*

X
Según estudios estadísticos, los adolescentes cada vez leen menos. ¿De qué se están perdiendo?

Hace unos días el crítico literario David Denby escribió un artículo en la revista New Yorker en el que se preguntaba si los adolescentes todavía leen. Denby sugiere que existe una marcada tendencia a practicar cada vez menos la lectura por el placer de leer, por el amor a la literatura, leer por otra cosa que no sea una obligación, una actividad que parece estar siendo reemplazada por el constante involucramiento (y ensimismamiento) con pantallas y plataformas digitales. Quizás los adolescentes de hoy están leyendo más palabras que nunca, pero son fragmentos de textos, conversaciones de SMS o WhatsApp, títulos de noticias, bleeps de texto en juegos de video, texto entrecortado que se anuncia a sí mismo o a lo mucho best sellers de fantasía que a los amantes de la lectura de gran aliento, de los grandes autores, les parece que no le hacen justicia a la literatura y les preocupa puesto que piensan que los jóvenes se están perdiendo de algo muy enriquecedor. De alguna manera, sugiere Denby, los gadgets han sepultado a los libros, los cuales no atraen tanto a los adolescentes como los aparatos y softwares diseñados específicamente para cautivar su atención. Al irse por la fácil seducción de las pantallas brillantes con sus gratificantes descargas de información y dopamina se están perdiendo de algo cuyo valor no puede constatarse en la superficie ni en la inmediatez.

reading-infographic1-990x700

Denby cita una serie de estudios en Estados Unidos que muestran que entre 1984 y 2012 los adolescentes de 17 años leyeron 13% menos, con sólo 19% de este grupo de edad leyendo diario por placer. Se ha determinado que en promedio, en EEUU, los adolescentes pasan más de 8 horas al día conectados a sus pantallas consumiendo medios. La lectura se ha divorciado del placer, hay cosas mucho más placenteras, como ver fotos de amigos y videosnacks, pero, ¿debemos someter nuestra cultura a la dictadura del placer? ¿Es necesario crear formatos y diseños más atractivos para los libros a manera de carnada para pescar la atención de los jóvenes? ¿Pero cómo puede competir el libro con la mulifuncionalidad de una pantalla y cómo puede la literatura seria competir con el entretenimiento? Como sugiere Denby, el problema es que los escritores no son o no deben ser vendedores y no tienen por qué pillar la atención de los jóvenes utilizando complicadas estrategias de marketing, haciendo focus goups o desarrollando tecnología tan adictiva como una droga o un dulce. 

Por supuesto los niños están muy ocupados. La escuela, tarea, deportes, trabajos, ropa, papás, hermanos y hermanas, amistades, noviazgos, música, y sobre todo pantallas (TV, Internet, juegos, textear, instagramear) --comparado a esto, leer un libro hace una débil y petulante demanda sobre su tiempo. Leer frustra el sentido de estar en todas partes en todo momento de su smartphone. De repente están atascados en una página, anclados, naufragados y a muchos no les divierte. Estar desconectados los hace ansiosos y hasta los enfada. "Los libros huelen como los ancianos", escuché decir a un estudiante en New Haven.  

Lo que se pierde al no tener la capacidad de inmersión en los grandes textos es una dimensión moral y estética de la realidad, una profundidad de existir en contigüidad con las grandes mentes y las grandes emociones de la humanidad, que resuenan en nuestras experiencias cuando corren por nuestra memoria conciencias paralelas, grandes ríos de ideas, poemas que iluminan la percepción, dimensiones añadidas a nuestra forma de experimentar el mundo, secretas alianzas.

Quizás existan numerosas otras razones por las cuales los jóvenes están leyendo menos y no sólo la ubicuidad de las pantallas, pero lo que es innegable es que el declive en la lectura es un signo de decadencia cultural si es que entendemos la cultura como algo más que la cantidad de datos a los que estamos expuestos: una profundidad de reflexión, una sensibilidad a la belleza, una inclinación a los ideales y a los valores que han superado el paso del tiempo.

