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El arte de injuriar: los insultos más hirientes en la historia de la filosofía

Filosofía

Por: pijamasurf - 04/26/2016

El elevado nivel intelectual de ciertos filósofos no ha obstado para verlos de cuando en cuando empantanados en el fango del insulto y el vituperio; estas son algunas de las mejores muestras de ello

Una de las mejores palabras que condensan el arte del insulto es el verbo zaherir, un vocablo antiguo y, a diferencia de otros, más bien transparente, honesto en aquello que busca transmitir. Insultar, por ejemplo, parece provenir de saltar, porque en cierta forma, en efecto, agredir es arremeter contra el otro. Injuriar, por otro lado, es un término un tanto más formal, pues en su corazón lleva el derecho, el iure, porque claro, hay casos en los que la ofensa llega hasta los tribunales y los reclamos con abogado de por medio.

No así zaherir, que a pesar de la construcción poco familiar para nuestra época, nos dice ya lo que implica: herir, lastimar, dañar. El “za” del inicio deriva de “faz”, rostro, con lo cual se completa el origen totalmente físico del vocablo. Zaherir también es, en cierto sentido, dejar una marca en el otro, una herida y, acaso, una cicatriz. Simbólica, claro, porque como propuso Freud en el siglo XIX, el deseo de luchar y batirse fue sublimado en el proceso civilizatorio por los debates intelectuales, en el mejor de los casos, o en situaciones mucho más divertidas, en epigramas, agudezas, sátiras, apostillas hirientes y otras formas de ese género literario que, como bien notó Borges, no ha sido suficientemente estudiado ni celebrado, el de la vituperación y la burla.

A continuación compartimos una selección de algunos de los insultos más famosos en la historia de la filosofía, un ámbito en el que la altura intelectual no ha evitado descender de vez en cuando a los pantanos del vituperio.

 

 

Sartre sobre Camus

Una mezcla de suficiencia sombría y de vulnerabilidad me ha descorazonado siempre para decirle a usted la verdad por entero. La resultante es que usted ha sido presa de una oscura desmedida que disfraza sus dificultades interiores y a la que usted llamará, según creo, medida mediterránea. Tarde o temprano, alguien se lo hubiera dicho: tanto da que sea yo.

(La polémica Sartre-Camus)

 

Platón sobre Diógenes

Disputando Platón acerca de las ideas, y usando de las voces mesalidad y vaseidad, dijo: «Yo, oh Platón, veo la mesa y el vaso; pero no la mesalidad ni la vaseidad». A esto respondió Platón: «Dices bien; pues tienes ojos con que se ven el vaso y la mesa, pero no tienes mente con que se entiende la mesalidad y vaseidad».

(Vida de los filósofos más ilustres)

 

Anthony Kenny sobre Jacques Derrida

[Derrida] introdujo nuevos términos cuyo efecto es confundir ideas que son perfectamente distintas.

(A New History of Western Philosophy, Vol. IV, Philosophy in the Modern World)

 

Camille Paglia sobre Michel Foucault

La verdad es que Foucault sabía muy poco sobre cualquier asunto anterior al siglo XVII y del mundo moderno fuera de Francia. Su familiaridad con la literaura y el arte de cualquier período era despreciable. Su hostilidad hacia la psicología hizo de él un incompetente para lidiar con la sexualidad, la suya y la de cualquier otra persona. La ascensión de Foucault al estatus de gurú por las academias estadounidenses y británicas es un cuento que pertenece a la historia de los cultos. Entre más sabes, menos te dejas impresionar por Foucault.

(Junk Bonds and Corporate Raiders: Academe in the Hour of the Wolf)

 

Bertrand Russell sobre G. W. F. Hegel

La filosofía de Hegel es tan extraña que nadie habría podido esperar que lograse hacer que hombres cuerdos la aceptasen; pero lo logró. La expresó con tanta oscuridad que la gente pensó que debía de ser profunda. Puede ser fácilmente explicada con lucidez en palabras sencillas, pero en ese caso su absurdidad se torna palmaria.

