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Este Frankenstein es el rostro perfecto de una mujer, según un cirujano plástico

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/31/2016

Con 10 años de labor y cirugías estéticas en más de mil mujeres, este médico elaboró el rostro perfecto de una mujer

Como sabemos, la cirugía plástica es ahora una especialidad que mayormente se dedica a lo que justamente ha pasado a denominarse la “cirugía estética”, esto es, una forma de emplear la ciencia médica en el “embellecimiento” de ciertos aspectos del cuerpo humano. 

Narices que se corrigen, arrugas que se borran, senos que se aumentan y un amplio etcétera que salvo algunas excepciones (como la corrección de cicatrices de una quemadura severa, por ejemplo), en general responden a estándares precisos de belleza, a cuerpos que tienen que ser como cierto cuerpo específico e ideal.

Prueba de ello es este “rostro perfecto” que el cirujano Julian De Silva, adscrito al Centro de Cosmética Facial Avanzada y Cirugía Plástica del Reino Unido, armó a partir de las peticiones más recurrentes que le han hecho más de mil mujeres en los 10 años que lleva ejerciendo su profesión.

Previsiblemente, nombres como Miley Cyrus, Penélope Cruz y la duquesa de Cambridge, Kate Middleton, se mezclan en este “monstruo bello”, pues aunque todas ellas podrían parecer disímiles, al menos en lo que respecta a los cánones occidentales de belleza son bastante parecidas entre sí.

¿Qué te parece? ¿Es tan perfecta como se asegura? No dejes de compartimos tu opinión en los comentarios.

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Repasar la muerte de un icono es repasar también la muerte de una época

Hubo una época en que cada país tuvo sus propios iconos. Culturalmente, en especial, esto fue palpable lo mismo en el cine que en la poesía, en la música popular y en el arte más elevado. Eso fue antes, cuando la globalización aún no se afanaba por barrer con las fronteras no por espíritu utópico de convivencia mundial, sino más bien por la imposición de un único modelo de consumo afín a intereses específicos.

A esa época perteneció Juan Gabriel y los miles (¿millones?) de personas que hoy lamentan su muerte, la mayoría de ellas en México, otras más en Estados Unidos (por la comunidad mexico-americana que se ha formado en décadas de migración sostenida, misma que suscitó una pequeña nota luctuosa de Barack Obama) y quizá algunas en otros países hispanohablantes. Es innegable, visto objetivamente, que Juan Gabriel es uno de esos iconos culturales en los que aún existía la identificación colectiva, esa en la cual una sociedad (o parte de ella) se miraba reflejada, o encontraba la expresión de lo que intuía vagamente pero sin alcanzar a articular en una expresión coherente, sólida, atractiva. 

En un país de machos, Juan Gabriel nunca ocultó su homosexualidad, y aunque tampoco la aceptó públicamente sí mostró abiertamente el cariz sentimental, tierno rayano en lo cursi, que aunque todos poseemos permitimos emerger sólo en circunstancias tolerables, es decir, la borrachera.

Pero este es sólo un aspecto de las varias aristas que se podrían encontrar condensadas en ese personaje a quien hipocorísticamente ya sólo se le llamaba “Juanga”.

En un texto cuya lectura puede interesar a algunos, la periodista Susana Seijas propone un comparativo interesante entre Juan Gabriel y Prince, también recientemente fallecido. El pasado atribulado de “Juanga”, en donde se cuentan infortunios casi de catálogo como el abandono, la pobreza y la cárcel, derivó casi épicamente en el reconocimiento arrollador de su talento, una especie de lucha entre tesis y antítesis que hizo escribir a Carlos Monsiváis (¿el “Juanga” de la alta cultura?): “A Juan Gabriel nada le ha sido fácil, salvo el éxito”.

Seijas, por su parte, considera que el triunfo de Juan Gabriel se explica, curiosamente, por la cursilería de su estilo, el sufrimiento que transmitía en su música y también la entrega con que se presentaba ante el público (cualidad que lo hace equiparable con Freddie Mercury, según la periodista).

No es fácil decir si esto basta para sostener la comparación entre uno y otro cantante o si, de inicio, ésta puede plantearse. Quizá lo único claro sea que el anacronismo de una época puede medirse por el grado de entusiasmo con que se vive la muerte de alguno de sus iconos.