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El porno, ¿un grave problema de salud pública?

Salud

Por: Pijamasurf - 08/30/2016

La multimillonaria industria del porno cautiva la atención de millones de personas todos los días, y quizás está mermando nuestra capacidad de relacionarnos y pensar claramente

Hace algunos meses el gobernador de Utah, Gary R. Herbert, firmó una resolución que declara que el porno es un problema de salud pública, sosteniendo que lleva a "un amplio espectro de daños a la salud pública y social". La resolución llama al porno una "epidemia" y pide una reforma preventiva y educativa que se traduzca en un cambio de política. Es difícil dejar de lado que Utah es un estado predominantemente mormón, lo cual supuestamente hace que sean sexualmente recatados. Esto en el papel, ya que Utah es el estado donde más porno se consume por cabeza, según varios estudios. Lo anterior, sin embargo, no invalida del todo el argumento de esta resolución.

Diversos estudios muestran que el porno daña el cerebro de las personas que pasan mucho tiempo videos pornográficos. Asimismo, mucho porno suele ir acompañado de alienación social y afecta la conducta sexual de quienes son adictos a este tipo de entretenimiento, haciendo que les sea más difícil formar relaciones íntimas. Y, como menciona la resolución, el porno contribuye a crear una imagen fantasiosa de la sexualidad, muchas veces proyectando una idea de las mujeres como objetos sexuales. 

Esto es bastante obvio para cualquiera que analice el tema; no obstante, merece una reflexión, ya que existe un casi constante incremento en el consumo de porno en el mundo y esto podría acentuarse con el porno de realidad virtual 3D inmersivo.

En Estados Unidos, el porno genera cerca de 12 mil millones de dólares al año y unos 97 mil millones anuales a nivel global. El 90% de los niños ha visto porno antes de los 18 años y el 60% de las niñas, pero la edad promedio a la que se introduce el porno son los 11 años. El porno es quizás el principal método de educación sexual. Existen varias dificultades para medir de manera confiable la adicción a este tipo de entretenimiento; sin embargo, se cree que esta cifra está al alza. Una de las principales características de esta adicción es que genera un desbalance en la producción natural de dopamina

El maestro budista Traktung Geshe Dorje sugiere --un poco como Baudrillard-- que el porno es un pobre sucedáneo de la realidad: el sexo virtual que consumimos va haciendo que el erotismo real sea menos frecuente. "Las redes sociales son al diálogo auténtico lo mismo que el porno en línea es al amor", dice Traktung Geshe Dorje, quien llama a Facebook "Fakebook". 

No se trata de satanizar el porno; evidentemente las personas deben ser libres para ver el tipo de contenidos que gusten. No obstante, es importante educar sobre los efectos que tiene la pornografía y quizás notar que en este caso la libertad puede caer fácilmente en el libertinaje si no existen ciertas restricciones, ciertos controles o al menos una sólida estructura que permita a los individuos ser más conscientes de los efectos que tienen ciertos medios y ciertos contenidos. Esta es la verdadera libertad, no hacer solamente lo que uno quiere, sino saber lo que es bueno y necesario y ser capaz de realizarlo.

El terapeuta lírico, o algunas razones por las que puede que tu psicoterapeuta no te esté entendiendo del todo bien

Salud

Por: Adán de Abajo - 08/30/2016

En algunas situaciones, los psicoterapeutas provienen del completo autodidactismo y del aprendizaje de la vida

