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Cerrar las escuelas, la mejor manera de transformar la educación

Filosofía

Por: pijamasurf - 05/21/2016

El sistema educativo actual es percibido por muchos como opresivo, obligatorio y obsoleto. De tal manera que una verdadera reforma educativa requeriría cerrar las escuelas y con ello terminar con un modelo que no se adapta a las necesidades actuales.

De alguna manera las escuelas son un símbolo de civilización y progreso. La existencia de sistemas de educación pública y gratuita refleja la preocupación de ciertos países y comunidades por reunir, profundizar y compartir el conocimiento.  Sin embargo, el modelo más difundido de clase que tenemos hoy en día en el que el maestro se pone al frente e imparte cátedra a alumnos sentados y pasivos que se limitan a aceptar lo que se les dice o a matar horas de clase divagando mientras fingen que prestan atención, ha sido severamente criticado por algunas facciones conscientes de la sociedad. A quienes les preocupa como este ambiente opresivo y obligatorio fomenta la desconexión social y favorece la competición y el logro en si mismo, más que la colaboración y la atención al proceso.  

Es decir que el sistema establecido en realidad no está formando personas realmente felices o exitosas capaces de coexistir y fortalecer el tejido social. Sino afirmando la insatisfacción y modelos de recompensa en los que lo importante es que se ha obtenido la calificación, o el reconocimiento o el título y no si los estudiantes realmente aprendieron algo en el proceso. O  si lo hicieron ellos mismos o si para lograrlo colaboraron con otros o se aprovecharon de ellos. 

Esta distorsión de las prioridades y los valores que rigen los sistemas educativos actuales es un reflejo del lado más oscuro de los valores del capitalismo que ha tomado en sus manos cada aspecto de la vida humana. .  Pero ¿qué podemos hacer al respecto para transformar la educación? ¿Cómo podríamos hacerla mejor? ¿Cómo podríamos hacer que promoviera habilidades, valores y conocimientos que permitieran a las siguientes generaciones florecer y superar los errores de sus antepasados?

Una de las propuestas más radicales que se ha hecho en este sentido es la de cerrar las escuelas, y por lo tanto abandonar el sistema educativo obsoleto y deficiente por el que abogan y reformar la educación alrededor del concepto de “centro de aprendizaje”.  En su artículo “La reforma de un pueblo, cerrar las escuelas”, Will Richardson explica como una comunidad en el Reino Unido logró cerrar 11 escuelas para reemplazarlas con centros de aprendizaje dinámicos que operaran y funcionaran a través de dinámicas y principios radicalmente diferentes al de las escuelas tradicionales.  Pues en ellos no se darían clases formales, ni habría horarios, los estudiantes simplemente obtendrían sus tareas o asignaciones diarias en grupos de 120 en la mañana, para posteriormente retirarse a zonas que se asemejan más a un café internet que  a un aula. Además de poder tener acceso a las plataformas de conocimiento en línea desde casa. 

Puede que parezca radical pero en su ensayo “Cuando las puertas de la escuela se cierran: cuento  de una noche de verano” Linda Dobson ha dado ejemplos de qué pasaría si las escuelas dejaran de existir y empezáramos a activar modelos educativos centrados alrededor de la comunidad. De tal manera que sus diversos miembros podrían atender a estos centro de conocimiento tanto para aprender, como para enseñar  los temas que realmente les apasionan. En palabras de Dobson, si las escuelas cerraran

“las comunidades tendrían que responder con muchas y variadas alternativas de manera rápida y eficiente. Los abuelos reclutados para el cuidado de los niños lo demandarían. Entonces la señora Jones decidirá que le  encantaría enseñar escritura creativa a media docena de chicos del vecindario un par de mañanas a la semana. El señor Barry le daría la bienvenida a la oportunidad de compartir sus experiencias de primera mano sobre la Segunda Guerra Mundial.  El señor Madden vería la oportunidad de complementar su cheque de seguridad social, desempolvaría sus libros de contabilidad y pondría un clasificado en el periódico local…”.

Puede ser que la diaria convivencia con tendencias educativas obsoletas e ineficientes las haya vuelto “normales” a nuestros ojos. Pero si reflexionamos un poco más al respecto ¿realmente es tan descabellada la idea de sentar las bases para una forma de enseñanza distinta en la que la comunidad tome su parte de  responsabilidad en el  aprendizaje y bienestar de otros? ¿En el que la comunidad misma sea quien determine sus necesidades y no sea determinada por modelos ajenos  y valores que no comparte?

Una intrigante explicación de por qué el tiempo pasa más rápido cuando envejecemos y cómo podemos detener esta fuga para enriquecer nuestra experiencia temporal ajustando nuestra percepción

time

You are young and life is long and there is time to kill today.. 

And then one day you find ten years have got behind you... 

