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Pedro Juan Gutiérrez entona boleros en un mercado de México

Arte

Por: Adán de Abajo - 08/02/2016

El escritor considerado el Bukowski cubano

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Randy llena la cubeta de agua en los depósitos que se encuentran a la mitad de la calle. No hay pavimento y los drenajes descargan debajo de las banquetas sobre los pies de niños descalzos y perros famélicos. Transporta el cubo hasta su cuarto de azotea en el séptimo piso del multifamiliar y lo vierte en los tanques que tiene en su techo, es el viaje número 42 que realiza desde la calle hasta su casa esta mañana. La espalda y el hombro se lo reclaman. Sus vecinos, también habitantes del edificio, deben realizar la misma acción si quieren tener el líquido en sus habitaciones. El municipio únicamente les conecta el servicio de agua potable una vez a la semana, a veces a la quincena.

Randy aprovecha la ubicación de su único cuarto donde vive con su familia para recolectar agua de la lluvia en varios botes grandes de plástico y ahorrarse, aunque sea una vez al año, el trabajo de subir las cubetadas a lo largo de los casi 200 escalones. Pero aunque se encuentra en mitad del verano, no ha llovido desde hace semanas y no le queda más remedio que levantarse a las 6 de la mañana y acarrear el agua para que no le falte a sus seres queridos antes que él se vaya a trabajar.

Le gusta criar palomas y gallinas, a un lado de su cuarto tiene dos palomares repletos, también tiene tres perras de pelea y un gato. Junto con su esposa está criando dos niños: una pequeñita y un varoncito que aún son bebés, por lo que debe subir muchos baldes de agua cada 2 días para cubrir las necesidades de su familia y sus animales.

Luego está el viacrucis para llevar cada día el pan a tantas bocas. Su situación económica estaría peor de no ser por los apoyos del gobierno federal que consiguió su esposa Alondra, gracias a los cuales sus bebés pueden gozar de varios litros de leche y una despensa algo variada que les llegan tres veces por semana todo el año.

Randy y Alondra son sobrevivientes de tiempos muy duros juntos, su relación parece estrecharse con el tiempo, a pesar de las crisis económicas y las frecuentes gripes de los niños.

Tras llenar los tres contenedores grandes de agua y beberse una taza de café con leche y un pan, se cuelga la vieja guitarra de cedro rojo y besa a Alondra. Los niños se precipitan a rodearlo por el cuello en un abrazo conjunto y le truenan repetidos besitos en las mejillas, para luego retornar corriendo frente a la pantalla plana que también les regaló el gobierno donde tienen conectado su DVD, una de las mayores posesiones de la familia. Alondra los entretiene en las vacaciones con todas las películas de Disney a falta de televisión por cable, pero añora que las clases en el kínder reinicien pronto porque le es difícil mantenerlos sin aburrirse todo el día. Las perras lo despiden igualmente animosas con un exótico movimiento de rabos y caderas, las lenguas de fuera, sonriéndole.

Randy desciende las escaleras del edificio silbando, guitarra en la espalda y bolsa de canguro a la cintura donde guarda las monedas que se gana en el día, buscando enfrentar la monstruosidad de la urbe y dispuesto a seducirla con su canto y sus acordes a toda costa.

Ese día Alondra luce más hermosa que de costumbre, más mujer, o él siente quererla más de lo que siempre la ha querido desde que la conoció aquella tarde en que ayudó a su hermano a llevar serenata en una de las vecindades del centro. La realidad es que ella sospecha encontrarse encinta por tercera vez, aunque no ha podido corroborar sus presentimientos ni revelárselos a Randy.

 

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Tres mercados de la ciudad recorridos de punta a punta cantando y rascando su guitarra y casi 13 camiones del transporte público utilizados como escenarios para su música. Su bolsa en la cintura se encuentra algo llena, ha cumplido sobradamente su cuota del día, después de casi 80 boleros y una veintena de rumbas, guapangos, rancheras y sones casi sin repetir una sola pieza, entonados a lo largo de la mañana sin descanso. Se siente satisfecho y de tan buen ánimo como para solicitar una cerveza para acompañar los tacos de hígado encebollado y moronga con que se premiará su dura jornada de trabajo.

