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"Historia de un duro hijo de puta", el poema de Bukowski que describe a la perfección la vida con un gato

Libros

Por: pijamasurf - 04/17/2016

Un retrato, en el mejor estilo de Charles Bukowski, del significado profundo de la existencia compartida con una mascota felina

A juzgar por la historia, los gatos y la gente que escribe parecen llevarse muy bien. Esta es una relación misteriosa cuya razón o razones no son muy evidentes que digamos pero que, a manera de hipótesis, podríamos ir rastreando en ciertas semejanzas que ambas “personalidades” comparten. Que los gatos sean silenciosos, autosuficientes (hasta cierto punto) y distantes, entre otras cualidades, parece ser un perfil que casa de manera casi perfecta con los hábitos de una persona que ha hecho de la escritura uno de sus pilares de vida.

Entre los muchos nombres célebres que podríamos citar porque acompañaron su vida creativa de una mascota felina se encuentra Charles Bukowski, sin duda uno de los autores más conocidos de la tradición literaria estadounidense y quien, en el poema que compartimos a continuación, retrató a la perfección la vida cotidiana entre un escritor y un gato que, además, cumplió con ese otro gran rasgo de las relaciones verdaderamente significativas entre una persona y su animal de compañía: fue él quien llegó de la calle a la puerta de Bukowski, como si estuviera destinado a ello.

A diferencia de otros textos, “Historia de un duro hijo de puta” es un texto relativamente poco conocido, pues aunque ya había sido publicado ganó relevancia en octubre de 2015, cuando la editorial Canongate editó un libro en el que incluyó material hasta entonces inédito del escritor que tenía como temática común a los gatos.

Sin más, este es el poema. Que quizá, dicho sea de paso, también puede leerse como un intento genial de convencimiento para adoptar a un felino callejero.

HISTORIA DE UN DURO HIJO DE PUTA

vino a la puerta una noche mojado flaco golpeado y aterrado
un gato blanco bizco sin cola
lo entré y alimenté y se quedó
empezó a confiar en mí hasta que un amigo subió por mi cochera
y lo atropelló
llevé lo que quedó a un veterinario que dijo, “no mucho
por hacer… déle estas píldoras… su espinazo
está destrozado, pero estuvo destrozado antes y de algún modo
se arregló, si vive nunca caminará, mire
estos rayos X, ha sido baleado, mire acá, los perdigones
están aún ahí… también, una vez tuvo una cola, alguien
se la cortó…”

me llevé al gato, era un verano caliente, uno de los
más calientes en décadas, lo puse en el piso
del baño, le di agua y píldoras, él no comería, él
no tocaría el agua, yo sumergía mi dedo
y mojaba su boca y le hablaba, no iba a ningún
lugar, puse un montón de tiempo de baño y hablé
con él y lo toqué suavemente y el me devolvía la mirada
con esos ojos bizcos azul pálido y cuando los días pasaron
hizo su primer movimiento
arrastrándose con sus patas delanteras
(las de atrás no funcionarían)
lo hizo hasta su cama
se trepó y dejó caer,
fue como la trompeta de la posible victoria
soplando en ese baño y en la ciudad, yo
le conté a ese gato --yo la había pasado mal, no así
de mal pero bastante mal…

una mañana se levantó, se paró, se cayó y
sólo me miró.

“tú puedes,” le dije.

siguió intentando, levantándose y cayendo, finalmente
caminó algunos pasos, estaba como un borracho, las
patas traseras no querían hacerlo y volvió a caer, desacansó,
luego se levantó.

ya saben el resto: ahora está mejor que nunca, bizco,
casi sin dientes, pero la gracia regresó, y esa mirada
en sus ojos nunca se fue…

y ahora a veces soy entrevistado, ellos quieren oír acerca
de vida y literatura y yo me emborracho y sostengo mi bizco,
baleado, atropellado y desrabado gato y digo, “¡miren, miren
esto!”

pero ellos no entienden, ellos dicen algo como, “¿usted
dice que ha sido influenciado por Céline?”
“no,” yo sostengo al gato, “¡por lo que pasa, por
cosas como esto, por esto, por esto!"

sacudo al gato, lo sostengo
en la luz humosa y borracha, está relajado, él sabe…

es entonces cuando las entrevistas terminan
aunque estoy orgulloso a veces cuando veo las imágenes
más tarde y ahí estoy yo y ahí está el gato y somos fotografiados juntos.

él también sabe que son todas estupideces pero que de algún modo todo ayuda.

En este enlace se puede leer el poema en su idioma original.

 

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Libros

Por: pijamasurf - 04/17/2016

El premio Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk, describe su primer encuentro con la obra de Dostoievski como un momento capital de su existencia

De acuerdo con la crítica especializada, el siglo XIX es el mejor momento para la novela moderna. Como género su consolidación se fecha en el siglo XVII, con el Quijote como la primera narración verdaderamente novelística. Antes hay quien señala en El asno de oro de Apuleyo o el Satiricón de Petronio algunos primeros intentos de narración prosística extendida, y después en obras como el Decamerón o Los cuentos de Canterbury; sin embargo, se dice que sólo con Cervantes, Laurence Sterne o Daniel Defoe el género entró en ese camino de complejidad y profundidad narrativa que lo caracterizan en prácticamente todos sus elementos: la trama, la psicología de los personajes, la línea temporal de la narración, etc. Se necesitarían casi 3 siglos para que esta compleja maquinaria explotara a manos de autores como James Joyce, Virginia Woolf, Robert Musil, Franz Kafka, William Faulkner y varios más.

