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La experiencia religiosa de Dick es la primera manifestación de religiosidad característica del siglo XXI: Dios convertido en nada más y nada menos que información

Probablemente conozcas la historia. Philip K. Dick se encontraba en su casa, recuperándose de la traumática extracción de una muela cuando tocaron a la puerta: lo que ocurrió lo llevó a vivenciar una Singularidad, una especie de experiencia mística y natural de realidad aumentada. La visita era el delivery de la farmacia que le traía (a pedido de su dentista) un opiáceo para el dolor. Al abrir la puerta notó que la chica que le traía el medicamento llevaba un colgante con un símbolo particular, con forma de pez; “un signo usado por los antiguos cristianos”, le contestó a un Dick curioso. En ese momento el escritor pudo ver otra realidad, de manera superpuesta a la habitual: seguía viendo lo que hubiera visto cualquier norteamericano decente, parado en ese mismo lugar, durante el gobierno de Richard Nixon, pero también vio otra cosa; y eso que vio le cambiaría la vida. De ahí en más comenzaría a escribir la Exégesis, una obra espiritual, esquizofrénica y monumental en la que intentaría entender qué le había ocurrido; partes de la Exégesis aparecen en VALIS, una de sus novelas de ciencia ficción más conocidas --pero todo lo que escribió a partir de febrero de 1974 está cifrado a la luz de ese conjunto de experiencias inexplicables. Porque lo que vio, en la puerta de su casa, fue sólo el comienzo. Philip K. Dick, respetado autor de ciencia ficción, vio el mundo romano de los primeros siglos del cristianismo, superpuesto a este: “el Imperio nunca terminó”.

De todos modos, esa alucinación causada por el dolor, las drogas y el exceso de vitaminas (con las que venía experimentando) no fue la más significativa para Dick, si bien marca una serie de paralelismos entre la democracia actual y las formas de gobiernos de la antigüedad. Sería demasiado sencillo adjudicar las experiencias a la mente compleja del escritor; proclive desde joven a la esquizofrenia, abusó de las drogas como toda su generación (aunque no tanto de sustancias psicodélicas sino de anfetaminas de todo tipo). Resumiendo, Dick aseguró ser poseído por un cristiano de la antigüedad y por el recientemente fallecido Jim Pike, obispo de la Iglesia Episcopal; creyó ser perseguido por amigos y enemigos (encarnados y desencarnados) y escribió miles y miles de páginas intentando lidiar con lo que ocurría dentro de él: básicamente creía comunicarse con una entidad extratrerrestre. Y un día, mientras escuchaba en la radio la canción "Strawberry Fields Forever", una voz (proveniente de la inteligencia estelar) le advirtió que su hijo pequeño tenía una hernia y su vida corría peligro. Llamaron en el instante a su doctor, que lo había revisado varias veces sin encontrar nada extraño y lo llevaron al hospital; sabiendo lo que debía buscar (y dónde) esta vez el doctor encontró la hernia y le reconoció al escritor y su esposa que, de no haberlo operado ese mismo día podría haber muerto.

VALIS (como nombró a la entidad, por las siglas en inglés que traducidas al español significan SIstema de VAsta INteligencia VIva) había salvado la vida de su hijo. Hasta el último de sus días, cada vez que volvía a creer que había perdido la razón, que se había vuelto loco, recordaba a su hijo y la canción en la radio. VALIS --una mente común lo habría considerado quizás un “maestro ascendido”, Cristo, un extraterrestre tradicional o, por qué no, Dios. Pero Dick, ávido investigador del gnosticismo cristiano, revolucionario escritor de ciencia ficción, amigo de los gatos y adicto a las anfetaminas, vivió una década intentando descubrir a VALIS y definirla. La manera en que lo hizo revela finalmente el cambio de paradigma que se viviría a nivel global; Philip K. Dick, ganador del premio Hugo por la novela El hombre en el castillo, definió a Dios y su experiencia mística en términos de información. Dick consideró mucho tiempo a VALIS como una entidad extraterrestre o como algo que orbitaba la Tierra; también llegó a creer que se trataba de emisiones subliminales emitidas por los Soviéticos; eventualmente la relacionó con Dios, sí, pero actualizó la definición para la época en que vivimos (nosotros y quizás él, pero no tanto sus contemporáneos). El "Tractate: Cryptica Scriptura", extracto de la Exégesis e incluido como apéndice en la novela autobiográfica VALIS, dice:

Llamo plásmata al Inmortal porque es un modo de energía; es información viviente. Se duplica a sí mismo no a través de la información, sino como información.