Lejos están los días cuando tocaba en la orquesta de la Benemérita Escuela Normal, de la que también era estudiante, antes que estallara la huelga de maestros y él se pusiera del lado del grupo disidente. La huelga sería quebrada, negociada en las sombras por la mayoría de los líderes, quienes salvarían el cuello. Pero a él lo expulsarían en el último semestre, antes de poderse graduar, echándolo también de la orquesta y perdiendo su sueldo semanal. Para entonces Alondra ya esperaba a su niña más grande.

Desde entonces Randy intentaría toda clase de oficios mal pagados para cubrir los gastos de su joven familia, terminando sus días como músico callejero, que al parecer es lo que mejor le sale, con lo cual no le va al fin y al cabo tan mal.

 

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Imagen: oncubamagazine.com

Imagen: oncubamagazine.com

Decide regresar a su casa para pasar el resto de la tarde con sus hijos y su esposa. De pronto descubre la cabeza calva y brillante del escritor, los brazos musculosos expuestos por la camisa sin mangas, la sonrisa enorme. Sabe cómo es, lo conoce de las fotos en las contraportadas de sus libros. De él leyó una trilogía sabrosa, cachonda y majadera, muy bien escrita, y un bellísimo libro de relatos que tiene el título de un bolero de Álvaro Carrillo.

-¡Me sé "Sabor a mí"!

Le grita Randy a Pedro Juan.

Al escritor cubano le encanta que lo reconozcan, sobre todo la gente sencilla en medio de un mercado como este, a donde le agrada  ir a comer birria de chivo con tortillas a mano cada que se encuentra de visita en la ciudad.

-¡Pues dale muchacho!

Sentencia el escritor con buen ánimo, incitándolo a rascar su maltrecho y experimentado instrumento de cuerdas.

Randy se luce con el requinto y le exprime sus mejores notas. Luego trata de agradarlo con una hermosa interpretación de "Nosotros" y "Vete de mí" de su paisano Bola de Nieve. Sabe que a Pedro Juan le gustan los boleros. Leyó casi todos sus libros cuando estudiaba en la Normal y acariciaba el deseo de volverse escritor y maestro revolucionario. Pero de esos años y de aquellas tardes transcurridas leyendo, tocando la guitarra para Alondra con tanta ilusión, ha llovido ya. A veces se siente abrumado con tantas responsabilidades de adulto y presiente que su vida anterior como músico de la orquesta y estudiante la vivió otra persona, ya muerta.

 

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-¡Siéntate hermano!

Le convida el escritor, pidiendo a la mesera dos cervezas, dispuesto a devolver y recompensar la gran amabilidad del músico.

Randy anhela vomitarle un mundo de palabras y emociones, compartirle cuánto lo ha leído y disfrutado sus libros. Pero la situación lo sobrepasa. Escuchó en días previos que habían invitado a Pedro Juan a una feria municipal del libro a dar una conferencia, más nunca imaginó encontrarlo desayunando en medio del mercado Corona.

Va a decirle algo, no sabe con exactitud qué, pero en lugar de frases, le brotan lágrimas y llantos. Se encuentra emocionado de conocerlo y deprimido sin saberlo desde meses atrás. Así es que al encontrarse frente al cubano, su corazón no logra contenerse, ablandado con el par de cervezas que llevaba encima.

Pedro Juan se siente conmovido ante el joven músico.

-¡Mira hijo, no llores, no es para tanto, no hay nada que no tenga solución...! ¡Mejor cántame otra vez "Sabor a mí"!

Le dice casi paternalmente a Randy.

Y el bolerista se desboca sobre el requinto con toda el alma, secando unas lágrimas y entonando con la poderosa caballería que le sale por la garganta y que no es poca.

Pedro Juan se pone también melancólico y alegre a la vez. Pide otro par de cervezas y enciende un habano, comenzándolo a acompañar con una voz de barítono nada desdeñable. La multitud en el Corona guarda silencio para escuchar a los dos trovadores.

 

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Al momento de despedirse Pedro Juan le entrega varios billetes de dólares como propina y abraza al muchacho como a alguien de su familia. Él también trabajó interminables años en las calles del  centro de la Habana, vendiendo helados y toda clase de chucherías para sobrevivir.