(Filosofía y política)

 

Noam Chomsky sobre Slavoj Zizek

Usted se refiere a la Teoría y cuando dije que no me interesa la teoría, lo que quería decir es que no me interesa esta adopción de posturas mediante el uso de términos extravagantes compuestos de archisílabos, ni, menos, la fantaseada ficción de disponer de una “teoría”, cuando no hay ninguna teoría en absoluto. No hay nada de teoría en todo este rollo, no, desde luego, en el sentido de “teoría” de quien esté mínimamente familiarizado con las ciencias, o con cualquier otro campo serio. Intente usted buscar en todo el trabajo que ha mencionado algunos principios desde los cuales sería posible deducir conclusiones o proposiciones empíricamente verificables y a un nivel algo más alto de lo que se pueda explicar a un niño de 12 años en 5 minutos. A ver si usted puede encontrar algo así, una vez decodificados todos los palabros extravagantes. Yo, no puedo. Carece, pues, de interés para mí este tipo de pavoneo presuntuoso. Zizek representa un ejemplo extremo del mismo. No veo el menor contenido en lo que dice.

(En entrevista con Veterans Unplugged, diciembre de 2012)

  

Zizek sobre Chomsky

Bueno, con todo el profundo respeto que tengo por Chomsky, mi primer punto es que él que siempre enfatiza en cómo uno debe ser empírico, preciso, no solamente exclamar locas especulaciones lacanianas y todo eso... bueno, no creo conocer a ningún sujeto que empíricamente se equivoque tanto y en tantas cosas, ¡en sus descripciones, en cualquier cosa!

(En respuesta al señalamiento anteriormente citado de Chomsky)

 

Thomas de Quincey sobre John Locke

[…] creo que una objeción insalvable a la filosofía de Locke (si acaso hiciera falta) es que, aunque el autor paseó su garganta por el mundo durante setenta y dos años, nadie condescendió nunca a cortársela.

 

Y sobre Descartes…

El primer gran filósofo del siglo XVII (si exceptuamos a Bacon y Galileo) fue Descartes, y si alguna vez se dijo de alguien que estuvo a punto de ser asesinado —a 1 pulgada del asesinato— habrá que decirlo de él.

 

Y sobre Spinoza….

«¿Cuándo has oído que una bala de cañón haya matado a un emperador?». No sabría qué contestar tratándose de emperadores, pero con mucho menos se ha exterminado a un filósofo, y no cabe duda alguna de que el próximo gran filósofo europeo fue asesinado. Me refiero a Spinoza.

 

Y sobre Hobbes…

Hobbes no fue asesinado, nunca he logrado comprender por qué ni en virtud de qué principio. Esta es una omisión capital de los profesionales del siglo XVII, pues a todas luces se trata de un espléndido sujeto para el asesinato, salvo que era flaco y huesudo; por lo demás, puedo probar que tenía dinero y (lo cual es muy cómico) carecía de todo derecho a oponer la menor resistencia ya que, conforme a su propia tesis, el poder irresistible crea la más elevada especie de derecho, de modo que constituye rebelión, y de las más negras, el resistirse a ser asesinado cuando ante nosotros aparece una fuerza competente.

 

Y sobre los filósofos en general

Señores, es un hecho que durante los 2 últimos siglos todos los filósofos eminentes fueron asesinados o estuvieron muy cerca de ello, hasta tal punto que cuando un hombre se llame a sí mismo filósofo y no se haya atentado nunca contra su vida, podemos estar seguros de que no vale nada.

(En Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes)

 

Mario Bunge sobre Heidegger…

Heidegger tiene todo un libro sobre El ser y el tiempo. ¿Y qué dice sobre el ser? "El ser es ello mismo". ¿Qué significa? ¡Nada! Pero la gente como no lo entiende piensa que debe ser algo muy profundo. Vea cómo define el tiempo: "Es la maduración de la temporalidad". ¿Qué significa eso? Las frases de Heidegger son las propias de un esquizofrénico. Se llama esquizofacia. Es un desorden típico del esquizofrénico avanzado.

(En entrevista con El País, abril de 2008)

 

Y sobre Freud

Aparte de ese interés material, y de la imposibilidad de hacer una carrera científica por falta de competencia, de originalidad, debe haber influido también el hecho de que Freud era cocainómano, Necesitaba la droga y se daba cuenta de que no podía alcanzar la lucidez sin ella, y eso, a una persona que ha recibido entrenamiento médico –Freud lo tuvo en la Escuela de Medicina de Viena, que junto con las de Berlín y de París eran las más prestigiosas de Europa-- debe haberlo preocupado bastante, quitándole confianza ante la posibilidad de hacer ciencia en serio. Pero además estaba su interés auténtico por los problemas afectivos, la sexualidad, las emociones. A fines del siglo XIX hay en él una auténtica conversión. El hombre abandona totalmente el camino científico y se desbarranca.