Y más tarde:

Hipostasiamos la información en objetos. La redistribución de los objetos significa cambio en el contenido de la información; el mensaje ha cambiado.

A menudo se elogia a Dick por haber anticipado en sus distopías el mundo en el que vivimos: el espionaje a nivel microscópico y digital, el rol controlador de los medios masivos, la naturaleza cada vez más invisible de la tecnología que se transparenta, las mentiras democráticas --en Dick la tecnología es una poderosa herramienta de control: él mismo dijo que “la herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras” y que controlando “el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que debe usarlas” y no hay dudas de que la tecnología es un medio excelente para lograrlo. Una y otra vez gobiernos como el de Radio Libre Albemut y Una mirada en la oscuridad hacen uso de la tecnología para controlar, dominar y esconder. Pero también él, en la conferencia titulada “Si usted encuentra este mundo malo, debe ver a algunos de los otros”, dijo: “Estamos viviendo en una realidad programada por computadora, y la única pista que tenemos es cuando se cambia alguna variable, y alguna alteración en nuestra realidad ocurre” --y esos cambios se revelan como déjà vus (¿alguien recuerda el gato negro que pasa dos veces y revela a Trinity que están haciendo modificaciones en la Matrix?).

Es decir que la tecnología no es sólo una herramienta de control sino un modo de contactarnos con una realidad más profunda y divina. Dio la conferencia en Francia, en 1977 --sólo 1 año después de que Steve Wozniak y Steven Jobs presentaran la Apple I en el Homebrew Computer Club. Y si bien VALIS fue publicada recién en 1981, la interpretación en términos informáticos de sus experiencias místicas y sobrenaturales también data de mediados de la década de los 70, mucho antes de la revolución de los ordenadores personales, de internet y del Nyan Cat. Philip K. Dick vislumbró el mundo en que vivimos: en un rapto místico, durante un episodio psicótico o debido a una reacción química acontecida en su cerebro gracias al consumo de opiáceos, anfetaminas y vitaminas; o porque Dios, manifestándose como un rayo de luz rosa, se lo dijo; o un poco de las tres, o ninguna (quizás se lo haya susurrado su gato, a quien quería tanto y al que consideraba como un ser sobrenatural que se comunicaba cotidianamente con las estrellas). Ni él mismo lo supo; sus experiencias estuvieron siempre rodeadas de interpretaciones ambiguas, ambiciones doblegadas, miedo a las consecuencias de algunos excesos y a la persecución política. Su negativa a tomar una decisión final sobre lo que le ocurrió aquellos días de febrero y marzo de 1974 puede parecer un rasgo de locura; pero el escepticismo radical que implica el haber elegido dudar, una y otra vez, fue su logro más lúcido.

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Imagen: Flickr

La experiencia religiosa de Dick es la primera manifestación de religiosidad característica del siglo XXI: Dios convertido en nada más y nada menos que información. La trascendencia es para Dick un information overload causado por un atacante que logra ejecutar código de manera arbitraria y escalar privilegios convirtiéndose en root, el administrador; claro que el atacante es el alma increada y eterna (la verdadera administradora del sistema) que se encontraba atrapada en la “Prisión de Hierro Negro”, un cuerpo creado por una falsa deidad que no revela el código fuente. El gnosticismo encuentra en la información la vía de escape al mundo falso del demiurgo --el verdadero Dios, no el que creó esta ilusión de carne y cemento sino el verdadero, el que se encuentra en los corazones, en el fondo de los tachos de basura, bosques y en la estática de los televisores antiguos, se despliega a nuestros sistemas nerviosos como información: en los dos extremos del espectro, en lo negro y en lo blanco del símbolo taoísta favorito del siglo XX, una única y misma forma que crea las formas (el viaje de la información comenzó en la antigüedad y deriva del latín significando algo como “dar forma”).

