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Me gusta mucho ver cómo se desmontan las estructuras establecidas que se hacían ya llamar realidad y en realidad son construcción

Suscribimos con facilidad, y hasta con énfasis y entusiasmo, que la ciencia trabaje con ahínco en favor de cualquier recurso que nos ayude a prolongar nuestras vidas. No tenemos ningún tipo de problema en que se invierta el dinero necesario en la agenda de la longevidad, aunque sea mucho y el resultado aún escaso. Queremos vivir más y sólo nos vienen a la mente cosas buenas cuando imaginamos una vida más larga. Llamo a esa traza “evolución”, aunque no se me escape que contiene innovación, creación de otras acciones de la misma serie semántica.

Es una innovación no inquietante, aunque sí ilusionante; tendremos más de lo mismo que hoy tenemos e incluso mejor. ¿Cómo resistirnos o negarnos a eso? Sólo avanzamos. Es pura ganancia. No hace falta ningún esfuerzo intelectual para percibir su “beneficio”, ni hay tampoco ningún duelo emocional que hacer, porque se gana sin perder nada. Parece la panacea de la innovación y puede que lo sea, pero es exactamente el tipo de innovación que no me interesa. Se innova y nadie se inquieta. Por eso no me convence; no puedo desligar la innovación de la desestabilización y la inquietud.

Cuando miramos la longevidad como un logro no identificamos en su extremo, en su límite --en su proyección en el horizonte, justamente aquello que al tiempo que la realiza plenamente, la desarma a su vez. Siempre es así; en el límite de lo que progresa espera habitualmente su exasperación y su negación. Ese límite ominoso e intrínseco es lo que me interesa de la innovación. Esa es la innovación que me interesa, quiero decir. En el extremo proyectado de la longevidad aparece la eternidad, como su realización y su destrucción, al mismo tiempo. La ciencia que amigablemente nos está buscando la prolongación de la vida también trabaja –aunque no lo sepa o no lo reconozca-- con la abolición potencial de la muerte. ¿Y si fuera, entonces qué?

Quiero hacer foco en esos extremos invertidos, que en lugar de seguir tirando para adelante se nos devuelven transformados. Se arman allá en los extremos –siempre lejanos y frecuentemente difusos-- y cuando comienzan a regresar, y nosotros que mientras continuamos avanzando, nos generan vértigo, miedo y un impacto nítido en la retina de aquello que nos transformó. Y nada es igual. Y quiero mirarlos no cuando ya han vuelto y saltan por el aire las esquirlas de todo lo que destruyó con su aterrizaje pesado, sino antes, cuando están en formación y los miramos de soslayo como se mira el meteorito que no nos impactará, y su figura es lejana y poco definida; cuando casi es sólo concepto. Quiero trabajar con la eternidad hoy porque me temo que la ciencia al cabo nos la traerá y presiento que allá lejos se está configurando ahora. Y si no nos ponemos pronto, tal vez sea tarde y sobre todo, poco interesante.

Ese límite que me desvela es transformación, no evolución; supone una ruptura; contiene un salto; opera un quiebre. Pero también supone una negación. Suele ser invisible porque la saturación conceptual incomoda; suele no verse porque obliga a redefiniciones. Lo ponemos invisible porque es insoportable. Saturado el modelo ptolemaico luego de 2 mil años de supervivencia, adviene Copérnico para estallarlo e invertirlo (no sin reveses, tensiones, regresos y resistencias –lo sé-- como los movimientos de entonces del millonario y cientificista Tycho Brahe). Y eso pasa porque los paradigmas son construcciones sociales que tienen su época y responden a su contexto. La cosmovisión que explica la realidad es histórica y cambia; éso es lo que cambia, en realidad, cuando la realidad cambia. Eso pasa cuando se innova; eso es lo que se hace cuando se innova.