El poeta Charles Simic llamó a nuestra era la era de la ignorancia:

Hemos necesitado muchos años de indiferencia y estupidez para hacernos tan ignorantes como somos hoy. Cualquiera que haya enseñado en una universidad los últimos 40 años, como yo lo he hecho, puede decirte que los estudiantes que salen de la preparatoria cada año saben menos. Primero fue desconcertante, pero ya no sorprende a ningún instructor universitario que los amables y entusiastas jóvenes que se enrolan en las clases no tienen la habilidad de retener la mayoría del material que se enseña. Enseñar literatura inglesa, como yo he hecho, se ha vuelto más difícil cada año, ya que los estudiantes leen menos literatura antes de entrar a la universidad y carecen de la más básica información histórica del período en el que una novela o un poema fue escrito, incluyendo las ideas y los asuntos que ocupaban a las personas de ese momento.

 

También en Pijama Surf: ¿Vivimos en la era de la ignorancia?

Twitter del autor: @alepholo

Te podría interesar:

¿Cuándo piensas escribir? Infográfico muestra a qué edad grandes escritores publicaron sus obras decisivas

Libros

Por: pijamasurf - 03/09/2016

De los 21 a los 85 años, este infográfico muestra la amplitud del abanico cronológico posible para la creatividad literaria

las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.

Góngora

“Siembra un árbol, ten un hijo, escribe un libro”, dice más o menos la consabida frase que más allá del lugar común apunta a una aspiración netamente humana: el afán de trascendencia. Ese “sentimiento trágico de la vida” que conceptualizó Unamuno está animado, en buena medida, por la certeza de la muerte que, a manera de estímulo fatal, nos impulsa a vivir y más todavía, a pervivir, esto es, por decirlo de algún modo, a vivir más allá de la muerte, a dejar algo que perdure después de nuestra desaparición física de este mundo –un árbol, un hijo o, por qué no, un libro.

Hace unos días el escritor Martín Cristal publicó en El pez volador, su blog personal, un interesante infográfico que pone en perspectiva la edad en la que grandes novelistas publicaron sus obras más decisivas o aquella por la cual fueron reconocidos y celebrados. Pensar en la trascendencia es pensar también en el tiempo –sea en el tiempo que hemos vivido o en el tiempo que nos resta por vivir– como si nos sintiéramos perseguidos por un fin que por inevitable puede sentirse también inminente. Como en el famoso fragmento de La gaya ciencia en que Nietzsche nos pregunta qué haríamos si descubriéramos que la vida es un eterno retorno, así también podríamos ahora preguntarnos qué pasaría si en este mismo momento nos esfumásemos del mundo: ¿estaríamos satisfechos con la obra que dejamos atrás?

En este sentido, una de las lecturas que este infográfico permite es aquella que apunta a la diversidad de edades en que parece ser posible escribir una obra maestra. Si bien es cierto que Goethe escribió su Werther a los 25 años y Shelley su Frankenstein aun antes, a los 21, en el otro extremo se encuentran, por ejemplo, Cervantes, que terminó el Quijote a los 68 años o, en un caso contemporáneo, José Saramago, que publicó el Ensayo sobre la ceguera a los 71 e incluso es bien sabido que comenzó a hacer carrera como escritor ya en su madurez, cerca de los 40 años (lo cual no obstó para que le fuera concedido el premio Nobel de Literatura a los 76).

Con todo, cabe resaltar también que una buena parte de estos escritores se agrupan entre los primeros años de los 30 y los últimos de los 40, lo cual podría confirmar la existencia del llamado “número áureo de la creatividad”, al respecto del cual hemos publicado un artículo y que, grosso modo, asegura que existe una edad en la cual se alcanza el pico del trabajo creativo.

Sea como fuere, la información que comparte Martín Cristal admite varias lecturas, interpretaciones y aun estímulos posibles, uno de los cuales bien podría ser que si has pensado en escribir tu libro y cifrar ahí tu deseo de trascendencia, quizá este sea el mejor momento de tu vida para emprender la tarea.