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Actualmente muchos psicoterapeutas ejercen su oficio sin ser psicólogos o sin haber recorrido previamente una licenciatura en psicología, ocasionalmente ni siquiera una carrera universitaria. Inclusive hay terapeutas que de base formativa no tienen nada que ver con la psicoterapia. Sobre todo en diversos sitios de América Latina, donde las restricciones son poco claras o de plano no existen. En muchas partes se ofrecen cursos en línea, "certificaciones" en cualquier cosa imaginable y másters para los que no es necesario poseer licenciatura ni título universitario si se desea inscribirse y cursarlos, mientras se cubra sus cuotas. Bastante gente se ha formado como psicoterapeutas o se sigue preparando en ello sin poseer un título universitario como requisito, con tan sólo alguno de estos cursos, frecuentemente breves y accesibles. De manera que en el mercado de la psicología, hoy por hoy, cunden cantidades de profesionales que ofrecen sus servicios de ayuda, algunas veces con licenciaturas y posgrados rigurosos que los respaldan (lo cual de todos modos no garantiza nada), otras de plano sin ellos, y otras más, proviniendo de campos del conocimiento muy alejados del desarrollo humano o la psicología, lo cual a veces es positivo, pues enriquece y amplía el campo de la psicoterapia, no pocas veces bastante miope.

Y en algunas situaciones más, los psicoterapeutas provienen del completo autodidactismo y del aprendizaje de la vida. Quizá con algunas cuantas lecturas encima, otros ni siquiera con eso. Sustentados en sí mismos nada más.

A veces, tristemente, estos terapeutas líricos pueden superar por su sencillez, experiencia de vida, conocimientos y practicidad a aquellos que han invertido décadas de estudio y miles de dólares en su formación pero resultan incapaces de resolver el más mínimo problema cotidiano hasta en sus propias existencias --no siempre es así, claro está, en todo hay excepciones--, mostrando la distancia de años luz presente y creciente entre la educación formal que se oferta y vende en cualquier institución educativa que se quiera, en muchos casos costosísima, y las necesidades del día a día de muchas personas.

Por esto mismo, al elegir a un psicoterapeuta o al buscar ayuda psicológica, nunca te fíes demasiado en sus títulos académicos ni en los lugares donde dice él o dicen sus fans que los ha obtenido. Porque, en primer lugar, eso no garantiza que te pueda servir a ti en tu problema concreto personal, ni mucho menos que además sean reales o verdaderos dichos papeles, o que por casualidad no los haya adquirido piratas.

Pero tampoco te asustes si de pronto descubres que tu psicoterapeuta es autodidacta, no está titulado de su licenciatura, dejó trunca la universidad, la abandonó a la mitad o no cuenta con ningún título. Como los llamamos nosotros, son terapeutas líricos. Aquellos que no estudiaron formalmente, pero ejercen la psicoterapia y a veces adecuada y exitosamente. Dales tiempo a cualquiera de todos ellos: tanto a los que dicen --o se dice, que han estudiado mucho en sitios prestigiosos, como a los que puedan haberse formado por sí mismos y bajo propia cuenta. Bríndale la oportunidad aunque sea de primer inicio a quien hayas elegido, al fin y al cabo ya lo hiciste y por alguna razón, hay que descubrir más adelante cuál es.

 

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Fíjate que de verdad y realmente te escuche. Esto es quizá más importante que si estuvo en algún sitio del Viejo Mundo o de Estados Unidos realizando un posdoctorado o una certificación en quién sabe qué retruécanos raros.

Para saber si realmente te escucha, verifica su mirada constantemente. Te mirará directo a los ojos por lapsos prolongados de tiempo, con mayor intensidad cuando tus palabras desvelen los rincones más oscuros y heridos de tu corazón, aquellos que a nadie o casi a nadie más que a él hayas expuesto. Te dará tiempo de formular tus propias ideas y expresarlas. No te interrumpirá a menos que sea necesario. Esperará a que te desahogues y expongas con tus palabras tu situación. Luego hará sus intervenciones concretas, sencillas, accesibles y te preguntará, sobre todo, qué opinas de lo que él o ella piensa de ti, sin imponer su punto de vista.

Una mala señal de la deficiente capacidad de escucha de un psicoterapeuta es la tendencia a hablar en exceso de sí mismo, de lo que sabe o de lo que dice que ha leído. No es que esté mal que un terapeuta retome ejemplos de su propia experiencia y los utilice como metáforas válidas para ayudar a sus pacientes. Psicólogos con mucho peso en la historia de la psicología como Albert Ellis recomiendan y aprueban como válido el uso de la propia experiencia a manera de ejemplo en el ejercicio de la terapia. Pero algo muy distinto es pasarse la mayor parte de una sesión, la cual por cierto está pagando su paciente, hablando de sí mismo. Esto más bien muestra que no lo está escuchando y no está mostrando un interés demasiado evidente por su historia, menos por su problemática.

