrimiento, pero de todas maneras es posible hacer que el dolor no se convierta en un agregado de sufrimiento mental autoinflingido por rumiar en la enfermedad o la frustración que produce la enfermedad al estarse circulando en forma de pensamientos. Un ejemplo, cuando el karmapa anterior (el líder espiritual de budismo kagyu) estaba enfermo de cáncer, cuando las personas lo iban a visitar y le preguntaban cómo se sentía, él decía "No enfermo", según cuenta Gyatrul Rinpoche. No sólo en el caso de una persona con muchos logros en el control mental y demás, muchas personas ordinarias que tienen una actitud positiva se enferman pero el dolor no se convierte en sufrimiento, sino sólo es una experiencia más. Son éstas las personas que logran salir de una enfermedad con aprendizajes más que heridas o disfunciones crónicas. De hecho, existen muchas historias muy interesantes de cómo la enfermedad es el catalizador de una transformación espiritual donde los individuos descubren los aspectos esenciales de la vida y de su persona obligados a enfrentarse a su realidad sin distracciones. En algunos casos es necesario sufrir, justo para tener una motivación más profunda para querer dejar de sufrir, pero una vez que se ha entendido esto, es posible vivir todo tipo de dolores, achaques y contrariedades sin que se produzca mayor sufrimiento.

Se ha dicho mucho que el el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Yo preferiría decir que no sufrir es el logro del trabajo del autoconocimiento, la purificación de la mente y probablemente también de una cierta fe o del cultivo de una vida plena de significado. No es como si vamos al supermercado de la mente y elegimos no sufrir; en realidad en el estado en el que estamos no podemos ejercer esa opción efectivamente, ya que somos víctimas de nuestros hábitos mentales o de nuestros karmas (los cuales son casi lo mismo). Es decir, el no sufrimiento no es magia, no es una pastilla que tomamos (porque la pastilla que tomamos para suprimir el dolor luego se convierte en sufrimiento al negar los síntomas que se están manifestando con importante información sobre las causas más profundas de nuestro malestar). Es por ello que el Buda Shakiamuni diseñó todo un sendero (el óctuple noble sendero) para conseguir eliminar esta característica tan enraizada en el mundo en el que vivimos, donde existen inevitablemente la muerte y la enfermedad (en lo que el budismo llama el samsara). Asimismo, las diferentes escuelas budistas se han dedicado a adaptar las enseñanzas del Buda –las cuales son ciertamente universales– a los contextos particulares, con el fin de proveer un método para hacer que no reaccionemos de manera violenta al dolor y que lo dejemos que llegue a su cauce y se desvanezca. La esencia de la filosofía budista, e incluso también de la medicina tibetana, es el concepto de la impermanencia (anicca). Sostiene el budismo que todas las cosas están condicionadas a desaparecer y por lo tanto no hay una razón de peso para reaccionar a ellas. Esto mismo ocurre también en el organismo, si una sensación dolorosa surge, uno la percibe y si tiene sentido realizar algún cuidado médico por supuesto que se realiza, pero si esto no es necesario (y se prefiere no intervenir si no hay una verdadera necesidad) simplemente se reconoce la sensación y no se cavila demasiado en su persistencia. Esto hace que uno no siga alimentando esa sensación corporal que en el budismo tiene necesariamente un componente mental. Pronto desaparecerá y lo que es seguro es que desaparecerá antes y perderá su fuerza antes si no la hacemos grande con nuestra energía obsesiva o apego. Es por ello que definimos el sufrimiento como fijación: todas las cosas están moviéndose, circulando, cumpliendo su energía kármica, pero si nos aferramos a ellas, generamos tensión y bloqueamos su paso, pues no podrán seguir su curso, por el contrario, se expandirán, como si en vez de sacarnos una daga, la mantenemos en el cuerpo y la seguimos enterrando.