(En entrevista con El ojo escéptico, 1995)

 

Nietzsche sobre Sócrates…

Por su origen, Sócrates pertenecía a lo más bajo del pueblo: Sócrates era chusma. Se sabe, e incluso hoy se puede comprobar, lo feo que era.

 

Y sobre Schopenhauer…

Schopenhauer es el último alemán que merece ser tenido en cuenta […] para un psicólogo, es un caso de primer orden: como intento malignamente genial de hacer que luchen, a favor de una desvalorización completa y nihilista de la vida, las instancias opuestas, las grandes autoafirmaciones de la «voluntad de vivir», las formas más exuberantes de la vida. Ha ido interpretando el arte, el heroísmo, el genio, la belleza, la gran compasión, el conocimiento, la voluntad de verdad, y la tragedia, como consecuencias de la «negación», o de la necesidad de negación, de la «voluntad». A excepción del cristianismo, no hay en la historia un fraude psicológico mayor.

 

Y sobre Kant…

ese lisiado conceptual y extraordinariamente deforme que es el gran Kant.

 

Y sobre Platón…

-Lo que, en último término enfrenta a individuos como Tucídides e individuos como Platón es la valentía ante la realidad. Platón es un cobarde frente a ella.

-Platón va más allá. Con una inocencia para la cual se necesita ser griego y no «cristiano», dice que no habría habido filosofía platónica de no haber existido en Atenas jóvenes tan bellos.

-Para que los diálogos de Platón, esa especie de dialéctica horriblemente satisfecha de sí misma y pueril, puedan ejercer un atractivo, es preciso no haber leído nunca a los buenos autores franceses (a Fontenelle, por ejemplo).

-mi desconfianza hacia Platón llega hasta el fondo: le encuentro tan alejado de todos los instintos fundamentales de los helenos, tan moralizado, tan cristiano anticipado.

-Platón es aburrido.

(Todo en El ocaso de los ídolos)

 

Michel Onfray sobre… bueno, sobre todos los implicados en la conceptualización del deseo a lo largo de la historia de la filosofía en Occidente

Platónicos y filósofos alejandrinos, Padres de la Iglesia, curas de todos los géneros y teóricos del Renacimiento, paladines del amor cortés y novelistas de los ciclos de caballería, petrarquistas y trovadores, todos estos idealistas, espiritualistas y demás dualistas profesan una teoría del deseo entendido como falta, dolor y condena. Ésta triunfa hasta en las bufonadas lacanianas, talmúdicas o deconstructivas, dejando tras de sí las huellas de un pensamiento obsesionado por la Ley --y cuyo fin aspiro a ver.

(En Teoría del cuerpo enamorado)

 

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A 160 años del nacimiento de Sigmund Freud reflexionamos en torno a un aspecto del psicoanálisis que parece mantenerse vigente aun con el paso del tiempo: su guía para, subjetivamente, aprender a amar

El psicoanálisis nació como una disciplina polémica, en buena medida por su carácter heterodoxo. Aunque no es una ciencia, procede a partir de ciertos elementos del método científico. No es filosofía, pero como ésta, también participa de la elaboración teórica y las abstracciones conceptuales. No es tampoco sólo una terapia, pero no es posible comprenderlo sin el ejercicio de su práctica. ¿Qué es entonces el psicoanálisis?

Quizá la respuesta a esa pregunta comience por decir que el psicoanálisis es, sobre todo, una forma de articular un discurso, en específico, el discurso de la subjetividad. Y éste, que es su concepto fundamental como disciplina, es también el que más problemas le provoca con respecto a otras cuyo objeto de estudio se ajusta convencionalmente a los requisitos de la objetividad y el método científico. Aun tratándose de la mente humana, campos de conocimiento e investigación como la neurociencia y ciertas ramas de la psicología construyeron la forma de hacer susceptible de objetividad una materia de suyo cambiante, siempre distinta pero, sobre todo, personal, algo en lo que Sigmund Freud insistió desde el principio de sus estudios sobre la psique.

¿Por qué optar por la “cura por la palabra”, por ejemplo, para tratar la histeria y no, como hacían sus contemporáneos en el siglo XIX, con tratamientos no sólo extremos y aun tormentosos, sino, sobre todo, generales? Histeria, neurosis, obsesión, todo se nombra con una palabra específica, pero la expresión que ésta adquiere en el sujeto depende de su historia misma, de los significantes de los cuales se anuda, de los hechos a partir de los cuales se formó de cierta manera y no de otra.

