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Un país llamado cuerpo: fantasiosas imágenes de la investigación médica del pasado

Arte

Por: pijamasurf - 03/09/2016

La imaginación ha sido un componente indispensable en la historia de la medicina y la investigación sobre el cuerpo humano; aquí una breve travesía al respecto por el acervo digitalizado de la Wellcome Library

En la idea más común o sencilla que tenemos de Historia –así, con mayúscula, podemos pensar que ésta se encuentra únicamente en los grandes acontecimientos, en las guerras y las invenciones, en los discursos de personajes importantes, en las jornadas de protesta y los derrocamientos de un líder político, etcétera.

Sin embargo, un enfoque un tanto más completo nos hace ver que la Historia más bien está hecha de historias, y que los actos y decisiones de los grandes nombres que conocemos tan bien son tanto o más importantes que los actos y decisiones cotidianas del resto del género humano. De ahí la posibilidad de hacer microhistoria, o historia de las ideas, historia de la vida cotidiana, historia de las mentalidades, de los objetos, de la cocina y más. Porque todo, fragmentariamente y como conjunto, nos dice algo de nuestro pasado (y también de nuestro presente), del camino que poco a poco, tramo a tramo, nos tiene en el punto donde nos encontramos ahora.

En este sentido, quizá una de las historias más ambiciosas que podrían trazarse sea la de la imaginación de una sociedad o aun una época. Si ya la imaginación es en sí misma fascinante –sus creaciones, las formas y figuras que surgen de la fantasía, los límites hacia los cuales empuja a la realidad concreta, tomarla como un rastro que puede seguirse en sus múltiples ramificaciones es, un poco, querer navegar un mundo desconocido e impredecible, lleno de los monstruos que tiene cada uno en su biografía y paisajes excéntricos de los que podrían encontrarse las circunstancias que los originaron. Sería, un poco, como adentrarse en un fractal o en un cuarto lleno de espejos y pasadizos, en donde cada detalle que quisiéramos mirar más de cerca nos lanzaría de lleno a un universo propio, colmado a su vez de invenciones inesperadas.

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Bajo esta premisa te invitamos ahora a mirar estas imágenes que compartimos y que proceden todas de la Wellcome Library, institución con sede en Londres fundada en 1949 por Sir Henry Wellcome, farmacéutico nacido en Estados Unidos pero que adquirió la ciudadanía británica por desarrollar lo más importante de su labor en el Reino Unido.

Además de establecer una de las grandes farmacéuticas de su época (Burroughs Wellcome & Company, que eventualmente daría origen, junto con otras, a la multinacional GSK), Sir Wellcome fue también un coleccionista apasionado de prácticamente cualquier objeto relacionado con la ciencia médica, interés que le llevó a acumular un acervo de más de 125 mil piezas, de libros a aparatos e incluso el cepillo de dientes de Napoleón (?). Así fue como nació la Colección Wellcome, de la cual la biblioteca es sólo una parte. Cabe mencionar que si ahora nos ocupamos de este acervo es porque la Wellcome Library ha emprendido la titánica y loable labor de digitalizar su catálogo, que comprende lo mismo libros medievales que tomos del siglo XIX o grabados renacentistas.

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L0019716 Green Smallpox-pustules by Carswell.

Recientemente, como parte de esta tarea, la institución liberó para el dominio público más de 100 mil imágenes, de las cuales ofrecemos ahora esta selección, como una breve muestra de los cruces entre imaginación y realidad (recordemos que provienen de libros médicos, científicos en algún sentido) pero quizá sobre todo como una sugerencia de ruta, una invitación a la ensoñación de una travesía, un “¿Qué pasaría si…”, a la manera de “La flor de Coleridge”:

Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?

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L0017751 A woman diving off a bathing wagon in to the sea. Coloured e

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Más imágenes en The Public Domain Review

 

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Imágenes de parejas aburridas en una época anterior al smartphone (FOTOS)

Arte

Por: pijamasurf - 03/09/2016

Esta serie fotográfica de Martin Parr muestra que antes, cuando no existían los teléfonos portátiles, las personas no hacían otra cosa más que vivir su aburrimiento, sin analgésicos, estoicamente

Vivir juntos en el mundo significa en esencia que un mundo de cosas está entre quienes lo tienen en común, al igual que la mesa está localizada entre los que se sientan alrededor; el mundo, como todo lo que está en medio, une y separa a los hombres al mismo tiempo.

Hanna Arendt, La condición humana

Entre los varios usos que tiene actualmente el smartphone (un objeto ya más o menos imprescindible de la vida cotidiana) se encuentra uno que en términos metafóricos podríamos definir como “vía de escape”, una especie de puerta lateral siempre a la mano y disponible para esos momentos en que parece que no tenemos nada qué hacer. Estamos a la espera del transporte público en la calle, o sentados en un lugar porque nos citamos con una persona, quizá incluso cuando descansamos por la tarde o la noche después del trabajo: en esos “tiempos muertos” se ha vuelto un acto reflejo, instintivo, llevar la mano a la bolsa del pantalón para sacar nuestro teléfono, desbloquearlo y sólo por llenar el vacío del instante, revisar nuestras alguna de nuestras redes sociales, quizá jugar algo, ver las fotografías que hemos tomado, etcétera.

Esta situación no ocurre únicamente en soledad. Aunque parezca sorpresivo, incluso cuando nos encontramos en compañía de alguien es posible hacer eso: abandonar el contacto cara a cara y, a cambio, centrar nuestra atención en la pantalla de nuestro gadget. Ahora es más o menos habitual ver que en una reunión de amigos, en una fiesta o en una comida familiar llega el momento en que uno de los asistentes comienza a manipular su teléfono y, como por encanto, este gesto se esparce, otros se contagian y de pronto, en un momento, eso que era convivencia mutua se transforma en aislamiento e individualidad.

¿Por qué pasa esto? Una respuesta posible la encontramos no en documento contemporáneo sino en una serie fotográfica de principios de los 90: L'Ennui a' Deux = Bored Couples, del británico Martin Parr.

Como su título indica, el tema de esta serie es el aburrimiento en una manifestación muy particular: cuando ocurre en pareja. En los retratos de Parr –que conformaron una exposición en la Galerie Du Jour/Agnes B de París en 1993– se observa a dos personas, presumiblemente unidas por un vínculo afectuoso pero que, a pesar de esto, parecen experimentar una aguda sensación de tedio y hastío por estar ahí. Sin embargo, a diferencia de lo que quizá se vería si esos retratos se tomaran actualmente, los protagonistas de esas imágenes no pueden hacer otra cosa más que soportar la situación, se diría que estoicamente, pues no tienen nada con qué disimularla, hacer como que no pasa; por el contrario, muestran su aburrimiento tal y como es para sí mismos y también para su pareja.

Y esa, quizá, es la diferencia entre aquella época en que no existían los smartphones y la nuestra. Entre otros efectos, es más o menos claro que la tecnología portátil llegó a nuestras manos para distraernos, esto es, para sacarnos de nuestro presente, de la realidad que experimentamos subjetivamente –incluso de esa realidad amorosa que, al menos en teoría, debería ser capaz de mantenernos atentos, estimulados, volcados en el placer que surge cuando estamos con otro.

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