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De por qué perseguir la fama no tiene sentido y qué es lo que deberíamos hacer a cambio

AlterCultura

Por: pijamasurf - 04/06/2016

Con frecuencia pensamos que la fama equivale al éxito y que obtenerla nos dará satisfacción personal, pero no hay nada más alejado de la realidad

Los valores del mundo actual, sitúan el reconocimiento y la fama como la culminación del éxito personal. Pero, ¿es esto atinado? El escritor Julian Baggini planteó en su ensayo “La receta del éxito” una serie de cuestiones inquietantes sobre este tema. Baggini se inspiró en Tiziano Gérard, un chef desconocido pero de gran habilidad, talento y ambición, que a pesar de poseer las habilidades necesarias para producir platillos a la altura de los mejores restaurantes de Montecarlo, Milán y Cerdeña, prefiere cocinar él mismo para los huéspedes de la pequeña villa alpina que posee y administra junto con su esposa. ¿Su meta? Involucrarse directamente en la preparación de los alimentos y dar vida a su ideal de excelencia culinaria. 

Gérard no carece de motivación ni maestría, simplemente encarna una ética de trabajo  similar a la de los shokunin, los artesanos japoneses cuya misión era lograr un dominio superior y refinado de su oficio. Para ellos el reconocimiento ocupaba un lugar secundario y definitivamente no era la meta de su laboriosidad, aunque con frecuencia esta actitud les granjeaba respeto, admiración y fama. Quizá por esto Tokio alberga más restaurantes con estrellas Michelin que cualquier otra ciudad del mundo. 

Pero la fama puede resultar engañosa sin importar si se trata de las artes culinarias o de cualquier otro tipo de empresa, profesión u oficio. Entre más crece el número de admiradores, más superficial es la admiración que nos profesan. Depositar nuestra satisfacción personal y autoestima en ellos sería un craso error, pues únicamente nuestros colaboradores cercanos pueden proporcionarnos la admiración profunda y certera que provee el íntimo conocimiento del otro y sus talentos.

Con respecto a este punto, el filósofo griego Aristóteles creía que lo mejor que podíamos hacer en estos casos era aceptar un grado apropiado de reconocimiento en caso de haber realizado una tarea meritoria. Pero afirmaba que la búsqueda de distinciones no podía ser la meta última de nuestro trabajo, pues dependen más de quienes confieren dichas gracias que de nosotros. En otras palabras, apreciar la buena reputación que hemos obtenido gracias a una labor bien realizada, sin depositar toda nuestra valía en ello, es crucial para mantener una relación sana con el reconocimiento. 

Además entablar una conversación crítica sobre la fama, el éxito y la satisfacción personal no es tan superficial como podría parecer. Encuestas recientes reflejan que muchos adolescentes desean ser famosos, algunos incluso lo desean con tanta desesperación que se vuelven blancos fáciles para quienes abusan de su inexperiencia. La popularidad instantánea y efímera que son capaces de proveer los medios masivos plagados de reality shows y concursos de talento (donde con frecuencia también se exhibe a quienes carecen de él), y el apogeo de las redes sociales mediante las que algunas personas reúnen números impresionantes de seguidores, han tenido un efecto devastador en nuestra escala de valores. Pero nunca es tarde para corregir el rumbo y preguntarnos qué es lo que deseamos realmente para luego dedicarnos a perfeccionarlo, sin caer presa de los seductores espejismos de la fama.

En palabras de Vince Lombardi: “El precio del éxito es trabajo duro, dedicación al trabajo en nuestras manos y la determinación de que sin importar si ganamos o perdemos hemos aplicado lo mejor de nosotros a nuestra tarea”. 

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El budismo como sistema ético trascendental y los psicodélicos con su potencial transformativo de conciencia pueden utilizarse en conjunto para permitirnos aprender valiosas lecciones sobre nuestro lugar en el mundo

La relación entre la práctica espiritual y el uso de sustancias psicoactivas parece apelar a las mismas inquietudes: desarrollo personal y transpersonal, conocimiento de sí mismo, conexión con el mundo, con uno mismo y los demás, etc. Sin embargo, ¿podrían complementarse en la práctica?

Un par de libros que tocan el tema son Breaking open the head de Daniel Pinchbeck y el clásico Zig Zag Zen de Allan Badiner, quienes han investigado la relación entre sistemas de pensamiento orientales y el potencial transformativo de sustancias psicodélicas.

El inicio de esta relación puede rastrearse a los años 60 de la mano de divulgadores y artistas como Alan Watts, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs o Ram Dass. La literatura, la filosofía y el uso de drogas —consideradas ilegales sin estudio ni fundamento real por los gobiernos desde Nixon— pueden nutrirse mutuamente, sin que se impliquen necesariamente.

Por el lado del budismo, las enseñanzas prohíben expresamente el uso de alcohol, pues provoca dispersión y agudiza el egoísmo, pero no se dice nada sobre las plantas de poder. Incluso existen tradiciones budistas, como la shivaíta, que cultivan sus propias cepas de cannabis en los templos, destinadas a la oración, la ofrenda o la curación.

Tal vez el planteamiento de la pertinencia del uso de psicoactivos desde la perspectiva budista podría resolverse si nos preguntamos por el potencial de dichas sustancias para producir mayor empatía, compasión y amor. La cannabis, el hachís, el híkuri, el yagé, los honguitos "mágicos", el DMT, e incluso el MDMA en un contexto amoroso, pueden resultar provechosos para hacernos conocer un sentimiento de unión y compasión con el mundo y con los demás.

Si en nuestros días el budismo y los psicoactivos experimentan un auge renovado es porque nos encontramos en un punto crítico de la existencia social: el colapso ecológico, el despojo económico, la desesperación espiritual y la agresión moral son la orden del día. Las religiones occidentales parecen ser más parte del problema que de la solución; la vuelta al chamanismo, la medicina tradicional y el uso ritual de sustancias psicoactivas, como peyote o ayahuasca, suplen una necesidad humana de comunidad que no es fácil fomentar actualmente.

Para Badiner los psicoactivos pueden servir también como preparación psicoespiritual para la “transición final”, el umbral de la disolución o el nuevo comienzo: la muerte o la crisis de transformación del organismo vivo, el desapego de la conciencia respecto a su inminente desaparición, y todas esas cosas que difícilmente vas a aprender en la escuela o en los libros y que tienen que ver con procesos vitales.

Naturalmente, ni el budismo ni las sustancias psicoactivas deben ser algo que se imponga “democráticamente” a todos, ni algo que deba probarse por presión o mero entretenimiento. Se trata de caminos complementarios para dirigir la experiencia vital a largo plazo: el budismo, como sistema ético a través de la compasión, y los psicodélicos por su potencial transformativo de los rasgos de personalidad a largo plazo, pueden iluminarse mutuamente y permitirle al practicante volver al mundo con una visión renovada de su lugar en él.

 

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