La teoría de la información de Claude Shannon trata (a muy grandes rasgos) sobre la transmisión de la información y sobre su procesamiento; cuando unos años más tarde Francis Crick y James D. Watson desarrollan el modelo de la doble hélice del ADN, la biología misma se vuelve una espiral de información --inversiones privadas y públicas construían los primeros metros de la autopista al ciberespacio y la cibernética, mundos físicos y astrales alejados entre sí únicamente por el grado de sutileza de la información: una escala de grises de información, un árbol cabalístico de esferas que contienen datos. Un mundo mental, compuesto de información; un mundo físico, compuesto de la misma sustancia --paradójicamente, el núcleo de la materia el centro pulsante de la evolución y la entropía es inmaterial; la información es tanto purusha como prakriti. Es decir que se trata del marco de referencia con el que intentamos explicar (o justificar) la realidad, el origen de un nuevo lenguaje. Es en este contexto en que devienen las experiencias místico-esquizofrénicas de PKD: fantasías y sueños antiguos, actualizados a la última versión del sistema operativo cultural y colectivo, que corrige algunos bugs (a la vez introduce probablemente la misma cantidad de errores nuevos) y reemplaza una epistemología por otra.

Es en este contexto que Terence McKenna y Timothy Leary diagraman los borradores de lo que podría definirse como el aspecto psicodélico de las relaciones aleatorias entre unos y ceros. La aceleración de la información (el fenómeno del Cristo Saltarín), el poder transformador de un CD-ROM y el potencial de la realidad virtual son mitos modernos construidos en torno a la información. El gnosticismo cibernético de Dick es, entonces, la primera religión del mundo de Google y Facebook, un reino que supuestamente no tiene fronteras y no está atado a la carne, una existencia digital que trasciende a la Prisión de Hierro, un reino en que la tecnología es indestinguible de la magia y los emprendedores indestinguibles de los gurús de auto ayuda. Y es en el mundo de Silicon Valley donde el círculo se cierra y la información obtiene de lleno el grado religioso otorgado por San Philip K. Dick, mesías de una Nueva Era (“La transmigración de Timothy Archer” también es, en gran parte, autobiográfica) y representante de Relaciones Públicas de un satélite que es Dios o un producto de la tecnología soviética. Y es en Sillicon Valley donde los avances gnósticos por una teoría espiritual de la información dieron fruto, aunque de un modo particular y despojado a la vez, paradójicamente, de toda religiosidad o misticismo.

Vivimos bajo la impresión de que la información nos va a salvar, de que información, más información, es lo único que se necesita para salvar el mundo. A pesar de la evidente realidad de que nunca la humanidad tuvo tanta información como en el siglo XX y eso no evitó alguno que otro problema. Parecemos justificar estas contradicciones mediante paroxismos: necesitamos más información y mejores herramientas para analizar los datos y no volveremos a repetir los errores del pasado. Nunca tuvimos tanta información disponible como ahora, por lo tanto deberíamos estar más cerca de la salvación, una singularidad generada por hackatones y datos públicos. La información, vuelta panacea y piedra filosofal, es lo único que se necesita; analizando objetivamente los datos podremos acabar con el hambre y la pobreza para la versión 1.0 y, atrayendo los inversores adecuados, siempre que haya un mercado para el producto, quizás incluso la enfermedad y la muerte (junto con algunos bug fixes) para la versión 1.1. La cultura deja de ser un sistema operativo para ser una plataforma de análisis de datos, nuestro inconsciente un protocolo. La ideología, la pasión y las mismísimas teorías política y económica desaparecen ante algoritmos que muestran evidentes soluciones al drama humano.