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Y el paradigma es –también-- un bastión político, un reducto de resistencia y poder, un modelo conceptual y social que se mueve para aquí y para allá y se resiste a dejarse matar. Es normal. Entre sus muchas resistencias está también la de la negación y la ridiculización de su contradicción. Juzga y condena lo que pueda venir desde el horizonte porque sabe que si viniera, iría contra él. La longevidad se protege de la eternidad; la mira con sorna y la excluye del campo científico y la confina al devaluado campo esotérico. Hace como que la subestima, pero en realidad es que le teme horrores. Lo mismo nos pasa a todos, todos los días en nuestros ambientes, sean cuales fueren; siempre dormimos con el enemigo y convivimos de cerca con lo ignominioso. El límite que nos invalida y nos redefine es parte de lo que hoy nos establece; es parte, pero es su envés; es su contracara; por eso muchas veces no se ve.

Me gusta desvelar los enveses. Me divierte y además creo que merece la pena; científica y éticamente, pero también políticamente. Me gusta mucho ver cómo se desmontan las estructuras establecidas que se hacían ya llamar realidad y en realidad son construcción; me gusta sobre todo verlas morirse de miedo, temblar. Me interesa analizar cómo operan su post-vida y cómo negocian su muerte. Me atrae asistir a la construcción de un nuevo orden y a los repartos tentativos iniciales de poder y de valor. Me gusta cuando reina el desconcierto y me aburre cuando gobierna la certeza.

Pero además de que me interesa y me divierte y de que lo otro me aburre plomizamente, además –decía-- la cuestión es que las cosas son así. No aboguemos por evoluciones bien tratadas mediáticamente porque en general esconden lo que dicen promover; saben que son frágiles y entonces avanzan con sus miles de espejos coloridos para que no nos demos cuenta y desistamos de lo que nos mueve. Hay ejemplos de lo que estoy diciendo en todo, y también los hay en educación. Hay mucha –demasiada-- tecnología y nueva pedagogía puestas al servicio de llevar eficiencia a un modelo que está muerto; de revestirlo de lo que no tiene para no desnudar su nihilidad. Hay iniciativas cada 5 minutos trabajando para que el modelo muestre que evoluciona y así pospongamos su transformación. Lo muerto, aun muerto, no se queda quieto, como las arañas después de pisarlas; incorpora lo que nosotros tenemos entre manos para quitarnos novedad, pero le anula la intencionalidad disruptiva que pueda tener. Pensemos en celulares, trabajo por proyectos, aprendizajes activos, construcción del conocimiento, contenidos libres y demás. No digo que haya una ciencia que trabaja con tanto tesón a favor de prolongarnos la vida movida –esencialmente-- por diferir la agenda políticamente inquietante de la eternidad; no lo digo, pero lo pienso. Lo mismo pienso en materia educativa. Estamos rodeados de espejismos de innovación hechos para cansarnos, confundirnos y disuadirnos al cabo de la profunda y definitiva transformación que el modelo educativo necesita. Por eso es importante que en publicaciones como ésta, que promueven lo que promueven y se comprometen con eso, podamos construir nuestra posición. Y abrir el debate, si fuera necesario. Pero jamás quedarnos quietos y dejar que las cosas sigan como si nada ocurriera.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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El ejemplo muestra un fenómeno que se repite en demasiados ámbitos, casi siempre con el mismo cariz. No me interesa en particular este caso, sino el mecanismo que se devela detrás de él. Convivo mal con este tipo de conclusiones cansadas, torpes y de consenso, obvias e idiotas, tardías y jodidas, que suelen ganar las discusiones. Llegan cuando las cosas van mal y cogen valor porque hacen leña de los árboles caídos; las traen –generalmente-- los que en su momento se sintieron excluidos, desvalorados e inútiles (y lo son), que vuelven empujados por esa emoción tan poco productiva y tan inusualmente propositiva que es el rencor.