Every year is getting shorter; never seem to find the time.

Pink Floyd, "Time", The Dark Side of the Moon

 

Sabemos por la teoría de Einstein que el tiempo es relativo y se experimenta en función de la velocidad a la que nos movamos por el espacio. Viajar a la velocidad de la luz (que es absoluta en la teoría de Einstein) es lo más parecido a una forma de eternidad. Existe la famosa paradoja de unos hermanos gemelos: uno viaja a una velocidad cercana a la luz y regresa a su planeta para encontrarse a su hermano, pero difícilmente se reconocen, uno se mantiene joven, el otro tiene canas y se encuentra cerca de la muerte.

La relatividad del tiempo tiene otro factor más difícil de incluir en una ecuación, la percepción. Podríamos decir también que nuestra experiencia del tiempo es relativa a nuestra percepción. Existe la popular creencia de que al envejecer el tiempo pasa más rápido y que algunos momentos duran más que otros en función al aspecto cualitativo de nuestra percepción. Así por ejemplo, las experiencias místicas suelen describir instantes que de alguna manera penetran las bóvedas del cielo y del tiempo y acceden a una cantidad de información que sería imposible de asimilar en un modo de percepción ordinario. Ejemplos de esto pueden encontrarse entre las experiencias cercanas a la muerte, en algunas experiencias con drogas psicodélicas o en la literatura de ciencia ficción o fantasía (un buen ejemplo de esto es "El Aleph" de Borges, en el que si bien la percepción es de la superposición de todos los espacios en un único punto, ocurre también una asimultaneidad de momentos, recuerdos imposibles de enlistar en una sucesión temporal: el tiempo y el espacio son un continuum interdependiente). Más allá de que estas experiencias de eternidad sean solamente alucinaciones psicoquímicas o en realidad sean clarividencias, lo cierto es que la forma en la que experimentamos el tiempo varía según el estado mental en el que nos encontremos. Una intrigante forma de entender esto es pensar en cómo percibíamos el mundo cuando éramos niños.

Para explicar este efecto "psicocronométrico", se suele citar la hipótesis de Paul Janet, que a la temprana edad de 21 años postuló la idea de que nuestra percepción del tiempo es logarítmica y no lineal como lo contamos. Percibimos los momentos comparándolos en proporción al tiempo que hemos vivido: cada período de tiempo es proporcional al tiempo que hemos vivido. Por ejemplo cuando tienes 2 años de edad 1 año es el 50% del total de tu vida; cuando tienes 4 años 1 año es el 25% del total de tu vida; cuando tienes 2 años 1 año es el 12.5% de tu vida; cuando tienes 16 1 año es el 12.5% de tu vida; cuando tienes 32 1 año es el 3.03% de tu vida y así cada año es un menor porcentaje de tu vida lo cual, según la teoría de Janet, también determina la cantidad de experiencia, el tiempo cualitativo que se percibe durante ese año.

El artista Maximilan Kiener ha realizado una visualización de esta paradoja de la percepción temporal, en la que sugiere que si nos basamos en el valor de tiempo percibido logarítmico y no en tiempo lineal, la mitad de la vida percibida de la persona promedio ya se ha acabado a los 7 años, con la peculiaridad de que no solemos recordar la mayoría de lo que ocurre en nuestros primeros 3 años, los cuales bajo esta lógica son equivalentes a más de 30 años de tiempo percibido. Si fuéramos a descontar esta variable de los primeros años --ya que no son experiencias que podamos recordar-- entonces  la mitad de nuestra vida percibida acabaría a los 18 años. 

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La hipótesis del tiempo logarítmico de Janet supone que nuestra mente de manera innata percibe porcentajes y no las cantidades absolutas. Es por esto que para una persona de 20 años 2 años serían exactamente iguales que 1 año para un niño de 10 años. La hipótesis de Janet es consistente con la la ley de Weber-Fechner que sostiene que nuestra capacidad de percibir un cambio se basa en "el valor relativo de la variación" con respecto al valor original. Por ejemplo, si estamos cargando una masa de 100gr tal vez no sintamos una diferencia si se añaden 5gr más pero sí cuando se añaden 10gr más. Cuando sostenemos una masa de 1000gr no sentiremos cuando se añaden esos 10gr, tal vez necesitemos que se añadan 100gr más para sentir la diferencia. Todos esos intervalos que a nivel perceptual podemos considerar como estímulos --que pueden traducirse, a su vez, en experiencias-- se van perdiendo en la medida que tenemos más tiempo o peso (el peso del pasado) sobre nosotros, lo cual nos impide distinguir la minuciosa riqueza de los momentos.