Sugiero que existe una especie de alquimia en el dolor que no se convierte en sufrimiento, especialmente en la enfermedad y en las circunstancias más difíciles que nos presenta la vida, basándome en la visión budista del karma. El budismo enseña que todo lo que somos y que todos los fenómenos que experimentamos son el resultado de nuestras acciones previas, nuestro karma, el cual es especialmente cargado, por así decirlo, por la intención o motivación que le imprimimos a nuestros actos, pensamientos o palabras. De esta manera es imposible que nos libremos de algo que hemos hecho antes sin que experimentemos sus efectos (si bien existen técnicas, como por ejemplo el tantra, que permiten trabajar con estos efectos de manera más directa y profunda, a veces logrando evitar sus manifestaciones más negativas). Esto significa que todo dolor y enfermedad que se manifiesta es una semilla kármica que encuentra su fruición: un acto o una serie de actos que estaban enterrados en nuestro inconsciente o en lo que el budismo llama alaya, la conciencia de la base o conciencia almacén. Bajo cierta perspectiva esto es algo incluso celebrable: está surgiendo finalmente a la superficie ese pasado que nos tiene condicionados y nos afecta desde la profundidad, el monstruo se hace visible (y los monstruos al mostrarse a la luz pierden su poder de atemorizarnos). Estamos ante una preciosa oportunidad de librarnos de ese karma, aunque es una oportunidad de riesgo ya que nos coloca en un estado de relativa debilidad en el cual podemos recaer en una actividad negativa, al identificarnos con ese dolor-sufrimiento. Es importante no confundir no identificarse con las sensaciones con bloquear las mismas, por el contrario, el proceso de no identificación, cuya base es la noción de la impermanencia, es especialmente adecuado para dejarlas salir y sentirlas como son, es por ello que a veces las lágrimas son una forma de alquimia. 

El gran maestro budista del siglo XVII, Karma Chagme, escribió que algunos practicantes que viven una vida entregada al dharma logran hacer que todos sus vicios y oscurecimientos de vidas pasadas emerjan en esta vida. "Entonces todo el inmenso sufrimiento y la miseria de otras vidas es purificado al sufrir de enfermedades en ésta". Estas enfermedades entonces son llamadas "excitaciones del karma". Aquí el importante detalle es que estas enfermedades deben de sobrellevarse de tal manera que el individuo se mantenga fiel al dharma o a una vida ética y que mantenga una mente clara, sin indentificarse con el dolor. 

Hay que mencionar que en el caso de algunos seres con grandes méritos, según dice la tradición budista, particularmente el mahayana, las enfermedades pueden llegar a ser incluso formas de expiación compasiva con las que un bodhisattva o un gran santo absorbe las penas de los demás, simplemente porque está libre de apego y para él esas enfermedades no trastornan o modifican su conciencia, ni le hacen perder la ecuanimidad. Asimismo, también es concebible que ciertos seres especialmente calificados absorban las penas del mundo, de ciertos lugares o grupos, en una especie de alquimia del karma colectivo. 

Por otro lado también se pueden presentar procesos que a veces son descritos en la literatura de la medicina alternativa como "crisis curativas". Esto mismo es reportado en las prácticas tántricas del vajrayana, donde al trabajar con el karma y el oscurecimiento de la mente surgen ciertas aflicciones. Karma Chagme dice que "justamente como limpiar la cañería hace que emerja suciedad, así también ocurre al excitar el karma al purificar los oscurecimientos".

Esto al menos nos debe de dar una perspectiva diferente para enfrentar el dolor, sin que se tenga que ser budista practicante o de alguna otra religión o creencia. Simplemente la paciencia de la enfermedad, que es una especie de ciencia de la no reactividad, sabiduría de dejar que las cosas fluyan a través de nosotros y encuentren buen puerto. Creo que hay una alquimia en experimentar el dolor que ocurre como parte de la condición mundana y no adherirnos a él. Esto por una parte nos hace más sabios, nos permite entender la impermanencia desde la experiencia íntima y, por otro lado, si creemos en la idea del karma (la cual no es budista, sino que existe en todas las tradiciones religiosas de la India y en otras religiones y filosofías con otro nombre), entonces el dolor es una especie de punto crítico que ocurre en el laboratorio alquímico de nuestro cuerpo, en el que estamos purificando al fuego de nuestro cuerpo-mente, que al final de cuentas es la materia prima de la piedra filosofal. Si mantenemos la ligereza ante el dolor, estaremos haciendo un aliado del elemento viento, el vehículo del espíritu, y tendremos la capacidad de enfrentar todo tipo de adversidades sin que tengan efectos significativos en nosotros. Nos estaremos volviendo livianos como el viento y transparentes como el cielo. Incluso podríamos decir que el dolor sin sufrimiento es ya una probada de la iluminación.

Twitter del autor: @alepholo

Citas tomadas de Naked Awareness, Practical Instructions on the Union of Mahamudra and Dzogchen, traducción de Alan Wallace