Después de todo, Big Data se refiere a conjuntos de información tan grandes que todos los métodos tradicionales de análisis son obsoletos. Tenemos la absoluta certeza de que la información, no el conocimiento ni la gnosis sino la información en sí nos salvará. La experiencia religiosa, la divinidad inexistente convertidas en unos y ceros, métricas cuantificables en una gráfica ascendente, siempre ascendente. En esta soteriología tecnófila la información es el alma de la fiesta, la chica linda que se roba todas las miradas, el Cristo --el hecho de que se dé en un contexto secular de una racionalidad recalcitrante y militante no importa en lo más mínimo. Dentro de esa militancia, en el corazón mismo de la confianza en el progreso y la visión maniquea y completamente irracional de la información y la tecnología, se esconde la pasión religiosa de un abad de la Edad Media: Dios no ha muerto, a lo sumo fue enviado por error a la papelera de reciclaje. Philip K. Dick fue el mesías que esperaba. Estableció un nuevo lenguaje y una nueva relación tanto con la divinidad como con la propia salvación del hombre. Nuestro futuro ya no depende de la fe religiosa tradicional ni de la fe en ideologías y cuadros políticos; Philip Dick instauró la religión de la información.

 

Twitter del autor: @ferostabio

¿Qué hacemos con el dolor en la vida contemporánea?

Esta mañana desperté con un dolor en mi brazo derecho, cerca del hombro. Por un momento supuse que se debía a una postura incómoda al dormir, como si hubiera pasado mucho tiempo recostado sobre ese lado, pero apenas lo moví un poco me di cuenta de que se debía a la natación. Lo extendí y lo flexioné, simulé dar una brazada y, en efecto, el dolor se hizo más claro: la sensación, la zona, la combinación de movimientos que lo provocaban. Ya que me había despertado para ir a nadar, pensé si acaso eso no sería imprudente, si el dolor no se agravaría después del tiempo que tenía planeado pasar en la alberca.

Tampoco me duele tanto, me dije, y salí de casa.

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Sin ser un gran deportista, llevo varios años manteniendo algún tipo de rutina física. Creo que todo comenzó, sin planteármelo en serio, cuando escribí mi tesis de licenciatura. Entonces había terminado mis materias y tenía un trabajo de medio tiempo como ayudante de investigador en la universidad, al cual llegaba cerca de las 10 de la mañana. Podría decirse que tenía tiempo de sobra, y no porque descuidara lo que hacía, sino quizá porque en especial con la tesis, me doy cuenta ahora de que la escritura tiene su propia cronología: uno puede pasar una tarde escribiendo y tener dos o tres buenas páginas, pero también puede suceder lo contrario, que en el mismo tiempo apenas se alcance a garrapatear un puñado de frases inteligibles, y a veces ni siquiera eso. Tenía tiempo de sobra porque me parece que vagamente entendía esto, y entonces, no sin exceso de confianza, dejé que la escritura tomara su propio ritmo. Quizá por eso comencé a correr. Escribir requiere asentaderas, dijo Alfonso Reyes, lo cual es una forma más o menos educada de señalar que fácilmente conduce a una vida sedentaria. Pero el cuerpo tiene sus propias maneras de pedir lo que necesita, y como decía, sin que fuera una decisión consciente o absolutamente voluntaria, una mañana salí a correr, y de nuevo al día siguiente y al siguiente. Me mantuve así hasta que conseguí un trabajo de tiempo completo que alteró mi rutina cotidiana, aunque fue sólo al salir de casa de mis padres y mudar mi lugar de residencia cuando abandoné el hábito por completo. La última vez que corrí completé 15km, si no recuerdo mal, y alguna vez, cuando intenté retomarlo hace unos meses, aguanté 5km.

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Ahora nado. Hace poco más de un año comencé a tomar clases, porque no sabía, y a la fecha lo hago tres veces por semana, en rutinas que rondan los 1500m. Curiosamente también fue una respuesta a la vida sedentaria de una oficina en toda regla, de esas con reloj checador y horario fijo. De las cosas que obtuve de esa forma de vida, sin duda la natación es una de las más inesperadas. Nadar ha sido para mí una gran disciplina, en ese sentido de “enseñanza” que a veces se da a las artes marciales, la meditación o cierto ámbito de la filosofía. Sin ponerme muy profundo diré que nadar me ha enseñado tanto cosas de mí como de la existencia misma. Hay que no poder para después poder, me dijo una vez mi psicoanalista, y esto lo comprobé en la alberca: no niego que en ciertos momentos estuve a punto de renunciar y dejar de ir, pues la frustración que sentía por no poder nadar me parecía insoportable. No lo hice, sin embargo, y ahora me alegro por ello.