Sobre la hipótesis de Jenet, que data de la última década del siglo XIX, el psicólogo William James hace las siguientes apreciaciones:

Esta fórmula expresa grosso modo el fenómeno, es verdad, pero no puede considerarse una ley psíquica elemental; y es cierto que, en buena medida, la predisminución de los años al envejecer se debe a la monotonía del contenido de la memoria, y a la consecuente simplificación de la mirada retrospectiva. En la juventud podemos tener una experiencia absolutamente nueva, subjetiva u objetivamente, cada hora del día. La aprehensión es vívida, la retención es fuerte, y nuestra recolección de ese tiempo, como ocurre cuando pasamos el tiempo en viajes rápidos e interesantes, es de algo intrincado, multitudinario y de gran amplitud. Y mientras cada año convierte muchas de estas experiencia en una rutina automática, que apenas notamos, los días y las semanas se uniforman en recuerdos de unidades sin contenido y los años se ahuecan y colapsan.

Podemos pensar con James, entonces, que si bien el tiempo pasa más rápido con la edad esto no es inexorable sino que es un efecto de la habituación y de un opacamiento de nuestra percepción, hasta cierto punto natural, ya que sería prácticamente imposible estar recibiendo estímulos completamente nuevos cada día --incluso nuestra energía difícilmente podría aguantar esto ya que también exhibe un declive con la edad. Existe, sin embargo, una forma de combatir el gradual deterioro de nuestra captación de tiempo (y procesamiento de experiencias). Habría que procurar, de manera sostenible, una importante cantidad de estímulos novedosos (los cuales a su vez generan neurogénesis) y limpiar, por así decirlo, nuestra mirada, borrar de la pizarra con la que aprehendemos la realidad para poder acceder a un mayor "ancho de banda" o, mejor dicho,  para entrar en contacto con las cosas en sí mismas, con lo que René Guénon distingue como el reino cualitativo de las esencias y no de las meras cantidades. Una percepción menos mecánica del mundo, más abierta al cariz, a la particularidad, a la amplitud y a la expresión plena del instante, que, nos han dicho todos los místicos, contiene en su transparencia la eternidad, es una imagen o un holograma de todos los tiempos.

Podemos tal vez detener el tiempo, dilatarnos y no contraernos. Esto es, probablemente como casi todo en la vida, una cuestión de percepción. El lector estará de acuerdo en que es deseable buscar una mayor calidad de experiencias más que una mayor cantidad de experiencias. Aunque el aspecto cualitativo de una experiencia está de alguna manera relacionado con la cantidad de información que podamos asimilar de la misma. Esto es, el nivel de detalle, de definición, la riqueza de matices y relieves que podamos absorber de una escena o evento. Esta agudeza perceptiva no sólo se traduce en una mayor cantidad de pixeles, por así decirlo, a su vez abre una dimensión cualitativa: percibimos los anillos de los ojos de una persona, los filamentos que reflejan una luz azul grisácea, las comisuras de sus labios que se expanden... y sentimos nuestro latido con mayor fuerza, observamos que su expresión es un gesto que nos remite a otro gesto en otro momento, contiguo, por así decirlo, en el teatro de la memoria y accedemos a una serie de conexiones y correspondencias entre lo que observamos, una madeja que es también de significados, puesto que creemos entender que este mismo gesto es de alguna manera esencial el mismo que otro gesto, que otro momento, que sentimos y que se inscribe en nosotros con una profunda nitidez, antiguo y nuevo, emanando de una fuente de la cual podemos beber siempre. La información se convierte en conciencia emotiva, las cosas, en su multiplicidad, se integran dentro de un todo coherente.

Samuel Beckett escribió que "la creación del mundo no sucedió de una vez y para siempre, sino que sucede todos los días". El egiptólogo y alquimista, R. A. Schwaller de Lubicz construyó todo un sistema filosófico alrededor de la percepción de esto que podemos llamar el instante cosmogénico del cual son eco todos los instantes. "El tiempo es génesis", dice De Lubicz, porque todo está "en proceso de generación hacia su fin", por lo que nos exhorta a percibir en la realidad inmediata de la semilla, el fruto, en el capullo, la flor. Bajo esta óptica cada objeto tiene en sí mismo ya la virtualidad de todos los momentos y una percepción completa, liberada de la fragmentación temporal, debería de ser capaz de percibir la totalidad de la existencia de cada cosa en una percepción singular. De Lubicz sugiere que este es el verdadero significado de la alquimia, cuyos antiguos adeptos solían decir que la materia prima de la piedra filosofal estaba en todas las cosas y en todos los fenómenos estaba su magna operación. La evolución del individuo, en la filosofía de De Lubicz, ocurre justamente a través de este tipo de percepción, capaz de inscribir profundamente en el organismo las experiencias más allá del procesamiento del cerebro racional y de lo factual; un aspecto cualitativo que es el tiempo como génesis: el génesis revelándose todo el tiempo. La creación: siempre nueva; el origen: presencia perpetua. 

 

Twitter del autor: @alepholo