El caso que analizaré es el de Pablo Iglesias, líder del joven partido Podemos en España, sensación de los últimas elecciones y pívot en la reconfiguración del futuro político del país. Y lo analizaré a través de una nota que publicó El País el día 9 de marzo de 2016 y que tituló “FABRICANDO AL ‘CANDIDATO PABLO’: ASÍ DISEÑÓ PODEMOS A SU LÍDER”.

La nota llega en el peor momento de Pablo; y no por casualidad. Acababa de hacer una perfomance algo desatinada en el Parlamento. Nadie hubiera escrito ni una línea del artículo que cito ni del informe interno del partido al que el periodista hace referencia apenas unos días antes; Pablo aún era una sensación, un intocable, un ganador. El artículo dice revelar un informe interno del partido (titulado “ESTRATEGIA DE COMUNICACIÓN DEL SECRETARIO GENERAL”) que trabaja sobre la tesis de “cómo debe comportarse Pablo Iglesias para convertirse en un buen presidenciable: qué mensajes decir, cómo volver a ser ‘gente normal’ y parecer más cercano”.

El primer diagnóstico del “desgaste” del líder tiene dos ideas: que hay “agotamiento en el discurso” y que hay “endiosamiento/arrogancia” del personaje. Dice luego el mismo documento que “la imagen de Pablo, ‘intelectual joven, crítico y culto’, puede presentar algunas debilidades. El perfil de crítico, dados los rasgos timoratos de la cultura española, puede ser todavía muy estigmatizado. El perfil joven aporta una imagen poco consolidada”. Y luego acaban en el corrosivo tema de Venezuela, donde recomiendan “(desvincularse de Venezuela) por medio de una aproximación a países como Brasil (antes del crack, claro), Chile e incluso Colombia, que gozan de una reputación y una imagen mucho más positivas”.

Es paradójico, y es obvio y es obsceno. El lugar desde donde se analiza el fenómeno es externo al fenómeno mismo y quiere desconocer todo aquello que hizo existir al fenómeno, que en buena medida es el mismo Pablo. Se salen de la escena y la miran como si no fuera la que es; la niegan y la analizan al mismo tiempo; la espían sin respeto y la desarman sin carisma. Por eso digo que es obsceno; porque vienen a decirnos que al muchacho hay que calmarlo, cuando la resistencia y el tesón de ese muchacho fueron las únicas razones por las que Podemos hoy existe, los contrata y ocupa poco más de 1/5 del poder político español. ¿Cómo se atreven? Hablan como si la ideología no fuera un referente ni la identidad una premisa ética. Hablan como si las cosas no tuvieran por qué; y las cosas –sobre todo las buenas cosas-- siempre lo tienen.

No le pidamos a los líderes que calculen, porque el cinismo del cálculo corroe éticamente los liderazgos que necesitamos. La política no debe ser –ni es-- un juego de ajedrez desalmado y camaleónico; dejemos que los líderes frescos se equivoquen frescamente. Nos ayudará como sociedad.

Pablo no es joven porque sí, ni dice lo que dice porque sí. Siempre vuelven con esa perorata de que lo nuevo se agota, porque el que trae otra cosa comienza a repetirse. Siempre lo hacen procurando que el discurso combativo avance y abandone lo nuclear y se pierda en datos, fechas y presupuestos. Pero sería un error, ideológicamente hablando. Ni Pablo va con Venezuela y no con Colombia porque sí; ¿a quién podría ocurrírsele que visite Colombia como refuerzo de su proyecto político y como seña de su identidad? Sólo a quien insulta la identidad vistiéndola siempre de mera oportunidad.