Randy regresa en tren ligero en silencio, presa de múltiples emociones, listo para contarle a su esposa todo lo que ese día le ha pasado. Por su parte, Alondra le tendrá la confirmación de una noticia que es más que evidente desde semanas atrás.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

Gracias a un poema de Safo, científicos fechan un evento astronómico de la Grecia antigua

Arte

Por: pijamasurf - 08/02/2016

Investigadores de la Universidad de Texas prueban un nuevo software de mapeo astronómico con un par de versos de Safo

Alcé la cara al cielo,
inmensa piedra de gastadas letras:
nada me revelaron las estrellas.

Este no es un poema de Safo, sino de Octavio Paz. Entre ambos hay casi 25 siglos de distancia, tiempo más que suficiente para que las cosas cambien, incluso la manera en que el ser humano voltea a ver el cielo. El poema de Paz se titula, elocuentemente, “Analfabeto”, pues lo que intenta transmitir es ese desamparo del hombre moderno con respecto a las potencias que cruzan una vida y que pueden dirigirla, encauzarla, torcerla, o a las cuales puede sobreponerse el individuo. Las estrellas parecen tener un mensaje, pero ilegible ya para el poeta, quien se reconoce analfabeto respecto del lenguaje de los signos celestes.

Uno de los poemas más célebres de Safo (que, además, sobrevivió al curso del tiempo) alude también a la noche y las estrellas. Aunque más que un poema se trata de apenas un puñado de versos que, según refiere Gabriel Zaid, alguien tuvo la buena fortuna de elegir y transcribir en un manual de métrica “8 siglos después de que fueron escritos”. De no ser porque ese oscuro autor los quiso tomar como ejemplo, los versos se hubieran perdido para siempre. Escribió Safo:

Δέδυκε μεν ἀ σελάννα
καὶ Πληΐαδεσ, μέσαι δὲ
νύκτεσ πάρα δ᾽ ἔρχετ᾽ ὤρα,
ἔγω δὲ μόνα κατεύδω.

Transcrito:

Déduke men a selána
kai Pleíades, mésai de
núktes, pará d’érjet óra,
égo de móna katéudo.

Y traducido por José Emilio Pacheco:

Se fue la Luna.
Se pusieron las Pléyades.
Es medianoche.
Pasa el tiempo.
Estoy sola.

Carlos Montemayor:

Se han puesto la luna y las Pléyades; ya es media
noche; las horas avanzan, pero yo duermo sola.

Y Gabriel Zaid, en una versión que busca recuperar el tono popular que, de acuerdo con ciertas hipótesis filológicas, pudo tener el poema original:

La luna apagó la luz,
con las Pleias se acostó;
y, a oscuras, pasan de largo
las horas, la noche y yo.

Esta última traducción, dicho sea de paso, tiene una afinidad clara con otro poema de Paz:

Anoche
En tu cama
Éramos tres:
Tú yo la luna

Los versos, como se ve, plantean cierta dificultad a los poetas y filólogos que se han abocado a traducirlos o situarlos en su propio contexto. Y ahora, curiosamente, a este interés también se ha sumado un grupo de científicos de la Universidad de Texas en Arlington, quienes los tomaron para probar un nuevo software de cartografía astronómica con el que es posible obtener la posición de las estrellas y otros cuerpos celestes con una notable precisión.

Los investigadores utilizaron los programas “Starry Night” y “Digistar 5” para encontrar las fechas en que la constelación de las Pléyades se ocultó antes de la media noche en el año 570 antes de nuestra era, el mismo en el que se data la composición de Safo.

Con estos datos, el software determinó que el poema puede aludir a dos noches específicas: la del 25 de enero o la de 31 de marzo del año mencionado, lo cual corresponde con suposiciones que habían hecho investigadores de otros campos. En especial en estudios de literatura clásica se había notado ya la atmósfera vernal de los versos. Cornelius Castoriadis, según cita Zaid, conjeturó con notable intuición “que la escena puede situarse en la primera luna nueva de la primavera, porque es entonces cuando las Pléyades y la Luna se meten antes de la medianoche”.

Después de todo, parece ser que las estrellas todavía tienen mucho que decirnos.