Eso, grosso modo, es la subjetividad. Y quizá por eso mismo el psicoanálisis puede parecer, desde el exterior, tan poco riguroso en comparación con otras ciencias o métodos. Y también por eso requiere tanto de esas mismas ciencias y métodos, porque los caminos que la psique recorre en su formación están dados por una matriz cultural y social que también se explica por la ciencia, el arte o la filosofía. Al inicio de Psicología de las masas y análisis del yo, Freud descarta la supuesta oposición entre psicología individual y psicología social a partir de algo que aunque es más o menos obvio, con cierta frecuencia perdemos de vista: que el individuo es en buena medida el resultado de las relaciones que ha sostenido a lo largo de su vida, algunas más significativas que otras. Jacques Lacan, en otro momento de la historia del psicoanálisis, tuvo el acierto de tomar elementos de la teoría lingüística de Ferdinand de Saussure para establecer, entre otras conceptualizaciones teóricas, un equivalente parecido: un signo adquiere significado sólo cuando se le considera en función de los otros signos con los cuales está vinculado. Por eso, aunque se puede hablar de tristeza, de duelo, de depresión, el psicoanálisis es quizá el único campo en donde esos conceptos pueden escucharse en su dimensión subjetiva –mi tristeza, mi duelo, mi depresión–, desde un lugar metódico, sustentado teóricamente y también ejercido éticamente. Eso sería la “forma de articular un discurso”. El psicoanálisis ofrece al sujeto una forma de articular el discurso de su propia subjetividad.

¿Pero no cabría decir que esto mismo hacen la cultura, el capitalismo, la familia, etc.? En cierta forma, sí. También las grandes instituciones sociales dan al sujeto un marco para el desarrollo y expresión de su subjetividad. O casi. El problema es que eso que hacemos ante la cultura, el capitalismo o nuestra familia no es siempre y del todo nuestra subjetividad expresándose, sino más bien lo que pensamos que dichas entidades esperan que expresemos. Este es el Gran Otro que, desde la perspectiva lacaniana, observa impávido la representación del papel que hacemos de nosotros mismos, “el único espectador a quien se dirigen con fidelidad nuestros actos de lenguaje”, según se publicó en un artículo anterior.

La diferencia del psicoanálisis respecto a estas otras formas de articular el discurso de la subjetividad es que, justamente, enfrenta al sujeto con aquello que le es más auténtico –sus dificultades, sus posibilidades, sus limitaciones. Hasta cierto punto podría decirse que el consultorio del psicoanalista puede convertirse en ese territorio de excepción en donde la subjetividad auténtica aflora, por instantes decisivos libre de demandas y ataduras, enunciada en la soberanía paradójica del deseo que pertenece al sujeto pero cuya formación no puede entenderse sin el contexto en el que se formó.

Eso que hace el psicoanálisis, guiar al analizado en la articulación de su propia subjetividad, tiene un propósito: encarar al sujeto con su propio deseo. No con lo que cree que desea, sino con lo que sabe que desea realmente. En una de sus características expresiones afectadas por cierto barroquismo carrolliano, Lacan solía decir que el paciente sabe, pero no sabe que sabe. El psicoanálisis lo enfrenta a ese saber que en la vida consciente estamos muy habituados a pasar por alto, a pretender ignorar, a hacer como que no lo sabemos. Pero lo cierto es que sí sabemos. Sabemos muy bien lo que queremos, lo que deseamos, pero por distintas razones estamos acostumbrados a creer que no lo sabemos.

Y es en este punto donde se suma un tercer elemento fundamental para el psicoanálisis: el amor. Una vez que sabemos quiénes somos y qué deseamos, el escenario está dispuesto para emprender la realización de ese deseo. Después de encararnos con nuestra subjetividad y nuestro deseo, el psicoanálisis nos sitúa en la vía del amor como la única posible para llevar a la realidad, a nuestra realidad, tanto nuestra subjetividad como nuestro deseo. ¿De qué manera? Amando. Quizá, después de todo, esa sea la gran conclusión del psicoanálisis: que amar es la única forma de vivir auténticamente.

Amando nuestra subjetividad, amando nuestro deseo, pero quizá, especialmente, amando aquello que día a día nos mantiene en la realización constante de nuestro deseo. No es que el psicoanálisis nos enseñe a amar, sino quizá más bien nos enseña a llevar nuestra posibilidad de amar a todo aquello que hacemos subjetivamente para acercarnos a la realización de nuestro deseo.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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