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Es posible que la natación sea el único ejercicio en que la técnica tiene una importancia vital, a cualquier nivel que se practique. No quiero soslayar la importancia de la técnica al correr o en el ciclismo, por ejemplo, pero creo que casi cualquier persona puede calzarse unos tenis y dar unas vueltas por su colonia, o tomar una bicicleta y lo mismo, y en ambos casos hacerlo sin preocuparse mucho por lo refinado o preciso de su técnica. Sólo con el tiempo, cuando se realiza el ejercicio con mayor seriedad, se toma en cuenta esto: para evitar lesiones, para hacerlo mejor, para rendir más, etcétera.

En la natación, en contraste, me parece que la técnica es importante desde el inicio, y no sólo por la consigna un tanto vaga de “hacerlo bien”, sino por el simple hecho de que sin técnica no es posible nadar. A diferencia de correr o andar en bici, nadar implica operaciones que no son naturales en el ser humano. Se respira de manera distinta, la postura en que se hace es otra, los movimientos que se necesitan son también especiales, y todo esto en un medio, el agua, que tampoco es en el que nos encontramos cotidianamente. Lo interesante, sin embargo, es que aun siendo una operación "no-natural", tiene su propia lógica, o su propia harmonía, lo cual queda de manifiesto, me parece, en el hecho de que ya desde los movimientos más básicos, una técnica poco adecuada provoca de inmediato dolor, soportable quizá, no al grado de una lesión, pero dolor a fin de cuentas. Y no menos sorpresivamente, basta con corregir la técnica para que ese dolor deje de presentarse y entonces los movimientos fluyan. 

En eso la natación es admirable, pues al tiempo que puede ser origen de un problema, ofrece también las posibilidades de solución. 

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Esta mañana, 20 o 30 minutos después de haber iniciado mi rutina, me di cuenta de que ya no me dolía el brazo. No estoy seguro de si corregí totalmente mi técnica de brazada, pero quizá sí al menos lo suficiente como para que el músculo se acomodara o recuperara sus condiciones habituales.

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Una forma contemporánea de lidiar con el dolor son los analgésicos. Sentimos dolor y casi de inmediato y como acto reflejo tomamos una pastilla que nos ayude a no sentirlo. Eso pude haber hecho en la mañana, luego de despertar y sentir que el brazo me dolía. Buscar un analgésico, tragarlo e igualmente ir a la alberca. Pienso, sin embargo, que esto hubiera sido una forma de enfocarme en el dolor y no en aquello que lo estaba provocando. Dicho de otro modo, hubiera ido a nadar sin que el brazo me doliera, pero por ese “sentirme bien” hubiera dejado de notar que su origen era un mal movimiento, y por lo mismo hubiera persistido en la mala técnica. Una tercera forma de decirlo: con el analgésico, el dolor hubiera desaparecido en ese momento, pero volvería a aparecer, pues en realidad no habría hecho nada para remediarlo.

¿Esto es una lección? Quisiera decir que sí, porque tengo cierta tendencia al didactismo. Quisiera escribir que, con cierta frecuencia, así es como procedemos con las cosas que nos duelen. En vez de atenderlas, de preguntarnos por qué nos duele y dónde se encuentra la raíz de ese dolor, buscamos paliativos, analgésicos, formas de atajarlo, pero no de resolverlo.

No es sencillo decir por qué. Por un lado, no podemos negar que lidiar con el dolor no es fácil; sonará demasiado obvio, pero enfrentar el dolor duele, y de alguna manera es comprensible, pero por otro lado esto es necesario no si no queremos sentir dolor, porque eso nunca pasará, porque vivir duele, eventual e inevitablemente, pero sí si queremos hacer algo con ese dolor: entenderlo, saber de dónde viene, querer que ya no se repita, u otra cosa. La posibilidad de diferencia, me parece, está en preguntarnos qué hacemos con el dolor. ¿Lo eludimos? ¿Lo ignoramos? ¿Lo tomamos en cuenta? ¿Nos preguntamos a qué se debe? ¿Lo subestimamos? ¿Qué hacemos?

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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