Entretanto, decíamos, el siglo XIX fue la cúspide del género, la época en que mejor uso tuvo la novela como herramienta de exploración de “lo humano”. La Madame Bovary de Flaubert, el Papá Goriot de Balzac, las exploraciones narrativas de Dickens. Aunque cada una es distinta, todas, a su manera, comparten esa toma de la novela como un instrumento, un vehículo de exploración, una suerte de visor adonde el escritor se asomó para mirar de cerca esos delicados ecosistemas que llamamos cultura, o sociedad, o individuo, o psique, los cuales existen con cierta autonomía pero también relacionados entre sí. Un universo dentro de otro universo que a su vez se encuentra dentro de otro universo. En cierta forma esa podría ser una descripción más o menos acertada de la novelística del siglo XIX.

Uno de los pilares de dicha época fue sin duda el ruso Fiódor Dostoievski, autor de al menos un par de obras imprescindibles para el acervo personal de todo buen lector y que, en el mejor de los mundos, todos deberíamos leer para descubrir las sutilezas tanto de la psique humana como de la literatura misma: Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov. Hay otros títulos necesarios, claro, (El jugador, Memorias de la casa muerta, Memorias del subsuelo, y quizá algunas más), pero si al menos leyéramos estas dos o alguna de ellas muy probablemente quedaríamos deslumbrados por la aparición del genio absoluto, la experiencia literaria tal y como la describió William Faulkner: "Lo que hace la literatura es lo mismo que una cerilla en medio de un campo en mitad de la noche. Una cerilla no ilumina apenas nada, pero nos permite ver cuánta oscuridad hay alrededor”. Eso hace Dostoievski: nos hace ver de cuánta oscuridad está rodeado el ser humano.

Quien también lo experimento así el escritor de origen turco Orhan Pamuk, ganador del premio Nobel de Literatura en 2006 y quien en un ensayo más o menos reciente dedicado a Los hermanos Karamazov reconoce esa relevancia que tuvo Dostoievski no sólo en su vida como lector sino en su vida en sí, un autor y una obra que se convirtieron en momentos capitales de su biografía, con la misma importancia que puede tener, por ejemplo, la primera vez que besamos por deseo a otra persona, o la muerte de un ser muy querido.

Pero no prolongamos más esta introducción y damos la palabra a Pamuk:

Recuerdo muy bien la primera lectura de Los hermanos Karamazov a los 18 años, solo en una habitación de una casa que daba al Bósforo. Era el primer libro de Dostoievski que leía. En la biblioteca de mi padre había una traducción turca publicada en los años 40 a partir de la versión inglesa de Constance Garnett y el título de aquella novela, que de una manera misteriosa sugería todo el exotismo, la diferencia y la fuerza de Rusia, llevaba bastante tiempo llamándome a un mundo nuevo.

Como todos los grandes libros, Los hermanos Karamazov tuvo dos efectos instantáneos en mí: me hizo sentir al mismo tiempo que no estaba solo en el mundo y, por otro lado, que era alguien desamparado, solo en mi rincón. Al ir viendo complacido lo que la novela me mostraba poco a poco, sentía que no estaba solo porque, como me suele pasar cuando leo grandes libros, las ideas que tanto me agitaban ya se me habían ocurrido antes, y algunas escenas y entonaciones escalofriantes casi las recordaba como si las hubiera vivido. Por otro lado, mi primera lectura del libro también me daba la sensación de soledad puesto que me mostraba ciertas verdades básicas sobre la vida de las que nadie hablaba, que nadie mencionaba. Me daba la impresión de ser el primero que lo leía. Era como si Dostoievski me susurraba al oído cosas privadas sobre la humanidad y la vida que nadie más sabía. Esa información secreta tenía tanta fuerza y era tan inquietante que cuando me sentaba a cenar con mis padres o cuando, como siempre, intentaba charlar con mis compañeros en los atestados pasillos de la Universidad Técnica de Estambul, en los que siempre se hablaba de política, sentía que el libro se agitaba dentro de mí y que la vida ya no sería la misma; notaba que frente al mundo grande, amplio y sorprendente de la novela, mi propia vida y mis preocupaciones eran pequeñas e insignificantes. Me apetecía decir: “Estoy leyendo un libro que me agita, que está cambiando mi mundo entero y eso me asusta”. En alguna parte Borges dice: “Descubrir a Dostoievski es como descubrir el amor o ver el mar por primera vez, marca un momento importante en la vida”. El momento en que leí a Dostoievski por primera vez supuso para mí la pérdida de la inocencia con respecto a la vida.

("Los hermanos Karamazov", Otros colores)

 

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