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Es casi imposible no perder el aliento cuando estás frente a una iridiscente gama de azules congelados

Cada persona tiene su color predilecto. Y entre quienes abrazamos al azul por sobre el resto, seguramente habrá quienes disfrutan, más que ninguna otra experiencia cromática, envolverse en un cierto tono celeste, marino, nocturno o creado –por ejemplo un azul de Rothko o de Tamayo, un azul del océano Pacífico en cierta temporada del año u hora del día, o un azul de cuando la noche divaga más allá del negro profundo. 

Hay un azul poco conocido, elusivo y sobre todo muy efímero. Es el color que impregna las grandes masas de hielo, pero la porción que se encuentra sumergida en las aguas gélidas –y que por lo tanto en su estado “ordinario” es parcialmente invisible.

Cuando pensamos en un iceberg y lo visualizamos, lo más probable es que aparezca en nuestra mente un blanco coloso y tal vez, si somos un poco más minuciosos, este cuerpo incluirá un par de pinceladas azules. Sin embargo, el hielo es blanco por su contacto con el Sol, pero cuando está guarecido de la luz, incluso protegido tan sólo por el filtro de las aguas, su constitución presume una de las gamas de azules más arrobadoras.

Es valido suponer que la verdadera esencia de estos gigantes de hielo es azul, por ser el color que manifiestan en su estado prístino. En cuanto esta pureza entra en contacto con un ambiente abierto, por decirlo de algún modo, entonces comienza a erosionarse hasta que eventualmente se torna blanca. Y es curioso porque culturalmente el blanco se asocia con la pureza, aunque estoy seguro de que esta inercia la inauguró alguien que no tuvo la fortuna de ver los azules sombríos, submarinos, de las masas de hielo.

¿Sabías que generalmente la mayor porción de un iceberg, algo así como un 90%, permanece oculta bajo el agua? ¿Y que estas estructuras están permanentemente pendulando –a causa de la mutación que va sufriendo su masa con el derretimiento y a agentes externos como el oleaje y las distintas densidades involucradas? En algún preciso (y precioso) instante, este juego de fuerzas decide que es hora de invertir la montaña y entonces, súbitamente, el cuerpo muta. Una vez que esto ocurre sale a relucir un racimo de azules que sería profano intentar describir.

Las imágenes que acompañan este texto fueron capturadas por Alex Cornell en un paseo por la Antártida –tuvo la suerte, y nosotros de algún modo también, de presenciar el lado oscuro, radiante, de un iceberg.  

Twitter del autor: @ParadoxeParadis 


 

Conócete a ti mismo: 5 películas para emprender el camino del autodescubrimiento

AlterCultura

Por: pijamasurf - 08/18/2016

Reconocer la identidad propia y los elementos que la componen es una tarea en la cual el cine puede ser un gran aliado

“Conócete a ti mismo”, decía el templo de Apolo en Delfos, en su vestíbulo. Por este y otros motivos la frase es indisociable de la Antigua Grecia, en donde se usó ampliamente como una suerte de recomendación filosófica pero también vital: saber quiénes somos, con todo lo que ello conlleva, determina en buena medida la fertilidad del terreno en el que sembramos nuestros actos y cosechamos después los frutos de nuestros proyectos. Saber qué deseamos y por qué, conocer nuestro pasado, darnos cuenta de cómo empleamos nuestro amor, saber a qué le tememos y también por qué razones, preguntarnos si las decisiones que tomamos de verdad son resultado de un acto de conciencia y libertad o si actuamos empujados por fuerzas e impulsos inconscientes…  

Conocerse a sí mismo es una tarea continua y persistente de reconocerse en el espejo de lo que hacemos a diario; sin embargo, también existen recursos que nos permiten ejercitarnos en esa disciplina. La lectura de ciertos libros, la conversación con ciertas personas y también algunas películas que tienen como motivo central ese encuentro con nuestra propia identidad al que la vida nos lleva necesariamente.

A continuación compartimos una lista tentativa, la cual dejamos abierta para nutrirla con las sugerencias de nuestra comunidad.

 

Sueños, Akira Kurosawa (1990)

Kurosawa empleó sus propios sueños para contar una historia en ocho partes de una subjetividad, esa definición de la persona que aunque le es inherente, también se encuentra en relación con el mundo que la rodea. Somos lo que soñamos, parece decirnos Kurosawa, pero sólo porque algunos de esos sueños los recordamos al volver a despertar en este mundo.

 

Donnie Darko, Richard Kelly (2001)

Una película de tonos oscuros y temas sombríos que --por esto mismo-- nos hace percatarnos de eso que escapa a la luz de la conciencia, aunque no por ello es menos decisivo en las acciones que suponemos realizar por decisión propia.

 

 

Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera, Kim Ki-duk (2003)

También conocida como Las estaciones de la vida, este filme de Kim Ki-duk es una sencilla reflexión --pero no por ello menos conmovedora-- respecto de los hechos que se suceden y encadenan, uno a uno, hasta formar eso que llamamos nuestra vida.

 

 

Into the Wild, Sean Penn (2007)

Una adaptación fílmica del libro homónimo a propósito de Christopher McCandless, mejor conocido como “Alexander Supertramp”, quien en la década de los 90 emprendió varios viajes a solas, impulsado casi únicamente por el deseo de aventura.

 

The Fountain, Darren Aronofsky (2006)

Una singular mezcla de ciencia ficción, espiritualidad y fantasía que con recursos de cada una de estas narrativas cuenta una historia que se extiende por 5 siglos, período que parece más que suficiente para reflexionar sobre cómo la existencia ocurre y se desarrolla en esa materia fugaz que es el tiempo.

 

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