Pablo_Iglesias_Ahora_Madrid_2015_-_01No podemos (ni en Podemos) aceptar consejeros de esta calaña; deberíamos eliminarlos… al menos no contratándolos. Ellos venden poder por el poder mismo; ofrecen triunfos vacíos y candidatos falsos; ellos nos estafan y degradan –o lo intentan-- aun a los políticos nobles. No sé si Pablo Iglesias lo es, pero me sirve de ejemplo. Debemos huir de esa ácida palabra cínica que caracteriza al informe y a los tantos informes como este. No podemos darles lugar. Si Iglesias sirve para España, sirve por lo que trae de contrasistema, precisamente. No sirve un Iglesias en el poder, sino –eventualmente-- “ese” Iglesias en el poder. Sirve ese “enfant terrible” para poner a parir a un sistema pacato y timorato. Si calmamos a Pablo se acabará Podemos; aunque tal vez también sea verdad que si no lo calmamos, Podemos se debilite. Pero el problema no es calmarlo; no es domesticarlo y vestirlo de niño aplicado. Pablo vale porque es. El problema está en cómo se constituye en poder una opción contrasistema, que es una verdadera y significativa pregunta política que el informe ignora o pretende ignorar.

Esto mismo pasa –ya lo decíamos al inicio-- en otros campos, con otras personas y sobre todo con muchos proyectos. Cuando algo crece hasta adquirir visibilidad, entonces llegan las tropas de la burocracia obscena, lo secuestran y se ponen a decirnos cómo debe ser; dicen que vienen a ponerle racionalidad a tanta pulsión descarriada. Y dicen que ayudan, cuando en realidad están matando. No porque quieran, sino porque son idiotas y están alienados. Han perdido toda sensibilidad de sentido. No entienden que al votante de Podemos no le interesa ganar, sino que gane eso que es Podemos; si no, no le vale. Ser diferente no puede ser apenas una estrategia de ascenso vertiginoso; debe ser también –y sobre todo-- plataforma permanente, sentido de proyecto y proyecto en desarrollo.

La diferencia genuina, en definitiva, es tomada y reducida a un gesto táctico tan sólo sagaz y hasta casual para construir una alternativa. Después –nos quieren enseñar-- llega la madurez del establishment y todo se acomoda. Mandan a Pablo a la ópera para que se pula y trasunte alta cultura y se codee con los guetos. Degradan la identidad y el proyecto y lo reescriben como picardía fundacional poco recomendable para los tramos largos. Reubican, recortan, pulen, curan, ajustan… asesinan. Nos disuaden a todos.

Pero a veces, cuando los fenómenos son genuinos y las estafas reiteradas rayan en lo insoportable, la política de la calle pasa factura y nos deja saber –a los gritos, de a millones-- que las cosas no son como nos dicen los informes y que a la nueva sociedad le cuadra una nueva política en la que los de siempre ya no entienden y lo que juegan, apenas intuyen.

Podemos verlos una y otra vez: atacan en los momentos bajos, cuando el que es quien es se excede, o se asusta, o duda, o ama y se debilita. (Es humano, pues, y se equivocará). En ese momento nos atacan, invaden, muerden y no sueltan. Y siempre hay momentos débiles; hasta porque esa debilidad es la contracara necesaria de la identidad y lo genuino. Invaden y acaban con todo. Ridiculizan con ese tono sobrado del que dice que sabe cómo construir de verdad a ese jovencito advenedizo que no se rinde ni ante el rey. Pero yo espero que él no se deje. Ni nosotros debemos dejarnos. Aquí y allá.

Hay de estos informes todo el tiempo circulando por debajo de cada iniciativa creativa, innovadora y disruptiva. Siempre que haya alguna verdad nueva habrá por debajo, acechando, su cancerbero; siempre nos acosan los informes obvios que trabajan nuestro ridículo. No debemos ser ingenuos; cuando fallemos, ellos emergerán, atacándonos. Por eso es tan importante estar fuertes cuando fallamos –que es lo más difícil, para no flaquear ante la obscena cultura conservadora que se viste de elegancia y bajo semblantes de sagaces consultores de marketing. Por eso levanto el caso de Pablo, que tan poco tiene que ver con nuestros espacios pero tan parecidos son los mecanismos.

Sólo quería dejar una alerta.

 

Twitter del autor: @dobertipablo