Entonces, te recomendamos: considera alejarte de aquellos terapeutas que hablen excesivamente de sí mismos, de lo que saben o dicen que saben, o que de hecho no te permitan hablar lo suficiente o lo que necesitas para sentirte cómodo. Aunque pueda impresionarte de inicio con sus conocimientos sobre literatura, cine, mitología o psicoanálisis.

Un buen terapeuta, contrariamente, antes de tomar la palabra y buscar protagonizar el diálogo buscara estimular que te expreses y describas lo más posible tu problemática. Querrá enterarse de principio a fin y con sumo detalle de cuál es tu situación y en qué consiste, con pelos y señales, tu problema.  

Más que buscar tener la palabra, te formulará preguntas, buenas preguntas.

En conclusión, fíjate no en cuánto sabe tu psicólogo, cuántos conocimientos tiene, cuántas películas ha visto y lugares ha recorrido, sino en cómo te mira, qué tipo de preguntas te hace y qué interés muestra por ti. La terapia es una actividad investigativa y el verdadero terapeuta indagará sin descanso en tu historia y tu vida antes de dar su opinión y ponerse a hablar. Una terapia no es una ida al cine para conocer las aventuras del experto ni mucho menos una conferencia informativa para que el terapeuta se luzca con todo lo que sabe. La terapia debe ser una actividad completamente enfocada en ti.

Una mermada capacidad de escucha puede indicar que quizá quien necesita más la atención psicológica es el profesional que sólo desea hablar y no escuchar, y no tú.

 

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El respeto va de la mano con no hablar más de la cuenta y no imponer sus puntos de vista y opiniones sobre sus pacientes. Aléjate lo más rápido posible del terapeuta que pretenda sobrepasar la relación profesional contigo: invitarte a salir, invitarte a su casa o querer ir a la tuya. Obligarte a hacer algo que él considera que te serviría pero a ti te incomoda o va contra tus principios y valores.

Aquí el objetivo terapéutico está perdido desde hace tiempo, nunca existió, y su interés no es tu salud ni bienestar sino, probablemente, su placer o deseos personales.

Por otra parte, un buen terapeuta jamás dice a alguien directamente lo que tiene que o debe hacer.

Un pésimo terapeuta es el que te dirá de inmediato lo que debes realizar o decidir, llegando a conclusiones rápidas, fáciles y demasiado directas sobre tu situación.

Observa que además de escucharte no trate de obligarte a hacer lo que cree correcto, sino que deberá brindarte una gama de posibles soluciones, primero sugiriéndote interpretaciones alternas de tu problemática y después otra gama de posibles soluciones.

Jamás deberá decir "haga esto…” o “debe hacer aquello...".

Un buen terapeuta más bien tenderá a seguir más o menos el siguiente esquema (aunque no es obligado, si te es útil reflexiónalo y aplícalo):

1. Escucharte con calma, paciencia, sin interrumpirte.

2. Indagar concienzudamente, de principio a fin, sobre tu situación y el origen de tu problema.

3. Formular preguntas tranquilas, pertinentes que te permitan conocerte y al mismo tiempo te ayuden a entenderte a ti mismo.

4. No tratará de cambiar tu punto de vista sino que te brindará una gama de interpretaciones alternativas de tu problema tras identificarlo, que podrán ser de dos a tres y te permitan elegir por tu propia cuenta la que más te satisfaga para explicarte lo que te pasa.

5. Con respecto a las soluciones a tu problema tampoco te las dará como sacadas de un recetario de cocina, sino que igualmente te presentara una serie de opciones entre dos y tres de las que puedas elegir una o dos con las que del mismo modo te sientas cómodo, jamás imponiéndote, ni mucho menos obligándote a que te inclines por una u otra con la que él se quedaría.

 

Twitter del autor: @adandeabajo